9:25
am: Miss, pídale su hora al profesor de música,
rogaron las alumnas. Segurito que tienen examen y no
han estudiado, niñas. Es que está difícil la canción
que nos ha dejado, miss. No creo que el profesor las
desapruebe, se nota que es bueno. ¿Bueno el profesor
de música? Por lo visto, la miss no conocía a su
colega. Quisiera, chicas, pero no puedo, tengo
examen en el otro quinto. ¿Y ahora qué hacemos? El
profesor se va a jalar a todo el mundo.
–¿Vamos al baño, Fabi? –dijo Evelyn.
–Después –dijo Fabiola–. Voy a estudiar.
9:27: La campana anunció el cambio de hora.
Pero si faltaban tres minutos todavía para las nueve
y media. El salón era un hervidero de notas
desafinadas igual que zumbidos de abejas locas. ¡Era
el día del examen final! Ojalá que el profesor haya
faltado, rogó Fabiola.
9:30: El profesor de música entró al salón.
Buenos días, señoritas. Todas se pusieron de pie.
Buenos días, profesor. ¿Qué tal fin de semana? Bien,
profesor.
–¿Estudiaron?
Silencio.
–Son las nueve y media –dijo el profesor,
mirando su reloj–. A las diez empiezo a llamar.
Estudien porque no quiero que ninguna desapruebe el
bimestre.
Mejor hubiera faltado, pensó Fabiola. La
siguiente clase presentaría un certificado médico
falso, o imitaría la firma de su mamá: profesor, mi
hijita faltó el lunes porque amaneció con fiebre.
Déle una oportunidad, no la jale, por favor. Con
Lobito era diferente. Lobito no jalaba a nadie. ¿Por
qué se habría ido Lobito? Entraba Lobito y el salón
estaba medio vacío, unas se iban al quiosco, otras a
la fotocopiadora o al baño y ya no regresaban, y no
pasaba nada. Con Lobito no había examen bimestral.
Todas las clases eran puro dibujo nomás: bodegones,
paisajes, la figura humana. No sé dibujar, profe
Lobo. No importa, yo te lo dibujo. Cero problemas.
En cambio, con el profesor de música…
–Hay que decirle para la otra semana
–susurró Pierina.
–¿Quién le dice? –preguntó Nataly.
–Dile tú, Fabi –sugirió Evelyn.
–¿Para que me jale? –dijo Fabiola–. Paso.
–Una muestra de cómo se toca, profesor
–pidió Vilma, la más inteligente del salón.
El profesor sacó su flauta y tocó El
himno a la alegría. Viéndolo, parecía tan fácil.
Pero para Fabiola la partitura parecía estar escrita
en chino, en jeroglífico; parecía un quipu, puras
bolitas blancas y negras. Solo recordaba que la
primera línea se llamaba mi y el primer espacio fa,
que la flauta se cogía con la mano izquierda con
cuyos dedos se tapaban los tres primeros hoyos.
A su lado, Evelyn practicaba. Quiso taparse
los oídos. Tocaba horrible, parecía el graznido de
un cuervo. Seguro que iba a desaprobar.
9:40: Todavía faltaban ochenta minutos para
que la clase terminara. El profesor estaba feliz
leyendo su Perú.21 mientras ella se torturaba
queriendo aprender lo que no había aprendido en una
semana.
9:50: Faltaban diez minutos para el examen.
Se imaginó el momento en que el profesor la
llamaría: Fabiola. Presente, profesor. Adelante,
señorita. ¿Estudió? No, profesor, no pude. Cero
cinco en el bimestre. Tendría que inventar una buena
excusa para que el profesor se compadeciera de ella
y postergara su examen para la siguiente clase. ¿Si
le decía que su mamá había estado enferma? Tuve que
cocinar y no me quedó tiempo para practicar la
flauta. ¿No tuvo ni cinco minutos al día, alumna?
No, profesor. Cociné, planché, lavé, trapeé toda la
casa. Mire mis manos.
9:55: Faltaban cinco minutitos para el
examen. ¿Quién sería la primera? El profesor siempre
llamaba en desorden. Si le tocaba a ella, sus amigas
se iban a reír. Ella se iba a morir de la vergüenza.
Hasta de repente se hacía pis.
–¿Me da permiso para ir a los servicios,
profesor?
El profesor miró su reloj.
–Ya voy a empezar a llamar, señorita –dijo,
con indiferencia.
–Es una emergencia, profesor. Por favor
–suplicó.
–Bueno, vaye, pero se apura, señorita.
–Voy volando, profesor.
¡Si tuviera alas se iría volando del
colegio! Cómo odiaba las clases de flauta dulce.
¿Por qué tuvo que irse Lobito? Justo en quinto año.
Con Lobito se sacaba mínimo dieciocho, veinte. No
hice mi paisaje, profe. No importa, me lo presenta
la siguiente clase. Si tuviera alas se echaría a
volar lo más lejos posible del colegio. Si tuviera
alas, nunca más volvería.
9:58: Hizo tiempo en el quiosco, se compró
un chupetín. Sabía amargo. Lo botó. ¿Y si se
escapaba? Sería peor. El No Se Presentó del profesor
equivalía a la nota mínima. Ella nunca había salido
jalada en arte, ¿este año sería la excepción? De
repente. ¿Si pedía permiso diciendo que se sentía
mal? De repente la mandaban a la posta y llamaban a
su mamá. Su mamá se iba a molestar si se enteraba
que no había estudiado. Cómo vas a salir jalada en
arte, diría. No es arte, mamá, es música. ¿Y? ¿Acaso
no es fácil soplar la flauta, hija? Ni que fuera
cosa de otro mundo.
9:59: ¡Si el tiempo pasara veloz! ¡Si
llegara la hora de la salida!
10:00: Regresó al aula. No le quedaba otra.
Sus amigas seguían soplando sus flautas.
¿Por qué no cambiaban de instrumento?
–El profe ha dado cinco minutos más para
que estudiemos porque no quiere que nadie se jale
–le dijo Evelyn.
Cinco minutos más de tortura, de
padecimiento. ¿Cuándo se terminaría la pesadilla? Al
profesor le gustaba verlas sufrir. Siguió
practicando. Era inútil, el profesor la iba a jalar
de todas maneras.
10:05: El profesor miró su reloj.
–Yanina –llamó.
Pobre Yanina, tuvo que tocar una y otra vez
para que el profesor le pusiera un once. ¡Un
miserable once! Un poquito más y la jalaba.
–El examen está fácil –dijo el profesor–.
La que se jala, es por floja y burra.
Y todavía se daba el lujo de insultarlas,
de maltratarlas psicológicamente, de bajarles la
autoestima a dos metros bajo tierra. ¿Con qué ganas
iba a estudiar una, ah? ¿Si hacían una huelga
reclamando el regreso de Lobito? Música no es arte.
Arte es dibujar, pintar. Arte es relajarse. Con
Lobito salían al jardín y pintaban el cerro lleno de
árboles, la hidroeléctrica. Salían a pintar el río,
el puentecito. Con Lobito se pintaban las caras con
témpera y él no les decía nada. A ver, ponte a jugar
en las clases de música para que te boten del salón.
Dónde estarían esos años con Lobito.
Melissa lloró porque el profesor le dijo
¿qué estuvo haciendo toda la semana para no
estudiar? Segurito que no lavó ni sus calzones
sucios, ¿no? Cero cinco por inútil. Si no quieren
estudiar, ¿para qué vienen al colegio?, les preguntó
a todas, amargo. Mejor quédense en sus casas
cocinando, planchando, lavando, ayudando a su mamá,
aprendiendo a atender un hogar para que cuando se
casen sus maridos no las bote por inútiles. Hay que
estar atentas en clase, señoritas, no pensando en
otra flauta.
Nadie dijo nada. Todas parecían mudas. ¿Si
lo denunciaban al ministerio de educación? El
profesor nos humilla en todas las clases. ¿Dónde
están los valores, las normas de convivencia? ¿Por
qué no botan a ese profesor chinchoso y traen de
regreso al bueno de Lobito? Las caperucitas lo
extrañamos.
El profesor recorrió el salón con la
mirada. ¿A quién llamaría ahora? ¿Quién sería su
próxima víctima? ¿Ella? No. Qué suerte. Llamó a
Pierina. Lo hizo regular, aunque las manos le
temblaban y se comió un par de compases. Parece que
algunas no han tomado desayuno, dijo el profesor.
Solito se hacía odiar. Con Lobito era diferente. A
Lobito todas la querían porque era bien bueno. Tú le
dabas una gaseosa y te ponía doce. Si a la gaseosa
le añadías un paquete de galletas te sacabas quince.
Pero al profesor de flauta no se le podía coimear.
Yo no me vendo por un sol, decía, menos por una
sonrisita. ¿Cuánto valdría un once con el profesor?
Ella se conformaría con un once. Un once nomás
quiero, profe. Nada le iba a regalar por el Día del
Maestro.
De Raquel todo el mundo se rió porque tocó
cualquier cosa menos El himno a la alegría.
Esa canción debería de llamarse El himno a la
tristeza. ¿Qué de alegre tenía? Era una
pesadilla. Parecía una película de Freddy Kruger.
10:30: Todavía faltaba media hora para el
recreo. Cómo no pasaba un terremoto y el techo se
caía sobre el profesor. Con gusto harían una colecta
para su cajón. Le comprarían una lápida bien bonita
donde pondrían Aquí yace en paz el odioso
profesor de flauta dulce que se pasó la vida
torturando a las caperucitas del Josefa Carrillo.
Con odio, sus alumnas que no lo extrañamos. Ojalá
que se esté quemando rico en el infierno.
Las chicas siguieron yendo al paredón. El
profesor parece que se había olvidado de ella. O
quizá su apellido no estaba en su lista. O lo hacía
a propósito. Que Fabiola sufra por burra. Ya
faltaban poquitas y no la llamaban. ¿Está Fabiola en
su lista, profe? Huy, no la tengo anotada. Adelante,
señorita. Mejor me quedo callada, pensó Fabiola.
Varias habían llorado cuando el profesor las amenazó
con mandarlas a recuperación. Ella no lloraría.
Claro que no.
–A ver, la siguiente en rebuznar –el
profesor recorrió el salón con la mirada.
10:45: Faltaban quince minutitos para el
recreo. ¡Si la auxiliar tocara la campana!
Escuchó su nombre y casi se desmaya. El corazón
empezó a latirle de prisa: tictac, tictac,
tictactictac. Empezó a temblar, a transpirar como
nunca. Quiso levantarse, pero no pudo, parece que
estaba pegada al asiento. ¿Qué le diré? ¿Que soy una
inútil para la música? ¿Qué puedo hacer para aprobar
su curso, profesor?
–Adelante, señorita. Su examen bimestral.
El camino hacia el escritorio del profesor
le pareció lleno de espinas. Así debió de haberse
sentido Cristo mientras iba hacia el Gólgota con su
cruz sobre los hombros.
–¿Estudió, señorita?
–Un poco nomás, profesor.
El profesor hizo una mueca como diciendo
otra burra más. A Fabiola las orejas le empezaron a
arder.
–He tenido un montón de tareas esta semana,
profesor. Estamos en exámenes…
–Siempre hay tiempo para todo si uno se
organiza bien, señorita.
–Mi mamá estuvo enferma. Y como yo soy la
hermana mayor, tuve que cocinar para todos mis
hermanitos…
–¿Cuántos hermanos tienes?
–Cinco –exageró Fabiola.
–Ustedes son de la familia de Bugs Bunny.
Fabiola sonrió. El profesor también. Esa
era una buena señal porque el profesor casi nunca
sonreía, parecía una esfinge, el hermano de la momia
Juanita.
–A ver, Fabiola, te escucho –dijo.
–No he estudiado nada, profesor –se sinceró
la chica, mordiéndose los labios, pensando ahora me
va a hacer un roche bien feo, me va a hacer llorar
delante de todo el mundo.
–Bueno, bueno, repasamos un poco –dijo el
profesor, con una sonrisa condescendiente–. Mira,
Fabiola, tienes que tocar así.
Ella lo miró atentamente. Sus dedos,
largos, delgados, de uñas recortadas y bien pulidas,
parecían estar danzando Cascanueces sobre los
agujeros de la flauta dulce. Tocaba sin saltarse un
compás, marcando los tiempos exactos de las figuras
de duración. Fabiola seguía la melodía en la
partitura: sii, do, re, re, do, si. Así jamás voy a
poder tocar, pensó. Ni aunque practique todas las
horas del día y todos los días de la semana y todas
las semanas del mes y todos los meses del año y
todos los años de mi vida. Yo no he nacido para ser
flautista. A mí me gusta dibujar, pintar.
–Así jamás voy a poder tocar, profesor, ni
aunque practique veinte horas al día –dijo ella.
–No es tan difícil, Fabiola. Todo es
cuestión de practicar aunque sea diez minutos
diarios. Esta canción se toca casi toda con la mano
izquierda. En esta re es la única vez que se utiliza
la mano derecha, ¿ves?
–Ay, profe, soy una burra para la música.
–Eso se nota.
Risas.
–¿Te acuerdas que cuando empezamos no
sabías casi nada?
–La partitura era chino para mí.
–¿Ves? Poco a poco vas a llegar
lejos.
–Y algún día voy a tocar en la Orquesta
Sinfónica de Boston, ¿no?
–Claro, nada es imposible en la vida.
Risas.
–A ver, ahora lo hacemos juntos. Dedos de
la mano izquierda en los tres primeros hoyos.
–¿Así, profe?
–Sí, Fabiola. Así.
Sii, do, re, re, do, si, la. Los dedos de
Fabiola se perdían buscando los agujeros de la
flauta dulce. Sol, sol, la, si, sii, laa, sii. Si me
sigo equivocando, me pone cinco. Do, re, re, do, si,
la. Está fácil, Sol, sol, la, si, laa, sool. Ahora
el coro: laa, si, sol, la, si–do. Un poco más rápido
en las corcheas. Repetimos de nuevo: si–do, si, sol,
la, si–do, si, la, sol, la, ree. Tapa bien los
agujeros para que el sonido salga nítido. Mis dedos
no llegan hasta el sexto hueco. Poco a poco lo
conseguirás, todo es cuestión de práctica. Al fin el
último pentagrama: sii, do, re, re, do, si, la, sol,
sol, la, si, laa, sool. Se repite de nuevo.
–Ahora tú sola.
Fabiola empezó a tocar: Escucha,
hermano, la canción de la alegría. Sus dedos se
movían con agilidad sobre la flauta dulce. El
canto eterno del que espera un nuevo día. Estaba
facilito. Ven, canta, sueña cantando, vive
soñando el nuevo sol. Por gusto se había
preocupado tanto. En que los hombres volverán a
ser hermanos. Terminó el primer pentagrama,
después el segundo, y luego el tercero y por fin el
último. Qué fácil. Si me pone once, lo mato al profe,
pensó Fabiola.
–¡Veinte! –dijo el profesor–.
¡Felicitaciones, alumna!
Todo el salón la aplaudió.
Fabiola regresó contenta a su
asiento.