
Solem Minjárez
Sesma.Hermosillo, Sonora, México 1986.Lic. En
Literatura Hispánica por la Universidad de Sonora.
Cursando actualmente la carrera de Lic. en
periodismo por la Universidad Kino-Publicaciones
continuas en la revista La
línea del cosmonauta

Un hijo es un árbol bendito
que va creciendo en el
vientre,
es dulce y es amarillo
es ola con ola y viento
mecido de abuelo y mirto,
es ola descalza y franca
de caracol descosido
Me miraba desde aquella mesa colorida y polvosa. Fue en una
boda cualquiera en el pueblo de mi madre, tan sólo una
mirada me fue suficiente para entender que vendría pasadas
las doce. Cuando me desperté en mi cama, lo seguí sin
importar la hora, daban las tres de la mañana y la última
banda se escuchaba a lo lejos. El polvo de la calle se
levantaba en un remolino perfecto con el que nos cubrimos
hasta llegar al arroyo. Yo iba tomada de su mano, inmersa ya
en un sueño narcótico totalmente adictivo, y él con la
mirada fija y la convicción de un amante jubilado, me
conducía entre los matorrales hasta llegar a aquel sitio.
Empezaba a amanecer, una vaca triste mugía a lo lejos y un
gallito desvelado nos cantaba sus penas desde un corral
desteñido.
Nos fuimos al norte por un desierto estático y
dormido en el que una que otra ave pasaba y cantaba con
fuerza la pena de nuestro augurio. Mi casa estaba ya muy
lejos y él me miraba tenue, como si fuese yo la encargada de
amortiguar las dunas redondas y antiguas como su espalda.
Era un anciano y yo de antemano lo sabía, sabía lo que el
pueblo también sabía, también los rumores de su magia
exagerada. Pero yo no tuve miedo, me dejé llevar ante el
misterio y la serenidad que siempre me ha provocado lo
desconocido, me dejé llevar a la frontera inaccesible que
cruzamos sin palabras, sin títulos, sin permiso de nadie,
sin compañía de alguno, mas que de dos oscuros brazos pimas
que señalaron extendidos el territorio virgen. Yo me quedé
en silencio, no me atreví a decir nada, (realmente yo no
tenía nada que decir). La arena nos golpeaba como brisa en
nuestra cara enrojecida por un sol flagrante. -Esto era
nuestro- me dijo, me miró los hombros y se quedó desnudo.
-Es necesario, porque viene la noche- mencionó quebrándose,
y me tomó despacio. Yo sentí la clave de su cintura
obligada, pero no me moví, lo dejé que hiciera, no me
importaba porque sabía que eso hacen los grandes cuando se
quieren. Entonces el viejo fuerte con su color de bronce, me
miró de nuevo y dijo unas palabras que yo no entendía. Yo
juro que me dieron ganas de cerrar los ojos porque vi tan
cerca los zurcos de sus arrugas y vi también en sus ojos,
una familia muerta que lo reclamaba bajo la tierra. Me tocó
el vientre y se arrodilló con pausa. Lloró muchísimo. Yo me
tapé la boca con una mano igual a la suya y me dio una
tristeza infinita ver a mi abuelo tan sólo, tan viejo y tan
despojado de su tierra, tan apartado de todo, pero jamás de
su lengua. Y ahí estábamos ahora, dominando nuestro espacio,
el nuestro, ese que desde siempre nos había dado Dios. El
jefe pima me tomó la mano y la puso al lado contrario de su
corazón. -Ahí lo tenemos tú y yo- me dijo, y murió dormido
sobre una duna sincera. Yo le cubrí su cuerpo cansado con
puños de arena que arrebaté al desierto. Y comprendí sin
prisa la persistencia de la memoria que se formó en mi
cuerpo aquella madrugada en el desierto de Sonora.
