El día que
Verónica me pidió que le contara un cuento, yo, estaba dibujando
unas ovejas para el pesebre de la casa de mi abuelo.
Al principio la
miré sorprendida pero cuando vi su insistencia y luego de darme
una gran sonrisa mientras yo me entretenía cortando el dibujo
para tener listas de puro pintar las ovejas ella me volvió a
decir:
-En serio madrina,
quiero que me cuentes un cuento.
-Humm… ¿y por qué
quieres que te lo cuente? A ver convénceme.
-porque tu me
dijiste una vez que te pregunté que estabas haciendo un cuento y
yo quiero que tu me lo cuentes.
-Yaaa… bueno pero
antes déjame terminar esto. Y mientras, me ayudas a pintar estas
ovejas yo te cuento el cuento.
-Pero no quiero
que tengan ni brujas, ni monstruos, ni bichos raros.
-Tu como que eres
exigente para que te cuenten cuentos.
-Anda madrina, yo
se que tu tienes un cuento que me va a gustar.
Después de eso le propuse a Verónica que me ayudara a pintar las
ovejas y para entretenerla más le di una oveja, -la más grande
por cierto- solo para poner a volar mi imaginación a ver que se
me ocurría… y así contarle el cuento que ella me pedía.
El
problema estaba en que yo escribía cuentos, no los contaba… así
que por ahí la cosa se me complicaba… yo, podría contarle un
cuento para niños pero la mayoría, tienen brujas, monstruos,
bichos raros y justamente ella me pidió un cuento sin esas
cosas.
Caramba… me puso a
pensar Verónica. En eso escucho que me dice:
-Madrina… ¿Cómo me
está quedando la oveja?
-Linda, pero ponle
más pintura por aquí.
Luego
ella volvió a su tarea y yo a mis pensamientos. Me salvé, por
poquito de que no me volviese a preguntar por el cuento en ese
momento, de hecho pensé que se le había olvidado pero sé que no…
a los niños rara vez se le olvidan las cosas que le piden a un
adulto, pero a los adultos… si se les olvidan, el ejemplo está
aquí justo en lo que Verónica me dijo que quería que le contara
el cuento que yo estaba haciendo el otro día. Ciertamente, yo me
había olvidado de aquel momento, pero ella no.
Y
entonces… ¿ahora que hago? ¿Cómo empiezo a contarle el cuento?
Será con… había una vez… no no nooo todos los cuentos que ella
ha escuchado comienzan así… entonces… piensa…piensa… piensa…
algo se me tendrá que ocurrir.
Mientras pensaba, seguí pintando mi oveja y vi que Verónica
estaba muy entretenida con la de ella tanto que volví a creer en
la posibilidad de que realmente si se le había olvidado la
petición que me había hecho. Pero mi sospecha se derrumbó justo
cuando ella dejando por un instante de pintar me miró y me
preguntó:
-Madrina… ¿Y mi
cuento?
Inmediatamente dejé lo que estaba haciendo y luego de ponerme la
mano en la barbilla, así como si estuviera pensando, -que de
hecho si estaba pensando y ¡mucho!- decidí intentar contarle el
cuento que Verónica me pidió, pero antes le propuse que mientras
le contaba el cuento siguiéramos pintando las ovejas.
A
Verónica se le dibujó una gran sonrisa en el rostro estaba feliz
pues al fin iba a escuchar el cuento que con tanta insistencia
me había pedido. En eso escuché que me volvió a decir:
-Madrina… estoy
esperando –sin dejar de pintar su oveja-
-Ah…si…ya,
Verónica… ¿te acuerdas la vez que fuimos a Torococo?
-Si… que me bañe
en la piscina.
-Aja…bueno.
Allá hace mucho tiempo vivía una niña que se llamaba dulce.
-¿Cuánto tiempo
madrina?
-Ehh… como cinco
años…si… cinco años más o menos.
-Estaba pequeña
yo… ¿Verdad?
-Si muy pequeña.
-Pero ya estoy
grande.
Bueno
como te contaba… Allá vivía Dulce ella era una niña muy
bonita que todas las mañanas se levantaba tempranito para
ayudarle a su mamá a traer agua de un pozo que quedaba cerca de
su casa. Luego de eso se bañaba, se arreglaba, desayunaba le
daba un beso a su mamá y se iba a ala escuela con la promesa de
regresar temprano. A Dulce, le gustaba mucho la escuela tanto
que era una de las niñas más aplicadas e inteligentes de su
salón. Aprendió a leer escribir y sumar rápido. Siempre dibujaba
pues le gustaba mucho. Un día, dibujó un pozo , un sapo y una
niña y le dijo a la maestra que esa era ella, que el sapo era su
amigo y que todas las mañanas antes de venir a la escuela ella
bajaba al pozo a buscar agua para su mamá, veía al sapo y
conversaba con él. La maestra la miró, le sonrió… y le dijo que
tenía mucha imaginación y que nunca la perdiera. Pero lo que la
maestra no sabía era que Dulce si decía la verdad y lo que le
había dicho si era cierto. Así que Dulce siguió yendo todas las
mañanitas al pozo a buscar agua y así aprovechaba y saludaba a
su amigo el sapo.
Un
día la mamá de dulce enfermó y la niña se puso muy triste. Ella
siguió bajando al pozo a buscar agua pero ya no iba casi a la
escuela pues tenía que cuidar a su mamá. Una vez que bajó al
pozo el sapo le preguntó por qué tenía esa cara tan triste y
ella le contó lo de su mamá. El sapo que era muy buen amigo se
ofreció a ayudar a Dulce y le dijo que dentro de seis días
bajara al pozo que encima de una piedrita ella iba a encontrar
el remedio que curaría a su mamá.
Pasaron los días y su mamá no mejoraba, el médico del pueblo le
había dicho que tenía que bajar a la ciudad y tratarse, sino se
pondría aún más mal de lo que estaba… pero la mamá de Dulce no
quiso dejarla sola y decidió no ir. A Dulce eso le dio mucha
tristeza y llorando se acostó a dormir. Al otro día se levantó
tempranito pues recordó lo que su amigo el sapo le había dicho y
bajó al pozo. Cuando llegó no encontró a su amigo y aunque lo
llamó él no vino a su encuentro. Triste, se levantó para
regresar a su casa y por última vez miró a los alrededores a ver
si lo veía pero no, sin embargo una cosita que estaba encima de
una piedra le llamó tanto la atención que fue a buscarla. Era
una bolsita, cuando la abrió vio un frasquito y se acordó de lo
que su amigo le había dicho y luego de gritar “Adiós amigo” se
marchó a su casa. Ya allá le dio el remedio a su mamá y ella a
los días mejoró. Ahora Dulce, volvió a ir todos los días a la
escuela, hace sus tareas y es una de las niñas más aplicadas del
salón, así como tu Verónica. Y colorin colorado este cuento se
ha acabado.
-¿Te gustó?
-Si madrina, está
muy lindo pero prométeme que me contarás otro después.
-Si…si…si. Pero
ahora vamos a terminar de pintar las ovejas.
-Yo terminé ya la
mía.
-Entonces ayúdame
con esta ¿si?
-Bueno.
Luego
mirando a Verónica comencé a pensar e imaginar como me las
ingeniaría para contarle el próximo cuento…sin brujas, ni
monstruos, ni bichos raros justo como me los pidió ella.
