México, Distrito Federal I septiembre-octubre 2007 I Año 2 I Número 10Publicación Bimestral I

 








 

 

Yuli Castro Carranza, nació en el verano de 1976 en la ciudad de Morelia, México. Estudió Arquitectura y actualmente estudia la Licenciatura en Historia en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Es autora de la columna Voces Internas que se ha publicado en diversos medios electrónicos e impresos en México, República Dominicana, Argentina, España, Italia y Suecia, entre otros.

“La libertad es aquella facultad

que aumenta la utilidad de todas las demás facultades.”

Kant.

 

La última vez que recuerdo haber platicado con la tía Gudelia, fue cuando yo tenía quizás 15 ó 16 años. Conversar con ella era un deleite, pues me envolvía por completo con sus historias fantásticas cargadas de ficción, ambientes insólitos y originales protagonistas que dudo francamente que algún día hubieran existido. Pero de cualquier manera, hablaba de modo tan entusiasta y apasionado que lograba mantenerme intrigada por completo.  

Una de esas veces justamente, me dijo algo que no he logrado olvidar aún con el paso de los años. Ella hablaba de la fusión y entrega etérea de dos almas enamoradas o algo por el estilo -nunca lo entendí bien- y argumentó: “mija, cuando tú decidas amar a un hombre, asegúrate primero que éste tenga alas”. E indudablemente acto seguido me ha de haber narrado una de sus acostumbradas Gudeliaventuras, aunque yo no le haya puesto mucha atención en ese momento, por haberme quedado con cara de orate, intentando traducir  la frase “un hombre con alas”.  

¿Con alas? ¿Y esos dónde están? ¿Dónde los venden? Lo que se me ocurrió en ese momento fue repasar apresuradamente cada casa de mi vecindario, deteniéndome en aquellas donde vivía algún chico como de mi edad, para intentar descubrir si alguno de ellos tenía esa característica, y tal vez ni cuenta me había dado antes.  

Una a una, fui tachando y descartando cada casa pues no había ningún muchacho así. Había acaso quienes tenían cosas extrañas zoomorfas en sus cuerpos como Beto, que tenía el cabello tan raro y con un inmenso copete tieso, que más bien parecía la cresta de un guajolote ñango; o Gil, que tenía el hueso frontal del cráneo tan abultado que daba la impresión que estaba a punto de brotarle un auténtico par de cuernos de borrego cimarrón; y qué decir de Mauro, que tenía tan callosas y endurecidas las plantas de los pies por su extraña fascinación pueblerina de andar siempre descalzo, que parecía que tenía pezuñas de caballo, y a veces hasta creo haberlo escuchado relinchar. Pero sin embargo, me daba cuenta que no tenía ningún vecino emplumado o algo por el estilo. 

Pasaron algunos años en que me olvidé de esta búsqueda fallida y fue hasta que entré a la universidad que nuevamente sentí la inquietud de darme a la tarea de localizar a mi hombre alado. Pensé que quizás el hombre al que buscaba, debía tener esos apéndices ocultos siempre bajo su ropa y por eso yo jamás me daba cuenta de su existencia. ¡Claro! Lo que debía hacer entonces era tratar, mediante movimientos mañosos y sagaces, de quitarles la playera o camisa para poder verles la espalda en búsqueda de cicatrices o huellas que me condujeran hacia mi hombre correcto.  

Huelga decir que pasé los siguientes meses organizando fiestas de alberca; derramando refresco, café, helado, té y demás alimentos líquidos sobre las ropas de mis compañeros; inventando ataques de abejas africanas; espolvoreando polvos pica-pica, y cuanta insospechada y ridícula estrategia se me ocurría. Y todo resultaba siempre inútil; siempre en vano. No había ni una sola pista de lo que yo buscaba. 

Después de muchos años, me resigné totalmente a no encontrar jamás a nadie con esa loca característica y deambulé como con apatía y dejadez entre algunos amoríos que parecían llenar por instantes mis necesidades de comunicación no verbal. Pero más allá de cinco días y siete horas –contadas-, el hechizo siempre se rompía y me encontraba invariablemente con hombres que ríen a borbotones, que escupen las palabras, que exhalan vaho etílico y que inundan mi atmósfera con un denso olor a nicotina y alquitrán, que tanto detesto.  

Hasta que un día de marzo, no muy lejano, sucedió.  

Llegó la primavera, y con ella vino también un hombre cargado de un extraño fulgor que sin solicitar autorización, matizó mi esencia. En absoluto silencio me reveló verdades sorprendentes y sin necesidad de articular una sola palabra, creó un íntimo lazo de comunicación como el que siempre deseé: inquebrantable y cristalino. Puedo asegurar que cuando sus ojos me miran, nuestras almas dialogan y mi cuerpo se eleva con el  suyo: danzan en el aire; juegan con las nubes; flotan en la nada. Y regresan a la realidad como quien retorna de un agradable viaje, sin cansancio ni pesar. Con sus brazos me cobija y entre sus alas me sana. Se adentra en mi pasado, descubre mis temores y secretos, y en vez de hacerme vulnerable, me hace fuerte.  Pero sobre todo, me entrega algo maravilloso que nunca antes tuve: libertad.  

Cuando me siento abrumada y reclamo en soledad su presencia, basta respirar profundamente para invocarlo y su hálito celestial me acompaña.  

Hoy, después de tantos años, me doy cuenta con inmensa alegría que la tía Gudelia no se equivocó jamás y que sus palabras aunque teñidas de imaginación, guardaban gran sabiduría. Hoy descubro que un hombre con alas es más que eso, en el sentido estricto de la palabra. Es un hombre con la capacidad de volar alto, pero que no olvida regresar a tierra para nutrirse día a día. Alguien que encuentra en la lluvia, un motivo y hace de la luna su inspiración. Es alguien que celebra el valor de una canción y transmite con ondas su mensaje.  

Un hombre con alas es…. ¡un ángel!  

Con profunda devoción para mi ángel Gabriel. 

 

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