México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

 

Francisco Javier Vallina Samperio, nacido en Santiago de Cuba, reside en Asturias (España) desde 1974, donde realizó estudios de Humanidades, doctorándose en Filología en 1995. Ejerce de profesor de Lengua y Literatura en la Universidad de Oviedo.
Entre sus publicaciones destacan diversos artículos publicados en la serie El Discurso Artístico, editada por el Dr. José Luis Caramés Lage, y en las revistas Archivum, Odisea y R.E.N – Sevilla, así como en revistas digitales como Palabras Diversas y Universal Journal-AYWJ. Es también co-autor de una edición crítica de El Último Mohicano realizada en colaboración con el Dr. Urbano Viñuela.

 

Considerada su obra de madurez, Hemingway escribió El Viejo y el Mar en Cuba en 1951, siendo publicada un año después en la revista Life. Escrita desde la perspectiva de la profunda experiencia adquirida a lo largo de su trayectoria vital, ayudó al autor a conseguir el Premio Nobel en 1954 por toda su carrera literaria. El leitmotiv de la novela, la lucha del hombre contra la adversidad, así como todas las ideas periféricas que apoyan un tema tan universal, son conceptos que transmiten un mensaje intemporal que nunca pierde su vigencia.

El protagonista de la obra, de nombre Santiago, es un cubano resignado a su mala suerte que afronta con estoicismo el ocaso de su vida. Este personaje podría haber estado inspirado en Gregorio Fuentes, un pescador cubano que ayudaba a Hemingway cuando vivía en Cuba, y que fue contratado por el escritor para que cuidara de su barco, el “Pilar”, compartiendo ambos una amistad que terminaría cuando el autor se suicidó el 2 de Julio de 1961. Gregorio, por su parte, murió de cáncer en 2002 habiendo alcanzado los 104 años de edad.

En las tres primeras líneas de la historia, el autor hace una declaración de intenciones sobre la que va a ser una de las líneas maestras de toda la novela: “En el Gulf Stream en un bote, hacía ochenta y cuatro días que un viejo pescador solitario no recogía un solo pez” (Pg. 1). Con su estilo característico, sobrio y directo, Hemingway nos ofrece de una pincelada la principal característica de Santiago, la de ser un viejo pescador solitario. Además, el lector conoce desde el comienzo la mala suerte del pescador, que no ha sido capaz de apresar ninguna pieza en los últimos dos meses y medio. Hay un elemento fundamental en la caracterización de este personaje que le otorga, hoy más que nunca, la manida etiqueta de “anti-héroe”. Santiago no es un bebedor, ni un hombre arruinado tras una exitosa carrera. Tampoco es un poeta maldito, ni un intelectual atormentado. Se trata del más inofensivo y olvidado de los seres de la sociedad actual: Un anciano. Es por ello que el personaje y el mensaje de la novela cobran un significado especial en el mundo del siglo XXI, en una Norteamérica obsesionada con la seguridad, en una Europa cada vez más influida por los Estados Unidos, y en una sociedad occidental cada vez menos humana y más egoísta, en la que cada individuo subsiste diariamente conectado a las nuevas tecnologías y disfrutando de su ración diaria de amistad o de diversión en pequeñas píldoras multimedia.

Santiago es un hombre viejo, abandonado por la suerte y en el ocaso de su carrera como pescador. Es un ser olvidado, un anciano que malvive en una cabaña durmiendo entre periódicos y fantaseando con las grandes ligas en las que juega su gran héroe, Joe DiMaggio. Es un hombre en medio del mar cuando sale de pesca, y un hombre en medio del océano cuando está en tierra firme -el océano de la soledad. Es víctima de la soledad por haber perdido a su mujer tiempo atrás, y por haber perdido la compañía del “muchacho”, Manuel, que ya no está con él ayudándole en su faena (aunque sí lo acompaña y lo cuida, como una sombra, cuando el anciano duerme). Es por ello, que Santiago es el personaje perfecto para librar la batalla que se desencadena en la novela, la del viejo contra el mar. Nada resulta más conmovedor y épico que el más débil y cansado de los hombres sea el que se enfrente a los peligros del mar, y se supere a sí mismo una y otra vez, salvando en cada momento los escollos y las trampas que el océano le prepara. Es precisamente este anciano solitario y cansado el que dará ejemplo de cómo un hombre puede luchar, no sólo contra la adversidad y la evidencia, sino también contra el peor de sus enemigos, su propio desánimo. 

Al comenzar la historia, Hemingway realiza para el lector un retrato del personaje con el que convivirá en esta novela. Como leemos a continuación, Santiago es un hombre viejo, curtido en mil batallas que han dejado profundos recuerdos en su rostro y en su piel:

“El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las manchas pardas del benigno cáncer de la piel –que el sol produce con sus reflejos en el mar Caribe- estaban en sus mejillas. Estas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan grandes peces. Pero ninguna de estas era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un desierto despoblado.

Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar, eran alegres e inofensivos” (Pg. 16).

Como ocurre con todo en esta novela, hay un elemento que resiste, algo que no se deja llevar y que aguanta pese a la edad o los contratiempos. Todo en Santiago es viejo… salvo sus ojos, que son alegres e inofensivos. Los ojos de Santiago sonríen pese a la tempestad, son alegres a pesar de la vejez y el cansancio. Sus ojos son su alma, y como veremos a continuación, Santiago es en realidad un hombre joven, ya que se siente y se comporta como tal. Es un hombre que lucha.

Pese a no haber capturado un solo pez en casi tres meses y contar con tan sólo su viejo bote y sus débiles manos, Santiago decide salir a pescar “su gran pez”. Sabe que la suerte le ha dado la espalda, pero por si vuelve, quiere estar preparado y decide trabajar y esforzarse hasta que su tesón le sea recompensado: “Lo que pasa es que ya no tengo suerte. Pero ¿quién sabe? Acaso hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto” (Pg. 35). Ese halo de esperanza, ese espíritu que nunca abandona a Santiago, incluso en los momentos más duros, es lo que le permitirá superar los contratiempos a los que se enfrenta. Como el propio anciano dice en el libro, “después de todo, nada es fácil” (Pg. 71).

El mar representa en el libro la adversidad a la que el ser humano tiene que hacer frente. Santiago, como pescador, ha de sortear todas las trampas y obstáculos que el océano va colocando caprichosamente en su camino. Algunas opiniones defienden que en El Viejo y el Mar, el océano representa a las mujeres, visto como una fuerza de la naturaleza que tan pronto se vuelve colérica como se queda en calma, un ente caprichoso que actúa por impulsos y resulta imprevisible. Asimismo, la masculinidad y los valores propios del hombre parecen representados por Santiago y por el propio pez, la aguja que el pescador apresa -un pez valiente, que sabe esperar y que intenta hacer valer su coraje y su constancia, un luchador nato. No obstante, estos extremos han sido desmentidos por el propio autor, quien aseguró que no hay que buscar más allá de la propia historia para encontrar el significado de la novela. En cualquier caso, queda claro que el mar es el campo de batalla en el que Santiago tendrá que sacar lo mejor de sí mismo para poder derrotar a su enemigo y hermano, el gran pez. Este gran combate estará envuelto en todo momento por un manto de soledad que es en gran medida el mayor miedo del viejo pescador, y que es también el gran temor al que hace frente el ser humano. La soledad viene dada por el propio escenario de la novela: Un hombre, en un bote que se adentra en el océano persiguiendo a un pez. Santiago está sólo en la inmensidad del océano. Y su soledad se hace más evidente por el eco de sus palabras que nadie escucha. El pescador se ha acostumbrado a hablar en voz alta, quizás para combatir la soledad, quizás como manía por estar tan ligado a ella:

“No recordaba cuánto tiempo hacía que había empezado a hablar sólo en voz alta cuando no tenía nadie con quien hablar. En los viejos tiempos, cuando estaba sólo, cantaba; o a veces de noche cuando hacía su guardia al timón de las chalupas y los tortugueros. Probablemente había empezado a hablar en voz alta cuando se había ido el muchacho. Pero no recordaba” (Pg. 40 ).

Santiago habla consigo mismo en voz alta. También habla con el mar, y con los peces, habla con las tortugas, habla con los pájaros y con su mano agarrotada. Habla con el pez, su hermano y su enemigo. Habla con los tiburones. Pero sobre todo, Santiago habla con quien ya no está: Habla con el muchacho. Aunque no se dirija a él directamente, la frase “ojalá estuviera aquí el muchacho”, es pronunciada por el anciano en voz alta en multitud de ocasiones durante su singladura. Santiago se acuerda del muchacho, y lo evoca cuando necesita compañía. Lo recuerda cuando se encuentra solo, cuando necesita ayuda con el sedal, cuando echa de menos la sal para comer su bonito y cuando su dolorida mano le escuece. Echa de menos al muchacho por la noche, y cuando recuerda el tiempo en el que ambos, aprendiz y alumno salían juntos a faenar. A Santiago “le duele” el muchacho, por que es el recuerdo vivo del tiempo pasado, que fue mejor y que ya no va a volver. Por el muchacho, por los otros pescadores, y por su soledad, es por lo que Santiago tiene que continuar luchando. Para ello, el viejo pescador con su mano agarrotada tiene que sacar fuerzas de flaqueza y lograr atrapar a un pez magnífico.

La lucha que se le presenta es larga, dura y dolorosa. En la novela se nos dice que pasa más de un día desde que el pez espada muerde el anzuelo hasta que sobrepasa la borda del barco atado por el sedal. En el combate Santiago tendrá que sufrir toda clase de penalidades, como su herida bajo el ojo derecho, sus calambres en la mano izquierda, su dolor de espalda y su visión nublada. Padecerá hambre y frío, padecerá el temor a perder el pez, el miedo a no ser suficiente, a no dar la talla. Padecerá la soledad. Pero en cada momento, Santiago es capaz de seguir adelante, de dar un paso al frente y reafirmarse, de gritar con determinación. Así es cuando, cansado, dice en voz alta: “Pez, seguiré hasta la muerte” (Pg. 52). Así es cuando, exhausto, desarmado y casi desesperado tras el ataque de los tiburones, exclama: ‘“¿Qué vas a hacer ahora si vienen de noche? ¿Qué puedes hacer? Pelear contra ellos”, dijo. “Pelearé contra ellos hasta la muerte”’ (Pg. 105).

En los diferentes momentos críticos a los que el viejo tiene que hacer frente en la novela, siempre tenemos el mismo resultado: Santiago se levanta, y proclama su determinación, su resolución de seguir adelante sea como sea, pase lo que pase. Lucha con el magnífico pez aun cuando sabe que las posibilidades de pescarlo son escasas; lucha contra el primer tiburón mako sabiendo que es difícil evitar que el escualo devore a su presa, y lucha contra las hordas de galanos que atacan a su presa de día y de noche. Finalmente, y cuando ya no hay nada que defender porque los temibles asesinos han ido mutilando su trofeo hasta hacerlo desaparecer, Santiago sigue navegando hasta alcanzar el puerto, pone pie en tierra y se dirige, exhausto y desgastado, a su cabaña. Este deber moral del pescador establece una nueva definición para los términos victoria y derrota. Como si se tratase de una obligación para con la memoria de su adversario, Santiago se ve obligado a defender, incluso con su vida si fuera necesario, a su presa de los ataques de los tiburones: ‘“Pero el hombre no está hecho para la derrota”, dijo. “Un hombre puede ser destruido pero no derrotado”’ (Pg. 96). Esta es la máxima que resume la victoria de Santiago sobre el pez que se resiste a ser atrapado. Es la frase que resume el espíritu del libro, que no es otro que el del valor de la lucha, el mantenerse firme ante la adversidad. Santiago no solo vence a su pez, sino que vence al mar y a la tentación de rendirse. En los momentos de debilidad, se hace más fuerte y con estoicismo, aguanta los envites de los tiburones que desgarran su pez. El lector va compadeciendo a Santiago y sufriendo una profunda angustia desde el momento en el que lee: “Pasó una hora antes de que le acometiera el primer tiburón” (Pg. 93 ). Desde esa línea, se intuye que, como dice el propio Santiago, “era demasiado bueno” y es probable que el pescador no llegue a puerto con su pieza. Sabemos de la debilidad del anciano, de su mala suerte, y de la evidencia, pues un hombre sólo en el mar poco puede hacer cuando es atacado por hordas de depredadores. Pero lo que el lector no sabe es cómo va a resistir Santiago, cómo va a luchar contra cada uno de los tiburones. Lo hace con su arpón, luego con el cuchillo, y finalmente a garrotazos; lucharía con las manos vacías si hiciera falta. Santiago lucha como si fuera un hombre joven, con experiencia y con paciencia, sí, pero también con ilusión y con pasión. Eso le mantiene joven por dentro, y eso es lo que le impulsa a seguir adelante.

La victoria de Santiago está representada por el esqueleto del pez espada, ya que aunque los tiburones han devorado la carne del pescado, los huesos atados a la barca del pescador son la prueba fehaciente de la batalla. Como es habitual, Hemingway se centra en la lucha más que en el resultado, siendo lo importante la belleza del combate. James Plath, en su artículo sobre el “baseball” en la novela, así lo reconoce (1996, pg. 79).

El momento en el que el lector siente compasión por Santiago es cuando lo mira con los afligidos ojos del muchacho, Manuel, que ve al anciano durmiendo en su cabaña boca abajo y se fija en sus manos despellejadas. Es entonces cuando el muchacho llora, y llora sin importarle que los demás le vean. El muchacho llora por él mismo y por el anciano, porque sabe que Santiago no llorará. Es un momento triste en cierta medida porque se puede contemplar a Santiago exhausto tras la batalla. Vemos al anciano, su fatiga, la pobreza de su cabaña y sus manos en carne viva, que lo hacen terriblemente humano. Si en el barco Santiago se convirtió por momentos en un Titán, un Aquiles, un Joe DiMaggio, ahora vuelve a ser lo que era al comienzo de la novela: Un viejo. Pero como el muchacho le dice: “No, el no te derrotó”. Efectivamente, Santiago ha vencido porque ha conseguido traer el esqueleto a la playa, porque todos los habitantes del pueblo lo han visto, porque los otros pescadores lo respetan, y por que se ha ganado la admiración infinita de un muchacho. Aunque Santiago no tenga hijos, podrá transmitir todo su conocimiento y su experiencia al muchacho, por lo que su legado no se perderá y sus habilidades y su espíritu perdurarán en el tiempo. Como puede verse al final de la obra, Manuel está ansioso por volver a hacerse a la mar en compañía de su maestro. Y Santiago, lejos de haberse hartado de combatir, ya está pensando en cómo mejorar en su oficio: “Tenemos que conseguir una buena lanza y llevarla siempre a bordo. Puedes hacer la hoja con una hoja de muelle de un viejo Ford. Podemos afilarlas en Guanabacoa. Debe ser afilada y sin temple para que no se rompa. Mi cuchillo se rompió” (Pg. 113).

El carácter de Santiago y su determinación, nos recuerdan a los grandes héroes clásicos por su convicción y por lo épico de su victoria contra la adversidad. Kathleen Morgan y Luis Losada señalan tales características como las que acercan a Santiago a los personajes de Homero, haciendo especial hincapié en la importancia del destino (1992, pg. 39). Ese concepto del destino está muy presente en la obra, ya que Santiago es consciente de cuál es su labor, su misión en el mundo. Es un pescador, y ha nacido para esa labor. También ha nacido para atrapar ese gran pez aún estando en el ocaso de su vida. Ha nacido para no rendirse.

Existen diferentes opiniones acerca del simbolismo de la novela, y las posibles interpretaciones de la masculinidad (representada por el pez y el propio Santiago) y la feminidad (representada por el o la mar). Muchos autores han analizado también las implicaciones religiosas en la novela (Baker) y han estudiado los valores cristológicos de Santiago como figura cuasi-mesiánica (Wittkowski). Pero lo verdaderamente indiscutible es que, a lo largo de la obra, se hace continua referencia a un héroe, no sólo para el viejo pescador cubano, sino también para buena parte de América: Joe DiMaggio. Ya desde las primeras líneas de la novela sabemos de la afición de Santiago por el “baseball” y las grandes ligas norteamericanas. Pero más aun, sabemos quién es su gran ídolo, el incomparable Joe DiMaggio. La pregunta pertinente sería, ¿por qué DiMaggio?. En primer lugar, y como recuerda el anciano en diferentes ocasiones, el padre de DiMaggio era pescador, lo que nos sugiere un origen humilde, y la identificación personal de Santiago con el jugador de los Yankees. Pero el aspecto más importante que hace que Santiago elija al bateador como su inspiración es su lesión en el pie. DiMaggio, al igual que Santiago, estaba en el ocaso de su carrera como jugador profesional cuando sufrió una lesión en su talón que le producía un gran dolor en cada partido. Pero DiMaggio, como Santiago, logró aguantar y siguió liderando a los Yankees a la victoria, con su lesión en el talón que le asemeja al mítico Aquiles: ‘“¿Crees tú que el gran DiMaggio seguiría con un pez tanto tiempo como estoy haciendo yo?”, pensó. “Estoy seguro de que sí, y más, puesto que es joven y fuerte. También su padre fue pescador. Pero ¿le dolería demasiado la espuela del hueso?”’ (Pg. 66).

En todo momento, el viejo pescador tiene presente a su ídolo. Con la ilusión de un niño, recuerda los logros de su DiMaggio, se comporta como si el bateador pudiera observarlo por un agujero, y quiere ser digno de su afán de superación.

Otro de los aspectos que simbolizan el carácter luchador del viejo, es la historia de su pulso con el negro Cienfuegos, un Cubano mucho más fuerte que él, pero que es derrotado por Santiago tras una interminable lucha, como la que ahora le ocupa. Entonces, cuando derrotó a su oponente le llamaron Santiago el Campeón. Ahora, aunque no haya nadie para verle y se encuentre en la inmensidad del océano, los peces y el lector pueden ser los privilegiados espectadores de cómo Santiago mantiene su espíritu vencedor. Sigue siendo el campeón. Con respecto a esto, parte de la crítica contemporánea y la totalidad del movimiento feminista tachan a Hemingway de machista, sexista, e incluso insensible; por otra parte, hay un sector que trata de interpretar y explicar la compleja personalidad del autor, su relación con su madre y sus posibles traumas de la infancia, como las teorías que afirman que era vestido con ropas de niña (Castillo-Puche: 1992, pg. 12). Si bien es cierto que los coetáneos de Hemingway dan un tratamiento distinto a las mujeres en su obra, hay que reconocer que la visión de la masculinidad que nos ofrece El Viejo y el Mar no es más que el reflejo de una la época en la que Hemingway escribió sus relatos y la sociedad en la que había crecido. En su limitado conocimiento de lo femenino y sus recelos hacia las mujeres, escogió escribir sobre lo que conocía, apropiándose en este ejercicio de cualidades tan humanas como la valentía o la capacidad de sufrimiento y otorgándoselos en exclusiva al desarrollo de la masculinidad, aunque también es cierto que pocos autores han conseguido retratar el deseo del ser humano por alcanzar sus metas, sean las que fueren, como lo ha hecho el autor de El Viejo y el Mar.

Como conclusión, la novela destaca la lucha del ser humano contra sus propios límites. Es la historia de un viejo pescador que sueña con las hazañas de Joe DiMaggio y con no estar sólo, que pelea contra el mar y contra los achaques de la vejez. Es la historia de un ser humano heroico, y a la vez el más olvidado e inofensivo de los hombres: Un anciano. Santiago es además un antihéroe, porque pocos autores escogerían a un viejo como el protagonista de sus novelas, menos aún para construir un personaje que se transforma en un Aquiles, un hombre que no tiene miedo a nada y que luchará hasta el final por lograr su objetivo: Ser mejor de lo que era.

Esta idea es la quintaesencia de la obra de Hemingway: El afán de superación, el volver a levantarse y no aceptar la derrota. El viejo pescador no sólo demuestra que puede luchar con un gran pez y con los tiburones, demuestra que mientras le queden fuerzas podrá seguir luchando contra sí mismo y cualquier tendencia al derrotismo. Pero lo grande es que, además, seguirá siendo un personaje tremendamente humano, que maldice su mala suerte, y que aborrece la soledad. Un personaje que derrocha sensibilidad cuando habla con su pez, su hermano, cuando describe la belleza del océano y cuando recuerda cómo en una ocasión pescó a una aguja hembra mientras que el macho se había quedado junto a ella, acompañándola. El Viejo y el Mar nos recuerda cuál es la esencia del ser humano, sea este hombre o mujer, un anciano o un muchacho. Nos recuerda lo que nos hace diferentes. Son los valores que describió Hemingway y que no deben perderse, hoy menos que nunca.

 

Bibliografía:

-Baker, C. 1972: Ernest Hemingway: a life story. Penguin Books. Londres.

-Castillo-Puche, J. L. 1992: Hemingway: Algunas Claves de su Vida y de su Obra. Ediciones Libertarias. Madrid.

-Morgan, K. & Losada, L. 1992: “Santiago in the Old Man and the Sea: A Homeric Hero”. Hemingway Review 12 (1): 35-51.

-Hemingway, E. 1982: El Viejo y el Mar. Editores Mexicanos Unidos. México.

-Plath, J. 1996: “Santiago at the plate: Baseball in the Old Man and the Sea”. Hemingway Review 16 (1): 65-82.

-Wittkowski, W. 1983: “Crucified in the Ring: Hemingway’s The Old Man and the Sea”. Hemingway Review 3 (1): 2-17.

 

 

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