
Nació en Bruselas, el 26 de agosto de 1914, durante la primera guerra mundial. Hijo de padres argentinos.
En 1918 sus padres vuelven a radicar a Argentina, luego de pasar por Suiza y España.
Cursó el secundario en el Colegio Mariano Acosta y obtuvo el título de maestro. Sus primeros trabajos como docente lo llevaron a Saladillo, Bolívar y Chivilcoy, Pcia de Buenos Aires. Para entonces, ya había comenzado a escribir. Publicó los primeros poemas empleando el seudónimo “Julio Denis”.
En 1944 obtuvo un puesto de profesor en la Universidad de Cuyo, donde participó
activamente en manifestaciones contra el peronismo. Cuando el general Juan D. Perón ganó las elecciones, abandonó el cargo universitario para no ser despedido “En esos años (1944-1945) participé en la lucha contra el peronismo y, cuando Perón ganó las elecciones presidenciales, preferí renunciar a mis cátedras antes que verme obligado a ‘sacarme el saco’ como les pasó a tantos colegas que optaron por seguir en sus puestos.” Volvió a Buenos Aires, donde trabajó en la Cámara Argentina deL Libro.Perseguido por el peronismo, decide abandonar el país en 1951 para radicarse en Paris, donde trabajó como traductor independiente.Allí publica Bestiario, su primer libro de cuentos, y al que le sucederían, entre otros, Final del Juego (1956), Las armas secretas (1959), su primer novela Los premios (1960), Historias de Cronopios y de Famas (1962), Rayuela (1963), Todos los fuegos el fuego, La vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62.Modelo para armar (1968), Ultimo round (1969), El libro del Manuel (1973), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980) y Deshoras (1982).
En 1981, recibió la nacionalidad francesa. Pero nunca dejó de ser argentino y siempre escribió en español. Ya enfermo, viaja a Buenos Aires, a finales de 1983, para visitar a su madre después de la caída de la dictadura militar y la asunción del gobierno por el presidente Raúl Alfonsín.
El 12 de febrero Julio Cortázar muere de leucemia en París y es enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la tumba donde yacía Carol Dunlop. En México (Editorial Nueva Imagen) aparece su libro de poemas Salvo el crepúsculo.

Fragmentos de Cartas escritas durante su estadía en Mendoza como profesor de la
Universidad Nacional de Cuyo
Mendoza, 29 de julio de 1944. Carta a Mercedes Arias, amiga de Bolívar (Pcia. de Buenos Aires)
Los vientos de la fama quizá le hayan llevado a Bolívar la noticia de mi venida a Mendoza. (…) Mis últimas semanas en Chivilcoy fueron harto penosas. Los grupos nacionalistas locales me lanzaron una bruloteada salvaje, y cierta vez que volvía yo inocentemente como de costumbre a hacerme cargo de mis cursos, amigos fieles me avisaron que me acusaban (“vox populi”) de los siguientes graves delitos: a) escaso fervor gubernista; b) comunismo; c) ateísmo. ¿Fundamentos? De a): que mis clases alusivas a la revolución (tuve que dictar tres) habían sido altamente frías, llenas de reticencias y de reservas; de b): quien incurre en a) entonces es b); de c): en ocasión de la visita del obispo de Mercedes a la Escuela Normal, yo había sido el único profesor -sobre 25 más o menos- que no besé el anillo de Monseñor (¡prueba irrefutable!). Juntando ahora los términos a), b), c), John Dillinger resultaba un ángel al lado mío.
Y ocurrió lo inesperado e inesperable: mi amigo (Guido Parpagnoli), encargado del reajuste de la Universidad de Cuyo, me llamaba para ofrecerme el interinato de tres cátedras en Filosofía y Letras, aquí en Mendoza. Dos de Literatura Francesa, y una de Europa Septentrional. (...) Apenas lo pensé; dije inmediatamente que sí, seis días más tarde gestionaba mi licencia y me venía a Mendoza donde estoy desde el 8 de julio. No sé lo que ocurrirá; hacia octubre deberé presentarme a concurso si intento ganar las cátedras. ¿Serán concursos legítimos, o mediará un compromiso de colaboración política? (...) De esta nueva vida apenas puedo decirle algunas cosas. He pasado el mes buscando solucionar el problema de la vivienda, que no es fácil por cierto; pero desde hace dos días habito en casa de una excelente familia, el pintor Abraham Vigo, su esposa y sus hijos. Es gente culta y tienen una casita en un barrio de Mendoza que se llama Godoy Cruz, donde hay un silencio admirable, grandes árboles, y yo tengo una habitación llena de luz y comodidad. (…) Creo que estaré bien. Las clases las principié el miércoles pasado, y puede figurarse la diferencia que significa dictar seis horas por semana (dos por cada cátedra) y no dieciséis. Lo mismo en cuanto al número de alumnos; en tercer año me encontré con una multitud compuesta por dos señoritas. Luego, el trabajo universitario es hermoso ¡por fin puedo yo enseñar lo que me gusta!(…)
Mendoza -creo que usted conoce- es una bella ciudad, rumorosa de acequias y de altos árboles, con la montaña a tan poca distancia que uno puede ir a estudiar a los cerros; yo lo haré apenas haya organizado algo más mi vida y mi trabajo. No le negaré que siento -casi físicamente- los 1000 kilómetros que me separan de Buenos Aires; pero de algo ha de servirme ahora mi prolijo, minucioso entrenamiento para la soledad.
PD: ¡Los mendocinos me han sorprendido! La Facultad tiene un club universitario hermosamente decorado, que ocupa varias habitaciones de un subsuelo. Hay allí bar, discoteca con abundante “boggie-woogie”, banderines de todas las universidades de América, y tanto profesores como alumnos van allá a charlar, seguir una clase inconclusa, beber e incluso bailar. ¿Cree usted posible eso en Mendoza? A mí me pareció, cuando me llevaron que entraba en Harvard, o Cornell; todo menos aquí. Y sin embargo es realidad; alegrémonos de ello.*****
Mendoza, 16 de agosto de 1944. Carta a Lucienne de Duprat, amiga personal.
Llevo aquí un mes y profundamente satisfecho. Aunque deba volverme luego al hastío de la enseñanza secundaria, estos meses de universidad quedarán como un sueño agradable en la memoria. Piense usted ¡es la primera vez que enseño las materias que prefiero! Es la primera vez que puedo entrar a un curso superior y pronunciar el nombre de Baudelaire, citar una frase de John Keats, ofrecer una traducción de Rilke. Esto se traduce en felicidad, en una indescriptible felicidad a la que se agrega la visión de las montañas, el clima magnífico, la paz de la casa donde vivo. (Y qué difícil -imposible- va a ser reacondicionarme a Chivilcoy, si me toca volver allá…).
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Mendoza, 24 de septiembre de 1944. A Lucienne de Duprat
Esta Universidad es muy grande, tiene un montón de institutos con nombres complicados, da la impresión de algo solemne, sorbonesco. Pero es provinciana hasta la médula, el nivel estudiantil deja que desear (...).
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Mendoza, 24 de septiembre de 1944. A Mercedes Arias
Mis dos alumnas de Literatura Francesa II (que usted me recomienda cuidar) han cumplido, metafóricamente se entiende, el consejo divino: “Creced y multiplicaos”. Son ahora cinco que acuden regularmente a clase, de modo que trabajo menos solitario. Tengo tanta tarea -tres cursos simultáneos es demasiado para quien no tuvo tiempo de organizarlos previamente- que no salgo, no paseo, no miro siquiera las montañas, tan cercanas sin embargo…
Me insinúa usted su “estado de mente” a cuenta de la guerra y la política; si yo le trazara un cuadro del ambiente que rodea esta alta casa de estudios, alcanzaría a comprender el mío:
A veces me siento como un huérfano…
Esa es la idea. Pero Chivilcoy es peor, harto peor. No sé que va a ser de mí pues no se habla de concursos ni confirmaciones. ¿Volveré a la llanura?
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Mendoza, 16 de diciembre de 1945. A Lucienne de Duprat
No seré muy explícito por carta, porque el Correo se ha ensañado particularmente con mi correspondencia y la verdad es que parece altamente interesado en conocer mis opiniones. Pero usted que me conoce, puede figurarse cuál es mi posición en estos tiempos que vivimos. Cuando llegó octubre, fui de los que se encerraron en la Universidad a semejanza de lo que hacían todos los institutos del país. Con cincuenta alumnos y cinco colegas, vivimos cinco días completamente sitiados, recibiendo las consabidas bombas de gases, amenazas, etc. Por fin nos allanaron, estuvimos presos y una simple circunstancia afortunada -el brusco vuelco del 11 de octubre- hizo que la cosa no pasara a mayores. Este simple resumen, que alguna vez le ampliaré con anécdotas bastante divertidas, le mostrará la clase de existencia que nos toca a los universitarios argentinos.
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Mendoza, 16 de diciembre de 1945. A Lucienne de Duprat.
En Mendoza he visto hombres que se insultaban en los diarios -en los días de la contienda electoral universitaria- y que una semana más tarde se encontraban en la sala de profesores y se saludaban con una frescura asombrosa. He visto traiciones cumplidas en menos de 24 horas de un juramento: podría citarle hechos concretos, sino valiera más olvidarlos. A mí me tocó de todo; al principio, por haber defendido lo que creí justo y de mayor calidad universitaria, me llamaron nazi (¡a mí, nazi!) y merecí artículos especiales en los pasquines mendocinos, donde se me decía “instrumento electoral”, “agente de propaganda”, “nacionalista”, “fascista”, y se concluía afirmando que no tenía título habilitante. Me vi precisado enviar una violenta carta abierta a un caballero de aquí, a figurar en sesiones del Consejo Directivo de la Facultad… que preferiría no recordar. En fin, un pequeño infierno, sin la grandeza del que imaginó Dante; infierno a medias y por eso doblemente cruel y mezquino.
Las cartas pertenecen al volumen "Julio Cortázar, 1937-1963
Edición de Aurora Bernárdez. Alfaguara, abril 2000 (1era edición)
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