No cabe duda que los griegos fueron los
iniciadores de la cultura occidental y, dentro de ésta, de las
novelas de aventuras. Ciertamente hay todavía una fuerte
discusión acerca de si los griegos en general creían en las
fantásticas historias como el sitio de Troya (recuérdese que los
últimos instantes de este sitio son descritos por Homero en la
Ilíada) o el viaje increíble de Odiseo (relatado en la
Odisea), o si bien sólo era parte del folclor y se
transmitían éstas para deleite de la imaginación. Bien puede
haber una postura que conjugue una y otra posición, proponiendo
que en parte creían en las historias fantásticas que su cultura
elaboró, y en parte eran utilizadas, además de diversión, como
una forma de paideia o enseñanza, por ejemplo, el temor
que debe tenérsele a los dioses, los cuales tienen la facultad
de castigar a los mortales que no obedecen sus mandatos.
Tal parece que sí creían en parte en sus
mitos porque celebraban y festejaban en ciertos momentos a los
dioses y a sus héroes, como aparece mostrado en las
Argonáuticas de Apolonio de Rodas. Las Argonáuticas
pertenecen también al género de las historias fantásticas de los
griegos, y en ella se narra cómo es que Jasón y un gran número
de héroes se lanzan a la búsqueda del vellocino de oro que se
encuentra la Cólquide. Cabe recordar que Jasón y sus compañeros
(entre los que se encuentra el famoso Heracles) se embarcan en
la nave Argo desde Yolco, y que su viaje en pos del vellocino es
toda una odisea, en el más estricto sentido de la palabra.
Tendrán que lidiar con una serie de fabulosas aventuras y
obstáculos que sortearán hasta alcanzar su meta. Para llegar a
la Cólquide, bordearán el Mar Egeo y se internarán en lo que hoy
se llama Mar Muerto (llamado comúnmente en su tiempo Ponto
Euxino). Viajarán a lo que Jasón considera el fin del mundo
hasta llegar con el dragón que custodia el vellocino.
Ahora bien, algo que podría decirse que
enseñaba a los griegos las Argonáuticas de Apolonio es
que el ser humano, el mortal, debe poner todo de su parte para
ser ayudado por los dioses, por los inmortales. En cierta medida
el sino o destino está presente, como en prácticamente toda
concepción helénica, sin embargo, sí es necesario que el hombre
coopere para que esa fatalidad se cumpla. Hay muchos ejemplos de
cómo es necesario que el hombre con su propia decisión e
iniciativa coadyuve con el plan de los dioses. De hecho, el
argumento entero de la obra se construye con base en la profecía
que marca que el rey de Yolco, Pelias, será destronado por aquél
que camina solamente con una sandalia. En eso aparece Jasón, su
sobrino, quien perdió una sandalia en el fango durante su
trayecto a Yolco. Pelias le dice a Jasón que vaya por el
vellocino de oro y, de esa forma, puede quedarse con el trono de
Yolco. Ciertamente Jasón pondrá manos a la obra y se lanza a la
aventura del vellocino. Es cierto que existe la profecía, pero
ésta no se llevaría a cabo a no ser que Jasón se encause en tal
labor.
De entre las aventuras que se suceden
unas a otras, hay una de especial interés: la maldición de Fineo.
Este último había sido rey de Tracia; era ciego y adivino y
tenía, además, un castigo terrible por haber revelado en exceso
las intenciones de Zeus a los hombres. Fineo es un mortal
condenado a que su comida sea arrebatada y, dado el caso de que
sobrara algo, apestada, por las Harpías. Estas últimas eran
seres femeninos alados que volaban con gran velocidad. Fineo
describe así su infortunio: “Las Harpías me arrebatan la comida
de la boca, precipitándose desde algún lugar imprevisto para mi
perdición. Y no tengo recurso alguno de auxilio, sino que a mi
propia mente pasaría inadvertido el deseo de comer más
fácilmente que a aquéllas, tan rápido vuelan por los aires. Y si
acaso alguna vez me dejan un poco de alimento, éste exhala un
fuerte hedor repugnante e insoportable. Ninguno de los mortales
resistiría acercarse ni un instante, ni aunque su corazón
estuviera forjado de acero. Pero a mí, ciertamente, la amarga y
funesta necesidad me obliga a quedarme y, quedándome, a llevarlo
a mi maldito estómago”.
¿Quién no podría sentir pena por Fineo? Su descripción, que
implora la ayuda de los argonautas, es extraordinariamente
dolorosa. Fineo es ya un hombre esquelético y que necesita el
auxilio de los héroes viajeros.
Los dos hijos de Bóreas le dicen al
anciano lo siguiente: “aunque ansiamos socorrerte, si realmente
la divinidad nos ha reservado este privilegio a nosotros dos.
Pues bien claros son para los humanos los castigos de los
inmortales. Y no podríamos detener a las Harpías cuando vengan,
por mucho que lo deseemos, antes de que hayas jurado que a causa
de esto no seremos odiados por los dioses”;
en otros términos, los hijos de Bóreas quieren saber si por su
intervención no serán castigados por los dioses, lo cual da a
entender que en cierta manera la acción individual sí es
importante para cumplir o no el destino que los dioses han
marcado (lo cual es un tanto distinto de lo que sucede en
general en la tragedia griega).
Ya que los hijos de Bóreas han ayudado
al adivino, éste le dice cómo deberán sortear el viaje para
llegar a la Cólquide. Además, les recuerda que deben suplicar
constantemente a los dioses (de hecho, los argonautas
construirán un altar a los doce dioses del Olimpo), “ya que es
mucho mejor ceder ante los inmortales”. Estos inmortales, que
pueden decidir la suerte de los hombres, deben estar contentos
con éstos, los cuales pueden agradecer y pedir la fortuna a
cambio de los sacrificios y altares construidos en nombre los
dioses. Eso quiere decir que en parte el destino es modificable
o mutable de acuerdo a lo que hagan o dejen de hacer los
hombres. Es como dice Mariano Valverde: “nótese cómo en la
concepción del poeta los héroes no son simples marionetas:
aunque necesiten la ayuda divina, ellos deben poner todo su
esfuerzo”.
Más adelante, ya cerca de la tierra de
Ares, los argonautas rescatan a unos náufragos. Uno de ellos es
Argos (porta el mismo nombre que la nave en la que viajan), hijo
de Frixo. Frixo había sido rescatado de un sacrificio por el
carnero dorado de Hermes. Este carnero dorado llevó a Frixo
hasta la Cólquide, donde sacrificó al animal y le regaló su piel
al rey de Ea (Cólquide), Eetes. La piel del carnero dorado es,
pues, el vellocino de oro que los argonautas buscan. Eetes le
dio a Frixo su hija en matrimonio, y de ahí desciende Argos.
Ahora bien, nuevamente el sino o destino hace que Jasón y su
tripulación rescaten precisamente al nieto del dueño del
vellocino de oro, custodiado desde entonces por un temible
dragón. Sin embargo, en este rescate también se manifiesta la
decisión del hombre individual, pues los argonautas siguen el
camino a la Cólquide a pesar de que su timonel ha muerto
previamente. El valor, que aparece como una virtud, es lo que ha
guiado a los argonautas a continuar su viaje, en el que
encuentran, frente a la tierra de Ares, a Argos y sus
compañeros.
A pesar de que ha sido rescatado por
Jasón y los argonautas, Argos le dice al líder de la expedición
que no es conveniente que enfrenten a Eetes por el vellocino de
oro, pues además de la fuerza que tiene este rey (el cual se
supone es vástago de Helios, dios del sol), se encuentra el
temible dragón, hijo de Gea. Los argonautas no se desaniman
realmente ante las palabras de Argos, y siguen su tránsito hacia
la Cólquide, donde incluso, antes de detenerse, vislumbran a la
terrible águila que devora el hígado de Prometeo cada día. Con
esta imagen, los viajeros detienen el barco en una laguna al
margen del río para no ser descubiertos de inmediato por el rey
Eetes.
Aparecen después Hera y Atenea visitando
a Afrodita. Hera quiere ayudar a Jasón a recuperar el vellocino
de oro. La razón es que Pelias descuidó los sacrificios a ella
y, por ello, no dejará que éste se regocije de haber escapado a
su suerte.
Además, Hera confiesa querer a Jasón porque en una ocasión en
que ella iba envuelta en un ropaje de anciana, éste le prestó
ayuda. Nuevamente aparece la idea de que es necesario poner
manos a la obra para que el destino se alcance, tanto para que
Jasón recupere el vellocino como en el caso de que el héroe,
casi por azar, le brindó ayuda a la anciana Hera. Afrodita le
pide a su hijo Eros, el de las flechas y el arco encantado, que
enamore a Medea, hija del rey Eetes, de Jasón, el querido
mortal.
En efecto, Medea se enamora de Jasón en
cuanto lo ve. Eetes, al saber que Jasón viene por su vellocino
de oro, se encoleriza y le impone una ardua labor: domará a unas
bestias que echan fuego por el hocico, labrará la tierra y
sembrará, literalmente, un ejército. Ahora bien, la madre de
Argos, Calcíope, le pide a su hermana Medea que ayude a Jasón
elaborando unas pócimas. Y ella gustosa acepta, pero en su
interior se libra un diálogo precioso que nuevamente hace caer
en la cuenta al lector de que no todo está determinado, sino que
la elección que uno tome es fundamental para el futuro. “Que
muera ejecutando la prueba, si perecer en la campiña es su
destino [se refiere a Jasón]. Pues, ¿cómo sin advertirlo mis
padres podría preparar las pócimas? ¿Y luego qué explicación
contaré? ¿Qué engaño, qué ardid habrá para disimular mi ayuda?”.
Como se aprecia, Medea no sabe o si ayuda a Jasón desobedeciendo
a sus padres, o deja que su amado perezca al realizar la prueba.
El destino, entonces, se irá labrando conforme las decisiones de
cada uno se vayan dando.
Medea ayuda a Jasón y se escapa de la
casa paterna. Durante el segundo viaje de los argonautas, ahora
de regreso a Yolco con el vellocino, son perseguidos por las
tropas de Eetes. Por ello Jasón propone a sus perseguidores ir
con Alcínoo para que emita una sentencia: o los perseguidores se
pueden llevar a Medea con su padre, o los dejan de perseguir.
Ante esta situación, la propia Medea implora de rodillas a los
héroes antes de que Alcínoo, rey que a mi juicio personifica a
la justicia y la prudencia, emita su juicio. Ella dice: “Yo
misma, la que he perdido a mi patria y a mis padres, mi casa y
toda la alegría de mi vida, en cambio para vosotros he logrado
que habitéis de nuevo patria y moradas, y aún veréis con ojos
dichosos a vuestros padres”.
Ciertamente la clave está en que no echa la culpa de su suerte a
la fortuna o al destino, sino que dice “yo” (egó); con
esto, Medea hace énfasis en que ha sido su decisión ayudar a los
argonautas y escapar de su padre Eetes.
Finalmente, se unen en matrimonio Jasón
y Medea. Regresarán, a fin de cuentas, a Yolco como dice el
propio Apolonio de Rodas y como apunta también Hesíodo.
Como se aprecia en estos ejemplos, en Apolonio de Rodas puede
darse un cierto equilibro entre la voluntad del hombre
individual y el destino que todo lo marca y señala. Así aparece
en cierta medida en el ejemplo de los hijos de Bóreas y Fineo,
lo referente a los hijos de Frixio y, de manera más clara o
terminada, en Medea, la cual incluso utiliza el pronombre
personal “yo” para referirse a la causa de su suerte.
Ciertamente el destino se encuentra detrás de todo esto, sin
embargo, para que ese destino se cumpla es necesario que la
voluntad individual se adecue a él. ¿Es posible que se de un
equilibro entre la voluntad del hombre individual y la idea del
destino que todo lo indica? Pareciera que para Apolonio de Rodas
la respuesta sería una afirmación, aunque muchos otros rechazan
una en pos de la otra. En mi caso, me inclino por la respuesta
negativa. Las Argonáuticas me han ayudado fortalecer mi
posición; es menester que cada lector se genere y afirme la suya
propia, como sabiamente hubiera dicho un estoico antiguo.-