México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

Miuler Vásquez González, radica en Perú, en el departamento de San Martín, distrito de Tarapoto, que es selva Peruana. En el año 2007, egresó de la Universidad Nacional de San Martín, en la especialidad de Ing. Agrónoma. Se ha desempeñado en la promoción y difusión del Rock Peruano, durante el periodo 2000-2006, declamador y parte retirada del grupo teatral Rabo del Culto, ganador de dos premios nacionales inter- universidades

 

No tenía ni la más mínima idea cómo iba a empezar su relato ni sabía sobre qué escribiría; pero estaba dispuesto a crear la más admirable historia y a no perder nunca más. Ganar, tenía que ganar. Era solo una historia, nada más que una, de pocas palabras, y podía ser inventada, eso era lo mejor. Si la quería perfecta, lo que debía de hacer era no repetir las palabras, ninguna, él podía con eso, pasaría un desvelo, se trasnocharía, sí, a pesar de las dificultades él triunfaría. Esa misma noche terminaría su relato, le faltaba todo y aún así, no lo dejaría inconcluso por nada. Tampoco le hacía falta técnicas, para qué, no necesitaba de otros. Lo que sí requería era hacer un recuento sobre su vida y las experiencias que alguna vez había escuchado, así lo hizo y al promediar escasos cinco minutos de haberse sentado frente a su mesa de noche, decidió anotar sus emociones; llamó emociones a diferentes sucesos y frases que alguna vez escuchó o a sus propias vivencias. Y anotó: “Asco, regla; Colegio, huída; Para rendir en la pelea, ensayaba en los plátanos; La cárcel, drogas; Gallinazo y plaza; Un candidato a regidor es dueño de una orquesta de música; Coronel, Palacios; Un candidato para alcalde que posa; ‘Soy cualquier cosa, menos hijo de Dios’; ‘Tienes bonitos dientes’; ‘A ella le gusta la vanidad: los lujos le hacen sentir bien’; Un Cura. Tiene un carro y en él han escrito: ‘Cura hijo de puta’; En los tiempos de la coca, se les hacía formar a los niños para regalarles gaseosas y dulces luego de que estos cantasen; Cualquier mujer tenía precio: las discotecas se cerraban por dentro; Los perros defecaban mierda blanca de tanto que tomaban leche.” Miró su cuaderno, se veían bien las frases una debajo de otra, la letra estaba media inclinada, legible, era bueno lo que hizo “un buen comienzo”. Una historia, la necesitaba para salir de la crisis. Sería fácil ya, tenía lo necesario. La primera emoción, qué haría con ella, a ver, aquella frase la escribió porque el periodo menstrual de las mujeres le daba asco; o alguna vez tuvo asco de alguna mujer cuando la vio sangrar, sí, lo último sonaba bien, entonces debía referirlo: “Una vez un hombre llamado...” ¿Cómo le llamaría al personaje? Si quería una historia perfecta no debía poner nombres, tampoco debía comenzar de esa forma tan común, no, así nunca ganaría. De nuevo: “Las mujeres suelen tener épocas que a los hombres no les gusta percibir porque son sangrientas. Refiero tal deducción por lo siguiente: Sucedió en el verano del año...” ¿Qué año? No, años no, ni épocas, ni hombres ni mujeres, estaba mal, no era perfecta. Descartada, no servía. Tal vez la segunda emoción, “Colegio, huída”; ahora sí, más fácil: “Tenía que huir, detestaba estar encerrado, no soportaba las miradas...”; o preferible: “Cuando llegó la temporada de asistir al colegio, tuve ganas de ir, me sentí dichoso, amable con los profesores; pero ocurrió que ellos me dieron millones de motivos para odiarlos y los odié. En más de una ocasión...” En primera persona no, las narraciones perfectas debían estar en tercera. Además “Cuando” no era un buen inicio. La siguiente emoción, la de los plátanos, “Ensayaba duro y parejo en especial por las noches. La próxima ganaría, los plátanos le estaban dando agilidad y fuerza.” Qué feas historias, comunes. Probaría la siguiente, o la que le sigue a la siguiente, o alguna, o ninguna. Qué difícil le resultaba, más de lo que creía. No sólo era inventar la historia, también estaba el sueño que le perseguía, la molicie, las palabras que le faltaban aprender, su desconocimiento sobre técnicas, bueno, si eran indispensables, tenía que reconocerlo; ya veía, los escritores eran raros, por eso creaban; o no, los escritores eran normales, abundantes, sí, el raro era él, a ver sino porqué intentaba proezas, porqué siempre quería romper los límites, porqué, pobre humano. Emoción siguiente, tal vez si le quitaba las palabras con tildes, o si le ponía un sinónimo diferente se veía más poético, o un adjetivo que expresase grandeza, a ver, suprimiendo las frases con “que”, “por”, “más”. Cualquiera lo hacía. Otra vez. Emoción siguiente, emoción, emoción; le cansaba. ¿Y si probaba escribir poesía, o frases sin sentido? Tal vez sus emociones eran ya un poema, uno bueno, abstracto, o cada emoción a lo mejor era el argumento para una novela diferente pero no perfecta, y si era así, podía escribir varias novelas comunes, muchas, algunas de amor, otras de odio, otras de guerra, históricas, en fin, qué grande sería en ese género; mas no le interesaba ser grande, para qué, ¿o sí? Quizá nadie se daba cuenta de sus defectos y hacía dinero así, repitiendo palabras. Las escribiría y las vendería, las presentaría a los concursos internacionales, en fin, eso y más. También, sin que nadie notase, jugaría con las palabras, incluiría mensajes ocultos, anagramas, letras detrás de otras evidenciando nombres secretos, sí, ya veía, el mundo estaba en sus manos. Su propio mundo, por supuesto. En adelante anotaría sus emociones en donde se encontrase, a cualquier hora, en cualquier circunstancia. Bien haría en llevar un cuaderno junto a él a todos lados, le serviría mucho. Su destino se vislumbraba grandioso. No por revelaciones, no por enseñanzas previas, no por motivaciones cuando fuera niño, nada le marcó; pero todo indicaba a que si quería llegar lejos debía escribir y escribir, sin parar. Su mente se llenó de situaciones lujosas, de viajes improvistos, de personas reconociéndole su hazañoso trabajo. Entonces quiso imaginar los detalles y pasó a recostarse un rato, solo un tiempo corto, para que pudiera concebir a plenitud sus ideas. Apagó la luz, a tientas buscó su cama y encima de ella, cerró los ojos no para dormir sino buscando imaginar su próxima novela; tal vez lo que hacía era una emoción más y requería su registro de inmediato, tal vez cada acto era una emoción, quizá toda su vida lo era. Anotar, anotar, qué esperaba. Lo haría, pero primero quería soñar, ver la grandeza de su obra por anticipado, soñar, soñar... Dejar de abrir los ojos, quedarse para siempre recostado sin preocuparse por el mañana, evadir responsabilidades. Ya casi había logrado lo que buscó tanto tiempo, lo que requería era solo cuestión de espera, de un poco de decisión. Sin embargo, un día antes, y esto lo ocultaba de sus otros recuerdos, había pensado en lo mismo, siempre pensaba en lo mismo, en sus emociones, en crear historias perfectas, en escribir novelas. No sólo un día antes, todos los días, cada noche. Y qué, ¿acaso no tenía la libertad de hacer lo que le venía en gana? ¿No era un hombre que buscaba ser no convencional y admirable frente al resto? Sus interrogantes se fueron apagando, la oscuridad se tornaba en ecos de resuello y mal aliento. Lavarse los dientes, ir a orinar, masturbarse. O imaginar y cerrar los ojos. Dormiría, era tarde ya; pero cuando despertase, decidido, buscaría concluir sus trabajos y haría esfuerzos sobrehumanos para conseguir la riqueza en sus escritos aún por escribir.      

 

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