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Miuler Vásquez González,
radica en Perú, en el departamento de San Martín, distrito de
Tarapoto, que es selva Peruana. En el año 2007, egresó de la
Universidad Nacional de San Martín, en la especialidad de Ing.
Agrónoma. Se ha desempeñado en la promoción y difusión del Rock
Peruano, durante el periodo 2000-2006, declamador y parte
retirada del grupo teatral Rabo del Culto, ganador de dos
premios nacionales inter- universidades

No tenía ni la más
mínima idea cómo iba a empezar su relato ni sabía sobre qué
escribiría; pero estaba dispuesto a crear la más admirable historia
y a no perder nunca más. Ganar, tenía que ganar. Era solo una
historia, nada más que una, de pocas palabras, y podía ser inventada,
eso era lo mejor. Si la quería perfecta, lo que debía de hacer era
no repetir las palabras, ninguna, él podía con eso, pasaría un
desvelo, se trasnocharía, sí, a pesar de las dificultades él
triunfaría. Esa misma noche terminaría su relato, le faltaba todo y
aún así, no lo dejaría inconcluso por nada. Tampoco le hacía falta
técnicas, para qué, no necesitaba de otros. Lo que sí requería era
hacer un recuento sobre su vida y las experiencias que alguna vez
había escuchado, así lo hizo y al promediar escasos cinco minutos de
haberse sentado frente a su mesa de noche, decidió anotar sus
emociones; llamó emociones a diferentes sucesos y frases
que alguna vez escuchó o a sus propias vivencias. Y anotó: “Asco,
regla; Colegio, huída; Para rendir en la pelea, ensayaba en los
plátanos; La cárcel, drogas; Gallinazo y plaza; Un candidato a
regidor es dueño de una orquesta de música; Coronel, Palacios; Un
candidato para alcalde que posa; ‘Soy cualquier cosa, menos hijo de
Dios’; ‘Tienes bonitos dientes’; ‘A ella le gusta la vanidad: los
lujos le hacen sentir bien’; Un Cura. Tiene un carro y en él han
escrito: ‘Cura hijo de puta’; En los tiempos de la coca, se les
hacía formar a los niños para regalarles gaseosas y dulces luego de
que estos cantasen; Cualquier mujer tenía precio: las discotecas se
cerraban por dentro; Los perros defecaban mierda blanca de tanto que
tomaban leche.” Miró su cuaderno, se veían bien las frases una
debajo de otra, la letra estaba media inclinada, legible, era bueno
lo que hizo “un buen comienzo”. Una historia, la necesitaba para
salir de la crisis. Sería fácil ya, tenía lo necesario. La primera
emoción, qué haría con ella, a ver, aquella frase la escribió
porque el periodo menstrual de las mujeres le daba asco; o alguna
vez tuvo asco de alguna mujer cuando la vio sangrar, sí, lo último
sonaba bien, entonces debía referirlo: “Una vez un hombre llamado...”
¿Cómo le llamaría al personaje? Si quería una historia perfecta no
debía poner nombres, tampoco debía comenzar de esa forma tan común,
no, así nunca ganaría. De nuevo: “Las mujeres suelen tener épocas
que a los hombres no les gusta percibir porque son sangrientas.
Refiero tal deducción por lo siguiente: Sucedió en el verano del año...”
¿Qué año? No, años no, ni épocas, ni hombres ni mujeres, estaba mal,
no era perfecta. Descartada, no servía. Tal vez la segunda
emoción, “Colegio, huída”; ahora sí, más fácil: “Tenía que huir,
detestaba estar encerrado, no soportaba las miradas...”; o
preferible: “Cuando llegó la temporada de asistir al colegio, tuve
ganas de ir, me sentí dichoso, amable con los profesores; pero
ocurrió que ellos me dieron millones de motivos para odiarlos y los
odié. En más de una ocasión...” En primera persona no, las
narraciones perfectas debían estar en tercera. Además “Cuando” no
era un buen inicio. La siguiente emoción, la de los plátanos,
“Ensayaba duro y parejo en especial por las noches. La próxima
ganaría, los plátanos le estaban dando agilidad y fuerza.” Qué feas
historias, comunes. Probaría la siguiente, o la que le sigue a la
siguiente, o alguna, o ninguna. Qué difícil le resultaba, más de lo
que creía. No sólo era inventar la historia, también estaba el sueño
que le perseguía, la molicie, las palabras que le faltaban aprender,
su desconocimiento sobre técnicas, bueno, si eran indispensables,
tenía que reconocerlo; ya veía, los escritores eran raros, por eso
creaban; o no, los escritores eran normales, abundantes, sí, el raro
era él, a ver sino porqué intentaba proezas, porqué siempre quería
romper los límites, porqué, pobre humano. Emoción siguiente,
tal vez si le quitaba las palabras con tildes, o si le ponía un
sinónimo diferente se veía más poético, o un adjetivo que expresase
grandeza, a ver, suprimiendo las frases con “que”, “por”, “más”.
Cualquiera lo hacía. Otra vez. Emoción siguiente, emoción,
emoción; le cansaba. ¿Y si probaba escribir poesía, o frases
sin sentido? Tal vez sus emociones eran ya un poema, uno
bueno, abstracto, o cada emoción a lo mejor era el argumento
para una novela diferente pero no perfecta, y si era así, podía
escribir varias novelas comunes, muchas, algunas de amor, otras de
odio, otras de guerra, históricas, en fin, qué grande sería en ese
género; mas no le interesaba ser grande, para qué, ¿o sí? Quizá
nadie se daba cuenta de sus defectos y hacía dinero así, repitiendo
palabras. Las escribiría y las vendería, las presentaría a los
concursos internacionales, en fin, eso y más. También, sin que nadie
notase, jugaría con las palabras, incluiría mensajes ocultos,
anagramas, letras detrás de otras evidenciando nombres secretos, sí,
ya veía, el mundo estaba en sus manos. Su propio mundo, por supuesto.
En adelante anotaría sus emociones en donde se encontrase, a
cualquier hora, en cualquier circunstancia. Bien haría en llevar un
cuaderno junto a él a todos lados, le serviría mucho. Su destino se
vislumbraba grandioso. No por revelaciones, no por enseñanzas
previas, no por motivaciones cuando fuera niño, nada le marcó; pero
todo indicaba a que si quería llegar lejos debía escribir y escribir,
sin parar. Su mente se llenó de situaciones lujosas, de viajes
improvistos, de personas reconociéndole su hazañoso trabajo.
Entonces quiso imaginar los detalles y pasó a recostarse un rato,
solo un tiempo corto, para que pudiera concebir a plenitud sus
ideas. Apagó la luz, a tientas buscó su cama y encima de ella, cerró
los ojos no para dormir sino buscando imaginar su próxima novela;
tal vez lo que hacía era una emoción más y requería su
registro de inmediato, tal vez cada acto era una emoción,
quizá toda su vida lo era. Anotar, anotar, qué esperaba. Lo haría,
pero primero quería soñar, ver la grandeza de su obra por anticipado,
soñar, soñar... Dejar de abrir los ojos, quedarse para siempre
recostado sin preocuparse por el mañana, evadir responsabilidades.
Ya casi había logrado lo que buscó tanto tiempo, lo que requería era
solo cuestión de espera, de un poco de decisión. Sin embargo, un día
antes, y esto lo ocultaba de sus otros recuerdos, había pensado en
lo mismo, siempre pensaba en lo mismo, en sus emociones, en
crear historias perfectas, en escribir novelas. No sólo un día
antes, todos los días, cada noche. Y qué, ¿acaso no tenía la
libertad de hacer lo que le venía en gana? ¿No era un hombre que
buscaba ser no convencional y admirable frente al resto? Sus
interrogantes se fueron apagando, la oscuridad se tornaba en ecos de
resuello y mal aliento. Lavarse los dientes, ir a orinar,
masturbarse. O imaginar y cerrar los ojos. Dormiría, era tarde ya;
pero cuando despertase, decidido, buscaría concluir sus trabajos y
haría esfuerzos sobrehumanos para conseguir la riqueza en sus
escritos aún por escribir.
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