EXTEMPORÁNEO
Abrirme paso entre la multitud que lo insultaba fue lo difícil:
quería una foto de ese hombre tan raro que cediendo al desatino de
la cortesía, cedió su asiento a la joven mujer embarazada.
PUJA.
Para merecer el Katagarama, mi cuerpo se cubrió de tierra y polvo.
Rodé kilómetros hasta llegar a la aldea como tantos otros
peregrinos; los caminantes se apartaban con respeto y en silencio.
En esa atmósfera de kermesse, lo codiciado era la divinidad.
Sanguijuelas en la piel de los dioses, probamos todas las
austeridades, todas las mortificaciones posibles: calzado erizado de
clavos, entoldados de peso inhumano, desprendernos de un ojo o de
una falange, atravesarnos la carne sin dolor ni sangre. Yo miré
fijamente al sol hasta la ceguera, es decir, hasta la "luz"
interior, el abismo del cual surge todo. Pero nada pasó. Mas
pudieron el hambre, las enfermedades.
Regresé a Bombay donde subsisto gracias a la caridad. Una que otra
vez logro timar a algún turista desprevenido, con mi promesa de
Absoluto.
PROFETA EN LA JAULA.
Para Douglas Lamont, in memoriam.
La luz entraba en bloque, cuadriculándole el torso, las manos. Cada
cinco minutos, al levantarse y dar vueltas por la jaula, se
convertía efectivamente en un animal enjaulado. el resto del público
mantenía una temerosa y quizá saludable distancia, absteniéndose de
alimentarlo, pese a la venia de la administración del parque que lo
permitía. Yo me compadecí de su escualidez y le arrojé una bolsita
con maní dulce, que devoró desesperado. Enseguida, traté de leer su
cartel de identificación; ese que indica Orden, Clase, Especie, etc.
Me llamaron especialmente la atención sus costumbres, muy
particulares.
-. Este tipo de profeta era capaz de vaticinar el pasado, leyendo en
las nubes, en el mar, en las hojas secas.
-. En las manchas de humedad en las paredes.
-. En el humo del cigarrillo, en su tizón encendido y en sus
cenizas.
-. Era capaz de leer sombras chinescas, eructos, estornudos.
-. Leía en borra de café, en semillas de girasol, de melón, de
ajonjolí, de uva.
-. Descubría el pasado mirando aguas residuales, preservativos
usados, sangre menstrual.
-. Adivinaba con el canto de pájaros muertos, con acetatos (LP)
puestos a girar al revés, con el ruido del excusado al bajar el
agua.
-. Podía leer entrañas de ratón, de colibrí y de musaraña, con suma
meticulosidad.
-. Enseñaba la hidromancia, la pisomancia, la botellomancia y la
zapatomancia.
-. Importante: profetizaba sobre todo; menos sobre sí mismo.
Entendí entonces la razón de su encierro, compadeciendo a la infeliz
criatura de corazón. Un cuidador se acercó y me dijo que si esperaba
un poco, podría ver el número en que el profeta ponía sus
predicciones por escrito, con una hojita y lápiz que le acercaban a
la jaula. Pero no, me hartaba el pasado. Seguí mi recorrido,
aprovechando la luz anterior, casi sólida.
UN TAL PLUMA
En los recodos de un sueño, acosaba yo a Henri Michaux, conminándolo
a darme un koan (especie de acertijo que en el budismo Zen es
utilizado para quebrar los resortes del pensamiento lógico,
aprehendiendo eventualmente lo Real) hasta que, harto y con los ojos
desmesuradamente abiertos, me increpó diciendo que si no me bastaba
con vivir en Ocumare. Seguidamente mencionó algo del sol, de la
literatura, y se alejó a procurarse unas gotas de mescalina.
EL PROCER
Sí... conozco lo que en mi nombre habéis hecho todos estos años,
¡truhanes, bellacos, indignos! Los escupitajos e insultos resbalaron
desde la primera magistratura; ninguno daba crédito a sus ojos.
Al final del desfile, no quedó precinto sin cortar ni arreglo floral
en pie. La multitud, aplaudía frenética.