México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

Harol Gastelú Palomino, (Perú), 1968. Profesor de arte y literatura por La Cantuta. Ha publicado el libro de cuentos Historias urbanas (Derrama Magisterial, 2005). Sus textos han recibido los siguientes galardones: Premio Nacional de Educación Horacio 2004 en cuento, finalista en novela en el Premio Nacional de Educación Horacio 2005, Premio Cuentos Ciudad de Trujillo 2007, mención especial en novela en el Premio Nacional PUCP 2007. Acaba de obtener una mención de honor en el área de Mitos y Leyendas Populares en el Premio Nacional de Educación Horacio 2007. Textos suyos han sido publicados en las revistas digitales Azularte, Yoescribo.com, Remolinos, Destiempos, Palabras diversas, La puerta azul, Letralia, Ciberayllu, Exquioc, Misioletras y Las filigranas de perder

 

9:25 am: Miss, pídale su hora al profesor de música, rogaron las alumnas. Segurito que tienen examen y no han estudiado, niñas. Es que está difícil la canción que nos ha dejado, miss. No creo que el profesor las desapruebe, se nota que es bueno. ¿Bueno el profesor de música? Por lo visto, la miss no conocía a su colega. Quisiera, chicas, pero no puedo, tengo examen en el otro quinto. ¿Y ahora qué hacemos? El profesor se va a jalar a todo el mundo.

         –¿Vamos al baño, Fabi? –dijo Evelyn.

         –Después –dijo Fabiola–. Voy a estudiar.

         9:27: La campana anunció el cambio de hora. Pero si faltaban tres minutos todavía para las nueve y media. El salón era un hervidero de notas desafinadas igual que zumbidos de abejas locas. ¡Era el día del examen final! Ojalá que el profesor haya faltado, rogó Fabiola.

         9:30: El profesor de música entró al salón. Buenos días, señoritas. Todas se pusieron de pie. Buenos días, profesor. ¿Qué tal fin de semana? Bien, profesor.

         –¿Estudiaron?

         Silencio.

         –Son las nueve y media –dijo el profesor, mirando su reloj–. A las diez empiezo a llamar. Estudien porque no quiero que ninguna desapruebe el bimestre.

         Mejor hubiera faltado, pensó Fabiola. La siguiente clase presentaría un certificado médico falso, o imitaría la firma de su mamá: profesor, mi hijita faltó el lunes porque amaneció con fiebre. Déle una oportunidad, no la jale, por favor. Con Lobito era diferente. Lobito no jalaba a nadie. ¿Por qué se habría ido Lobito? Entraba Lobito y el salón estaba medio vacío, unas se iban al quiosco, otras a la fotocopiadora o al baño y ya no regresaban, y no pasaba nada. Con Lobito no había examen bimestral. Todas las clases eran puro dibujo nomás: bodegones, paisajes, la figura humana. No sé dibujar, profe Lobo. No importa, yo te lo dibujo. Cero problemas. En cambio, con el profesor de música…

         –Hay que decirle para la otra semana –susurró Pierina.

         –¿Quién le dice? –preguntó Nataly.

         –Dile tú, Fabi –sugirió Evelyn.

         –¿Para que me jale? –dijo Fabiola–. Paso.

         –Una muestra de cómo se toca, profesor –pidió Vilma, la más inteligente del salón.

         El profesor sacó su flauta y tocó El himno a la alegría. Viéndolo, parecía tan fácil. Pero para Fabiola la partitura parecía estar escrita en chino, en jeroglífico; parecía un quipu, puras bolitas blancas y negras. Solo recordaba que la primera línea se llamaba mi y el primer espacio fa, que la flauta se cogía con la mano izquierda con cuyos dedos se tapaban los tres primeros hoyos.

         A su lado, Evelyn practicaba. Quiso taparse los oídos. Tocaba horrible, parecía el graznido de un cuervo. Seguro que iba a desaprobar.

         9:40: Todavía faltaban ochenta minutos para que la clase terminara. El profesor estaba feliz leyendo su Perú.21 mientras ella se torturaba queriendo aprender lo que no había aprendido en una semana.

         9:50: Faltaban diez minutos para el examen. Se imaginó el momento en que el profesor la llamaría: Fabiola. Presente, profesor. Adelante, señorita. ¿Estudió? No, profesor, no pude. Cero cinco en el bimestre. Tendría que inventar una buena excusa para que el profesor se compadeciera de ella y postergara su examen para la siguiente clase. ¿Si le decía que su mamá había estado enferma? Tuve que cocinar y no me quedó tiempo para practicar la flauta. ¿No tuvo ni cinco minutos al día, alumna? No, profesor. Cociné, planché, lavé, trapeé toda la casa. Mire mis manos.

         9:55: Faltaban cinco minutitos para el examen. ¿Quién sería la primera? El profesor siempre llamaba en desorden. Si le tocaba a ella, sus amigas se iban a reír. Ella se iba a morir de la vergüenza. Hasta de repente se hacía pis.

         –¿Me da permiso para ir a los servicios, profesor?

         El profesor miró su reloj.

         –Ya voy a empezar a llamar, señorita –dijo, con indiferencia.

         –Es una emergencia, profesor. Por favor –suplicó.

         –Bueno, vaye, pero se apura, señorita.

         –Voy volando, profesor.

         ¡Si tuviera alas se iría volando del colegio! Cómo odiaba las clases de flauta dulce. ¿Por qué tuvo que irse Lobito? Justo en quinto año. Con Lobito se sacaba mínimo dieciocho, veinte. No hice mi paisaje, profe. No importa, me lo presenta la siguiente clase. Si tuviera alas se echaría a volar lo más lejos posible del colegio. Si tuviera alas, nunca más volvería.

         9:58: Hizo tiempo en el quiosco, se compró un chupetín. Sabía amargo. Lo botó. ¿Y si se escapaba? Sería peor. El No Se Presentó del profesor equivalía a la nota mínima. Ella nunca había salido jalada en arte, ¿este año sería la excepción? De repente. ¿Si pedía permiso diciendo que se sentía mal? De repente la mandaban a la posta y llamaban a su mamá. Su mamá se iba a molestar si se enteraba que no había estudiado. Cómo vas a salir jalada en arte, diría. No es arte, mamá, es música. ¿Y? ¿Acaso no es fácil soplar la flauta, hija? Ni que fuera cosa de otro mundo.

         9:59: ¡Si el tiempo pasara veloz! ¡Si llegara la hora de la salida!

         10:00: Regresó al aula. No le quedaba otra.

         Sus amigas seguían soplando sus flautas. ¿Por qué no cambiaban de instrumento?

         –El profe ha dado cinco minutos más para que estudiemos porque no quiere que nadie se jale –le dijo Evelyn.

         Cinco minutos más de tortura, de padecimiento. ¿Cuándo se terminaría la pesadilla? Al profesor le gustaba verlas sufrir. Siguió practicando. Era inútil, el profesor la iba a jalar de todas maneras.

         10:05: El profesor miró su reloj.

         –Yanina –llamó.

         Pobre Yanina, tuvo que tocar una y otra vez para que el profesor le pusiera un once. ¡Un miserable once! Un poquito más y la jalaba.

         –El examen está fácil –dijo el profesor–. La que se jala, es por floja y burra.

         Y todavía se daba el lujo de insultarlas, de maltratarlas psicológicamente, de bajarles la autoestima a dos metros bajo tierra. ¿Con qué ganas iba a estudiar una, ah? ¿Si hacían una huelga reclamando el regreso de Lobito? Música no es arte. Arte es dibujar, pintar. Arte es relajarse. Con Lobito salían al jardín y pintaban el cerro lleno de árboles, la hidroeléctrica. Salían a pintar el río, el puentecito. Con Lobito se pintaban las caras con témpera y él no les decía nada. A ver, ponte a jugar en las clases de música para que te boten del salón. Dónde estarían esos años con Lobito.

         Melissa lloró porque el profesor le dijo ¿qué estuvo haciendo toda la semana para no estudiar? Segurito que no lavó ni sus calzones sucios, ¿no? Cero cinco por inútil. Si no quieren estudiar, ¿para qué vienen al colegio?, les preguntó a todas, amargo. Mejor quédense en sus casas cocinando, planchando, lavando, ayudando a su mamá, aprendiendo a atender un hogar para que cuando se casen sus maridos no las bote por inútiles. Hay que estar atentas en clase, señoritas, no pensando en otra flauta.

         Nadie dijo nada. Todas parecían mudas. ¿Si lo denunciaban al ministerio de educación? El profesor nos humilla en todas las clases. ¿Dónde están los valores, las normas de convivencia? ¿Por qué no botan a ese profesor chinchoso y traen de regreso al bueno de Lobito? Las caperucitas lo extrañamos.

         El profesor recorrió el salón con la mirada. ¿A quién llamaría ahora? ¿Quién sería su próxima víctima? ¿Ella? No. Qué suerte. Llamó a Pierina. Lo hizo regular, aunque las manos le temblaban y se comió un par de compases. Parece que algunas no han tomado desayuno, dijo el profesor. Solito se hacía odiar. Con Lobito era diferente. A Lobito todas la querían porque era bien bueno. Tú le dabas una gaseosa y te ponía doce. Si a la gaseosa le añadías un paquete de galletas te sacabas quince. Pero al profesor de flauta no se le podía coimear. Yo no me vendo por un sol, decía, menos por una sonrisita. ¿Cuánto valdría un once con el profesor? Ella se conformaría con un once. Un once nomás quiero, profe. Nada le iba a regalar por el Día del Maestro.

         De Raquel todo el mundo se rió porque tocó cualquier cosa menos El himno a la alegría. Esa canción debería de llamarse El himno a la tristeza. ¿Qué de alegre tenía? Era una pesadilla. Parecía una película de Freddy Kruger.

         10:30: Todavía faltaba media hora para el recreo. Cómo no pasaba un terremoto y el techo se caía sobre el profesor. Con gusto harían una colecta para su cajón. Le comprarían una lápida bien bonita donde pondrían Aquí yace en paz el odioso profesor de flauta dulce que se pasó la vida torturando a las caperucitas del Josefa Carrillo. Con odio, sus alumnas que no lo extrañamos. Ojalá que se esté quemando rico en el infierno.

          Las chicas siguieron yendo al paredón. El profesor parece que se había olvidado de ella. O quizá su apellido no estaba en su lista. O lo hacía a propósito. Que Fabiola sufra por burra. Ya faltaban poquitas y no la llamaban. ¿Está Fabiola en su lista, profe? Huy, no la tengo anotada. Adelante, señorita. Mejor me quedo callada, pensó Fabiola. Varias habían llorado cuando el profesor las amenazó con mandarlas a recuperación. Ella no lloraría. Claro que no.

         –A ver, la siguiente en rebuznar –el profesor recorrió el salón con la mirada.

         10:45: Faltaban quince minutitos para el recreo. ¡Si la auxiliar tocara la campana!

         Escuchó su nombre y casi se desmaya. El corazón empezó a latirle de prisa: tictac, tictac, tictactictac. Empezó a temblar, a transpirar como nunca. Quiso levantarse, pero no pudo, parece que estaba pegada al asiento. ¿Qué le diré? ¿Que soy una inútil para la música? ¿Qué puedo hacer para aprobar su curso, profesor?

         –Adelante, señorita. Su examen bimestral.

         El camino hacia el escritorio del profesor le pareció lleno de espinas. Así debió de haberse sentido Cristo mientras iba hacia el Gólgota con su cruz sobre los hombros.

         –¿Estudió, señorita?

         –Un poco nomás, profesor.

         El profesor hizo una mueca como diciendo otra burra más. A Fabiola las orejas le empezaron a arder.

         –He tenido un montón de tareas esta semana, profesor. Estamos en exámenes…

         –Siempre hay tiempo para todo si uno se organiza bien, señorita.

         –Mi mamá estuvo enferma. Y como yo soy la hermana mayor, tuve que cocinar para todos mis hermanitos…

         –¿Cuántos hermanos tienes?

         –Cinco –exageró Fabiola.

         –Ustedes son de la familia de Bugs Bunny.

         Fabiola sonrió. El profesor también. Esa era una buena señal porque el profesor casi nunca sonreía, parecía una esfinge, el hermano de la momia Juanita.

         –A ver, Fabiola, te escucho –dijo.

         –No he estudiado nada, profesor –se sinceró la chica, mordiéndose los labios, pensando ahora me va a hacer un roche bien feo, me va a hacer llorar delante de todo el mundo.

         –Bueno, bueno, repasamos un poco –dijo el profesor, con una sonrisa condescendiente–. Mira, Fabiola, tienes que tocar así.

         Ella lo miró atentamente. Sus dedos, largos, delgados, de uñas recortadas y bien pulidas, parecían estar danzando Cascanueces sobre los agujeros de la flauta dulce. Tocaba sin saltarse un compás, marcando los tiempos exactos de las figuras de duración. Fabiola seguía la melodía en la partitura: sii, do, re, re, do, si. Así jamás voy a poder tocar, pensó. Ni aunque practique todas las horas del día y todos los días de la semana y todas las semanas del mes y todos los meses del año y todos los años de mi vida. Yo no he nacido para ser flautista. A mí me gusta dibujar, pintar.

         –Así jamás voy a poder tocar, profesor, ni aunque practique veinte horas al día –dijo ella.

         –No es tan difícil, Fabiola. Todo es cuestión de practicar aunque sea diez minutos diarios. Esta canción se toca casi toda con la mano izquierda. En esta re es la única vez que se utiliza la mano derecha, ¿ves?

         –Ay, profe, soy una burra para la música.

         –Eso se nota.

         Risas.

         –¿Te acuerdas que cuando empezamos no sabías casi nada?

         –La partitura era chino para mí.

         –¿Ves? Poco a poco vas a llegar lejos.

         –Y algún día voy a tocar en la Orquesta Sinfónica de Boston, ¿no?

         –Claro, nada es imposible en la vida.

         Risas.

         –A ver, ahora lo hacemos juntos. Dedos de la mano izquierda en los tres primeros hoyos.

         –¿Así, profe?

         –Sí, Fabiola. Así.

         Sii, do, re, re, do, si, la. Los dedos de Fabiola se perdían buscando los agujeros de la flauta dulce. Sol, sol, la, si, sii, laa, sii. Si me sigo equivocando, me pone cinco. Do, re, re, do, si, la. Está fácil, Sol, sol, la, si, laa, sool. Ahora el coro: laa, si, sol, la, si–do. Un poco más rápido en las corcheas. Repetimos de nuevo: si–do, si, sol, la, si–do, si, la, sol, la, ree. Tapa bien los agujeros para que el sonido salga nítido. Mis dedos no llegan hasta el sexto hueco. Poco a poco lo conseguirás, todo es cuestión de práctica. Al fin el último pentagrama: sii, do, re, re, do, si, la, sol, sol, la, si, laa, sool. Se repite de nuevo.

         –Ahora tú sola.

         Fabiola empezó a tocar: Escucha, hermano, la canción de la alegría. Sus dedos se movían con agilidad sobre la flauta dulce. El canto eterno del que espera un nuevo día. Estaba facilito. Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol. Por gusto se había preocupado tanto. En que los hombres volverán a ser hermanos. Terminó el primer pentagrama, después el segundo, y luego el tercero y por fin el último. Qué fácil. Si me pone once, lo mato al profe, pensó Fabiola.

         –¡Veinte! –dijo el profesor–. ¡Felicitaciones, alumna!

         Todo el salón la aplaudió.

         Fabiola regresó contenta a su asiento.        

 

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