
Montse y Paco bajaban en silencio por una calle oscura, cerca de su
antigua casa. Todas las asperezas, los malos entendidos de dos
largos años de matrimonio, habían quedado atrás. Como aquella casa,
aunque estaba en el campo, les cogía a medio camino de sus
respectivos trabajos, decidieron rehacer su vida en ella y no en el
piso de la ciudad, que además llevaba meses cerrado. La luna flotaba
sobre los tejados de los chalets. Entre la cena y la conversación,
animada por el vino, les habían dado más de las doce.
Era la primera noche que iban a pasar allí después de la
ruptura, y marchaban silenciosos, muy juntos, de la mano, el paso
lánguido, y la vista perdida. Ante los chalets les ladraban los
perros sobresaltados.
Cada uno se echaba toda la culpa y se detenían a discutir, pero
sin la acritud de antaño, regañándose entre risas en la noche de
primavera. En la calma se escuchaba de cuando en cuando un pájaro
entre el susurro de los renuevos.
Fue Paco, el habitante de aquella casa en litigio como el resto
del patrimonio de la pareja, amante de las delicias y la soledad de
campo, quien propuso aquel paseo desde el restaurante. Montse
acababa de bajar del tren como quien dice, pero aceptó sin pensarlo.
Por supuesto que el paseo le traería recuerdos, no todos agradables,
pero pondría todo su empeño en cada zancada. Ella también sabía
disfrutar de la Naturaleza y no sólo ir de tiendas y de viaje.
Además hacía una noche deliciosa y le vendría bien estirar las
piernas.
Es cierto que, en otro tiempo, hubiese visto en aquella
propuesta una burla; Paco, por su parte, habría interpretado su sí
con reservas, como un despecho, y habrían acabado la noche regañando.
Ahora ninguno de los dos pensaba en la mala voluntad del otro. No
cabían entre ellos tales susceptibilidades. En realidad, si hacían
un ejercicio sincero de memoria, veían que la mayoría de sus
disputas de antaño tenían causas tan fútiles e inconsistentes, que
les resultaba muy difícil recordarlas.
Al bordear de nuevo el pantano se levantó un poco de fresco.
Paco cubrió con su chaqueta a Montse. Ahora caminaban tan cerca uno
del otro que apenas avanzaban media docena de pasos por minuto. El
agua golpeaba rítmicamente el invisible embarcadero.
Por supuesto, no todo había sido tan baladí en el pasado, como
no todo se presentaría en adelante de color de rosa. En el fondo de
sus desavenencias había una realidad hecha sobre todo de muchos
malentendidos, que tendrían que analizar, que desmontar poco a poco
desde la distancia: para empezar, ella había idealizado a Paco,
pintándoselo como un hombre primitivo, aventurero, a lo Robinson
Crusoe, una especie de buen salvaje; por su lado, él había visto en
Montse sólo a la mujer refinada y cosmopolita; y de pronto, una
había descubierto al comodón egoísta, y el otro a la niña mimada que,
sin duda bajo la influencia de su madre, quería empezar a tener
hijos.
Aquella casa a la que ahora se dirigían la había sepultado a
ella durante dos años; para él había sido un refugio cada vez más
precario y angosto. Rodeada de chalets, de campo, a ella no le
permitía escapar, saborear la vida, ni a él esconderse de sus
parientes ni de sus reproches. Así, cuando hubo terminado el último
arreglo, la última manija, comenzó el tedio y la amargura para
ambos. Paco, al menos, encontró consuelo en sus animales, en sus
perdices y sus libres, en sus perros. ¿Pero y ella?
Naturalmente en la conversación salió a relucir la familia.
La familia de Paco vivía distanciada, en todos los sentidos,
desde hacia años, y era como si no existiera. Su padre había muerto
y sus relaciones con sus numerosos hermanos se habían interrumpido,
ya por algún conflicto relacionado con la magra herencia, ya sin un
motivo concreto, por puro enfriamiento; en cuanto a su madre, nunca
había contado para nada. Todo lo contrario, la familia de Montse,
también muy numerosa, mantuvo contacto muy estrecho con la pareja
desde el primer día. Eran gente amable y buena pero, en opinión de
Paco, sin el suficiente tacto para hacerse desear. Especialmente su
suegra, Remedios, se pasaba el día (y a veces también, la noche),
telefoneando a su hija por los motivos más fútiles, por ejemplo
porque había llovido o porque tal vecina había roto con el novio o
dado un pequeño escándalo en la escalera; su suegro, Fermín, era un
hombre abúlico y despistado, a quien se podía llevar y traer donde
uno quisiera, pues todo le parecía bien, es decir, le daba lo mismo,
a excepción de los resultados del Real Madrid; siempre con el diario
Marca bajo el brazo, las temblorosas y borrosas lentes colgadas de
una cinta al cuello, parecía vacilar entre aferrarse a este mundo o
desvanecerse; ¿y qué decir de sus cuñados, Pepe y Manolo,
internautas furibundos y amantes de los toros y la velocidad, que a
codazo limpio le recordaban cada vez que lo veían, entre risitas,
que seguían vigilándolo y cuidando de su hermanita como si aún fuera
virgen? ¿o de su cuñada Pilar, tan frágil como una tarántula, tan
rápida de respuesta como lenta de bondad? Entre todos le habían
metido en la cabeza, medio en broma medio en serio, que él la tenía
allá poco menos que secuestrada y que no quería darle hijos por puro
egoísmo y porque en el fondo, los despreciaba. En cuanto a Montse,
echaba de menos el trato con su familia política, culpaba a Paco de
todas sus desavenencias, y a veces hasta le parecía que había ido
rompiendo con unos y con otros, forzando o inventándose las
situaciones, sólo para perjudicarla a ella, para matarla de soledad
y de aburrimiento en aquel caserón infestado de bichos. En fin,
tarde o temprano tenían que arreglarse porque en el fondo se querían,
y quizás no podían vivir el uno sin el otro, pero también habían de
aclarar, eso sí con mucho tacto y cariño, muchas cosas.
Montse tropezó con algo y Paco la sujetó por el brazo. De
pronto, en aquella postura, descubrieron el cielo completamente
estrellado. La luna navegaba entre un velo casi transparente de
nubes. En el agua se oían las ranas, en la orilla los grillos.
Al ver el caminito de su finca, apretaron el paso. No estaba
tan mal, después de todo. Siempre parece que la felicidad es fruto
del azar y la desgracia, del destino. La mole oscura de la casa
rodeada de árboles, los ladridos de los perros, salieron a su
encuentro mucho antes de que, rendidos, traspasaran el umbral y se
fueran a dormir. Ahora hablaban en voz muy baja como si temieran
despertar a los fantasmas.
****
Por primera vez en mucho tiempo, Montse durmió de un tirón con
un sueño profundo y placentero, como en casa de sus padres. Ni el
viento que hacía eco contra la casa, ni los antiguos disgustos (a
los que temía encontrar corporeizados entre las cuatro paredes),
lograron desvelarla esta vez. Estaba molida del tren pero satisfecha,
muy satisfecha.
Paco, como siempre, ya se había levantado, a pesar de haberse
acostado pasada la una. Lo oyó trajinar en la cocina, y luego salir
al patio donde jugaban los perros, y no pudo evitar sonreírse. ¡Eran
más de las once! Le pareció que una vida nueva comenzaba.
Un haz de sol limpio como oro puro entraba por la rendija de la
ventana. Afuera resonaban los sonidos nítidos del campo contra un
fondo de silencio. Entonces recordó que la víspera, entre otras
muchas cosas, se habían prometido tener al menos un hijo, mientras
aún eran jóvenes. También habían acordado solemnemente abrir las
puertas de la casa a todo aquel que viniera a verles de buena fe.
Ella, por su parte, sería más permisiva con las manías y las
aficiones de Paco. El pobre se había sentido tan solo en aquellos
meses (y de paso había aprovechado que ella no estaba), que había
reunido una auténtica jauría que ahora se desgañitaba en el jardín.
Lo pasaría por alto, ¡lo aceptaría!
Satisfecha de su altura de miras, se miraba ante el espejo del
armario, joven y sonriente, cuando oyó la voz de Paco:
-¡Reme, Fermín, Manolo!
Corrió a la ventana y, no sin trabajo, logró abrir los postigos.
¡Sus padres, sus hermanos! ¿Cómo se habían enterado tan pronto de
que había vuelto?
Paco corría por el patio:
-¡Pilar, Paco, Manolo, Manolo!
Y de nuevo: ¡Reme, Fermín!
Los perros, al oír sus respectivos nombres, saltaban como
locos en torno a él: un pastor alemán, un soñoliento samoyedo, dos
rápidos perdigueros y un pequeño y aparentemente frágil fox terrier.
Hacía una mañana deliciosa.