Alguien ha dicho:
“La diversión del hombre en el mundo es su perdición en él”. A
fuerza de querer divertirse en el mundo por la fuerza misma de
su diversión, el hombre se verifica a sí mismo como único, como
total y verdaderamente uno, como un hombre aislado, solitario,
independiente, separado de todo.
El hombre solo, el
hombre completamente, plenamente solo, tiene miedo y quiere
perderse, esconderse. Pero no esconderse del mundo, sino
esconderse en el mundo: taparse con el mundo. El hombre solo,
tiene miedo; un miedo espantoso, total; siente la plenitud
totalizadora del miedo, porque siente, por vez primera, su
vacío, la nada. Se siente verdaderamente perdido. Siente
entonces, digo por eso, un miedo total y totalizador; un
verdadero terror pánico. Y así respondiendo a la voz divina, lo
confiesa: tuve miedo, y añade: porque estaba desnudo,
y me escondí. El hombre quiere ser el que era y no ser el
que es. Y se viste, se enmascara, para no sentirse desnudo, para
sentirse otro. Para divertirse.
La diversión del
hombre en el mundo y por el mundo es una especie de pudor del
hombre ante sí mismo, que es, en definitiva, miedo. El hombre
tiene miedo a aburrirse que es como si le tuviera miedo a su
miedo, porque es tener miedo, al temor. La diversión es, como si
dijéramos, para el hombre el pudor al aburrimiento.
El hombre quiere
tapar, esconder, esa especie de borrachera de la nada que es su
propio desnudo, espanto de no ser, su vanidad, su propia
angustia de perderse. La moral de los moralistas es cosa
pasajera: porque es cosa de paso, de salir del paso; cosa de
hacer pasar: y de hacer pasar lo que es por lo que no.
El hombre nace
desnudo y es al salir al mundo cuando tiene la necesidad moral
de vestirse. Y así pudo hablarnos Balzac que “la vida es nuestro
vestido”. Y no es verdad. No miente el hombre con la cara,
miente con la voz; no miente con el cuerpo desnudo, miente con
el cuerpo vestido: miente con el alma. Porque no miente el
hombre con su cara en la vida cuando de veras da la cara a la
vida. No miente, porque la mejor máscara del hombre es su propia
cara, su mismo rostro, como pensaba Nietzsche. La verdad del
hombre es su desnudo aburrimiento y no su vestida diversión. Sus
trajes, su vestidos, sus hábitos o costumbres son mentiras
mortales.
Y esta corrupción
se reduce, en último término, a una forma más de la corrupción
del hombre por la ciencia: por la hipocresía de la ciencia. La
moral, como ciencia del bien y del mal, es mala, sobre todo, por
querer ser ciencia: por pretender hipócritamente a la sabiduría.
“Dios está
desnudo”, había dicho Séneca. Para nacer y morir como hombre,
Dios está desnudo. “He aquí al hombre”, se nos dijo al sacarlo
vestido, disfrazado de rey de burlas, para escarnecerlo. Pero
“Dios está desnudo”: sobre la cuna del pesebre al nacer como
sobre la cruz al morir. Ante los hombres de buena fe, de buena
voluntad, “Dios está desnudo”; como niño y como hombre, nace y
muere, humanamente y divinamente, desnudo.
A todo lo humano,
amorosamente le salvará, la causa misma de su perdición: su
sensibilidad extremada. Porque al extremarla de este modo,
percibirá en su carne viva el latir de su corazón que le
advierte para que en él escuche los deseos del espíritu. Y
traspasará con su ardoroso, acerado empeño de existir, la carne
más viva del mundo; de un mundo desenmascarado, desnudo: el
mundo vivo de la creación divina. No en vano, dijo el poeta: “La
verdadera verdad / nunca se esconde en lo oscuro: / se esconde
en la claridad”.