Considerada su obra de madurez, Hemingway escribió El Viejo y
el Mar en Cuba en 1951, siendo publicada un año después en
la revista Life. Escrita desde la perspectiva de la
profunda experiencia adquirida a lo largo de su trayectoria
vital, ayudó al autor a conseguir el Premio Nobel en 1954 por
toda su carrera literaria. El leitmotiv de la novela, la
lucha del hombre contra la adversidad, así como todas las ideas
periféricas que apoyan un tema tan universal, son conceptos que
transmiten un mensaje intemporal que nunca pierde su vigencia.
El protagonista de la obra, de nombre Santiago, es un cubano
resignado a su mala suerte que afronta con estoicismo el ocaso
de su vida. Este personaje podría haber estado inspirado en
Gregorio Fuentes, un pescador cubano que ayudaba a Hemingway
cuando vivía en Cuba, y que fue contratado por el escritor para
que cuidara de su barco, el “Pilar”, compartiendo ambos una
amistad que terminaría cuando el autor se suicidó el 2 de Julio
de 1961. Gregorio, por su parte, murió de cáncer en 2002
habiendo alcanzado los 104 años de edad.
En las tres primeras líneas de la historia, el autor hace una
declaración de intenciones sobre la que va a ser una de las
líneas maestras de toda la novela: “En el Gulf Stream en un
bote, hacía ochenta y cuatro días que un viejo pescador
solitario no recogía un solo pez” (Pg. 1). Con su estilo
característico, sobrio y directo, Hemingway nos ofrece de una
pincelada la principal característica de Santiago, la de ser un
viejo pescador solitario. Además, el lector conoce desde el
comienzo la mala suerte del pescador, que no ha sido capaz de
apresar ninguna pieza en los últimos dos meses y medio. Hay un
elemento fundamental en la caracterización de este personaje que
le otorga, hoy más que nunca, la manida etiqueta de “anti-héroe”.
Santiago no es un bebedor, ni un hombre arruinado tras una
exitosa carrera. Tampoco es un poeta maldito, ni un intelectual
atormentado. Se trata del más inofensivo y olvidado de los seres
de la sociedad actual: Un anciano. Es por ello que el personaje
y el mensaje de la novela cobran un significado especial en el
mundo del siglo XXI, en una Norteamérica obsesionada con la
seguridad, en una Europa cada vez más influida por los Estados
Unidos, y en una sociedad occidental cada vez menos humana y más
egoísta, en la que cada individuo subsiste diariamente conectado
a las nuevas tecnologías y disfrutando de su ración diaria de
amistad o de diversión en pequeñas píldoras multimedia.
Santiago es un hombre viejo, abandonado por la suerte y en el
ocaso de su carrera como pescador. Es un ser olvidado, un
anciano que malvive en una cabaña durmiendo entre periódicos y
fantaseando con las grandes ligas en las que juega su gran
héroe, Joe DiMaggio. Es un hombre en medio del mar cuando sale
de pesca, y un hombre en medio del océano cuando está en tierra
firme -el océano de la soledad. Es víctima de la soledad por
haber perdido a su mujer tiempo atrás, y por haber perdido la
compañía del “muchacho”, Manuel, que ya no está con él
ayudándole en su faena (aunque sí lo acompaña y lo cuida, como
una sombra, cuando el anciano duerme). Es por ello, que Santiago
es el personaje perfecto para librar la batalla que se
desencadena en la novela, la del viejo contra el mar. Nada
resulta más conmovedor y épico que el más débil y cansado de los
hombres sea el que se enfrente a los peligros del mar, y se
supere a sí mismo una y otra vez, salvando en cada momento los
escollos y las trampas que el océano le prepara. Es precisamente
este anciano solitario y cansado el que dará ejemplo de cómo un
hombre puede luchar, no sólo contra la adversidad y la
evidencia, sino también contra el peor de sus enemigos, su
propio desánimo.
Al comenzar la historia, Hemingway realiza para el lector un
retrato del personaje con el que convivirá en esta novela. Como
leemos a continuación, Santiago es un hombre viejo, curtido en
mil batallas que han dejado profundos recuerdos en su rostro y
en su piel:
“El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la
parte posterior del cuello. Las manchas pardas del benigno
cáncer de la piel –que el sol produce con sus reflejos en el mar
Caribe- estaban en sus mejillas. Estas pecas corrían por los
lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las
hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas
cuando sujetan grandes peces. Pero ninguna de estas era
reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un desierto
despoblado.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color
mismo del mar, eran alegres e inofensivos” (Pg. 16).
Como ocurre con todo en esta novela, hay un elemento que
resiste, algo que no se deja llevar y que aguanta pese a la edad
o los contratiempos. Todo en Santiago es viejo… salvo sus ojos,
que son alegres e inofensivos. Los ojos de Santiago sonríen
pese a la tempestad, son alegres a pesar de la vejez y el
cansancio. Sus ojos son su alma, y como veremos a continuación,
Santiago es en realidad un hombre joven, ya que se siente y se
comporta como tal. Es un hombre que lucha.
Pese a no haber capturado un solo pez en casi tres meses y
contar con tan sólo su viejo bote y sus débiles manos, Santiago
decide salir a pescar “su gran pez”. Sabe que la suerte le ha
dado la espalda, pero por si vuelve, quiere estar preparado y
decide trabajar y esforzarse hasta que su tesón le sea
recompensado: “Lo que pasa es que ya no tengo suerte. Pero
¿quién sabe? Acaso hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener
suerte. Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la
suerte, estaré dispuesto” (Pg. 35). Ese halo de esperanza, ese
espíritu que nunca abandona a Santiago, incluso en los momentos
más duros, es lo que le permitirá superar los contratiempos a
los que se enfrenta. Como el propio anciano dice en el libro,
“después de todo, nada es fácil” (Pg. 71).
El mar representa en el libro la adversidad a la que el ser
humano tiene que hacer frente. Santiago, como pescador, ha de
sortear todas las trampas y obstáculos que el océano va
colocando caprichosamente en su camino. Algunas opiniones
defienden que en El Viejo y el Mar, el océano representa
a las mujeres, visto como una fuerza de la naturaleza que tan
pronto se vuelve colérica como se queda en calma, un ente
caprichoso que actúa por impulsos y resulta imprevisible.
Asimismo, la masculinidad y los valores propios del hombre
parecen representados por Santiago y por el propio pez, la aguja
que el pescador apresa -un pez valiente, que sabe esperar y que
intenta hacer valer su coraje y su constancia, un luchador nato.
No obstante, estos extremos han sido desmentidos por el propio
autor, quien aseguró que no hay que buscar más allá de la propia
historia para encontrar el significado de la novela. En
cualquier caso, queda claro que el mar es el campo de batalla en
el que Santiago tendrá que sacar lo mejor de sí mismo para poder
derrotar a su enemigo y hermano, el gran pez. Este gran combate
estará envuelto en todo momento por un manto de soledad que es
en gran medida el mayor miedo del viejo pescador, y que es
también el gran temor al que hace frente el ser humano. La
soledad viene dada por el propio escenario de la novela: Un
hombre, en un bote que se adentra en el océano persiguiendo a un
pez. Santiago está sólo en la inmensidad del océano. Y su
soledad se hace más evidente por el eco de sus palabras que
nadie escucha. El pescador se ha acostumbrado a hablar en voz
alta, quizás para combatir la soledad, quizás como manía por
estar tan ligado a ella:
“No recordaba cuánto tiempo hacía que había empezado a hablar
sólo en voz alta cuando no tenía nadie con quien hablar. En los
viejos tiempos, cuando estaba sólo, cantaba; o a veces de noche
cuando hacía su guardia al timón de las chalupas y los
tortugueros. Probablemente había empezado a hablar en voz alta
cuando se había ido el muchacho. Pero no recordaba” (Pg. 40 ).
Santiago habla consigo mismo en voz alta. También habla con el
mar, y con los peces, habla con las tortugas, habla con los
pájaros y con su mano agarrotada. Habla con el pez, su hermano y
su enemigo. Habla con los tiburones. Pero sobre todo, Santiago
habla con quien ya no está: Habla con el muchacho. Aunque no se
dirija a él directamente, la frase “ojalá estuviera aquí el
muchacho”, es pronunciada por el anciano en voz alta en multitud
de ocasiones durante su singladura. Santiago se acuerda del
muchacho, y lo evoca cuando necesita compañía. Lo recuerda
cuando se encuentra solo, cuando necesita ayuda con el sedal,
cuando echa de menos la sal para comer su bonito y cuando su
dolorida mano le escuece. Echa de menos al muchacho por la
noche, y cuando recuerda el tiempo en el que ambos, aprendiz y
alumno salían juntos a faenar. A Santiago “le duele” el
muchacho, por que es el recuerdo vivo del tiempo pasado, que fue
mejor y que ya no va a volver. Por el muchacho, por los otros
pescadores, y por su soledad, es por lo que Santiago tiene que
continuar luchando. Para ello, el viejo pescador con su mano
agarrotada tiene que sacar fuerzas de flaqueza y lograr atrapar
a un pez magnífico.
La lucha que se le presenta es larga, dura y dolorosa. En la
novela se nos dice que pasa más de un día desde que el pez
espada muerde el anzuelo hasta que sobrepasa la borda del barco
atado por el sedal. En el combate Santiago tendrá que sufrir
toda clase de penalidades, como su herida bajo el ojo derecho,
sus calambres en la mano izquierda, su dolor de espalda y su
visión nublada. Padecerá hambre y frío, padecerá el temor a
perder el pez, el miedo a no ser suficiente, a no dar la talla.
Padecerá la soledad. Pero en cada momento, Santiago es capaz de
seguir adelante, de dar un paso al frente y reafirmarse, de
gritar con determinación. Así es cuando, cansado, dice en voz
alta: “Pez, seguiré hasta la muerte” (Pg. 52). Así es cuando,
exhausto, desarmado y casi desesperado tras el ataque de los
tiburones, exclama: ‘“¿Qué vas a hacer ahora si vienen de noche?
¿Qué puedes hacer? Pelear contra ellos”, dijo. “Pelearé contra
ellos hasta la muerte”’ (Pg. 105).
En los diferentes momentos críticos a los que el viejo tiene que
hacer frente en la novela, siempre tenemos el mismo resultado:
Santiago se levanta, y proclama su determinación, su resolución
de seguir adelante sea como sea, pase lo que pase. Lucha con el
magnífico pez aun cuando sabe que las posibilidades de pescarlo
son escasas; lucha contra el primer tiburón mako sabiendo que es
difícil evitar que el escualo devore a su presa, y lucha contra
las hordas de galanos que atacan a su presa de día y de noche.
Finalmente, y cuando ya no hay nada que defender porque los
temibles asesinos han ido mutilando su trofeo hasta hacerlo
desaparecer, Santiago sigue navegando hasta alcanzar el puerto,
pone pie en tierra y se dirige, exhausto y desgastado, a su
cabaña.
Este deber moral del pescador establece una nueva definición
para los términos victoria y derrota. Como si se tratase de una
obligación para con la memoria de su adversario, Santiago se ve
obligado a defender, incluso con su vida si fuera necesario, a
su presa de los ataques de los tiburones: ‘“Pero
el hombre no está hecho para la derrota”, dijo. “Un hombre puede
ser destruido pero no derrotado”’ (Pg. 96). Esta es la
máxima que resume la victoria de Santiago sobre el pez que se
resiste a ser atrapado. Es la frase que resume el espíritu del
libro, que no es otro que el del valor de la lucha, el
mantenerse firme ante la adversidad. Santiago no solo vence a su
pez, sino que vence al mar y a la tentación de rendirse. En los
momentos de debilidad, se hace más fuerte y con estoicismo,
aguanta los envites de los tiburones que desgarran su pez. El
lector va compadeciendo a Santiago y sufriendo una profunda
angustia desde el momento en el que lee: “Pasó una hora antes de
que le acometiera el primer tiburón” (Pg. 93 ). Desde esa línea,
se intuye que, como dice el propio Santiago, “era demasiado
bueno” y es probable que el pescador no llegue a puerto con su
pieza. Sabemos de la debilidad del anciano, de su mala suerte, y
de la evidencia, pues un hombre sólo en el mar poco puede hacer
cuando es atacado por hordas de depredadores. Pero lo que el
lector no sabe es cómo va a resistir Santiago, cómo va a luchar
contra cada uno de los tiburones. Lo hace con su arpón, luego
con el cuchillo, y finalmente a garrotazos; lucharía con las
manos vacías si hiciera falta. Santiago lucha como si fuera un
hombre joven, con experiencia y con paciencia, sí, pero también
con ilusión y con pasión. Eso le mantiene joven por dentro, y
eso es lo que le impulsa a seguir adelante.
La victoria de Santiago está representada por el esqueleto del
pez espada, ya que aunque los tiburones han devorado la carne
del pescado, los huesos atados a la barca del pescador son la
prueba fehaciente de la batalla. Como es habitual, Hemingway se
centra en la lucha más que en el resultado, siendo lo importante
la belleza del combate. James Plath, en su artículo sobre el
“baseball” en la novela, así lo reconoce (1996, pg. 79).
El momento en el que el lector siente compasión por Santiago es
cuando lo mira con los afligidos ojos del muchacho, Manuel, que
ve al anciano durmiendo en su cabaña boca abajo y se fija en sus
manos despellejadas. Es entonces cuando el muchacho llora, y
llora sin importarle que los demás le vean. El muchacho llora
por él mismo y por el anciano, porque sabe que Santiago no
llorará. Es un momento triste en cierta medida porque se puede
contemplar a Santiago exhausto tras la batalla. Vemos al
anciano, su fatiga, la pobreza de su cabaña y sus manos en carne
viva, que lo hacen terriblemente humano. Si en el barco Santiago
se convirtió por momentos en un Titán, un Aquiles, un Joe
DiMaggio, ahora vuelve a ser lo que era al comienzo de la
novela: Un viejo. Pero como el muchacho le dice: “No, el no te
derrotó”. Efectivamente, Santiago ha vencido porque ha
conseguido traer el esqueleto a la playa, porque todos los
habitantes del pueblo lo han visto, porque los otros pescadores
lo respetan, y por que se ha ganado la admiración infinita de un
muchacho. Aunque Santiago no tenga hijos, podrá transmitir todo
su conocimiento y su experiencia al muchacho, por lo que su
legado no se perderá y sus habilidades y su espíritu perdurarán
en el tiempo. Como puede verse al final de la obra, Manuel está
ansioso por volver a hacerse a la mar en compañía de su maestro.
Y Santiago, lejos de haberse hartado de combatir, ya está
pensando en cómo mejorar en su oficio: “Tenemos que conseguir
una buena lanza y llevarla siempre a bordo. Puedes hacer la hoja
con una hoja de muelle de un viejo Ford. Podemos afilarlas en
Guanabacoa. Debe ser afilada y sin temple para que no se rompa.
Mi cuchillo se rompió” (Pg. 113).
El carácter de Santiago y su determinación, nos recuerdan a los
grandes héroes clásicos por su convicción y por lo épico de su
victoria contra la adversidad. Kathleen Morgan y Luis Losada
señalan tales características como las que acercan a Santiago a
los personajes de Homero, haciendo especial hincapié en la
importancia del destino (1992, pg. 39). Ese concepto del destino
está muy presente en la obra, ya que Santiago es consciente de
cuál es su labor, su misión en el mundo. Es un pescador, y ha
nacido para esa labor. También ha nacido para atrapar ese gran
pez aún estando en el ocaso de su vida. Ha nacido para no
rendirse.
Existen diferentes opiniones acerca del simbolismo de la novela,
y las posibles interpretaciones de la masculinidad (representada
por el pez y el propio Santiago) y la feminidad (representada
por el o la mar). Muchos autores han analizado también
las implicaciones religiosas en la novela (Baker) y han
estudiado los valores cristológicos de Santiago como figura
cuasi-mesiánica (Wittkowski). Pero lo verdaderamente
indiscutible es que, a lo largo de la obra, se hace continua
referencia a un héroe, no sólo para el viejo pescador cubano,
sino también para buena parte de América: Joe DiMaggio. Ya desde
las primeras líneas de la novela sabemos de la afición de
Santiago por el “baseball” y las grandes ligas norteamericanas.
Pero más aun, sabemos quién es su gran ídolo, el incomparable
Joe DiMaggio. La pregunta pertinente sería, ¿por qué DiMaggio?.
En primer lugar, y como recuerda el anciano en diferentes
ocasiones, el padre de DiMaggio era pescador, lo que nos sugiere
un origen humilde, y la identificación personal de Santiago con
el jugador de los Yankees. Pero el aspecto más importante que
hace que Santiago elija al bateador como su inspiración es su
lesión en el pie. DiMaggio, al igual que Santiago, estaba en el
ocaso de su carrera como jugador profesional cuando sufrió una
lesión en su talón que le producía un gran dolor en cada
partido. Pero DiMaggio, como Santiago, logró aguantar y siguió
liderando a los Yankees a la victoria, con su lesión en el talón
que le asemeja al mítico Aquiles: ‘“¿Crees tú que el gran
DiMaggio seguiría con un pez tanto tiempo como estoy haciendo
yo?”, pensó. “Estoy seguro de que sí, y más, puesto que es joven
y fuerte. También su padre fue pescador. Pero ¿le dolería
demasiado la espuela del hueso?”’ (Pg. 66).
En todo momento, el viejo pescador tiene presente a su ídolo.
Con la ilusión de un niño, recuerda los logros de su DiMaggio,
se comporta como si el bateador pudiera observarlo por un
agujero, y quiere ser digno de su afán de superación.
Otro de los aspectos que simbolizan el carácter luchador del
viejo, es la historia de su pulso con el negro Cienfuegos, un
Cubano mucho más fuerte que él, pero que es derrotado por
Santiago tras una interminable lucha, como la que ahora le
ocupa. Entonces, cuando derrotó a su oponente le llamaron
Santiago el Campeón. Ahora, aunque no haya nadie para
verle y se encuentre en la inmensidad del océano, los peces y el
lector pueden ser los privilegiados espectadores de cómo
Santiago mantiene su espíritu vencedor. Sigue siendo el campeón.
Con respecto a esto, parte de la crítica contemporánea y la
totalidad del movimiento feminista tachan a Hemingway de
machista, sexista, e incluso insensible; por otra parte, hay un
sector que trata de interpretar y explicar la compleja
personalidad del autor, su relación con su madre y sus posibles
traumas de la infancia, como las teorías que afirman que era
vestido con ropas de niña (Castillo-Puche: 1992, pg. 12). Si
bien es cierto que los coetáneos de Hemingway dan un tratamiento
distinto a las mujeres en su obra, hay que reconocer que la
visión de la masculinidad que nos ofrece El Viejo y el Mar
no es más que el reflejo de una la época en la que Hemingway
escribió sus relatos y la sociedad en la que había crecido. En
su limitado conocimiento de lo femenino y sus recelos hacia las
mujeres, escogió escribir sobre lo que conocía, apropiándose en
este ejercicio de cualidades tan humanas como la valentía o la
capacidad de sufrimiento y otorgándoselos en exclusiva al
desarrollo de la masculinidad, aunque también es cierto que
pocos autores han conseguido retratar el deseo del ser humano
por alcanzar sus metas, sean las que fueren, como lo ha hecho el
autor de El Viejo y el Mar.
Como conclusión, la novela destaca la lucha del ser humano
contra sus propios límites. Es la historia de un viejo pescador
que sueña con las hazañas de Joe DiMaggio y con no estar sólo,
que pelea contra el mar y contra los achaques de la vejez. Es la
historia de un ser humano heroico, y a la vez el más olvidado e
inofensivo de los hombres: Un anciano. Santiago es además un
antihéroe, porque pocos autores escogerían a un viejo como el
protagonista de sus novelas, menos aún para construir un
personaje que se transforma en un Aquiles, un hombre que no
tiene miedo a nada y que luchará hasta el final por lograr su
objetivo: Ser mejor de lo que era.
Esta idea es la quintaesencia de la obra de Hemingway: El afán
de superación, el volver a levantarse y no aceptar la derrota.
El viejo pescador no sólo demuestra que puede luchar con un gran
pez y con los tiburones, demuestra que mientras le queden
fuerzas podrá seguir luchando contra sí mismo y cualquier
tendencia al derrotismo. Pero lo grande es que, además, seguirá
siendo un personaje tremendamente humano, que maldice su mala
suerte, y que aborrece la soledad. Un personaje que derrocha
sensibilidad cuando habla con su pez, su hermano, cuando
describe la belleza del océano y cuando recuerda cómo en una
ocasión pescó a una aguja hembra mientras que el macho se había
quedado junto a ella, acompañándola. El Viejo y el Mar nos
recuerda cuál es la esencia del ser humano, sea este hombre o
mujer, un anciano o un muchacho. Nos recuerda lo que nos hace
diferentes. Son los valores que describió Hemingway y que no
deben perderse, hoy menos que nunca.
Bibliografía:
-Baker, C. 1972: Ernest Hemingway: a life
story. Penguin Books. Londres.
-Castillo-Puche, J. L. 1992: Hemingway:
Algunas Claves de su Vida y de su Obra. Ediciones
Libertarias. Madrid.
-Morgan, K. & Losada, L. 1992: “Santiago in the
Old Man and the Sea: A Homeric Hero”.
Hemingway Review
12 (1): 35-51.
-Hemingway, E. 1982: El Viejo y el Mar.
Editores Mexicanos Unidos.
México.
-Plath, J. 1996: “Santiago at the plate: Baseball
in the Old Man and the Sea”. Hemingway Review 16 (1):
65-82.
-Wittkowski, W. 1983: “Crucified in the Ring:
Hemingway’s The Old Man and the Sea”. Hemingway Review 3
(1): 2-17.