Gabriela de la Peña Astorga. Torreón, Coahuila, México; 1971. Radica actualmente en Saltillo, Coahuila; donde se desempeña como profesora, investigadora y consultora social. Sus cuentos y poemas han sido publicados en diversas revistas electrónicas (Jaque, Letralia, Ficticia) y en “Historias de Entretén y Miento” (Consejo Estatal Editorial del Estado de Coahuila). Mirada agua de río, su primer poemario, se encuentra en prensa en la Editorial Gota de Agua.

 

 

 

Rosendo y Teresa

 

Rosendo siempre se sintió secretamente atraído por Teresa. Teresa siempre tuvo un interés oculto por Rosendo.

    Rosendo y Teresa se conocieron cuando eran niños, en una escuela primaria. Para Rosendo, Teresa era esa chiquilla a la que poco parecía interesarle ser furtivamente besada por un compañerito de clase. Para Teresa, Rosendo era ese niño que jamás se fijaría en ella, acosado como estaba siempre por tantas cabecitas rubias, castañas, negras y pelirrojas, todas ellas con cabello largo y artísticamente trenzado. 

    Rosendo nunca le dirigió la palabra. Teresa nunca se acercó a mirarlo cara a cara por los pasillos. Rosendo la observaba curioso mientras ella escribía en su cuaderno, Teresa veía desde lejos cómo jugaba Rosendo con el balón al toque del recreo. 

    De vez en cuando, sus miradas coincidían; alguna vez, sus manos se rozaron al formar la línea paralela frente al salón en que niños y niñas eran ordenados bajo la voz de campana parroquial de la profesora. 

    Kermesses en la escuela, fiestas de cumpleaños a las que eran invitados,  bailes de fin de curso… nada. Ninguno de los dos se atrevía a dirigirse la palabra.  

    Poco sabían de lo mucho que compartían por las noches, cabeza sobre la almohada y dichos ya los rezos cotidianos que sus respectivas madres les hacían pronunciar junto a los hermanos: 

“Diosito, te pido por mis hermanitos, por mis papás, por mis abuelitos, por el mundo, por los niños que no tienen papás ni qué comer, por que se acaben las guerras, por los niños enfermos, por mi tío Baldo, por ‘Manchas’, por ‘Guerrero’, por ‘Osito’.  

“y también por Rosendo”… “por la niña de las coletas: Teresa”, terminaban la frase en secreto.

    Teresa aprendió a dibujar corazones atravesados por una flecha sangrante. Rosendo comenzó a entender canciones escritas a amores desesperados a las que nunca antes había prestado atención.  

    Rosendo llegaba al fin de la primaria ostentando una novia diferente en cada recreo. Teresa odiaba a las niñas con cabecitas rubias, castañas, negras y pelirrojas, todas ellas con cabello largo y artísticamente trenzado, que tomaban de la mano a Rosendo cada día a la salida de la escuela. 

    Rosendo elegía siempre frente a Teresa el escalón más alto para acariciar desde allí el cabello de su ensayo de novia en turno, mirando ahora abiertamente a Teresa mientras lo hacía. Rosendo odiaba que ella se diera la vuelta tan rápidamente cuando eso sucedía y no le diera oportunidad de mostrarle lo bien que se podía estar a su lado.  

    Rosendo dibujaba, entre sujeto y predicado, rostros atravesados por rayos. Teresa subía el volumen de la radio al hacer la tarea, cuando aparecían canciones de amores imposibles por las que sentía preferencia. 

    Rosendo y Teresa seguían siendo incapaces de dirigirse la palabra, mucho menos de intercambiar una mirada. 

    Llegó el fin de la primaria. Rosendo migró a la secundaria de su barrio. Teresa fue inscrita en el colegio que era parte de la tradición familiar. 

    Durante tres años, Rosendo y Teresa no volvieron a verse. Durante tres años, Rosendo y Teresa estuvieron ocupados en conocer nuevos amigos, hacer las tareas de los libros de texto y aprender nuevas palabras en inglés. Yellow, Red y Blue fueron sustituídos por I miss you, I remember you, I dream of you. 

    De vez en cuando, llegaban noticias hasta los oídos de Teresa sobre el nuevo romance de Rosendo: aquella niña que en la primaria usaba enormes gafas y hablaba con dificultad, había llegado a la adolescencia convertida en el cuerpo más escultural que se podía tener a esa edad, y todo para convertirse en la nueva novia de Rosendo. Y entonces Teresa volvió a sentir que odiaba a las chicas con cabelleras rubias, castañas, negras y pelirrojas, todas ellas con la melena larga y perfectamente peinada, que acosaban a Rosendo en cualquier lugar. 

    Rosendo también se enteró de que, al fin, Teresa había decidido tener su primer novio: era ya oficial que el delantero del equipo de fútbol de ese colegio, un chico bastante estúpido a su parecer, era el flamante novio de “la Teresa”. Y entonces Rosendo volvió a odiar que Teresa hubiera tenido siempre la costumbre de voltear la mirada tan rápidamente hacia otro lado cuando él trataba de mostrarle lo bien que se podía estar a su lado. 

    La preparatoria volvió a unirlos en una misma aula. Rosendo no podía creerlo el primer día de clases, Teresa tampoco. 

-          Hola, ¿no te llamas Rosendo?

-          Sí, y tú eres Teresa. Yo te conozco, fuimos compañeros en la primaria.

-          Sí –respondió Teresa esbozando una sonrisa abierta y cómplice… por primera vez. 

Al principio, Teresa esperaba que Rosendo hubiera decidido al fin enviarle alguna señal de aprobación amorosa. Rosendo había tomado el saludo de Teresa como guiño del destino. Todo estaba dicho: Teresa sería, por fin, para él. 

Entonces chicas con cabecitas rubias, castañas, negras y pelirrojas, nuevas compañeras de la preparatoria, se acercaron a Rosendo. “Esta vez mi táctica sí funcionará. Teresa: mira lo bien que se puede estar a mi lado”.

    Teresa dibujó ese mismo día, junto a la ecuación algebráica de la clase de las once y media, un corazón atravesado por una flecha sangrante y descubrió sorprendida el origen de aquella costumbre gráfica. Maldijo en secreto a Rosendo, y esperó el timbre de salida para acercarse tiernamente a aquel otro compañero de clase que había hecho exactamente lo que ella deseaba que alguna vez hubiera hecho Rosendo: tomarla de la mano. 

    Rosendo observó desde lejos la escena. Volteó rápidamente la mirada hacia otro lado y tomó el camino a casa sin despedirse de nadie. Al pasar frente a un puesto de periódicos, escuchó aquella canción que alguna vez en la primaria aprendiera de memoria: “dicen que los hombres no deben llorar, por una mujer que ha pagado mal”… y maldijo en secreto a Teresa. 

    Durante tres años, Rosendo y Teresa mantuvieron una cordial, pero distante, relación. Teresa agradeció en silencio al director de la preparatoria que al año siguiente intercambiara de aula a los alumnos. De este modo, terminó la tortura de presenciar cómo chicas con cabecitas rubias, castañas, negras y pelirrojas se acercaban a “ese tipo, el Rosendo”. Rosendo, por su parte, se sintió aliviado de no contar más con la presencia de Teresa en el salón, pues así no tendría que soportar que ella le gritara, día tras día con la mirada, “¡eres tan frívolo!”. 

    Luego vino la universidad. Rosendo tomó el camino de los negocios, hizo de la “economía de libre mercado” su mejor aliada. Teresa se decidió por las artes. Años después, Rosendo y Teresa protagonizaban vidas disímiles, en lugares y espacios disímiles. Ella escribía a la par poemas y artículos académicos desde una ventana junto al mar. Él dirigía diversos negocios multinacionales desde el penthouse de un colosal edificio de cristal. 

    Rosendo seguía rodeado de exóticas melenas rubias, castañas, negras y pelirrojas. No guardaba el menor recuerdo de esa niña de las coletas, Teresa. Ella, por su parte, se dedicaba a los amores imposibles que luego ardían en la hoguera de sus letras. 

    Un día de subasta de muebles antiguos en la Gran Metrópoli, Rosendo buscaba un sillón de piel bien conservado, para su oficina. Teresa quería conseguir el espejo que guardara el reflejo de la protagonista de su primera novela.

Ambos miraban ansiosos en el catálogo la fotografía del objeto de sus sueños. Ella había tomado asiento ya. Él cruzaba el umbral de la sala y olfateaba instintivamente alrededor, en busca de la mejor ubicación para seguir la subasta. Un asiento vacío, centro, tercera fila.  Rosendo caminó hacia él con seguridad mientras pensaba “hermosa melena castaña”, refiriéndose a la mujer sentada a la izquierda del que sería su lugar. 

    Ella volteó a su derecha, impulsaba por la curiosidad de saber quién sería su compañero de banca. 

-          ¿Rosendo Alvarado? –preguntó, lejana, Teresa.

-          Teresa Tobo. Yo te conozco, fuimos compañeros en la preparatoria.

-          Es verdad –respondió Teresa. 

No cruzaron mayor palabra, la subasta arrancó inmediatamente después y pudieron, ambos, obtener lo que buscaban. Una breve despedida de mano antecedió al intercambio de tarjetas. 

Al lunes siguiente, ella frente al espejo de dos siglos, él en su sillón de cuero antiguo, pensaban despacio y simultáneamente: “infancia es destino”. 

Ella completó en voz alta: “habráse visto…eres el origen de mis poemas”. Él escribió sobre la hoja de anotaciones que tenía a su derecha: “¿será posible que te deba mi espíritu de competencia?”. 

    Él buscó en su cajón la tarjeta de Teresa. Ella sintió alrededor de la cintura, el abrazo sorpresivo de su pareja.

 

 .::.

 

 

 destiempos.com  Año 1 I  Número 5 I  2006 ©

volver al índice