
Juan Carlos Hernández
Cuevas (Ciudad de México, 1959) es profesor en
educación primaria por la Escuela Nacional de
Maestros de la ciudad de México, maestro de artes
por Portland State University (Portland,
Oregon, EUA), licenciado en artes y letras (Portland),
minor en estudios africanos (Portland) y doctor en
literatura hispánica por la Universidad de Alicante
(Valencia, España). Becario de la Fundación Max Aub
(Segorbe, Valencia, España; 2000-2001). Ha trabajado
como instructor de español para Emporia State
University (Kansas, EUA, 2002-2004) y otras
universidades norteamericanas. Sus publicaciones
incluyen cuentos y ensayos.

I
Las leves sombras del amanecer se desvanecen bajo el cerúleo
alicantino que desvela paulatinamente barrancos y peñascos
de caprichosas formas que descubren asimismo la presencia de
aves rapaces, habituadas a compartir esas escarpadas cumbres
y veredas sinuosas con jabalíes que, a guisa de juego
salvaje, muestran sus retorcidos colmillos a felinos,
ginetas o zorros que desaparecen en el interior de cavidades
subterráneas para continuar su camino, cuesta abajo, entre
los arbustos de romero u otras plantas aromáticas que yacen
al pie de estas carrascas centenarias, pinares, algarrobos y
chopos de raíces enjalbegadas que atraviesan la aspereza del
terreno con la intención de seguir atrapando el agua negra
que fluye incesantemente en manantiales y brazos de mar
escondidos en las cordilleras rocosas, cuyas entrañas
líquidas sustentan al mismo tiempo a infinidad de olivos,
nísperos, caquis, almendros y cítricos bañados por rayos que
se desparraman a través de la campiña valenciana,
permitiendo así vislumbrar el paraje de majestuosos cipreses
y flor de azahar donde Abdulá reaparece petrificado por el
recuerdo de Raquel.
-Mire usted…
Como muchos otros,
entró por Madrid. Le recogieron en Barajas, y lo subimos a
la furgoneta de mi padre. Al día siguiente, aunque era de
Fez, empezó a pagar la deuda contraída en Rabat. Sin
embargo, jamás imaginó que tardaría años en restituir los
seis mil euros que cubrieron el pasaje de avión y
facilitaron su entrada a España en calidad de turista. Tuvo
suerte, pues gracias a la recomendación de un empresario
gallego, pudo laborar en la industria hotelera de Benidorm.
Allí fregó loza, pisos, o recogía vasos y litronas que
suelen romper los eufóricos jóvenes alemanes e ingleses
durante los partidos de fútbol. Unas semanas más tarde,
empezó un segundo trabajo, después de haber entablado
amistad con los búlgaros y rumanos que atendían el bar de
otro hotel. Nunca se importunó por las jornadas dobles. A
eso había venido -repetía a sí mismo en las horas más
amargas-, además, tenía que saldar su cuenta. En aquellos
instantes, solía mirar de reojo a los cientos de clientes
obsesionados en satisfacer un apetito voraz que las decenas
de viandas, botellas de vino, cerveza o agua, nunca lograban
saciar. A discreción, reíamos detrás del ventanal que divide
la realidad de la fantasía, pues desde aquel sitio las
playas de Levante y Poniente daban la ilusión de ser un
gigantesco
anélido cubierto de arena, anillos blancos, rojizos que,
entre torpes desplazamientos sobre la humedad del terreno,
parecía expulsar un mantillo a lo largo de toda la costa.
Era otro mundo, el paraíso prohibido e intocable de la
civilización europea. Se lo habían advertido en Marruecos.
No obstante, divisaba con envidia a los hombres de miradas
frías, azules e indeterminadas; recostado cada uno, en
hamacas desperdigadas en un laberinto de pezones nórdicos y
nalgatorios semidesnudos. Todos, embadurnados de aceite,
abrasándose indiferentes al qué dirán.
II
La familia Rodríguez procedía de Jaén, y se asentó en la
Marina Baja con el propósito de reunir suficiente dinero, y
proseguir el camino hacia las playas de Cataluña. No fue
así. El anticipado nacimiento de la niña les obligó a
retrasar la salida y permanecer en el pueblo que vería
crecer y morir a Raquel en la festividad de San José.
Durante
años, acudió puntualmente a su trabajo en Mercadona. Decía
que la escuela no estaba hecha para ella, y sólo deseaba
ahorrar dinero, comprarse un Ibiza; conocer la tierra de sus
padres y pasar unos días en Madrid. Como la mayoría de
chicas valencianas, todos los sábados se reunía en cuadrilla
para cenar en algún lugar. La rutina era el distintivo
predominante que unificaba la dinámica del grupo. Aparte de
la adoración a la ropa de marca, discotecas y coches, la
motivación de las contertulias consistía en aspirar a tener
la solvencia económica para pagar la hipoteca mensual de un
piso ubicado en algún rascacielos del ensanche invadido por
los autobuses que descargan en restaurantes, cafeterías y
hoteles, a turistas viejos, dispuestos a intercambiar el
cocido por una fideguà. Para Raquel y sus amigas, la
relación con chicos era una segunda prioridad, delimitada
por la clase social e intolerancia hacia la presencia de
inmigrantes que rehusaban el confinamiento laboral anhelado
por la mayoría de los habitantes de la comarca.
Los jóvenes fueron los primeros en resentir y desaprobar su
relación con Abdulá, pero ninguno se atrevía a confrontar
directamente al marroquí. Hasta los más catetos, sabían que
alguien estaba obligado a realizar el trabajo sucio que
todos ellos y bajo ninguna circunstancia efectuarían. Eran
conscientes que para mantener los privilegios de clase,
quisieran o no, tenían que compartir las calles con la
migración económica. Y, la pura verdad es que lo único que
les retorcía las entrañas, era ver a algunas de sus mujeres
alternando con forasteros.
-¡Eso no puede ser!, repetía insistente, aquella lúgubre
noche, un grupo de mozalbetes reunido en rededor de la Falla
del Ayuntamiento, sobre la cual estalló rápida y
sucesivamente una traca que dio paso a un estampido
múltiple, seguido por fogonazos que exaltaban a la multitud
gozosa de oler la pólvora, sentir el intenso calor en la
epidermis, y observar al monumento barroco -plantado encima
de un enorme tablero- doblegarse con sus festivos ninots que
perecían calcinados sucesivamente por un fuego vivo, el cual
los transmutaba en frágiles rescoldos volátiles que caían
por toda la plaza convertidos en ceniza empapada. El
prepotente marujeo se perdía entre ruidos de motocicletas,
cohetes, algarabía, el incesante fluir de chorros de agua
que rodeaban a las llamaradas y terrazas improvisadas donde
varios grupos de comensales engullían pilotes de dacsa
y cuchareaban, dentro de sus respectivas áreas, el contenido
de enormes paellas de arroz, conejo, pollo y legumbres.
Simultáneamente, con la boca repleta de comida y alcohol
bisbisaban en coro:
-De fora vindràn i se les enduran.
Un poco después, volvían a concentrar sus miradas en el
partido del Valencia contra El Real Madrid. Uno de ellos,
dizque cabreado por la derrota de su equipo, miró las brasas
agonizantes, antes de dirigirse con torpeza al domicilio de
Raquel para verla convertida en una pira humana. ¡Sólo él lo
sabía!, –declaró ante el juez- y perjuraba haber heredado la
habilidad de intuir estos rarísimos fenómenos cada vez que
sentía el gusto de la pólvora en la punta de la lengua. Es
más, el insigne letrado don Juan M. presentó un manuscrito
del siglo VIII, y, por medio de éste, arguyó la existencia
de un caso análogo en las inmediaciones del Monasterio de
Nuestra Señora de la Murta, de cuyas ruinas el texto fue
rescatado por un amanuense de la orden del Monasterio de
Poblet que decidió esconderlo en 1180 a raíz del martirio de
Bernardo, hoy San Bernardo de Alzira, a quien y por mandato
de su hermano mayor Almanzor, se le introdujo un clavo en la
cabeza en presencia de sus hermanas María y Gracia, antes de
ser despedazadas a cuchilladas. Concluyó el tinterillo:
-En los albores de la Reconquista de Valencia, el rey Jaume
I encontró el susodicho manuscrito resguardado en una caja
de roble junto a los tres cadáveres incorruptos que yacían
amarrados a un árbol achicharrado al azar.
III
La mañana siguiente, el eco de dos solemnes tañidos resonó
en todos los rincones del pueblo bañado de pátina y aromas
del campo. El olor a pan recién horneado y la ebullición del
café acariciaban el olfato de perros, gatos y ancianos
retraídos que, en su lento peregrinar matutino, observaron a
mucha gente atragantarse con cocas de cansalà,
pimiento, tomate, Fantas y Coca Colas heladas.
Todo volvió a la normalidad esa noche de oscuridad vehemente
que permitía observar el brillo de la luna aposentada en la
frágil quietud del agua estrellada. No obstante y como es
lógico, las calles conservarían el recuerdo de Raquel por un
tiempo indefinido.
-Por ahí y acá está su presencia, aseveró Abdulá antes de
perderse para siempre entre las hileras de casas pintadas de
tono pastel, cuyo volumen contrasta con las estrechas aceras
y callejones que desembocan en los huertos donde medita en
torno a lo largo que puede ser a veces el proceso de morir.
Desde entonces y cada mañana, la gente mayor tiene la
costumbre de observarle con el morbo provocado por la
certeza de la efímera existencia propia.
-Ahí lo tiene usted, tratando de entender aún lo inefable.
