México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

Ruth Levy (1948), colimense, vive en Guadalajara, Jalisco, México. Cursó estudios de posgrado en Würzburg, Alemania, la maestría y el doctorado en Letras en la Universidad de Guadalajara. Es profesora investigadora en la citada universidad. Publica cuento y ensayo en periódicos y revistas.

 

Una vez interpretada, la metáfora nos predispone a ver el mundo de manera distinta.

Pero para interpretarla hace falta preguntarse no

por qué sino cómo se nos muestra el mundo de esa forma nueva.

Umberto Eco

 

En la concepción mítica, naturaleza, dioses y humanidad se incluyen recíprocamente; se relacionan, y se hace posible la metamorfosis de un orden al otro. En el fondo, se trata de un recurso del pensamiento para enfrentarse con el sinsentido y para salvar la contradicción que surge entre dos planos: el de los significantes disponibles para el propio pensamiento, y el de los significados concretos conocidos en el mundo objetivo.

El lenguaje permite nombrar a lo que no tiene rostro; aquél, obedeciendo al poeta, se apoya en el pensamiento platónico: verdad filosófica y realidad poética. Entonces será la palabra misma la que se convertirá en relación. Podrá decir una cosa, pero también otra.

El primer paradigma del pensamiento mítico hace que se rija por categorías de lo viviente, de lo singular y de lo concreto (en lugar de por lo físico, lo general y lo abstracto). El segundo paradigma introduce un principio semántico generalizado, que dota de significación a todo cuanto acontece, no dejando ningún rasgo de lo que se dice sin una carga de sentido: Todo encierra algún mensaje que hay que descifrar (cfr. Morín, 1997: 175-180).

Y es que en mi próximo paso pretendo descifrar el poema "Venus en ascensor"*, incluido en Cal y canto (1926-1927), de Rafael Alberti. Quiero apoyarme en Paul Ricoeur cuando expone, en el capítulo "La explicación y la comprensión" de su libro Teoría de la interpretación, a partir de la semántica profunda, que lo que tiene que ser entendido no es la situación inicial del discurso, sino lo que apunta hacia un mundo posible gracias a las señales en el documento: El significado del texto no está detrás del texto, sino enfrente de él; no es algo oculto, sino algo develado (Ricoeur, 1998: p. 100). El lector intenta captar las proposiciones del mundo abiertas por la referencia de lo escrito. Es el texto el que abre adecuadamente, y descubre, las dimensiones de ese mundo (ibidem).

 

De la forma y del fondo del poema

 

"Venus en ascensor" es uno de los poemas que conforman Cal y canto (Alberti, 1959:42), volumen que apareció como participación de un intento de rescate a Don Luis de Góngora y Argote por parte de los poetas que sí lo reconocían; los que originaron la exitosa y trágica Generación del 27 en España.

El poema lleva un subtítulo entre paréntesis (Cielos: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7); y no porque se divida en siete estrofas, se estructura en ocho, sino porque son los siete cielos/pisos* de los niveles celestes/edificio.

Lo conforman ocho estrofas de cuatro versos, endecasílabos y heptasílabos alternantes, con rima A B A B. Después del primer cuarteto se numeran los siete restantes sin el sustantivo "Cielo". Los siguientes siete cuartetos están coronados con un verso de catorce sílabas (Alberti recurre a la sinalefa en dos) que nombra y define al habitante de cada piso/cielo, y que rimará con el último verso de la anterior estrofa.

En el poema se reconocen representantes míticos de tres culturas: la cristiana, la griega y la romana —sin embargo sólo emplea los nombres griegos cuando no se trasladaron al latín—. Lleva el número siete como corolario, número que es casi universalmente el símbolo de una totalidad, pero de una totalidad en movimiento o de un dinamismo total (Chevalier, 1999: p. 943). Los segundos y cuartos versos de cada estrofa son heptasílabos; el verso con la descripción de cada uno de los habitantes del edificio está dividido en dos conjuntos de siete sílabas:

 

Agencia de tinteros. Despacho de poesías.

Realización de voces. Se perfila el sonido;

 

El discurso del texto es claro: no una reactualización de mitos, sino una analogía de dioses y semidioses con seres vivos contemporáneos al poeta. Sin embargo lo velado de la semántica del poema y la transferencia analógica de las pequeñas unidades del lenguaje más allá de la oración, me comprometen a intentar una interpretación personal que indican los traslativos del primero y último párrafos; mismos que develaron otras dimensiones de la experiencia de mi lectura por lo polisémico de las palabras, y del más de un sentido de cada una a causa de, paradójicamente, la ausencia de ellas.

 

Una interpretación:

La voz poética cuenta que un maniquí, por la mañana, "llega" a un edificio: —Buenos días, portera. Probablemente no sabe adónde va, entra en cada uno de los despachos y describe lo que ve. Al anochecer: —Buenas noches, portera. Sale por el mismo camino. ¿Dónde estuvo durante ese tiempo? Aventuro que en el séptimo porque no describe, sólo menciona qué es y los nombres que lo definen (Bar azul del escándalo: Dios Padre y la Paloma). Al final repite la estrofa introductoria con una variante, sustituye dos preposiciones: con, del cuarto verso, por: sin. En su momento analizaré el porqué.

 

Una otra interpretación:

La voz poética implica que "alguien" (lo llamaré portador), por la mañana, lleva un maniquí para entregar en alguno de los despachos, no sabe en cuál; el portador entra en cada uno hasta que llega al sexto donde trabaja un (o una) modista parisién; quizás ahí debiera haberlo entregado; sin embargo sigue hasta el séptimo y, al anochecer, sale por el mismo camino aún con el maniquí.

Así vaya el maniquí solo, o "sostenido" por un portador, la analogía está presente sin los nexos: como, semejante, igual, que pudieran nombrar comparación a la correspondencia establecida.

La diosa Venus surgió del caos, emerge de la espuma del mar; a su paso brotaban la hierba y las flores. Inicia un viaje por distintas islas, ninguna le gusta hasta que por fin llega al Olimpo. La moderna Venus de Alberti es un maniquí, pero hace florecer la escoba de la portera, y también emprende un ascenso (el rito de iniciación de cualquier ser en la vida) en el que encontrará a distintos profesionistas homologados con dioses, semidioses y dos mortales. Entre los dioses el tiempo no cuenta cronológicamente, por eso ya en el primer piso ve, en un abogado de mal de amores, a su propio hijo Eros, dios del Amor, que en lugar de lanzar flechas de pasión los enciende para obtener más dinero de sus clientes.

Después encuentra a Apolo, dios de las artes, de la medicina y de la poesía, personificación del sol, lo mira como un escribano desaliñado y abúlico. Resalta el siguiente verso: su corona de pámpanos de lata, porque no es Apolo quien la porta, sino Baco; y es que este tinterillo sólo reproduce la poesía, ni tan siquiera sabe quién es quién.

En un estudio de grabación descubre al hijo de Apolo, Orfeo, el mágico tañedor de la lira (de siete cuerdas) que amansaba fieras y las reunía a su alrededor para escuchado; y su lira, al ser él desmembrado, fue trasladada a los cielos y dio nombre a una constelación. En este tercer piso, con el ruido infernal que pretende ser música moderna, la concha, que fue de un crustáceo, no asciende, baja, huye hacia el bote de basura; el mismo Orfeo se convierte en un animal moribundo cuando intenta rescatada.

Con el invento del cine la ficción adquiere doble artificio, por eso es que Venus ve a Ceres, la diosa de la Tierra Madre y de las cosechas, como a una embustera. Ceres no tuvo esposo propio, pero sus sacerdotisas iniciaban a los novios en los secretos del lecho; en este filme proyectado en el cuarto piso, la diosa misma lleva mujeres a Baco, ¿por qué a él? ellas son de alcanfor y cera: el alcanfor sólo es soluble en alcohol, y la cera es una mezcla de éter, ácidos y alcoholes.

En un comercio de muebles y aparatos para cuartos de baño, dos mortales de la mitología vuelven a representar su antiguo papel aunque los parodie a través de la connotación con la línea de los artículos. El más bello de los vivientes, Ganímedes, el prototipo del efebo helénico, raptado por Zeus y convertido en el escanciador en las copas de los dioses, orina sobre Ícaro una flor destilada de gasolina y de ozono; con ello duplica el tormento de Ícaro, pues el olor de la gasolina y del ozono provoca fuertes náuseas.

En el piso del modisto parisién Venus vuelve a constatar la homosexualidad de Narciso en la generalizada fama que tienen los profesionales de la aguja, del hilo y de las telas; pero, a diferencia del auténtico, este moderno Narciso querría ser mujer, pues:

se asoma

  a una luna de azogue,

  enamorado

de sus pechos de goma.

 

Una tradición hindú atribuye al sol siete rayos: seis corresponden a las direcciones del espacio y el séptimo al centro. También el arco iris no tiene siete colores, sino seis, el séptimo es el blanco, síntesis de los otros seis. Esto es otro secreto del número siete: el retorno al centro, al principio, pues al acabar el desarrollo senario, completa el septenario (cfr. Chevalier, op. cit). Así llega Venus al séptimo piso, ya pasó por seis, el séptimo debe ser el centro, el axis mundi, el axis coelli, lo que realmente va buscando. Y se encuentra con un bar azul del escándalo donde ve a Dios Padre y la Paloma.

Acerca del color azul Chevalier cita a Jung: además de ser el color del cielo, es también el del espíritu en el plano síquico, el color del pensamiento (p. 322); en otro apartado (p 166) el francés escribe que en el color azul la mirada se pierde en lo indefinido; que está hecho de transparencia, de vacío acumulado; el vacío es exacto, puro y frío. Por consiguiente Venus, en su búsqueda/rito de iniciación, no encuentra al Dios cristiano (se refiere a ése porque está junto a la Paloma representante del Espíritu Santo, y no a Zeus, a Alá, o a Yahvé), tampoco vio completa la Trinidad. Cuando sale, ha anochecido, y es que en la vacuidad del azul no transcurre el tiempo. La portera no trae una escoba que pueda volver a florecer. Así, regresa por el mismo camino y sale.

 

Concluyo al parafrasear a Mircea Eliade cuando habla de la función del mito que es esencialmente la integración del hombre en el cosmos. Igual que el pensamiento empírico adapta fácticamente la sociedad al medio natural, el pensamiento mítico adapta, sicológicamente, a los individuos a un mundo socioculturalmente organizado.

Y de ese mundo/cielo/edificio socioculturalmente organizado, Rafael Alberti re-trae a los personajes mortales que cada ser encuentra en el caminar por su vida; la función homologatoria con los personajes míticos cumplen su misión de dejar las imágenes pretendidas en su poema, encerrados en otra conclusión: todo lo que sube, baja; si acaso Dios se encuentra en el centro del mundo, la mirada no lo descubre, se pierde en lo indefinido del azul.

Como colofón transcribo una cita del poeta tapatío Ricardo Yáñez, un día después de la muerte de Alberti: ¡Cómo, los mitos también mueren!*

 

Venus en ascensor

(cielos 1,2,3,4,5,6,7)


Maniquí, Venus niña, de madera
y de alambre. Ascensores.
-Buenos días, portera. (La portera,
con su escoba de flores.)

Primero:
Abogado y notario de los males de amores.

Eros, toga, monóculo y birrete,
clava a sus señiorías
en el arco voltaico de un billete
de cinco mil bujías.

Segundo:
Agencia de tinteros. Despacho de Poesías.

Apolo, en pantalones, sin corbata
-«Diga, usted»- ,aburrido,
su corona de pámpanos de lata
-«Repita»- lustra, ido.

Tercero:
Realización de voces. Se perfila el sonido.

Con la esperanza a cuatro pies, procura
pescar, mientras expira,
Orfeo, del cajón de la basura,
la concha de su lira.

Cuarto:
Cinema. Noticiario. Artificio. Mentira.

En la pantalla anunciadora, Ceres
instantánea, embustera,
imprime a Baco un saldo de mujeres
de alcanfor y de cera.

Quinto:
Inodoro celeste. Termosifón. Bañera.

Ganimedes impar y pulcro, orina
sobre Ícaro, tronchada
luz del viento, una flor de gasolina
y ozono, destilada.

Sexto:
Modista parisién. A la inversa la entrada.

Narciso, ligas verdes, descocado,
todo tacón, se asoma
a una luna de azogue, enamorado
de sus pechos de goma.

Séptimo:
Bar azul del escándalo: Dios Padre y la Paloma.

Maniqui, Venus niña, de madera
y de alambre. Ascensores.
-Buenas noches, portera. (La portera,
sin su escoba de flores).

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

ALBERTI, Rafael, "Venus en ascensor" en Cal y canto. Buenos Aires, Edit. Losada,

1959 (pp 42 a 44).

 

CHEVALIER, Jean; Alain GHEERBRANT. Diccionario de los símbolos. Traducción de

Manuel Silvar y Arturo Rodríguez. Barcelona, Herder, 1999.

 

ECO, Umberto. Los límites de la interpretación. Traducción de Helena Lozano.

Barcelona, Lumen, 1998 (epígrafe de la página 169).

 

ELIADE, Mircea. Mito y realidad (así traducido Aspects du mythe). Traducción de Luis

Gil. Barcelona, Edit. Kairós, 1999.

 

GRAVES, Robert. Los mitos griegos. Tomo 1. Traducción de Luis Echávarri. Madrid,

Alianza, 1992.

 

MORIN, Edgar. El método, III: El conocimiento del conocimiento. Madrid, Cátedra,   1988 (p 175); citado por Pedro Gómez García: "El mito, ayer y hoy" en Cultura   e identidad cultural. Introducción a la antropología. Ángel Aguirre (coordinador).

Barcelona, Ediciones Bardenas, 1997 (pp 175 a 180).

 

RICOEUR, Paul. Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido.

Traducción de Graciela Monges Nicolau. México, Siglo XXI, 1998.


 

* El poema se incluye al final de esta indagación.

* No encontré alguna relación con los siete cielos (de nueve) de Dante.

 

* La Jornada, 29 de octubre de 1999.

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