México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

Eugenio Bautista De la Cruz. Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica, egresado del Instituto Politécnico Nacional.  Poeta y narrador, su obra permanece inédita. En su haber hay diferentes libros de cuentos como: La ciudad de los sueños y otras historias, Desde la ventana, Cuentos para niños y los poemarios: Soledades (Del cual son extraídos estos tres poemas), Otros ojos, otras hojas, Entreviaje, De tiempo en tiempo, Vuelo de hojas.

 

Mírame ya,

reconóceme en el tiempo de una mirada,

de un suspiro o de un beso.

Si me paro un poco

en el momento en que la noche cae insondablemente

entre mis sentidos y los tuyos,

en los momentos de las vastas soledades perpetuas 

que cobijan mis auroras y mis diferentes soles,

y mis diferentes días, ¿me reconocerás?.

 

Yo soy la sombra que se escuda entre

los diferentes pliegues de tu piel, de tu deseo, de tu falda,

de tus órganos más queridos y guardados,

de tu vientre.

Yo soy la sombra que no pide permiso para atraparte

entre las manos de arcilla de unos versos,

y a través de las horas, de los días.

 

Yo soy el destino,

cruel, marchito y envejecido

por la daga que van dejando tus huellas

en el camino de este largo soñar,

que es la vida. 

 

 

A veces me pregunto

del amor que por ti siento,

¿Qué es lo que me hace quererte,

desearte con toda mi alma hasta el sepulcro

en donde reposan mis huecos y mi soledad?.

Quizá sea esta misma soledad

que me acompaña,

tu abrazo fuerte o la miel de tus labios en flor,

el calor de tu cuerpo como lava ardiente,

o tu soledad también -¿por qué no?.

 

Hay algo en mi que te llama,

que pronuncia tu nombre

cada vez que abro los ojos o la boca o mis manos,

y como propio lo reclama, sin tregua ni abrigo

ni posesión ni libertad, sólo tu nombre

o tu soledad.

Quiero creer que es el amor que te reclama,

que es esto que siento cuando veo tu fotografía

sola, desoladamente esperando

siempre, una caricia en mi escritorio

o una última mirada derretida.

 

Pero eres tú la que me acecha en el sueño,

eres tú la que me atrapa cuando hablamos,

la que me lleva al cielo cuando amamos

y cuando decimos: “te quiero”,

es tu misma esencia la que me lo dice,

tu misma alma.

Son tus mismas manos que vuelan como mariposa

de flor en flor en cada centímetro de mi piel,

son tus ojos de noche, eterno cielo estrellado

que me brota del alma amurallada con tus brazos,

con tus piernas, con tus pechos, con tu boca.

 

Y después de pensarlo tanto,

he descubierto que es tu misma alma la que me atrapa,

la que me hace amarte, como te amo.

 

  

En la noche estaban sus ojos y callados

y firmes miraban y miraban sin descanso.

En las oscuras sombras, sus sombras daban pasos,

perdidos pasos en alturas que no alcanzo.

 

Sus ojos mágicos, negros, miraban la noche,

estrellas los rodeaban por su belleza atraídas

y yo en mi ventana exhalando un reproche,

captando esencias claras de estrellas caídas.

 

Quizá sea yo, que por suerte capte sus miradas,

quizá mi amor le alcance para llenar su ausencia,

quizá sea yo, que dibujo el amor con palabras.

 

En la noche están sus anhelos y no me alcanzan,

sus miradas hablan y en la noche sus ojos

relucientes entre las sábanas, me miraban.  

 

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