
Yuli Castro Carranza,
nació en el verano de 1976 en la ciudad de Morelia,
México. Estudió Arquitectura y actualmente estudia
la Licenciatura en Historia en la Universidad
Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Es
autora de la columna Voces Internas que se ha
publicado en diversos medios electrónicos e impresos
en México, República Dominicana, Argentina, España,
Italia y Suecia, entre otros.

“La libertad es aquella facultad
que aumenta la utilidad de todas las demás facultades.”
Kant.
La última vez que recuerdo haber platicado con la tía
Gudelia, fue cuando yo tenía quizás 15 ó 16 años. Conversar
con ella era un deleite, pues me envolvía por completo con
sus historias fantásticas cargadas de ficción, ambientes
insólitos y originales protagonistas que dudo francamente
que algún día hubieran existido. Pero de cualquier manera,
hablaba de modo tan entusiasta y apasionado que lograba
mantenerme intrigada por completo.
Una de esas veces justamente, me dijo algo que no he logrado
olvidar aún con el paso de los años. Ella hablaba de la
fusión y entrega etérea de dos almas enamoradas o algo por
el estilo -nunca lo entendí bien- y argumentó: “mija, cuando
tú decidas amar a un hombre, asegúrate primero que éste
tenga alas”. E indudablemente acto seguido me ha de haber
narrado una de sus acostumbradas Gudeliaventuras,
aunque yo no le haya puesto mucha atención en ese momento,
por haberme quedado con cara de orate, intentando traducir
la frase “un hombre con alas”.
¿Con alas? ¿Y esos dónde están? ¿Dónde los venden? Lo que se
me ocurrió en ese momento fue repasar apresuradamente cada
casa de mi vecindario, deteniéndome en aquellas donde vivía
algún chico como de mi edad, para intentar descubrir si
alguno de ellos tenía esa característica, y tal vez ni
cuenta me había dado antes.
Una a una, fui tachando y descartando cada casa pues no
había ningún muchacho así. Había acaso quienes tenían cosas
extrañas zoomorfas en sus cuerpos como Beto, que tenía el
cabello tan raro y con un inmenso copete tieso, que más bien
parecía la cresta de un guajolote ñango; o Gil, que tenía el
hueso frontal del cráneo tan abultado que daba la impresión
que estaba a punto de brotarle un auténtico par de cuernos
de borrego cimarrón; y qué decir de Mauro, que tenía tan
callosas y endurecidas las plantas de los pies por su
extraña fascinación pueblerina de andar siempre descalzo,
que parecía que tenía pezuñas de caballo, y a veces hasta
creo haberlo escuchado relinchar. Pero sin embargo, me daba
cuenta que no tenía ningún vecino emplumado o algo por el
estilo.
Pasaron algunos años en que me olvidé de esta búsqueda
fallida y fue hasta que entré a la universidad que
nuevamente sentí la inquietud de darme a la tarea de
localizar a mi hombre alado. Pensé que quizás el hombre al
que buscaba, debía tener esos apéndices ocultos siempre bajo
su ropa y por eso yo jamás me daba cuenta de su existencia.
¡Claro! Lo que debía hacer entonces era tratar, mediante
movimientos mañosos y sagaces, de quitarles la playera o
camisa para poder verles la espalda en búsqueda de
cicatrices o huellas que me condujeran hacia mi hombre
correcto.
Huelga decir que pasé los siguientes meses organizando
fiestas de alberca; derramando refresco, café, helado, té y
demás alimentos líquidos sobre las ropas de mis compañeros;
inventando ataques de abejas africanas; espolvoreando polvos
pica-pica, y cuanta insospechada y ridícula estrategia se me
ocurría. Y todo resultaba siempre inútil; siempre en vano.
No había ni una sola pista de lo que yo buscaba.
Después de muchos años, me resigné totalmente a no encontrar
jamás a nadie con esa loca característica y deambulé como
con apatía y dejadez entre algunos amoríos que parecían
llenar por instantes mis necesidades de comunicación no
verbal. Pero más allá de cinco días y siete horas
–contadas-, el hechizo siempre se rompía y me encontraba
invariablemente con hombres que ríen a borbotones, que
escupen las palabras, que exhalan vaho etílico y que inundan
mi atmósfera con un denso olor a nicotina y alquitrán, que
tanto detesto.
Hasta que un día de marzo, no muy lejano, sucedió.
Llegó la primavera, y con ella vino también un hombre
cargado de un extraño fulgor que sin solicitar autorización,
matizó mi esencia. En absoluto silencio me reveló verdades
sorprendentes y sin necesidad de articular una sola palabra,
creó un íntimo lazo de comunicación como el que siempre
deseé: inquebrantable y cristalino. Puedo asegurar que
cuando sus ojos me miran, nuestras almas dialogan y mi
cuerpo se eleva con el suyo: danzan en el aire; juegan con
las nubes; flotan en la nada. Y regresan a la realidad como
quien retorna de un agradable viaje, sin cansancio ni pesar.
Con sus brazos me cobija y entre sus alas me sana. Se
adentra en mi pasado, descubre mis temores y secretos, y en
vez de hacerme vulnerable, me hace fuerte. Pero sobre todo,
me entrega algo maravilloso que nunca antes tuve:
libertad.
Cuando me siento abrumada y reclamo en soledad su presencia,
basta respirar profundamente para invocarlo y su hálito
celestial me acompaña.
Hoy, después de tantos años, me doy cuenta con inmensa
alegría que la tía Gudelia no se equivocó jamás y que sus
palabras aunque teñidas de imaginación, guardaban gran
sabiduría. Hoy descubro que un hombre con alas es más que
eso, en el sentido estricto de la palabra. Es un hombre con
la capacidad de volar alto, pero que no olvida regresar a
tierra para nutrirse día a día. Alguien que encuentra en la
lluvia, un motivo y hace de la luna su inspiración. Es
alguien que celebra el valor de una canción y transmite con
ondas su mensaje.
Un hombre con alas es…. ¡un ángel!
Con profunda devoción para mi ángel Gabriel.
