México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

 

Margarita Hernández Martínez (Toluca, México, 1985) cursa el noveno semestre de la Licenciatura en letras latinoamericanas en la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha participado como ponente y organizadora en diversos coloquios, talleres y festivales literarios. Ha publicado sus trabajos en Milenio, Molino de letras, Cuiria y Contribuciones desde Coatepec, entre otros; asimismo, fundó la revista independiente El crítico. Se desempeña como periodista para el Instituto Mexiquense de Cultura y es responsable de la página cultural del semanario El Espectador. En 2003, ganó la mención honorífica del Cuarto concurso nacional de cuento preuniversitario “Juan Rulfo”, organizado por la Universidad Iberoamericana; en 2007, obtuvo el primer lugar en el Cuarto concurso universitario de poesía, concedido por la uaem.

   

Pese a las aparentes distancias espaciales y temporales, la poesía lírica universal se encuentra unida bajo un conjunto común de signos, concurrentes desde las figuras retóricas hasta los temas, que Miguel Hernández resume en vida, muerte y amor. Así, la obra de cada poeta constituye una variación de idénticos asuntos y, por ello, en mayor o menor medida −sea como continuación o como ruptura−, depende de un sustrato tradicional.  

Algunos escritores niegan o esconden sus lazos con la tradición; otros los exhiben sin rubor alguno. El poeta mexicano Félix Suárez (Ixtlahuaca, 1961), quien en su breve obra no ha disimulado sus influencias, logra un delicado equilibrio entre cánones e innovación. De este modo, La mordedura del caimán no oculta su vínculo con Muerte sin fin; en Legiones resuena la versificación de Séneca y Catulo. Por su parte, En señal del cuerpo se reviste, en primer término, de influencia hebrea, tanto antigua –representada por el Eclesiastés– como moderna –figurada en el epígrafe inicial, de Yehudá Amijái– Empero, a través de una compleja red intertextual, dialoga con ella y, como resultado, configura una forma poética propia. 

En apariencia, el epígrafe inicial (“como la huella de nuestros cuerpos / no quedará señal alguna de que estuvimos en este lugar. / El mundo se cierra tras nosotros / la arena vuelve a alisarse”) se asemeja a una primitiva sentencia cristiana: el hombre es polvo y, como tal, pasa fugazmente por la tierra; por tanto, debe implorar a la piedad divina, a fin de asegurar la pervivencia de su alma. Sin embargo, Amijái contradice esta concepción: en efecto, “la arena vuelve a alisarse” tras el soplo del viento; empero, el mundo termina con cada hombre, lo cual le confiere carácter sobrehumano, a diferencia de la idea bíblica, vinculada con un juicio divino en el cual aquél no tiene injerencia. Desde la misma óptica, el sujeto lírico de En señal del cuerpo no se limita a repetir los preceptos del Eclesiastés: difiere, en esencia, de ellos. Esto se vislumbra desde la denominación de la primera parte del texto, Abalorios, y los siete primeros poemas, enlazados, simbólicamente –pues tal número implica la completud de un ciclo: la perfección y, a la vez, la incertidumbre−, “a la sombra del Eclesiastés”. Desde estos términos, al sereno resplandor del texto bíblico se oponen la lobreguez y el desaliento, profusamente enriquecidos con versículos convertidos en epígrafes. Ello no impide, sin embargo, la verificación de algunas semejanzas formales: ambos textos definen un grupo de conceptos ligados a las discrepancias entre la vida espiritual y la vida cotidiana, a tal grado que el primer poema, presagiando el destino de los siguientes, comienza con la tercera persona singular del verbo ser. No obstante, el Eclesiastés tiende hacia asuntos generales y abstractos, mientras que En señal del cuerpo manifiesta la preferencia del sujeto lírico por lo concreto, perceptible en otras composiciones de Suárez. 

De idéntico modo, la influencia estilística tiñe la versificación: las reiteraciones presentes en ambos textos –anafóricas, por lo general−, acentúan el tono preciso y sentencioso; igualmente, el versículo, entrelazado con los epítetos característicos de Suárez (“ridícula torpeza milenaria”, “afiladas navajas pendencieras”, “tibias bestias rendidas”), subraya la economía verbal; además, el vocabulario de En señal del cuerpo recupera expresiones como afán, así sea y apacentar de vientos y evoca, así, ideas como la desesperanza ante el futuro y el desdén al cansancio. Empero, existen varios desplazamientos semánticos: pese a la advertencia de Cohélet, el sujeto lírico se preocupa por asuntos efímeros con nostalgia y tristeza, si bien, fiel a la costumbre dominical, se ovilla en la cama “buscando que no [lo] oiga el desconsuelo”. En consecuencia, la mesura con que enfrenta sus deseos no se debe al gozo de lo que tiene, sino a la resignación de aquello que ya no puede esperar. Por esta razón, algunos poemas concluyen con ironías que recuerdan a Peleas, poemario publicado por primera vez en 1989 y precedente de En señal del cuerpo.  

Por otro lado, para completar el ciclo de apropiación de la tradición desarrollado a lo largo del texto, el sujeto lírico concreta su diálogo con ésta al transformar algunas anécdotas cotidianas –los juegos infantiles, el acto de escritura, los parientes desconocidos, el desove de las tortugas− en un motivo de reflexión en torno a los temas mencionados. Sus interacciones con la palabra bíblica, sus ritos y convenciones, así como las posibilidades semánticas implicadas en la expresión poética, permiten al sujeto lírico conferir a los actos un nuevo carácter sagrado; así, en En señal del cuerpo, la sabiduría no se alcanza, como en la Biblia, mediante los ojos, sino a través del corazón; por tanto, no es producto de la meditación serena, sino de la sensibilidad febril.  

En segunda instancia y de modo complementario a los aspectos ya definidos, Ropa de cama y parte de Adherencias se conforman por textos eróticos, igualmente imbricados con la tradición. Según María Ema Llorente (2006: 13-18), aquélla que envuelve a la poesía erótica mexicana del siglo xx se forja entre los remanentes de siglos anteriores, mas tiende a la renovación y la ruptura. Para explicarlo, organiza este género poético en dos ejes temáticos: el origen del deseo y el instante de su realización. Éstos difieren de la esencia de algunos poemas de En señal del cuerpo. De esta forma, la serie de “Poscoitales”, “Nocturnos para Desdémona” y “Ruedas conmigo” describen los pormenores del momento posterior a la unión sexual, sin detenerse en el deseo precedente o en el estremecimiento orgásmico. Así, consignan la finitud del cuerpo, a pesar de hallarse momentáneamente señalado –es decir, desbordado y, aun más, consagrado− por la fusión sexual.  

A pesar de tal discrepancia –que, además, resulta innovadora−, los textos emplean un lenguaje tradicional, abrigado por unidades métricas rítmicas que realzan la musicalidad peculiar del autor: así, fundado en metáforas y eufemismos, nombra la sensualidad y el cuerpo –simbólicamente fragmentado– en concordancia con el corpus de imágenes configurado por Llorente (2006: 63-116): el mar y sus confines (“como un marinero / que de pronto alcanzara tierra”), los referentes ígneos (“el anafre encendido de tu sexo”) y, sobre todo, las equivalencias animales (“tibias bestias”, “caballo estrepitoso”, “enardecidos búfalos”, “presa fácil”, “paloma amartillada”). Con ello, el sujeto lírico subraya las angustias y rutinas en las que deriva el placer, a causa del desgaste y la inminente desconsagración.  

Desde estas perspectivas, las dos tendencias tradicionales e intertextuales ya examinadas se anudan alrededor de un concepto primordial para la existencia humana: lo sagrado. Para Roger Caillois (2004: 11-37) éste sostiene una relación tensa y contradictoria con su contrario, lo profano; empero, es una categoría asentada en propiedades atribuidas extrínsecamente, mediante la consagración o la expiación, a seres, lugares y tiempos que provocan terror, deseo y fascinación. En efecto, a través de la palabra poética, el sujeto lírico santifica cuerpos, actos y emociones; con esto, aunque comprende que nunca recuperará su inocencia primaria, consigna el encanto del universo y el pasmo que le causa, con lo cual recobra su don adánico y su capacidad de asombro. 

Por tanto, el fascinans y el tremendum (Otto, 1991: passim.) traspasan En señal del cuerpo: el primero, la embriaguez gozosa de lo sagrado, se trasluce en sus vertientes eróticas; el segundo, la justicia inexorable de un dios rígido y celoso, se vislumbra en Abalorios. Estos extremos se revelan como dos abismos que acechan al sujeto lírico: la insatisfactoria parálisis de lo cotidiano y la angustia rebelde frente a las convenciones de lo sagrado. Ambos desembocan en la presencia constante de la muerte, figurada en la aparición de numerosos cadáveres, los cuales definen que toda materia se descompone a causa de la fuerza invencible de la naturaleza, regida por un Dios inmisericorde. Pese a la decepción que ello supone –traslucida, sin censura alguna, en los “rastros de cerdos y comida rancia” del texto final−, el poemario desempeña la función esencial del arte: ordenar el mundo; es decir, apacentar –sin importar que sea “tarea sin fin”− el viento de la incertidumbre, aunque amenace siempre con derribar la mano de quien escribe.

 

 

Bibliografía 

Caillois, Roger (2004), El hombre y lo sagrado, México, Fondo de Cultura Económica. 

Llorente, María Ema (2006), Poemas en rojo. El erotismo en la poesía mexicana del siglo xx, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura. 

Otto, Rudolf (1991), Lo santo, lo racional y lo irracional en la idea de Dios, México, Alianza. 

Suárez, Félix (1990), La mordedura del caimán, 2ª ed., Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, 46 pp. 

________ (1998), En señal del cuerpo, México, Praxis / Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de de Chiapas / Instituto Mexiquense de Cultura. 

________ (2000), Peleas, 2ª ed., TunAstral, Toluca, 68 pp. 

________ (2004), Legiones, Praxis, México, 51 pp.

 

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