México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

Solem Minjárez Sesma.Hermosillo, Sonora, México 1986.Lic. En Literatura Hispánica por la Universidad de Sonora. Cursando actualmente la carrera de Lic. en periodismo por la  Universidad Kino-Publicaciones continuas en la revista La línea del cosmonauta

 

Un hijo es un árbol bendito

que va creciendo en el vientre,

es dulce y es amarillo

es ola con ola y viento

mecido de abuelo y mirto,

es ola descalza y franca

de caracol descosido

Me miraba desde aquella mesa colorida y polvosa. Fue en una boda cualquiera en el pueblo de mi madre, tan sólo una mirada me fue suficiente para entender que vendría pasadas las doce. Cuando me desperté en mi cama, lo seguí sin importar la hora, daban las tres de la mañana y la última banda se escuchaba a lo lejos. El polvo de la calle se levantaba en un remolino perfecto con el que nos cubrimos hasta llegar al arroyo. Yo iba tomada de su mano, inmersa ya en un sueño narcótico totalmente adictivo, y él con la mirada fija y la convicción de un amante jubilado, me conducía entre los matorrales hasta llegar a aquel sitio. Empezaba a amanecer, una vaca triste mugía a lo lejos y un gallito desvelado nos cantaba sus penas desde un corral desteñido.

        Nos fuimos al norte por un desierto estático y dormido en el que una que otra ave pasaba y cantaba con fuerza la pena de nuestro augurio. Mi casa estaba ya muy lejos y él me miraba tenue, como si fuese yo la encargada de amortiguar las dunas redondas y antiguas como su espalda. Era un anciano y yo de antemano lo sabía, sabía lo que el pueblo también sabía, también los rumores de su magia exagerada. Pero yo no tuve miedo, me dejé llevar ante el misterio y la serenidad que siempre me ha provocado lo desconocido, me dejé llevar a la frontera inaccesible que cruzamos sin palabras, sin títulos, sin permiso de nadie, sin compañía de alguno, mas que de dos oscuros brazos pimas que señalaron extendidos el territorio virgen. Yo me quedé en silencio, no me atreví a decir nada, (realmente yo no tenía nada que decir). La arena nos golpeaba como brisa en nuestra cara enrojecida por un sol flagrante. -Esto era nuestro- me dijo, me miró los hombros y se quedó desnudo. -Es necesario, porque viene la noche- mencionó quebrándose, y me tomó despacio. Yo sentí la clave de su cintura obligada, pero no me moví, lo dejé que hiciera, no me importaba porque sabía que eso hacen los grandes cuando se quieren. Entonces el viejo fuerte con su color de bronce, me miró de nuevo y dijo unas palabras que yo no entendía. Yo juro que me dieron ganas de cerrar los ojos porque vi tan cerca los zurcos de sus arrugas y vi también en sus ojos, una familia muerta que lo reclamaba bajo la tierra. Me tocó el vientre y se arrodilló con pausa. Lloró muchísimo. Yo me tapé la boca con una mano igual a la suya y me dio una tristeza infinita ver a mi abuelo tan sólo, tan viejo y tan despojado de su tierra, tan apartado de todo, pero jamás de su lengua. Y ahí estábamos ahora, dominando nuestro espacio, el nuestro, ese que desde siempre nos había dado Dios. El jefe pima me tomó la mano y la puso al lado contrario de su corazón. -Ahí lo tenemos tú y yo- me dijo, y murió dormido sobre una duna sincera. Yo le cubrí su cuerpo cansado con puños de arena que arrebaté al desierto. Y comprendí sin prisa la persistencia de la memoria que se formó en mi cuerpo aquella madrugada en el desierto de Sonora.

 

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