-¿Cuándo lo harás?
-El próximo lunes, no habrá mucha gente.
-Podrían meterte un puro, ¡cuanta menos gente te vea mejor!
-Quizás… Los policías franceses no se andan con tonterías.
-¿Sabes que hay unos policías únicamente para el metro?
-Sí, aunque nunca los he visto a partir de las 10 de la
noche.
-¿Y ya tienes preparados los carteles?
-Sí. Tengo unos 200, por si acaso.
-¿Cómo lo has hecho?
-Espera, te enseño uno.
En un folio en vertical había dibujado una chica con el pelo
hasta los hombros. Se estaba cubriendo los ojos con las
manos y entre los dedos semiabiertos se veía parte de sus
enormes pupilas. Estaba dibujada hasta la cintura, en blanco
y negro. Debajo había pegado otro folio, también en
vertical, que continuaba el dibujo en el que había escrito
un poema en letra grande. Al final del mismo, estaban
dibujados únicamente los pies. Pero las 200 copias no eran
exactamente iguales, había una variación importante: el
dibujo era el mismo, aunque había ensamblado distintos
poemas en el folio vertical que continuaba la cintura de la
chica. Había 10 poemas distintos que en realidad componían
una poesía completa.
-¡Está muy bien!
-Bueno… Ya sabes que yo escribo, lo de dibujar no es
precisamente lo mío. Hice lo que pude.
-Me parece muy buena idea. Espero que consigas lo que
quieres…
Fue hasta la línea 13, por aquello de que no creía en la
mala suerte, sino que más bien la desafiaba. La famosa línea
en la que más parisinos se quitaban la vida cada año.
Entraban en los túneles del metro, se adentraban hasta un
tramo en el que el metro llevase la suficiente velocidad y
se arrojaban a su paso. El peligro de realizar la misma
operación en alguna parte del recorrido, en la que el
vehículo subterráneo no llevase mucha velocidad, era que el
impacto podía mutilarte o dejarte maltrecho, pero no
matarte.

En la primera estación pegó una veintena de carteles en
distintas paredes y columnas. Los fue pegando de manera que
los pasajeros del metro pudiesen verlos desde dentro. Para
que la sensación de continuidad, entre la parte del poema de
una estación y de la siguiente, fuese clara.
Por supuesto, quería llamar la atención con la
particularidad de que sobre la poesía estaba el dibujo de la
chica. Sabía que sería difícil competir con las pintadas y
carteles que inundaban cada rincón. Llegaba un momento en el
que tanto bombardeo de información creaba en la gente la
capacidad de abstraerse de cualquier mensaje. Pero ansiaba
aportar algo y producir una obra de arte, en vez de un acto
vandálico. Ayudado por el reclamo de la chica, a nadie le
podría pasar desapercibida la poesía adosada en letras
grandes. Eran frases cortas e incluso había probado en su
casa a leer el trozo de poema andando, como un peatón que la
viese por sorpresa, para ver si daba tiempo, sin pararse, a
leerlo. Sabía que mucha gente utilizaba el metro como medio
de transporta para ir y volver del trabajo. Gente que iban
demasiado acelerados para fijarse en nada, algo muy normal
en una gran metrópoli.

En la segunda estación no había casi nadie. Ya eran las diez
de la noche. Un lunes de enero era el mejor momento para
hacer algo parecido sin tener mucho público.

Estación tras estación se iba descubriendo la continuación
del poema, en perfecto francés, que le había traducido un
amigo, bastante ducho en atentados y motines culturales. No
tardaron mucho en traducirlo, el primer mes del año nuevo.
Después de un diciembre muy difícil. En enero nevó sólo una
vez en la ciudad de la luz, el mismo número de veces que
había sucedido algo bonito que hiciese mella en su corazón.
Así que al terminar de traducir el poema, también estaba
listo para realizar su obra maestra.
Después de una tediosa hora de espera en la butaca de su
abuela apareció el dichoso gato. Manchado de barro hasta las
uñas y con su original pelaje anaranjado plagado de calvas.
Dos semanas eran demasiado para creer que volvería a verlo,
simplemente esperaba la llegada de su abuela, inventando
explicaciones cada vez más descabelladas sobre la
desaparición de su pequeño felino. Momento que cambió
sustancialmente su vida ¿Pero qué tiene que ver un gato con
una decisión que pueda cambiar una vida? Mucho, aunque no lo
parezca. Lo explico: cuando encontró el gato fue cuando
creyó que había tocado fondo, pero únicamente lo creía, en
realidad todavía no había llegado hasta el fondo del pozo.
Cuando llegó su abuela había limpiado al animalito. Seguía
con calvas y oliendo mal, pero por lo menos seguía vivo.
Dos semanas antes, había organizado una pequeña fiesta en la
casa, la cosa se desmadró más de la cuenta y, al día
siguiente, Peluso ya no estaba. Algún cabrito de los
que vino a la fiesta se lo había llevado. Quizás creían que
le habían hecho un favor, porque fue el gato que le regaló
su novia cuando se comprometieron. La cuestión es que como
no tenía casa fija, decidió dejar el gato en casa de su
abuela. Era la única familia que tenía en París. Había
emigrado durante la época franquista a Francia y se había
quedado allí a vivir. Al intentar recuperar al gato, después
de dos semanas, su abuela se había encariñado tanto con el
animal que fue incapaz de arrancarlo de su hogar. Pero
claro, al dejarle la novia, casi en el altar, por aquella
chica tan guapa de su trabajo, tuvo un dolor tan intenso que
todo lo que le recordase a ella había ido a parar a la
basura. Excepto el gato. Con su contoneo de cola y aquella
independencia, le recordaba que Lucile se había aprovechado
de él. Le había amado hasta que, casualmente, perdió el
trabajo, su futuro y un poco el norte. Todo eso antes de la
boda. Resumiendo, se fue, como el gato, a donde pudiesen
alimentarla bien. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el
poema? Pues que se dio cuenta que el animalito volvió a él,
aunque magullado y desecho. Su mirada le dio a entender que
le perdonaba no haberle dado de comer durante cinco días,
antes de la famosa fiesta. Y que tal vez nadie lo hubiese
secuestrado, sino que aprovechó para escapar. Así que
decidió que tenía que hacer algo para que Lucile supiese que
la seguiría esperando. Que quizás le había dejado porque ya
no le daba de comer, pero en el sentido espiritual… Por eso
ella también había escapa y quizás, como el felino, fuese
capaz de perdonarlo.

Salió de la última estación tras colocar la décima y también
última parte de su poema. Había firmado con el nombre
cariñoso con el que le llamaba Lucile, para que supiese que
era él. Al día siguiente todo el mundo comentó aquella obra
de amor del metro de París. Incluso los medios se hicieron
eco del suceso, Lucile también, aunque nunca se lo contaron
a nadie. Fue para siempre su más preciado secreto… El más
doloroso y el más bonito.