Espacio de creación

 

 

Lillian von der Walde Moheno, doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México, es catedrática de la Universidad Autónoma  Metropolitana – Iztapalapa y se especializa en la literatura hispánica medieval y áurea. Ha publicado tres libros propios y trece en coedición, así como 51 artículos especializados. Investigadora Nacional (nivel 2) en el Sistema Nacional de Investigadores, codirige la revista Medievalia y es la actual directora de la revista Signos Literarios, entre otras responsabilidades académicas. Escribe relatos y poesía, que es actividad que ha mantenido más bien en privado a lo largo de los años.

 

 

Encuentros

 

***

          Estoy aquí,  tendida.  Decúbito supino,  decúbito supino... ―así se dice, creo.

          ¿Qué me llevó allá?

          Tengo la lectura, por fortuna. Pero a veces me duele tanto. Algo aquí adentro, que punza. Algo en el corazón.

 

***

          Una banda de mujeres:

―“A mí me gusta la güerita”.

―“A mí para la chingada”.

―“Caite con lo que traigas”.

 

***

          Me duele. Necesito un sedante.

          ¿Habrá muerto ya?

          Me duele. Sí, ella me duele.

          ¿Qué me condujo a su barrio? A esa zona miserable donde me golpearon, me despojaron, me escupieron, me humillaron, me...

 

***

          Primero el arrancón del arete y mi oreja sangrando. Yo temblaba, temblaba de pavor.

          Es que fue una cosa y luego la otra. Todo, una pesadilla.

          ¿Por qué fui?

 

***

          La observaba desde mi auto, cuando iba rumbo a la universidad. Era casi una niña. Siempre allí, vendiendo sus chicles, en el alto obligado de la avenida Rojo Gómez.

          La verdad es que me repugnaba su coqueteo con los taxistas. Veía alguna camioneta de ruta, y no tardaba en treparse en ésta; metía una de sus manos por la ventanilla izquierda, acariciaba al chofer, se reía a carcajadas.

          Era casi una niña. ¿Qué mundo, qué ambiente la formó? La imaginé buena, y la vi como animal. Sí, la denigré. “Puta”. No pocas veces la califiqué así, pero también me odié por hacerlo.

 

***

          ¡Cuántas patadas! Yo únicamente caminaba. No las agredí, ni siquiera las miré.

          Quizá sea justo su odio; las patadas, comprensibles.

          ¿Qué tenemos que ver ellas y yo? Tal vez sólo nuestro sexo. “F”, en el lugar correspondiente del documento oficial. Nuestro sexo... Seguro que lo hemos de ver de diferente manera.

 

***

          ¡Qué dolor! Ahora en la columna.

          Aquel día que probó con el fuego. Sí, comía fuego en la esquina del semáforo para pedir dinero. “Estúpida ―pensé― va tu salud de por medio. Mejor los chicles, mejor”. Y me animé a hablarle: “Es peligroso” ―y le di mil pesos. Luego consideré lo inapropiado de la propina: así no iba a dejar el nuevo oficio.

 

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          Ya no supe de mí. Me recogió la Cruz Roja, y mis padres me trasladaron aquí para sufrir doblemente: por el estado en que me encuentro y por el costo del hospital.

 

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          Aquella vez que la vi por el espejo retrovisor. Me dio tanta rabia. Cuatro o cinco meses de embarazo. “Ya está, ya lo lograste, eso querías. Un limosnero más, retardado, mal comido”. Pero mi rabia se transformó y, contra mí, lloré. Pensé en ella, varios días pensé en ella; varios días la compadecí.

 

***

          ―“Somos «Las Violadoras». Cómo la ves, tú, cabrona de tu putísima madre”.

          “Las Violadoras”, qué buen nombre, qué magnífica respuesta a esta sociedad que intenta imponerles sin darles nada. “Las Violadoras”, qué buen nombre.

          ¡Ay, la columna! Pinches violadoras.

 

***

          Yo tuve la culpa. ¿Por qué tenía que ir a buscarla?

          Es que era casi una niña, y embarazada. Ya no la había visto en nuestra esquina. Seguro que necesitaba dinero. ¿O estaría mal? ¿Un parto difícil? ¿La muerte?

          Sin pensarlo demasiado estacioné mi coche. Pregunté por la muchacha de los chicles, la que iba a tener un bebé. Con algunos billetes de por medio, me dieron su domicilio. Y fui.

 

***

          Ya había oscurecido. Tragaba el polvo con excremento de las calles de tierra. Estaba horrorizada, completamente horrorizada. Y me salieron ellas. Y vengaron en mí lo de México y sus dirigentes, y sus empresarios, y sus intelectuales, y toda la basura que en esas calles de tierra me tragaba a bocanadas.

 

***

          Es que la había visto. Calva, con la piel reventada por bubas purulentas de un cáncer incontrolado que la estaba matando. En el terror, lo supe: era la nueva enfermedad. Abrí mi cartera, saqué todo. Huí.

 

***

          Había oscurecido, pero no sospeché el robo y los golpes. Caminaba, sin que mi cerebro cesara en recordar el llanto de aquel recién nacido en la caja de cartón.

 

[1989]

 

 

 

 

destiempos.com  I  Año 1 I  Número 2 I  2006 ©