México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

 

Juan Carlos Hernández Cuevas (Ciudad de México, 1959) es profesor en educación primaria por la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México, maestro de artes por Portland State University (Portland, Oregon, EUA), licenciado en artes y letras (Portland), minor en estudios africanos (Portland) y doctor en literatura hispánica por la Universidad de Alicante (Valencia, España). Becario de la Fundación Max Aub (Segorbe, Valencia, España; 2000-2001). Ha trabajado como instructor de español para Emporia State University (Kansas, EUA, 2002-2004) y otras universidades norteamericanas. Sus publicaciones incluyen cuentos y ensayos.

 

  I

Las leves sombras del amanecer se desvanecen bajo el cerúleo alicantino que desvela paulatinamente barrancos y peñascos de caprichosas formas que descubren asimismo la presencia de aves rapaces, habituadas a compartir esas escarpadas cumbres y veredas sinuosas con jabalíes que, a guisa de juego salvaje, muestran sus retorcidos colmillos a felinos, ginetas o zorros que desaparecen en el interior de cavidades subterráneas para continuar su camino, cuesta abajo, entre los arbustos de romero u otras plantas aromáticas que yacen al pie de estas carrascas centenarias, pinares, algarrobos y chopos de raíces enjalbegadas que atraviesan la aspereza del terreno con la intención de seguir atrapando el agua negra que fluye incesantemente en manantiales y brazos de mar escondidos en las cordilleras rocosas, cuyas entrañas líquidas sustentan al mismo tiempo a infinidad de olivos, nísperos, caquis, almendros y cítricos bañados por rayos que se desparraman a través de la campiña valenciana, permitiendo así vislumbrar el paraje de majestuosos cipreses y flor de azahar donde Abdulá reaparece petrificado por el recuerdo de Raquel.

-Mire usted…

Como muchos otros, entró por Madrid. Le recogieron en Barajas, y lo subimos a la furgoneta de mi padre. Al día siguiente, aunque era de Fez, empezó a pagar la deuda contraída en Rabat. Sin embargo, jamás imaginó que tardaría años en restituir los seis mil euros que cubrieron el pasaje de avión y facilitaron su entrada a España en calidad de turista. Tuvo suerte, pues gracias a la recomendación de un empresario gallego, pudo laborar en la industria hotelera de Benidorm. Allí fregó loza, pisos, o recogía vasos y litronas que suelen romper los eufóricos jóvenes alemanes e ingleses durante los partidos de fútbol. Unas semanas más tarde, empezó un segundo trabajo, después de haber entablado amistad con los búlgaros y rumanos que atendían el bar de otro hotel. Nunca se importunó por las jornadas dobles. A eso había venido -repetía a sí mismo en las horas más amargas-, además, tenía que saldar su cuenta. En aquellos instantes, solía mirar de reojo a los cientos de clientes obsesionados en satisfacer un apetito voraz que las decenas de viandas, botellas de vino, cerveza o agua, nunca lograban saciar. A discreción, reíamos detrás del ventanal que divide la realidad de la fantasía, pues desde aquel sitio las playas de Levante y Poniente daban la ilusión de ser un gigantesco anélido cubierto de arena, anillos blancos, rojizos que, entre torpes desplazamientos sobre la humedad del terreno, parecía expulsar un mantillo a lo largo de toda la costa. Era otro mundo, el paraíso prohibido e intocable de la civilización europea. Se lo habían advertido en Marruecos. No obstante, divisaba con envidia a los hombres de miradas frías, azules e indeterminadas; recostado cada uno, en hamacas desperdigadas en un laberinto de pezones nórdicos y nalgatorios semidesnudos. Todos, embadurnados de aceite, abrasándose indiferentes al qué dirán.  

                                               II

La familia Rodríguez procedía de Jaén, y se asentó en la Marina Baja con el propósito de reunir suficiente dinero, y proseguir el camino hacia las playas de Cataluña. No fue así. El anticipado nacimiento de la niña les obligó a retrasar la salida y permanecer en el pueblo que vería crecer y morir a Raquel en la festividad de San José.

Durante años, acudió puntualmente a su trabajo en Mercadona. Decía que la escuela no estaba hecha para ella, y sólo deseaba ahorrar dinero, comprarse un Ibiza; conocer la tierra de sus padres y pasar unos días en Madrid. Como la mayoría de chicas valencianas, todos los sábados se reunía en cuadrilla para cenar en algún lugar. La rutina era el distintivo predominante que unificaba la dinámica del grupo. Aparte de la adoración a la ropa de marca, discotecas y coches, la motivación de las contertulias consistía en aspirar a tener la solvencia económica para pagar la hipoteca mensual de un piso ubicado en algún rascacielos del ensanche invadido por los autobuses que descargan en restaurantes, cafeterías y hoteles, a turistas viejos, dispuestos a intercambiar el cocido por una fideguà. Para Raquel y sus amigas, la relación con chicos era una segunda prioridad, delimitada por la clase social e intolerancia hacia la presencia de inmigrantes que rehusaban el confinamiento laboral anhelado por la mayoría de los habitantes de la comarca.

Los jóvenes fueron los primeros en resentir y desaprobar su relación con Abdulá, pero ninguno se atrevía a confrontar directamente al marroquí. Hasta los más catetos, sabían que alguien estaba obligado a realizar el trabajo sucio que todos ellos y bajo ninguna circunstancia efectuarían. Eran conscientes que para mantener los privilegios de clase, quisieran o no, tenían que compartir las calles con la migración económica. Y, la pura verdad es que lo único que les retorcía las entrañas, era ver a algunas de sus mujeres alternando con forasteros.

-¡Eso no puede ser!, repetía insistente, aquella lúgubre noche, un grupo de mozalbetes reunido en rededor de la Falla del Ayuntamiento, sobre la cual estalló rápida y sucesivamente una traca que dio paso a un estampido múltiple, seguido por fogonazos que exaltaban a la multitud gozosa de oler la pólvora, sentir el intenso calor en la epidermis, y observar al monumento barroco -plantado encima de un enorme tablero- doblegarse con sus festivos ninots que perecían calcinados sucesivamente por un fuego vivo, el cual los transmutaba en frágiles rescoldos volátiles que caían por toda la plaza convertidos en ceniza empapada. El prepotente marujeo se perdía entre ruidos de motocicletas, cohetes, algarabía, el incesante fluir de chorros de agua que rodeaban a las llamaradas y terrazas improvisadas donde varios grupos de comensales engullían pilotes de dacsa y cuchareaban, dentro de sus respectivas áreas, el contenido de enormes paellas de arroz, conejo, pollo y legumbres. Simultáneamente, con la boca repleta de comida y alcohol bisbisaban en coro:

-De fora vindràn i se les enduran.

Un poco después, volvían a concentrar sus miradas en el partido del Valencia contra El Real Madrid. Uno de ellos, dizque cabreado por la derrota de su equipo, miró las brasas agonizantes, antes de dirigirse con torpeza al domicilio de Raquel para verla convertida en una pira humana. ¡Sólo él lo sabía!, –declaró ante el juez- y perjuraba haber heredado la habilidad de intuir estos rarísimos fenómenos cada vez que sentía el gusto de la pólvora en la punta de la lengua. Es más, el insigne letrado don Juan M. presentó un manuscrito del siglo VIII, y, por medio de éste, arguyó la existencia de un caso análogo en las inmediaciones del Monasterio de Nuestra Señora de la Murta, de cuyas ruinas el texto fue rescatado por un amanuense de la orden del Monasterio de Poblet que decidió esconderlo en 1180 a raíz del martirio de Bernardo, hoy San Bernardo de Alzira, a quien y por mandato de su hermano mayor Almanzor, se le introdujo un clavo en la cabeza en presencia de sus hermanas María y Gracia, antes de ser despedazadas a cuchilladas. Concluyó el tinterillo: 

-En los albores de la Reconquista de Valencia, el rey Jaume I encontró el susodicho manuscrito resguardado en una caja de roble junto a los tres cadáveres incorruptos que yacían amarrados a un árbol achicharrado al azar.                  

                                                           III

La mañana siguiente, el eco de dos solemnes tañidos resonó en todos los rincones del pueblo bañado de pátina y aromas del campo. El olor a pan recién horneado y la ebullición del café acariciaban el olfato de perros, gatos y ancianos retraídos que, en su lento peregrinar matutino, observaron a mucha gente atragantarse con cocas de cansalà, pimiento, tomate, Fantas y Coca Colas heladas.

Todo volvió a la normalidad esa noche de oscuridad vehemente que permitía observar el brillo de la luna aposentada en la frágil quietud del agua estrellada. No obstante y como es lógico, las calles conservarían el recuerdo de Raquel por un tiempo indefinido.

-Por ahí y acá está su presencia, aseveró Abdulá antes de perderse para siempre entre las hileras de casas pintadas de tono pastel, cuyo volumen contrasta con las estrechas aceras y callejones que desembocan en los huertos donde medita en torno a lo largo que puede ser a veces el proceso de morir. Desde entonces y cada mañana, la gente mayor tiene la costumbre de observarle con el morbo provocado por la certeza de la efímera existencia propia.

-Ahí lo tiene usted, tratando de entender aún lo inefable.   

       

 

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