México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma

 

Montse y Paco bajaban en silencio por una calle oscura, cerca de su antigua casa. Todas las asperezas, los malos entendidos de dos largos años de matrimonio, habían quedado atrás. Como aquella casa, aunque estaba en el campo, les cogía a medio camino de sus respectivos trabajos, decidieron rehacer su vida en ella y no en el piso de la ciudad, que además llevaba meses cerrado. La luna flotaba sobre los tejados de los chalets. Entre la cena y la conversación, animada por el vino, les habían dado más de las doce.

     Era la primera noche que iban a pasar allí después de la ruptura, y marchaban silenciosos, muy juntos, de la mano, el paso lánguido, y la vista perdida. Ante los chalets les ladraban los perros sobresaltados.  

     Cada uno se echaba toda la culpa y se detenían a discutir, pero sin la acritud de antaño, regañándose entre risas en la noche de primavera. En la calma se escuchaba de cuando en cuando un pájaro entre el susurro de los renuevos.

     Fue Paco, el habitante de aquella casa en litigio como el resto del patrimonio de la pareja, amante de las delicias y la soledad de campo, quien propuso aquel paseo desde el restaurante. Montse acababa de bajar del tren como quien dice, pero aceptó sin pensarlo. Por supuesto que el paseo le traería recuerdos, no todos agradables, pero pondría todo su empeño en cada zancada. Ella también sabía disfrutar de la Naturaleza y no sólo ir de tiendas y de viaje. Además hacía una noche deliciosa y le vendría bien estirar las piernas.

     Es cierto que, en otro tiempo, hubiese visto en aquella propuesta una burla; Paco, por su parte, habría interpretado su sí con reservas, como un despecho, y habrían acabado la noche regañando. Ahora ninguno de los dos pensaba en la mala voluntad del otro. No cabían entre ellos tales susceptibilidades. En realidad, si hacían un ejercicio sincero de memoria, veían que la mayoría de sus disputas de antaño tenían causas tan fútiles e inconsistentes, que les resultaba muy difícil recordarlas.

     Al bordear de nuevo el pantano se levantó un poco de fresco. Paco cubrió con su chaqueta a Montse. Ahora caminaban tan cerca uno del otro que apenas avanzaban media docena de pasos por minuto. El agua golpeaba rítmicamente el invisible embarcadero.

     Por supuesto, no todo había sido tan baladí en el pasado, como no todo se presentaría en adelante de color de rosa. En el fondo de sus desavenencias había una realidad hecha sobre todo de muchos malentendidos, que tendrían que analizar, que desmontar poco a poco desde la distancia: para empezar, ella había idealizado a Paco, pintándoselo como un hombre primitivo, aventurero, a lo Robinson Crusoe, una especie de buen salvaje; por su lado, él había visto en Montse sólo a la mujer refinada y cosmopolita; y de pronto, una había descubierto al comodón egoísta, y el otro a la niña mimada que, sin duda bajo la influencia de su madre, quería empezar a tener hijos.

     Aquella casa a la que ahora se dirigían la había sepultado a ella durante dos años; para él había sido un refugio cada vez más precario y angosto. Rodeada de chalets, de campo, a ella no le permitía escapar, saborear la vida, ni a él esconderse de sus parientes ni de sus reproches. Así, cuando hubo terminado el último arreglo, la última manija, comenzó el tedio y la amargura para ambos. Paco, al menos, encontró consuelo en sus animales, en sus perdices y sus libres, en sus perros. ¿Pero y ella?

     Naturalmente en la conversación salió a relucir la familia.

     La familia de Paco vivía distanciada, en todos los sentidos, desde hacia años, y era como si no existiera. Su padre había muerto y sus relaciones con sus numerosos hermanos se habían interrumpido, ya por algún conflicto relacionado con la magra herencia, ya sin un motivo concreto, por puro enfriamiento; en cuanto a su madre, nunca había contado para nada. Todo lo contrario, la familia de Montse, también muy numerosa, mantuvo contacto muy estrecho con la pareja desde el primer día. Eran gente amable y buena pero, en opinión de Paco, sin el suficiente tacto para hacerse desear. Especialmente su suegra, Remedios, se pasaba el día (y a veces también, la noche), telefoneando a su hija por los motivos más fútiles, por ejemplo porque había llovido o porque tal vecina había roto con el novio o dado un pequeño escándalo en la escalera; su suegro, Fermín, era un hombre abúlico y despistado, a quien se podía llevar y traer donde uno quisiera, pues todo le parecía bien, es decir, le daba lo mismo, a excepción de los resultados del Real Madrid; siempre con el diario Marca bajo el brazo, las temblorosas y borrosas lentes colgadas de una cinta al cuello, parecía vacilar entre aferrarse a este mundo o desvanecerse; ¿y qué decir de sus cuñados, Pepe y Manolo, internautas furibundos y amantes de los toros y la velocidad, que a codazo limpio le recordaban cada vez que lo veían, entre risitas, que seguían vigilándolo y cuidando de su hermanita como si aún fuera virgen? ¿o de su cuñada Pilar, tan frágil como una tarántula, tan rápida de respuesta como lenta de bondad? Entre todos le habían metido en la cabeza, medio en broma medio en serio, que él la tenía allá poco menos que secuestrada y que no quería darle hijos por puro egoísmo y porque en el fondo, los despreciaba. En cuanto a Montse, echaba de menos el trato con su familia política, culpaba a Paco de todas sus desavenencias, y a veces hasta le parecía que había ido rompiendo con unos y con otros, forzando o inventándose las situaciones, sólo para perjudicarla a ella, para matarla de soledad y de aburrimiento en aquel caserón infestado de bichos. En fin, tarde o temprano tenían que arreglarse porque en el fondo se querían, y quizás no podían vivir el uno sin el otro, pero también habían de aclarar, eso sí con mucho tacto y cariño, muchas cosas.   

     Montse tropezó con algo y Paco la sujetó por el brazo. De pronto, en aquella postura, descubrieron el cielo completamente estrellado. La luna navegaba entre un velo casi transparente de nubes. En el agua se oían las ranas, en la orilla los grillos.

     Al ver el caminito de su finca, apretaron el paso. No estaba tan mal, después de todo. Siempre parece que la felicidad es fruto del azar y la desgracia, del destino. La mole oscura de la casa rodeada de árboles, los ladridos de los perros, salieron a su encuentro mucho antes de que, rendidos, traspasaran el umbral y se fueran a dormir. Ahora hablaban en voz muy baja como si temieran despertar a los fantasmas. 

                                                                   **** 

     Por primera vez en mucho tiempo, Montse durmió de un tirón con un sueño profundo y placentero, como en casa de sus padres. Ni el viento que hacía eco contra la casa, ni los antiguos disgustos (a los que temía encontrar corporeizados entre las cuatro paredes), lograron desvelarla esta vez. Estaba molida del tren pero satisfecha, muy satisfecha.

     Paco, como siempre, ya se había levantado, a pesar de haberse acostado pasada la una. Lo oyó trajinar en la cocina, y luego salir al patio donde jugaban los perros, y no pudo evitar sonreírse. ¡Eran más de las once! Le pareció que una vida nueva comenzaba.

     Un haz de sol limpio como oro puro entraba por la rendija de la ventana. Afuera resonaban los sonidos nítidos del campo contra un fondo de silencio. Entonces recordó que la víspera, entre otras muchas cosas, se habían prometido tener al menos un hijo, mientras aún eran jóvenes. También habían acordado solemnemente abrir las puertas de la casa a todo aquel que viniera a verles de buena fe. Ella, por su parte, sería más permisiva con las manías y las aficiones de Paco. El pobre se había sentido tan solo en aquellos meses (y de paso había aprovechado que ella no estaba), que había reunido una auténtica jauría que ahora se desgañitaba en el jardín. Lo pasaría por alto, ¡lo aceptaría!

     Satisfecha de su altura de miras, se miraba ante el espejo del armario, joven y sonriente, cuando oyó la voz de Paco:

     -¡Reme, Fermín, Manolo!

     Corrió a la ventana y, no sin trabajo, logró abrir los postigos. ¡Sus padres, sus hermanos! ¿Cómo se habían enterado tan pronto de que había vuelto?

     Paco corría por el patio:

     -¡Pilar, Paco, Manolo, Manolo!

     Y de nuevo: ¡Reme, Fermín!

      Los perros, al oír sus respectivos nombres, saltaban como locos en torno a él: un pastor alemán, un soñoliento samoyedo, dos rápidos perdigueros y un pequeño y aparentemente frágil fox terrier.

     Hacía una mañana deliciosa.    

 

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 10 I  2007 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved - publicación de 12e