México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

 

JACOB BUGANZA (n. 1982) es italiano/mexicano. Licenciado en Filosofía por el Seminario Arquidiocesano de Xalapa; Maestro en Estudios Humanísticos por el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México, y candidato a doctor en esta misma institución y especialidad. Sus libros más recientes son: El universo permanente de las letras (Ayuntamiento de Orizaba, 2007), Introducción a la ética general (Ediciones Verbum Mentis, Córdoba, 2007) y Filosofía periodística (Primero Editores, México D. F., 2007).

 

"Ya antes cometí falta al revelar con imprudencia la voluntad de Zeus detalladamente y hasta el final –dice Fineo-. Pues así lo quiere él, desvelar incompletas a los hombres las profecías de la adivinación, para que también necesiten algo de la voluntad de los dioses”.

Apolonio de Rodas.

 

No cabe duda que los griegos fueron los iniciadores de la cultura occidental y, dentro de ésta, de las novelas de aventuras. Ciertamente hay todavía una fuerte discusión acerca de si los griegos en general creían en las fantásticas historias como el sitio de Troya (recuérdese que los últimos instantes de este sitio son descritos por Homero en la Ilíada) o el viaje increíble de Odiseo (relatado en la Odisea), o si bien sólo era parte del folclor y se transmitían éstas para deleite de la imaginación. Bien puede haber una postura que conjugue una y otra posición, proponiendo que en parte creían en las historias fantásticas que su cultura elaboró, y en parte eran utilizadas, además de diversión, como una forma de paideia o enseñanza, por ejemplo, el temor que debe tenérsele a los dioses, los cuales tienen la facultad de castigar a los mortales que no obedecen sus mandatos.

         Tal parece que sí creían en parte en sus mitos porque celebraban y festejaban en ciertos momentos a los dioses y a sus héroes, como aparece mostrado en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas. Las Argonáuticas pertenecen también al género de las historias fantásticas de los griegos, y en ella se narra cómo es que Jasón y un gran número de héroes se lanzan a la búsqueda del vellocino de oro que se encuentra la Cólquide. Cabe recordar que Jasón y sus compañeros (entre los que se encuentra el famoso Heracles) se embarcan en la nave Argo desde Yolco, y que su viaje en pos del vellocino es toda una odisea, en el más estricto sentido de la palabra. Tendrán que lidiar con una serie de fabulosas aventuras y obstáculos que sortearán hasta alcanzar su meta. Para llegar a la Cólquide, bordearán el Mar Egeo y se internarán en lo que hoy se llama Mar Muerto (llamado comúnmente en su tiempo Ponto Euxino). Viajarán a lo que Jasón considera el fin del mundo hasta llegar con el dragón que custodia el vellocino.

         Ahora bien, algo que podría decirse que enseñaba a los griegos las Argonáuticas de Apolonio es que el ser humano, el mortal, debe poner todo de su parte para ser ayudado por los dioses, por los inmortales. En cierta medida el sino o destino está presente, como en prácticamente toda concepción helénica, sin embargo, sí es necesario que el hombre coopere para que esa fatalidad se cumpla. Hay muchos ejemplos de cómo es necesario que el hombre con su propia decisión e iniciativa coadyuve con el plan de los dioses. De hecho, el argumento entero de la obra se construye con base en la profecía que marca que el rey de Yolco, Pelias, será destronado por aquél que camina solamente con una sandalia. En eso aparece Jasón, su sobrino, quien perdió una sandalia en el fango durante su trayecto a Yolco. Pelias le dice a Jasón que vaya por el vellocino de oro y, de esa forma, puede quedarse con el trono de Yolco. Ciertamente Jasón pondrá manos a la obra y se lanza a la aventura del vellocino. Es cierto que existe la profecía, pero ésta no se llevaría a cabo a no ser que Jasón se encause en tal labor.

         De entre las aventuras que se suceden unas a otras, hay una de especial interés: la maldición de Fineo. Este último había sido rey de Tracia; era ciego y adivino y tenía, además, un castigo terrible por haber revelado en exceso las intenciones de Zeus a los hombres. Fineo es un mortal condenado a que su comida sea arrebatada y, dado el caso de que sobrara algo, apestada, por las Harpías. Estas últimas eran seres femeninos alados que volaban con gran velocidad. Fineo describe así su infortunio: “Las Harpías me arrebatan la comida de la boca, precipitándose desde algún lugar imprevisto para mi perdición. Y no tengo recurso alguno de auxilio, sino que a mi propia mente pasaría inadvertido el deseo de comer más fácilmente que a aquéllas, tan rápido vuelan por los aires. Y si acaso alguna vez me dejan un poco de alimento, éste exhala un fuerte hedor repugnante e insoportable. Ninguno de los mortales resistiría acercarse ni un instante, ni aunque su corazón estuviera forjado de acero. Pero a mí, ciertamente, la amarga y funesta necesidad me obliga a quedarme y, quedándome, a llevarlo a mi maldito estómago”[1]. ¿Quién no podría sentir pena por Fineo? Su descripción, que implora la ayuda de los argonautas, es extraordinariamente dolorosa. Fineo es ya un hombre esquelético y que necesita el auxilio de los héroes viajeros.

         Los dos hijos de Bóreas le dicen al anciano lo siguiente: “aunque ansiamos socorrerte, si realmente la divinidad nos ha reservado este privilegio a nosotros dos. Pues bien claros son para los humanos los castigos de los inmortales. Y no podríamos detener a las Harpías cuando vengan, por mucho que lo deseemos, antes de que hayas jurado que a causa de esto no seremos odiados por los dioses”[2]; en otros términos, los hijos de Bóreas quieren saber si por su intervención no serán castigados por los dioses, lo cual da a entender que en cierta manera la acción individual sí es importante para cumplir o no el destino que los dioses han marcado (lo cual es un tanto distinto de lo que sucede en general en la tragedia griega).

         Ya que los hijos de Bóreas han ayudado al adivino, éste le dice cómo deberán sortear el viaje para llegar a la Cólquide. Además, les recuerda que deben suplicar constantemente a los dioses (de hecho, los argonautas construirán un altar a los doce dioses del Olimpo), “ya que es mucho mejor ceder ante los inmortales”. Estos inmortales, que pueden decidir la suerte de los hombres, deben estar contentos con éstos, los cuales pueden agradecer y pedir la fortuna a cambio de los sacrificios y altares construidos en nombre los dioses. Eso quiere decir que en parte el destino es modificable o mutable de acuerdo a lo que hagan o dejen de hacer los hombres. Es como dice Mariano Valverde: “nótese cómo en la concepción del poeta los héroes no son simples marionetas: aunque necesiten la ayuda divina, ellos deben poner todo su esfuerzo”[3].

         Más adelante, ya cerca de la tierra de Ares, los argonautas rescatan a unos náufragos. Uno de ellos es Argos (porta el mismo nombre que la nave en la que viajan), hijo de Frixo. Frixo había sido rescatado de un sacrificio por el carnero dorado de Hermes. Este carnero dorado llevó a Frixo hasta la Cólquide, donde sacrificó al animal y le regaló su piel al rey de Ea (Cólquide), Eetes. La piel del carnero dorado es, pues, el vellocino de oro que los argonautas buscan. Eetes le dio a Frixo su hija en matrimonio, y de ahí desciende Argos. Ahora bien, nuevamente el sino o destino hace que Jasón y su tripulación rescaten precisamente al nieto del dueño del vellocino de oro, custodiado desde entonces por un temible dragón. Sin embargo, en este rescate también se manifiesta la decisión del hombre individual, pues los argonautas siguen el camino a la Cólquide a pesar de que su timonel ha muerto previamente. El valor, que aparece como una virtud, es lo que ha guiado a los argonautas a continuar su viaje, en el que encuentran, frente a la tierra de Ares, a Argos y sus compañeros.

         A pesar de que ha sido rescatado por Jasón y los argonautas, Argos le dice al líder de la expedición que no es conveniente que enfrenten a Eetes por el vellocino de oro, pues además de la fuerza que tiene este rey (el cual se supone es vástago de Helios, dios del sol), se encuentra el temible dragón, hijo de Gea. Los argonautas no se desaniman realmente ante las palabras de Argos, y siguen su tránsito hacia la Cólquide, donde incluso, antes de detenerse, vislumbran a la terrible águila que devora el hígado de Prometeo cada día. Con esta imagen, los viajeros detienen el barco en una laguna al margen del río para no ser descubiertos de inmediato por el rey Eetes.

         Aparecen después Hera y Atenea visitando a Afrodita. Hera quiere ayudar a Jasón a recuperar el vellocino de oro. La razón es que Pelias descuidó los sacrificios a ella y, por ello, no dejará que éste se regocije de haber escapado a su suerte[4]. Además, Hera confiesa querer a Jasón porque en una ocasión en que ella iba envuelta en un ropaje de anciana, éste le prestó ayuda. Nuevamente aparece la idea de que es necesario poner manos a la obra para que el destino se alcance, tanto para que Jasón recupere el vellocino como en el caso de que el héroe, casi por azar, le brindó ayuda a la anciana Hera. Afrodita le pide a su hijo Eros, el de las flechas y el arco encantado, que enamore a Medea, hija del rey Eetes, de Jasón, el querido mortal.

         En efecto, Medea se enamora de Jasón en cuanto lo ve. Eetes, al saber que Jasón viene por su vellocino de oro, se encoleriza y le impone una ardua labor: domará a unas bestias que echan fuego por el hocico, labrará la tierra y sembrará, literalmente, un ejército. Ahora bien, la madre de Argos, Calcíope, le pide a su hermana Medea que ayude a Jasón elaborando unas pócimas. Y ella gustosa acepta, pero en su interior se libra un diálogo precioso que nuevamente hace caer en la cuenta al lector de que no todo está determinado, sino que la elección que uno tome es fundamental para el futuro. “Que muera ejecutando la prueba, si perecer en la campiña es su destino [se refiere a Jasón]. Pues, ¿cómo sin advertirlo mis padres podría preparar las pócimas? ¿Y luego qué explicación contaré? ¿Qué engaño, qué ardid habrá para disimular mi ayuda?”[5]. Como se aprecia, Medea no sabe o si ayuda a Jasón desobedeciendo a sus padres, o deja que su amado perezca al realizar la prueba. El destino, entonces, se irá labrando conforme las decisiones de cada uno se vayan dando.

         Medea ayuda a Jasón y se escapa de la casa paterna. Durante el segundo viaje de los argonautas, ahora de regreso a Yolco con el vellocino, son perseguidos por las tropas de Eetes. Por ello Jasón propone a sus perseguidores ir con Alcínoo para que emita una sentencia: o los perseguidores se pueden llevar a Medea con su padre, o los dejan de perseguir. Ante esta situación, la propia Medea implora de rodillas a los héroes antes de que Alcínoo, rey que a mi juicio personifica a la justicia y la prudencia, emita su juicio. Ella dice: “Yo misma, la que he perdido a mi patria y a mis padres, mi casa y toda la alegría de mi vida, en cambio para vosotros he logrado que habitéis de nuevo patria y moradas, y aún veréis con ojos dichosos a vuestros padres”[6]. Ciertamente la clave está en que no echa la culpa de su suerte a la fortuna o al destino, sino que dice “yo” (egó); con esto, Medea hace énfasis en que ha sido su decisión ayudar a los argonautas y escapar de su padre Eetes. 

         Finalmente, se unen en matrimonio Jasón y Medea. Regresarán, a fin de cuentas, a Yolco como dice el propio Apolonio de Rodas y como apunta también Hesíodo[7]. Como se aprecia en estos ejemplos, en Apolonio de Rodas puede darse un cierto equilibro entre la voluntad del hombre individual y el destino que todo lo marca y señala. Así aparece en cierta medida en el ejemplo de los hijos de Bóreas y Fineo, lo referente a los hijos de Frixio y, de manera más clara o terminada, en Medea, la cual incluso utiliza el pronombre personal “yo” para referirse a la causa de su suerte. Ciertamente el destino se encuentra detrás de todo esto, sin embargo, para que ese destino se cumpla es necesario que la voluntad individual se adecue a él. ¿Es posible que se de un equilibro entre la voluntad del hombre individual y la idea del destino que todo lo indica? Pareciera que para Apolonio de Rodas la respuesta sería una afirmación, aunque muchos otros rechazan una en pos de la otra. En mi caso, me inclino por la respuesta negativa. Las Argonáuticas me han ayudado fortalecer mi posición; es menester que cada lector se genere y afirme la suya propia, como sabiamente hubiera dicho un estoico antiguo.- 


 

[1] APOLONIO DE RODAS, Argonáuticas, II vv. 223-234.

[2] Ibid., II vv. 249-254.

[3] Ibid., nota 254.

[4] Cf. Ibid., III vv.64-66.

[5] Ibid., III vv. 779-781.

[6] Ibid., IV vv. 1035-1040.

[7] Cf. HESÍODO, Teogonía, vv. 992-1000.

 

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