
Ricardo Juan Benítez Nació un 28 de noviembre 1956
en el barrio de Caballito en Buenos Aires. Cursó la
primaria en el colegio San Pedro Nolasco. Sus
estudios secundarios en el Instituto Eduardo Wilde (nocturna).
Se consagró a la lectura de los grandes escritores.
Retomó su pasión por la escritura en el año 2005,
publicando en diversos portales culturales de
Internet. Un cuento suyo aparece en una antología de
escritores latinoamericanos. Noche de bruma y
silencio obtuvo el segundo puesto en el concurso
de la Asociación de Arte y Cultura de Merlo
(Argentina) y El hombre de marrón del fondo de mi
casa, Primera Mención de Honor en el Grupo
Fausto (España). Fue portada de Proyecto Scherezade
(Universidad de Manitoba, Winnipeg, Canadá) en Enero
del 2006 y Marzo del 2007.

El café estaba casi tibio cuándo llegó. Se lo veía un tanto
abatido. Incluso dubitativo. Apuré el resto del contenido
del pocillo. Lo saludé:
-Hola Roberto ¿Cómo estás?
-Bien, bien-decía. Pero su aspecto indicaba lo contrario
-¿Que querés tomar? ¿Un cafecito?
-Lo que quieras, para mi da lo mismo.
-¿Lo que quiera? ¡Está bien!-llamé con la mano en
alto-¡Mozo! Dos White Horse…
-Pero…yo…
-Dijiste lo que yo quiera ¡Mozo que sean dobles! Y traiga
hielo-lo miré con una sonrisa-es para vos… yo lo tomo así
nomás. A ver ¿Qué pasa? ¿Es el trabajo?
-¿El negocio? No. Eso marcha y te diría demasiado bien.
-¡Que no te oiga nadie! ¡Alguien al que la va bien en este
país de mierda!-trataba de levantarle el ánimo-¿Entonces?
-Es Laura…
Tragué saliva y un trago de whisky.
-¿Qué pasa con Laura?
-Eso me gustaría saber a mí.
-¿Querés un cigarrillo?
Tomó uno y me dijo.
-¿No está prohibido?
-¡Estamos en la vereda, boludo! -le encendí el
cigarrillo. Le dio un par de pitadas nerviosas.
-Bueno ¿Qué onda con Laura?
-Cero onda. Todo mal… estamos en plena crisis. Te quería
consultar…
-¡Justo a mi! ¿Al solterón le venís a consultar problemas de
pareja?
-Carlos, sos mi mejor amigo. Además con la experiencia que
tenés, algún consejo me podés dar…
-Ya te lo había dado. Antes de casarte te dije: “no lo
hagas”-me reí- ahora ya es tarde.
-¡No seas boludo! Dale… escuchame a ver que pensás.
-Dale vos ¡Desembuchá!
-Se fue de casa-dijo muy apesadumbrado-hace unos días. Me
pidió algo de tiempo para pensar lo nuestro. Que nos tomemos
los dos un tiempito de separación.
-¿Vos que pensás?
-Yo no pienso… la amo.
-¿Y ella?
-Dice que está confundida.
La diplomacia no es mi fuerte. Entonces le dije:
-Roberto, estás en el horno. Cuándo una mina te dice
que está confundida… ¡ya fue!
-¡Por favor! No me digas eso-casi suplicó.
-¿Qué querés que te diga? Te digo lo que siento ¿Dónde está
ahora?
-En casa de los tíos, en Los Polvorines.
-Pero ¿Cómo llegaron a esto?-pregunté en voz baja, casi en
un susurro-¡se los veía muy bien!
-En parte es mi culpa.
-¡La culpa siempre es repartida! ¡Dejá de hablar boludeces!
-Si pero yo… siempre dándole prioridad al negocio. A mis
asuntos.
-Sin guita no hay amor-le dije pragmático-bueno, no
importa ¿Vos como estás?
-Mal. Hecho mierda. La amo con locura ¡Como el primer día!
-Probaste la táctica de las flores, los mensajes…
-¡Todo! Pero no quiere saber nada.
-¿Te dio algún plazo?
-No… pero dice que me quiere. Que solo está un poco
confundida. Que espere un poco más.
Decidí atacar hasta el hueso:
-¿Vos sabés lo que la tiene confundida? ¡Otro macho!
-¡Carlos! ¡No podés!-se enojó.
-¡Puedo y debo! Sos mi amigo. No podés ser tan boludo ¿No te
das cuenta que te está metiendo los cuernos? ¿Después de
quince años de matrimonio le entra el desconcierto?
-Creo que no fue buena idea hablar con vos-dijo
apesadumbrado-¿Sabés algo? Tal vez tengas razón. Pero la amo
tanto, la necesito tanto… que tal vez le pueda perdonar
algún desliz. Creer todas sus mentiras… si…
-¡No podés! ¡Ahora el que no quiere escuchar soy yo! ¿Tan
pocas bolas tenés? ¿Cómo te vas a rebajar tanto?
-La amo. Siempre la amé. Ya no hay forma de sacarla de mi
corazón.
-¿Sabés? Casi te envidio-le dije en tono sarcástico-¡Tanta
abnegación en nombre del amor! ¿Qué te pensás que es la
única mujer sobre la tierra?
-Para mi si-ahora me miró algo ofendido-yo quería que me
aconsejaras como hacer para recuperarla. Fui sincero con
vos. Te dije mi verdad, lo que siento… ¡Y mirá con lo que me
salís!
-Pero yo no te puedo mentir-ahora traté de dulcificarme un
poco-sos mi amigo. Mis instintos me dicen que Laura no está
confundida. Sabe lo que quiere. A vos te va cortando de a
poco. Para no lastimarte. O para que vos no te enojés.
-¿Vos crees eso? ¿En serio?
-¿Y vos? ¿Qué opinás?-me miró con recelo-decime con la mano
en el corazón ¿Qué pensás que le pasa a Laura? ¿Crees que va
a volver a vos?
Roberto hizo silencio. Un par de lágrimas rodaron por sus
mejillas. Estaba agitado.
-Parece que sabés la respuesta. Pero no querés enfrentar la
realidad.
-Vos ¿Qué sabés del amor? ¿Alguna vez quisiste alguna de las
mujeres que tuviste?-me dijo con aflicción.
-Tendrías que nacer de nuevo para pensar como yo. En este
mundo la nobleza y la fidelidad, incluso el amor como lo
entendés vos, no cotizan demasiado alto. Tenés que ser más
realista. La relación entre hombre y mujer siempre es una
transacción de algún tipo. Sucede lo que conviene, y nada
más.
-¡Sos un cínico!
-Otra enseñanza más-dije imperturbable-una buena dosis de
cinismo te puede hacer más llevadera la vida. Controlá un
poco tus emociones ¡Pelandrún!. A ver… decime ¿Yo soy tu
mejor amigo? Si soy tan diferente de vos ¿Qué es lo que te
atrae de mí? ¿Por qué buscas mis consejos? Sabes como siento
y como pienso ¿Entonces?
-Tal vez… porque… en el fondo te admiro-ahora hablaba con
voz temblorosa-siempre quise ser como vos.
-Si querés ser como yo solo tenés que intentarlo. El único
precio que tenès que aceptar es sentirte un poco vacío de
vez en cuándo-sonaba un poco cursi, pero era una realidad
tangible-no es bueno atarse a nadie. Menos enamorarse como
vos. El amor te hace perder objetividad, sobre todo con
respecto a vos mismo. Amas tanto al otro, que te olvidás de
tu persona.
-Carlos ¿Vos sabés que es el amor?
-Te doy la acepción del diccionario: “emoción que embarga
el…”
-¡No seas boludo!
-¡El boludo sos vos! ¿A esta edad venís a preguntar que es
el amor? ¿Justo a mí? Vos sabés la cantidad de mujeres que
tuve, que tengo. Creo que no ame a ninguna. Pasión… puede
ser. Cariño… tal vez. Pero amar hasta la pelotudez como
vos… nunca. Si querés saber lo que es el amor mirate al
espejo.
-¿Sabes que pasa, Carlos? En este momento pienso que si amar
es sentirse miserable, estoy muy enamorado.
-Como si fueras un adolescente. Con grandes picos de
euforia, con pozos depresivos espantosos. Sigo insistiendo,
creo que en el fondo te envidio. Y no es mi naturaleza
cínica la que te habla.
Nos quedamos mirando en silencio unos instantes. Pedí otra
vuelta de whisky.
-¿Te sirvió de algo?
-Creo que para descargarme un poco-susurraba su respuesta-no
me siento para nada aliviado. Pero estoy algo más tranquilo.
-¿Qué vas a hacer?
-Todavía no lo sé. Creo que seguir insistiendo hasta que
vuelva… o hasta que me diga que no quiere saber más nada.
-¿Y si pasa eso último?-dije, aunque sabía la respuesta.
-No estoy preparado para aceptar eso. Es algo totalmente
impredecible. No se lo que voy a hacer.
-Cualquier cosa… ya sabés. Me llamás y nos encontramos.
Me dijo: si. Pero ambos teníamos la convicción que no habría
próxima vez. Parecía que algo se había roto también en
nuestra relación. Al menos ese era mi íntimo convencimiento.
Se fue arrastrando su humanidad. Parecía que como una
sombra, detrás lo seguía su alma.
Tomé lo que quedaba de whisky y encendí otro cigarrillo.
Después de pedir la adición, me levanté y caminé sin prisa
hasta el estacionamiento. El llavero del automóvil
jugueteaba entre mis dedos mientras daba algunas pitadas al
cigarrillo. Pensaba en las paradojas de la vida. En lo que
nos une y nos separa. En como puede cambiar la óptica de los
eventos según uno los sepa interpretar.
Roberto estaba tan obnubilado con sus cuitas de amor, que
perder un amigo era un problema menor. Para mí, en cambio,
era otro evento al que tendría que acostumbrarme. Amoldarme
a la idea de que Roberto pasaría a ser otro recuerdo en mi
existencia. Bueno o malo, pero recuerdo al fin.
Llegué hasta la cochera. Abrí la puerta del automóvil. Bajé
la ventanilla. Después de una última pitada arrojé la
colilla. Puse la llave en el contacto y embragué. Ahí me
detuve. Me quedé con la vista clavada al frente. Pensando.
Cavilando.
Ella preguntó.
-¿Y que te dijo?
-Lo de siempre. Que te ama.
