México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

Francisco Arias Solís. Político, biógrafo, poeta y periodista español. Estudió bachillerato en Ronda e Ingeniería de montes en Granada y Madrid. Es funcionario del Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo. Secretario general de UGT en Cuenca. Secretario de Organización y de Política Socioeconómica del PSOE de la Comisión Ejecutiva Provincial de Cádiz. Miembro del Comité Director del PSOE en Andalucía. Secretario de Política Socieconómica de la Comisión Ejecutiva Provincial del PSOE en Cádiz. Secretario general de la UGT de Cádiz y miembro del Comité Confederal de UGT. Senador electo por Cádiz por el PSOE con fecha 28 de octubre de 1982 y también el 22 de junio de 1986- Actualmente trabaja en Prevención de Riesgos Laborales en la ciudad de Cádiz. Colabora en varios periódicos y revistas culturales y literarias. En 1992 fundó la Asociación Cultural, Artística y Literaria Foro Libre y cinco años más tarde la Asociación Internacional de Usuarios de Internet Internautas por la Paz y la Libertad. Gusta especialmente de escribir breves pero documentadas biografías sobre escritores progresistas españoles. Es miembro de número del Ateneo Literario, Artístico y Científico de Cádiz y miembro de honor de la cátedra Itinerante de Flamencología.

 “Hombre occidental ,
tu miedo al Oriente, ¿es miedo
a dormir o a despertar?”

Antonio Machado
 

El PUDOR AL  ABURRIMIENTO

           

Alguien ha dicho: “La diversión del hombre en el mundo es su perdición en él”. A fuerza de querer  divertirse en el mundo por la fuerza misma de su diversión, el hombre se verifica a sí mismo como único, como total y verdaderamente uno, como un hombre aislado, solitario, independiente, separado de todo.  

El hombre solo, el hombre completamente, plenamente solo, tiene miedo y quiere perderse, esconderse. Pero no esconderse del mundo, sino esconderse en el mundo: taparse con el mundo. El hombre solo, tiene miedo; un miedo espantoso, total; siente la plenitud totalizadora del miedo, porque siente, por vez primera, su vacío, la nada. Se siente verdaderamente perdido. Siente entonces, digo por eso, un miedo total y totalizador; un verdadero terror pánico. Y así respondiendo a la voz divina, lo confiesa: tuve miedo, y añade: porque estaba desnudo, y me escondí. El hombre quiere ser el que era y no ser el que es. Y se viste, se enmascara, para no sentirse desnudo, para sentirse otro. Para divertirse.

La diversión del hombre en el mundo y por el mundo es una especie de pudor del hombre ante sí mismo, que es, en definitiva, miedo. El hombre tiene miedo a aburrirse que es como si le tuviera miedo a su miedo, porque es tener miedo, al temor. La diversión es, como si dijéramos, para el  hombre el pudor al aburrimiento.  

El hombre quiere tapar, esconder, esa especie de borrachera de la nada que es su propio desnudo, espanto de no ser, su vanidad, su propia angustia de perderse. La moral de los moralistas es cosa pasajera: porque es cosa de paso, de salir del paso; cosa de hacer pasar: y de hacer pasar lo que es por lo que no. 

El hombre nace desnudo y es al salir al mundo cuando tiene la necesidad moral de vestirse. Y así pudo hablarnos Balzac que “la vida es nuestro vestido”. Y no es verdad. No miente el hombre con la cara, miente con la voz; no miente con el cuerpo desnudo, miente con el cuerpo vestido: miente con el alma. Porque no miente el hombre con su cara en la vida cuando de veras da la cara a la vida. No miente, porque la mejor máscara del hombre es su propia cara, su mismo rostro, como pensaba Nietzsche. La verdad del hombre es su desnudo aburrimiento y no su vestida diversión. Sus trajes, su vestidos, sus hábitos o costumbres son mentiras mortales.  

Y esta corrupción se reduce, en último término, a una forma más de la corrupción  del hombre por la ciencia: por la hipocresía de la ciencia. La moral, como ciencia del bien y del mal, es mala, sobre todo, por querer ser ciencia: por pretender hipócritamente a la sabiduría.

“Dios está desnudo”, había dicho Séneca. Para nacer y morir como hombre, Dios está desnudo. “He aquí al hombre”, se nos dijo al sacarlo vestido, disfrazado de rey de burlas, para escarnecerlo. Pero “Dios está desnudo”: sobre la cuna del pesebre al nacer como sobre la cruz al morir. Ante los hombres de buena fe, de buena voluntad, “Dios está desnudo”; como niño y como hombre, nace y muere, humanamente y divinamente, desnudo. 

A todo lo humano, amorosamente le salvará, la causa misma de su perdición: su sensibilidad extremada. Porque al extremarla de este modo, percibirá en su carne viva el latir de su corazón que le advierte para que en él escuche los deseos del espíritu. Y traspasará con su ardoroso, acerado empeño de existir, la carne más viva del mundo; de un mundo desenmascarado, desnudo: el  mundo vivo de la creación divina. No en vano, dijo el poeta: “La verdadera verdad / nunca se esconde en lo oscuro: / se esconde en la claridad”.

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