
No pasaron unos minutos que la vi aparecer por una
puerta del costado del teatro. Caminaba con los hombros hacia
adelante, vencida por la sombra del violonchelo; sonriendo
pálidamente, como cuando estaba desnuda. Había hecho un puñado con
la punta de los dedos y lo subía y lo bajaba mientras me echaba un
vistazo con estupor. A veces resultaba imposible mirarle a los ojos;
tenía fragmentos de rencor, de desidia, de poder; todo mezclado bajo
un mismo aspecto. Abajo, en la avenida, los autos se agolpaban
porque el semáforo se había puesto en rojo. Me tomó del brazo, me
dio dos besos, uno por cada mejilla, y comenzamos a descender. Era
un miércoles de miércoles, de treinta y pico grados de calor.
—¿Qué está haciendo acá? —preguntó en mitad de la
escalinata—. ¿No me dijo que tenía que ir al médico?
—Sí pero me desocupé antes de lo previsto.
—¿Y cómo anda?
—Normal. Qué sé yo.
—Habíamos quedado a las cinco.
—Pero el médico me despachó rápido porque se tenía
que ir a una conferencia sobre espina bífida. Acá cerca; en el Hotel
Panorama.
Cruzamos la esquina. Alrededor pasaba un hormiguero
de jóvenes y no tan jóvenes que iban a rendir los últimos exámenes
del año a la facultad y que caminaban apurados, vestidos de verano,
ciegos, porque el verano en la ciudad es peor que la cólera de un
dictador y porque no se puede dormir la siesta ni trabajar; no se
puede vivir en paz.
Así avanzamos lentamente, extenuados por esa
sensación térmica y por esa humedad, en contra de los autos que
venían por la avenida General Paz. El reflejo ardiente del sol se
pegaba en los parabrisas, los conductores apoyaban un brazo en la
ventanilla y se tomaban la frente. Todo agonizaba lánguidamente: los
comedores, las heladerías, los quioscos.
—¿Me podría dar un adelanto?
Sellé los labios -estaban resecos-, y los humedecí en
saliva. Aquella pregunta me tomó de sorpresa; jamás había pedido
dinero antes de llegar al departamento.
—Quiero comprar un paquete de caramelos —agregó— y no
tengo plata.
Esperamos la señal del semáforo y cruzamos con el río
de gente por la senda peatonal. Cuando era joven esa cuadra estaba
repleta de pizzerías; ahora no había quedado nada, sólo veredas
rotas y toldos. Nos acercamos a una cigarrería. Esperé que la joven
me atendiera jugando con una moneda entre mis dedos; así hasta que
en un momento se me cayó. Sabrina hizo equilibrio, se sentó sobre
sus talones; con un movimiento fugaz de manos y pelos se quitó el
flequillo de la frente, levantó la moneda y me la devolvió.
—Elegí los que quieras —dije.
—Da lo mismo. Es para quitarme el gusto.
Señalé un paquete fino y largo de caramelos de menta. La joven que
cuidaba el quiosco levantó la vitrina, lo sacó muy prolijamente y lo
puso sobre esa pequeña bandeja-reloj que tienen todos los quioscos
de la ciudad y que algunas veces marca la hora y algunas veces no;
no marca nada. Recogí los caramelos y se los pasé. Volvimos a
ponernos en marcha. Ella estiró el brazo, con los ojos heridos por
el resplandor, indicándome el estrado de la basílica de Santo
Domingo. Allí el sol no lastimaba tanto.
Mientras subíamos a la vereda de enfrente, pasó un
niño descalzo, cubierto de lamparones. Venía pidiendo limosnas. Su
rostro apenas se veía bajo los remolinos de grasa. Ella pellizcó el
paquete de caramelos refrescantes que acababa de abrir y se lo
ofreció. El pequeño lo recibió sin decir una palabra. Levantó las
cejas con tristeza y siguió de limosna por el filo de la avenida,
acercándose a los que estaban esperando el colectivo.
—De todos modos —puntualicé—. Si querés te puedo dar
la plata ahora.
Sacudió los hombros, sin quitar la vista del frente,
prestando atención a los peatones que venían abriendo la boca.
Definitivamente era un calor de locos, de esos que parten los
labios, que pesan la ropa, que hinchan la sangre, pero que a ella no
le fastidiaba. Tenía puesto un solero fresco y oscuro, arrugado por
el sudor, y unas sandalias de diez pesos magullándole los pies con
marcas coloradas, como chicotazos de insectos, sin embargo, Sabrina
nunca se quejaba. Mantenía el paso con ligereza. Adelantaba las
caderas, el solero se plisaba en la cintura, pero nada en su
semblante se transformaba. Metí la mano en el bolsillo, un largo
bolsillo que me llegaba casi hasta la rodilla, y saqué un fajo de
billetes. Los desplegué entre mis manos y separé uno de cincuenta.
Se lo entregué hecho un rollito. Estaba fresco y rociado por la
vehemencia del calor. Ella lo desprendió de mis dedos y después
observó:
—Por esta vez le cobro cincuenta pero la próxima son
veinte más. ¿Sabe? Le aviso para que lo piense.
—Lo que es saber negociar —murmuré—. Yo nunca lo
supe.
—No veo que le haya ido tan mal...
Subimos a la peatonal. Colgó los pulgares en la tira
de la funda del violonchelo. Los empleados de los comercios,
apoyados en los umbrales de las vidrieras, parecían mareados y
exhaustos. Le pregunté si sentía bien, si no quería que le ayudara a
llevar un rato el instrumento. Me dijo que no; estaba acostumbrada a
cargarlo. Desde la infancia había estado con algo sobre la espalda,
primero una guitarra de conservatorio; después, cuando se cansó de
practicar entre tantos hombres, había venido el chelo.
—Para un músico —me explicó—, el instrumento es como
una parte de su propio cuerpo. Jamás molesta. Es la extensión de uno
mismo.
Cruzamos todo el largo de la peatonal 9 de julio. Me
contó por qué tampoco le molestaba el calor. Al terminar la
secundaria se había ido a Brasil, con una mochila llena de cosas,
sin decir nada a su familia, siguiendo a un novio que hacía
artesanías con hilos de tanza y piedras de turmalina. La locura no
había durado mucho, pero le sirvió para aprender a resistir los
embates del sol.
—¿Qué parte de Brasil?
—San Salvador.
—Y te volviste porque te peleaste con tu novio.
—No. En realidad porque me harté de la vida de los
artesanos. Se la pasaban tomando cervezas, escuchando a Caetano
Veloso, fumando porros. No soporté la rutina. Así que me tomé un
colectivo y a los dos días estuve de nuevo en la casa de mis padres.
Al principio me recibieron con los brazos abiertos pero cuando les
dije que volvía embarazada por poco no me echan a la calle.
—No sabía que tenías un hijo.
—Una hija. Ahora ya lo sabe —aclaró con una sonrisa.
Dijo que se llamaba Manuela, y se le iluminaron los
ojos al decirlo. Junto con la música, era una de las pocas cosas que
la mantenían viva. El trajín de los pañales y la mamadera le habían
hecho olvidar aquella vida urticante de artesanías, siempre inmóvil,
parsimoniosa, lenta, y la habían empujado hacia el mundo. Ya no
tenía que pensar en ella misma, ya no tenía motivos para desvariar
por las noches, ya no era más un alma egoísta.
—A decir verdad—la interrumpí—; yo me ofrezco a
cargar esa cosa y si me escuchara el médico me mata. Tengo prohibido
hacer fuerzas. No hay peor castigo que la columna.
—¿Qué le pasa a su columna?
—Hernia de disco. La única manera de solucionarla es
operándose, pero a esta edad que tengo, Sabrina, es muy peligroso. A
esta edad cuando uno entra al quirófano hace de cuenta que ha jugado
a la ruleta rusa.
—Yo no diría eso. Tal vez, más que ruleta rusa,
yo diría lotería. Tal vez lo que nos espera del otro lado es
un premio. ¿Por qué ser tan pesimista?
—Me gusta leer.
—¿Y?
—Allí aprendo esas cosas.
—Entonces no lea.
Sonreí. En cierto modo me identificaba con esa
inocencia, ese espíritu rebelde, esas ganas de dar la contra por dar
la contra. Me trasladaba a mi juventud, cuando me negaba a creer en
lo que me decían los libros, cuando buscaba como loco el secreto
universal que abría todas las puertas de la felicidad, cuando
desdeñaba la filosofía, las novelas, las entrevistas a los artistas,
los sermones de la misa. Ella poseía ese destello de los que están
buscando algo; lo tenía fijo en la mirada, alerta, igual que dos
caballos en la línea de una largada; ese temblor que a veces no es
un temblor, sino una falsa serenidad; y por eso mismo me asemejaba y
perdía la noción del tiempo cuando estaba con ella, a pesar de que
lo nuestro no iba más allá de una simple relación comercial.
En el aire de la peatonal seguía flotando el gorjeo
de los empleados de comercio que regresaba de almorzar. Era un
murmullo ensordecedor. Sabrina, que hacía poco había ganado un
concurso y había entrado en la orquesta provincial, detestaba aquel
ruido.
—Salgamos rápido de acá —me dijo—. No soporto a toda
esta gente.
Repuse que no había muchas más opciones para llegar
al departamento. Se hallaba en la esquina de Arturo M. Bas y
lamentablemente estábamos obligados a caminar por allí.
Sin embargo apresuré los pies, como pude; los años
eran una lija que poco a poco me despojaban de todo lo que había
aprendido a lo largo de la vida. Primero la energía, después la
memoria, y por último los afectos. Había cumplido los sesenta y todo
había cambiado. Ahora necesitaba tomar agua a cada rato, ahora tenía
una calculadora para sumar y restar, ahora, por las noches, solía
llorar, escondido entre mis manos, sin poder parar.
Antes de que cruzáramos los paredones sucios de la
cañada, ennegrecidos por los caños de escape, mudos como la nada, me
detuve un segundo a descansar. Ella se paró más adelante. Se dio
vuelta y retrocedió. Coloqué un pie encima de la fuente de los monos
y saqué un pañuelo para secarme la transpiración mientras ella me
esperaba con las manos en jarra, mirando las baldosas del piso.
—Ahora sí —le dije y seguimos.
Pasamos el puente de la cañada y llegamos al edificio
donde estaba mi departamento. Era un rectángulo pésimamente
estructurado. Abrí la puerta y la invité a entrar. El palier estaba
fresco y sombrío. Había un mural y papeles pegados con avisos de la
administración. Resoplé al sentir ese ambiente agradable. Fuimos
hasta el ascensor y lo llamamos.
—Acá se puede respirar —dije.
Iluminó una sonrisa y entró. Usaba el pelo corto,
apenas hasta donde terminaban los hombros, lacio, con el color de la
miel. Su rostro era pálido y limpio, pero por el espejo del ascensor
se veía distinto, con la raya peinada del otro lado. Cuando
empezamos a elevarnos, se desencajó de las tiras del violonchelo y
lo asentó en el piso, después se quedó mirando hacia arriba, hacia
el techo del compartimiento. Al llegar al noveno, la velocidad
disminuyó. Escuchamos los mecanismos del engranaje y al instante la
caja nos sacudió. Destrabé la reja, giré el picaporte.
—Ahí está la luz.
—¿Adónde? —preguntó.
—Al costado tuyo. ¿Ya te olvidaste?
La encendió. Busqué el manojo de llaves y empecé a
separarlas para encontrar la que abría la puerta.
—A medida que te vas poniendo viejo, vas teniendo más
llaves —dije.
Quité la cerradura y abrí. Había olor a humedad.
Hacía una semana que el departamento no se ventilaba. Me apuré en
levantar todas las persianas de la sala y en correr las ventanas.
Ella dejó el instrumento apoyado en uno de los quicios de la pared,
se sentó en el sofá y empezó a quitarse las sandalias. Yo aproveché
para ir al baño y lavarme las manos.
—Hay jugo fresco en la heladera —le grité—. Tomá lo
que quieras. Pero no lo hagas descalza, por favor. Es peligroso.
Escuché que decía algo pero no lo interpreté. Me vi
las manos frente al botiquín empapadas de resudor. Hice espuma con
el jabón y las refregué un largo rato. Después alcé la toalla del
costado y las sequé. Empuñé el frasco de pastillas, luego lo agité
hasta que asomara alguna; eran demasiado grandes para mi gusto, del
tamaño de un botón de camisa. Introduje una en la boca, extendiendo
el cuello hacia atrás, y me quedé en esa posición, duro, sin
moverme, tapándome los labios con todo el ancho de mis dedos. Cuando
sentí que me rozaba la garganta, tomé el jarro con el que me
cepillaba los dientes, lo llené de agua, y rempujé un trago largo.
Miré el reloj. Eran las cinco. Estaba bien. Volví a secarme con la
toalla y salí.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—Acá en la cocina.
Fui hasta allí y la vi, estaba afirmada contra la
heladera, bebiendo un vaso de jugo, totalmente desnuda.
—¡Mujer! ¿Estás loca? Te puede dar la corriente.
—De algo hay que morir —me contestó y se soltó de la
puerta. Sus senos, que eran pequeños como dos porciones de flan,
bailotearon al venir hacia mí. Le faltaba bronceado pero lo mismo se
podían ver las marcas de su ropa interior.
—De algo hay que morirse, pero por favor no trates de
hacerlo en mi casa.
Dejamos la cocina y entramos otra vez a la sala.
Había empezado a correr aire. Entraba por las ventanas y me volaba
los papeles. Ella se adelantó, caminando sin vergüenza, como si
estuviera desnuda adelante de su hija, sin ninguna clase de
sensualidad, y se arrodilló en el sofá. Se apoyó sobre los tallos de
sus pies. Corrió un poco el pelo hacia atrás y se sacó el collar,
los aros y la pulsera. Los dejó a un lado, junto a las sandalias y
al solero.
—Esto te va a dar un poco de calor —le dije mientras
acercaba una lámpara a la punta del sofá—. Cualquier cosa, vos me
decís.
Acomodé el pie, lo enchufé y me fui a sentar. Sobre
la mesa había una docena de bosquejos en los que habíamos estado
trabajando. Los estudié por un instante hasta que elegí el que
aparentaba ser el mejor. Lo coloqué en el atril. Ella no me miraba,
estaba hipnotizada. Preparé la pintura, los pinceles, y empecé a
fluir, intentando que los prejuicios no me traicionaran.
—Ayer —le comenté— hubo un accidente grave en la
circunvalación. Un matrimonio que iba con un niño de ocho años.
—Algo oí.
—Qué… —pensé un segundo—… Qué amargura, ¿no?
—Un horror.
—La vida es una ruleta —reflexioné mientras daba la
primer pincelada.
—Mejor diga que es una lotería —me corrigió.
No dije nada. Afuera el sol empezaba a ocultarse
detrás de los edificios. A lo lejos se veían los árboles de la
cañada algo inquietos. Se suponía que ahora había viento. En la
calle los autos se amontonaban y tocaban bocina, las madres volvían
cargadas de bolsas con los regalos de navidad. Observé por un
instante esa postal desteñida y agobiada del verano, fruncí la cara
y volví a pintar. La pastilla me había hecho efecto. El mundo, de
improviso, permanecía quieto en mis viejas manos, acurrucado y
desprotegido, como un pájaro que acababa de nacer.
