México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

Omar Requena. Venezolano, nació en Caracas en 1972. Cursó estudios de Derecho y Artes visuales en la misma ciudad. Cursa comunicación social en la Universidad Bolivariana de Venezuela , en la población de Ocumare de Tuy, antigua capital del estado Miranda, donde reside desde hace varios años, interesado en la riquísima y poco conocida momoria histórica de la región. Tiene inédito un poemario Palabras para después y prepara su primera colección de relatos

 

EXTEMPORÁNEO   

Abrirme paso entre la multitud que lo insultaba fue lo difícil: quería una foto de ese hombre tan raro que cediendo al desatino de la cortesía, cedió su asiento a la joven mujer embarazada.

PUJA. 

Para merecer el Katagarama, mi cuerpo se cubrió de tierra y polvo. Rodé kilómetros hasta llegar a la aldea como tantos otros peregrinos; los caminantes se apartaban con respeto y en silencio. En esa atmósfera de kermesse, lo codiciado era la divinidad. Sanguijuelas en la piel de los dioses, probamos todas las austeridades, todas las mortificaciones posibles: calzado erizado de clavos, entoldados de peso inhumano, desprendernos de un ojo o de una falange, atravesarnos la carne sin dolor ni sangre. Yo miré fijamente al sol hasta la ceguera, es decir, hasta la "luz" interior, el abismo del cual surge todo. Pero nada pasó. Mas pudieron el hambre, las enfermedades.

Regresé a Bombay donde subsisto gracias a la caridad. Una que otra vez logro timar a algún turista desprevenido, con mi promesa de Absoluto.

 

PROFETA EN LA JAULA.   

Para Douglas Lamont, in memoriam. 

La luz entraba en bloque, cuadriculándole el torso, las manos. Cada cinco minutos, al levantarse y dar vueltas por la jaula, se convertía efectivamente en un animal enjaulado. el resto del público mantenía una temerosa y quizá saludable distancia, absteniéndose de alimentarlo, pese a la venia de la administración del parque que lo permitía. Yo me compadecí de su escualidez y le arrojé una bolsita con maní dulce, que devoró desesperado. Enseguida, traté de leer su cartel de identificación; ese que indica Orden, Clase, Especie, etc. Me llamaron especialmente la atención sus costumbres, muy particulares.

-. Este tipo de profeta era capaz de vaticinar el pasado, leyendo en las nubes, en el mar, en las hojas secas. 

-. En las manchas de humedad en las paredes. 

-. En el humo del cigarrillo, en su tizón encendido y en sus cenizas. 

-. Era capaz de leer sombras chinescas, eructos, estornudos. 

-. Leía en borra de café, en semillas de girasol, de melón, de ajonjolí, de uva. 

-. Descubría el pasado mirando aguas residuales, preservativos usados, sangre menstrual. 

-. Adivinaba con el canto de pájaros muertos, con acetatos (LP) puestos a girar al revés, con el ruido del excusado al bajar el agua. 

-. Podía leer entrañas de ratón, de colibrí y de musaraña, con suma meticulosidad. 

-. Enseñaba la hidromancia, la pisomancia, la botellomancia y la zapatomancia. 

-. Importante: profetizaba sobre todo; menos sobre sí mismo. 

Entendí entonces la razón de su encierro, compadeciendo a la infeliz criatura de corazón. Un cuidador se acercó y me dijo que si esperaba un poco, podría ver el número en que el profeta ponía sus predicciones por escrito, con una hojita y lápiz que le acercaban a la jaula. Pero no, me hartaba el pasado. Seguí mi recorrido, aprovechando la luz anterior, casi sólida. 

UN TAL PLUMA

En los recodos de un sueño, acosaba yo a Henri Michaux, conminándolo a darme un  koan (especie de acertijo que en el budismo Zen es utilizado para quebrar los resortes del pensamiento lógico, aprehendiendo eventualmente lo Real) hasta que, harto y con los ojos desmesuradamente abiertos, me increpó diciendo que si no me bastaba con vivir en Ocumare. Seguidamente mencionó algo del sol, de la literatura, y se alejó a procurarse unas gotas de mescalina.

EL PROCER 

Sí... conozco lo que en mi nombre habéis hecho todos estos años, ¡truhanes, bellacos, indignos! Los escupitajos e insultos resbalaron desde la primera magistratura; ninguno daba crédito a sus ojos.

Al final del desfile, no quedó precinto sin cortar ni arreglo floral en pie. La multitud, aplaudía frenética.

 

BREVE HISTORIA DE OCUMARE 

Érase una vez, un desierto...

 

 

 

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