México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

Ivan Loyola Velarde. Lima, Perú. 1961. Ing. Forestal y postgrado en negocios internacionales. Residente en Canadá desde 1993. Ha viajado en Europa, Oceanía, Norte y Sudamérica. Ha publicado artículos periodísticos y fotografías sobre viajes y pesca en el Golfo de Alaska y el Mar de Bering. Relatos publicados en Letralia y en la revista literaria Hispanic Cultural Review de la Universidad George Mason, Virginia. Trabajos no publicados: De Amores y Anémonas, poemas, 2004. En Búsqueda de Batanero, relatos, 2005 (a publicar en el 2007) y El Daguerrotipo de Dios, relatos, a completar, 2007.

 

Son pocos ya en el caserío de Maquiribeni los que lo recuerdan.  La mayoría ha muerto. Muchos emigraron a la ciudad. Otros, simplemente, lo han olvidado. Mi abuela Claracinda lo contó en su lecho de muerte. Fue una noche de Noviembre y nadie supo si su relato era cierto o era sólo el delirio que sobreviene a aquellos que están próximos a morir. Reunidos en la casita alrededor de su hamaca, los veintitantos pobladores del caserío la escuchábamos en silencio. Su voz, quebrada por la debilidad, se confundía con el ruido ensordecedor de la lluvia que caía sobre el corrugado techo de zinc. Durante los últimos días mi abuela Claracinda había pasado de un silencio e inmovilidad imperturbables a una cháchara sin fin, confundiendo personas, cosas y lugares.  Moviendo en círculos sus brazos resecos, excitadísima, hablaba sin cesar de un mundo que ya no existía, lleno de seres extraordinarios y nombres de pronunciación irrepetible. A mí, que recién tenía uso de razón, me confundía con mi abuelo Nicasio, fallecido veinte años antes. 

Mi tía Herminia entró a la casita acompañada de Yenifer, su hijita la última. La niña traía en sus manos una muñeca desnuda a la que le faltaban brazos y piernas, de cabellera rojiza y ojos caramelo, que una familia de biólogos gringos había tirado a la basura antes de dejar Maquiribeni. Al ver la muñeca mi abuela Claracinda pegó un chillido. Ay! Pichirila! Pichirila! estirando sus brazos hacia el desmembrado juguete. No hubo manera de calmarla. Sus alaridos iban en aumento y se intercalaban con convulsiones ahogadas en llanto. Los sirvientes chunchos se movían inquietos, como si hubieran visto al diablo mismo. Hubieran preferido irse corriendo pero don Mashco, el curandero, se los impidió. Para qué pues se van a ir, dijo suavemente pero con autoridad. Peligroso es. Con tanto rayo y lluvia el demonio Chullachaqui ha de estar rondando por allí. Los chunchos retrocedieron y se acuclillaron en una esquina, apenas iluminados por la luz de la mecha.  La Yenifer lloraba y mis tías trataban de apaciguar a la vieja. Sólo al darle la muñeca se tranquilizó, ante las protestas de la pequeña, a quien se tuvieron que llevar entre sollozos. 

Mi abuela Claracinda acunó la muñeca entre sus brazos, meciéndola y hablándole con tanta ternura que partía el corazón. Mi niñita, mi Pichirila, quién pues te ha llevado, quién pues te ha hecho daño? Por ratos le secreteaba al oído, por ratos lloraba inconsolable; por ratos tarareaba canciones de cuna. Hasta que se durmió, con la muñeca apretada contra su pecho. Se despertó una hora mas tarde. Su voz era distinta, relajada, sin emoción. Pidió que la acomodaran en la hamaca y fue entonces cuando me miró. Vi que sus ojos ya no tenían la turbidez del delirio. Su mirada era diáfana, como el cielo en una noche de luna. Pashuco, Pashuquito, me llamó por mi nombre. Esto que te voy a contar no quiero que lo olvides. Es triste, pero sucedió. Leyenda ahora dicen, pero no, verdad es.  Luego de terminar su relato, mi abuela Claracinda se sumió en un profundo sueño. A la mañana siguiente escuché voces y llantos que venían de la casita. La habían querido despertar para lavarle y darle platanito machacado pero ya dura estaba, como palo. Fue así como conocí la leyenda de las Pichirilas. 

Escucha, hijito, lo que te voy a contar. Hace tiempo fue, a la llegada de los ingenieros. Pachacuti hubo, de cabeza lo voltearon el mundo. Los augurios de los curiosos eran sombríos. Malas gentes habían venido y se habían llevado a nuestros jóvenes más fuertes para trabajar en sus negocios. Por poquito tenían que trabajar, duro, hasta enfermarse. Una peste nueva habían traído que mataba a nuestra gente, como moscas morían. No había médicos ni medicina, para los ingenieros nomás. Los curanderos mismos enfermos caían con la peste y escupiendo negro agonizaban. Cuando se les acabó el negocio, los ingenieros levantaron sus campamentos y se fueron. Ni animales habían ya en el monte, de tanto que habían matado con rifle. Por gusto mataban los ingenieros, por diversión. Distintos eran, de nosotros. Tampoco pescado había en las quebradas, tanto veneno que echaron al agua hasta sus guagüitas habían matado de las palometas, los bocachicos, los zungaritos, todos los habían muerto. Después que se fueron los ingenieros, tres años sin parar hubo diluvio. De hambre se morían nuestras guaguas. En nuestras chacritas el maduro nada, no daba, se pudría la yuca.  Barro nomás había. Entonces fue cuando empezaron a desaparecer las jovencitas. Las de diez, once. Las más bonitas nomás se las llevaba el diablo. Así decía la gente, diablo es, es el diablo. Pero mentira, no era diablo. Don Mendoza era. El curioso de Chinchiribeni era. Tenía poder, pero de daño nomás eran sus trabajos. Decía que había sido cura, sabía leer decía, que había leído Biblia. La Pachamama está de celos, decía don Mendoza. Por eso llueve diluvio, decía, por eso envenenan el río los ingenieros, por eso ya no hay pescado, animalitos. La Pachamama les traga a las chicas más bonitas porque celosa le hacen rabiar. Arrr! Arrr! rechina la Pachamama sus dientes negros de purita cólera. Más bonitas que la Pachamama quieren ser. Cuando van a bañarse al río y ahí se están vanidosas, peina y peina, ahí les traga, hum! desaparecen. Así hablaba don Mendoza y le creían la gente. Mentira era. Cuando mi hermanita la Rufina desapareció, mi papá también dijo se la ha tragado la tierra, muy bonita era pues. Yo nada no le creí, le fuí a buscar. Río arriba, río abajo, por las quebraditas me iba, pregunta pregunta. Nadie sabía, nadie le había visto, miedo nomás tenían. 

Así andando encontré a un hombrecito en el Aguajal. Shussh, shussh, así le encontré, hablándole a los pescaditos, a los espíritus del agua. Cushma nuevita tenía y su pelo negrito, brillo-brillo con aceite de ungurabi.  Aparición era, no era gente. Ya nomás me vio ya sabía por qué lloraba. Ven niñita, yo te voy a llevar donde tú quieres. Tres días estuvimos, andando andando, por el monte. Espeso era el bosque, noche nomás parecía, no se miraba el sol.  Comida puñaditos de fariña nomás que traía el hombrecito en una bolsa shicra. Pescado salado también, un poquito.  Por ahí encontraba una chonta palmerita y le tumbaba con machete y me daba de comer cogollo, palmito que le dicen. Hasta que llegamos. Desde la lomita se veía clarito el humo del campamento. Ahí tan, dijo el hombrecito. Verdad era. Yo misma lo vi con mis ojos. Traían a las criaturitas atadas con cuerda. Lloraban las chiquitas, mamá, papá, don Mashco, me llevan! Llora y llora estaban. Qué les darían pues de tomar, que ya calladitas se quedaban. Jaulas también había, cantidad. Les enjaulan y les llevan para contrato. Así habló el hombrecito. Pichirilas son, sacrificios. Algunos millonarios así creen pues. Para que el negocio vaya bien ofrecen Pichirila. Más bonita la Pichirila, más tiernita, más da el negocio. Pero hay que robarle el alma primero. Varios días hay que tenerle enjaulada, dándole de tomar una yerbita que le atonta.  De los pueblos grandes, río arriba, vienen a contratar Pichirila. Hasta un alcalde dicen, ha contratado. Así te he traído para que mires, para que verdad hables. No es Pachamama que les traga. Don Mendoza es, así gana buena platita. Millonario ya será. Nos acercamos un poco más, cuando los hombres se fueron al río. Varias chiquitas había, igual que los dedos de mi mano. Pero la Rufina ya no estaba. Adónde pues se la habrían llevado, para contrato seguro, pobrecita. 

Volví a Maquiribeni veinte años después, destacado por la Guardia Civil para controlar el tráfico de animales silvestres. Éramos tres en la partida. Yo, que estaba ya sargento y dos cabos limeños, Zanabria y Mascaró. Me sorprendió cuánto había muerto el caserío. La mayoría de chozas ya no estaban, eran sólo esqueletos de palo con hojas de palma deshechas por los elementos. Busqué la casita donde había muerto mi abuela Claracinda. Estaba aún allí, cayéndose a pedazos, deshabitada.  Me dio tristeza pensar que habíamos vivido en tal atraso, como animalitos, cuando la ciudad estaba a tan pocas horas. Don Mashco, el curandero, bueno había sido pero de superstición y leyendas nomás sabía. Estaría aún vivo? Caminamos cuesta arriba hasta divisar su choza en la ladera. Un niño y dos perritos nos salieron al encuentro. Sí, mi abuelito es. Viejito es pero cura todavía. Don Mashco estaba tendido en un petate sobre el piso de tierra. Pashuco -dijo al verme- clarito en mi sueño te he mirado viniendo, con terno todito, con corbata. Como a blanco te he mirado. Millonario ya pues serás. Ya ni te acordarás como caminar en el monte.  Por qué pues, no te has venido antes? Ya Maquiribeni se ha muerto. Pocos quedan. Para Arbildo trabajan. Les compra tigres, monos, loritos. Un sol, cincuenta centavitos paga. Malo es Arbildo. Como rey es. De Maquiribeni, de Chinchiribeni, de Lagartoyacu, toda la región como fundo maneja. A él no más pueden venderle los animalitos que atrapan. Malo es. Buen negocio tiene, millonario es, porque pacto tiene, con el diablo. Así dicen. Yo ya viejo soy, no ando casi. Aquí no más, con mi Marquitos. Él les puede llevar adonde Arbildo, él conoce. 

Pasamos la noche en la choza del viejo. Las mujeres prepararon yuca, maduro asado, patarashca. En la madrugada surcamos río abajo, en operativo. Apagamos el motor del peque para no ponerlos sobre aviso a los de Arbildo.  Le escondimos al botecito en un recodo del río, entre unas cañas. Subimos por la quebradita, sin hacer ruido. Allí estaba, cobertizo de palma, así grande, repletito de jaulas. Policía! Gritamos. Silencio hubo primero. Entonces alguien disparó del cobertizo. Arbildo es, tiene escopeta, dijo Marquitos. Me quedé cubriendo con mi arma y mandé a los cabos a rodear el claro. Hubo un ruido de ramas rotas.  Alguien corría por entre el follaje. Alto! gritó Zanabria. Luego vino la detonación. Corrimos donde el cabo. Allí, dijo boqueando, alguien ha caído. Estás seguro que le diste? Sí, creo que sí, dijo asustado. Aquí! Aquí! Marquitos había encontrado al herido. 

El traficante era un hombre joven, un nativo acriollado, con jeans, con zapatillas. El plomo le había reventado el vientre, una flor roja parecía. Estaba con convulsiones. No podía hablar. Arbildo? Pregunté a Marquitos. No, no es Arbildo. Guardián es no más. Llévenselo, le dije a Zanabria. Sabrán llegar al peque? Zanabria y Mascaró se miraron, consultándose en silencio. No? Entonces tú Marquitos, tú guíalos. Déjenlo con don Mashco y regresen por mí. Traigan otro peque y dos hombres más, parece que bastante animal hay. Los cabos fabricaron una camilla improvisada con palos y camisetas y se perdieron en la espesura con Marquitos. Me acerqué con cautela al cobertizo. Rastrillé mi arma pero nadie había, sólo el barullo estridente de las bestias. Jaulas y cilindros de plástico había,  por todas partes. Monos, loritos, lagartos, boas, hasta tres guaguas de tigre había. Bastante animalito muerto había también, tirados en el suelo, algunos todavía en sus jaulas, con sus bocas abiertas, sus patitas tiesas. 

Allí estaba yo, apuntando el inventario en mi libretita, cuando escuché unos aullidos que me helaron la sangre. Me acerqué despacito y retiré una ruma de jaulas vacías. Debajo de las jaulas había como alfombra, así, de palma tejida. Levanté un cantito y apestaba, no como animal sino como gente, una pestilencia que me dio naúseas. Era una poza, en la que habían metido una jaula. Algo se movía, clac clac clac, con ruido de cadena. Animal grande era, qué sería. Un poco de luz iluminó apenas la poza y vi unos grandes ojos amarillos. Entonces de un tirón lo descubrí el hueco y allí estaba, la enjaulada. Jovencita no más, no tendría diez, once años. Calata estaba, hedionda, sentada sobre su propia inmundicia. Ya loquita estaría.  Pálida estaba, puro hueso, su panza abombada de parásitos. Me miraba con ojazos de animal nocturno por entre la maraña de su pelo rojizo de desnutrida.  Sus aullidos espantosos eran, pero nada, no entraban por mis oídos. En mi cabeza retumbaban como trueno las palabras aterradas de mi abuela Claracinda. Pichirila! Pichirila!

 

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