México, Distrito Federal I noviembre-diciembre 2007 I Año 2 I Número 11Publicación Bimestral I

 








 

 

Adrian Damsescu, profesor en la Universidad “Transilvania” de Brasov (Rumania), doctor en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid.

 

Nunca conseguirá hacer orden en su casa, pues nunca conseguirá ser un hombre ordenado. En esto pensaba mientras intentaba poner un poco de orden en sus cosas y abría el cajón del armario-biblioteca para meter unos papeles que había recogido del escritorio del dormitorio. Se puso a hurgar y dio con el cuaderno que le había regalado Mari Jose en Madrid hacía ya un montón de años, unos dieciséis nada menos. Se lo llevó con él al dormitorio donde se tumbó en la cama y lo abrió. En la primera página había varios apuntes, números de teléfonos y nombres de calles y libros, luego un corto cursillo de rumano, unos cuadrantes con la gramática fundamental (las clases que le dio un par de veces a MariJose), después unos apuntes de palabras catalanas y a continuación como un diario, sí, recuerda haberlo escrito, empezaba con un “8 nov.”, subrayado, y debajo venían escritas algunas de sus impresiones de aquel remoto año, 1991:

    Estás buscando a la Virgen y te encuentras siempre con la Mujer. Pensamiento que me vino hace un instante, al estar sentado aquí, en el parque de San Francisco, el que está situado detrás de la iglesia. De San Francisco el Grande, por supuesto, y que tiene muy buenas vistas sobre Madrid, o mejor dicho, sobre la zona Sur, sobre todo en una tarde tan soleada como la de hoy. Tarde de otoño con un reflejo aparte de los colores.

  Pues eso. Que las dos monjas que pasaron, o alumnas, o una monja y una alumna, o una profesora y una alumna, o lo que fueran (creo que alumnas las dos, vestían de azul, ahora pasan otras dos que visten de marrón, o será al revés, como soy de Rumania no entiendo mucho de colores) me recordaron a MariJose. El mismo aire. Algo común. Algo angélico. Algo como de monitor, pero a la vez de niño, de limpieza y también sabiduría. Es una imagen.

   La de Gloria, desde luego, otra. La Virgen y la Prostituta... ¡Perdón! La Virgen y la Mujer, ya que prostitutas, o sea, putas,  no existen, pues las que lo hacen por placer no lo son y las que lo hacen por dinero tampoco, ya que están trabajando.

  Un perro está ladrando. Lo lleva una señora gorda que me mira. Insistentemente. Estará buscando algún ligue. ¿MariJose será igual de foca?(aunque ya lo sea bastante) me pregunto. El sol se está casi poniendo, bueno, todavía le falta algo, lo arrincona todo con sus rayos rojizos, mientras la señora me está “rodeando”, ahora pasa por detrás con su perrito.

  Yo casi me largo. No es por nada, pero en este mundo también hay que trabajar, aunque te guste más toma rsol en el parque. ¡Venga! A poner papeles otra vez. A la vez de la whisquería y de la cervecería. Que a las seis me esperan en la primera para coger otro taco.  

                                                  10 de nov.

 

     Esto parece una inmensa guardería infantil. Niños cogiendo hojas muertas, correteando por todas partes, jugando con juguetes más o menos sonoros. Llenísimo todo esto, de niños, pero también de mayores, que sin embargo, a estas horas, son las dos de la tarde, empiezan poco a poco a retirarse, como en rebaños, a comer. Como cada domingo. Luego, por la tarde, vuelve a animarse. Niños, perros, jubilados, pelotas de fútbol, bicicletas y algún que otro “espectador” como yo, esto es la Casa de Campo el día 10 de noviembre. Y muchas hojas muertas sobre la tierra.

   Yo también me voy a casa dentro de poco, como los demás. He quedado con Mari Jose quien, antes de ayer, día del cumpleaños de Miguel, uno de  mis compañeros de piso, me regaló la cámara de fotos que llevo escondida en la bolsa. Es la primera cámara Zenit que tengo, bueno, la verdad es que no tuve sino una otra más, hace ya mucho tiempo, cuando joven, o sea, cuando niño, joven lo soy todavía, mañana apenas cumplo 28 años. Aquella era una cámara de las más baratas, de plástico, tenía yo unos 12 o 13 años cuando la compré, fabricada en la RDA. En la es RDA, pues el comunismo ha caído y la República Democrática Alemana desapareció. Las hojas amarillas perduran, no desaparecerán nunca.  Parecen las mismas que las que pisaba, de pequeño,  al subir por el sendero del jardín del ex “Palacio de los Pioneros”, al círculo foto iba, en mi ex ciudad, en mi ex Rumania. Las hojas seguirán cayendo y los niños seguirán jugando y correteando aunque el comunismo haya caído.                                                

   Interesantes consideraciones anotaba ese 10 de noviembre del ’91, un día antes de cumplir 28 años. Y recordó el día siguiente, el 11, cuando fue con Mari Jose a comer, menú del día en el bar-mesón ese de la esquina, con ventanas-paredes de cristales amarillentos, al salir del paso subterráneo a la derecha, al lado de la peluquería. La esperó ahí en el metro de Campamento, y al pasar por debajo de la carretera de Extremadura se detuvieron a charlar un rato con el chico ese argentino, tan buena persona, se ponía ahí a vender cosas, ya no recuerda qué, como tampoco recuerda su nombre. Luego la comida y la primera y la segunda y la tercera botella de vino hasta que Mari Jose se picó y se fue, dejándolo solo el día de su cumple. Solo y borracho. Sin entender que ya no era capaz de trabajar, cogió el metro hasta “Tribunal” y de ahí bajó andando hasta el Junkar’s, calle Pelayo 24, la wiskería de la que daba papeles y en la que trabajaba Gloria, la colombiana que tanta pasión le había infligido. Estaba ahí en la barra, un poco más lejos, justo tras pasar por la puerta (qué puerta y que entrada más angostas) dio con Carlos, se sentó a su lado, a ése casi le hizo gracia verlo tan “guapo”, aprovechó para ponerle toda clase de preguntas, a un momento dado también se le acercó Gloria quien se sentó a su lado y le felicitó por su cumpleaños. También se alegró, y mucho (recuerda todavía muy bien la expresión de su cara), al ver que era estudiante de doctorado en la “Complu”, pues Adrian enseñaba a todos su carné para demostrar la fecha de su nacimiento, diciendo que ya va para viejo, aunque no “haya cambiado todavía de prefijo”. También fue entonces cuando le declaró a Gloria su pasión por ella, pasión que él en ese momento, de forma indirecta, también es verdad,  llamó “amor”. Le dijo que la quería, que estaba “desesperado” por ella, que la hubiera querido aunque ella habría estado cubierta de manchas negras, pero que tenía novia y que lo correcto era quedarse con aquella. 

                                         16 de nov.

 

      Muchos días ya sin escribir. Una semana nada menos, una semana sin escribir y sin estar en la Casa de Campo, el 12 sólo salí por la tarde a trabajar, estaba totalmente enfermo, igual el día siguiente, 13. Las consecuencias de una borrachera no desaparecen en un día, y a veces ni en dos ni en muchos más.

  ¡Qué bonito es Madrid al anochecer desde el Templo de Debod!   Tan bonito que te quedas mirando sin pensar ya en nada, todos los pensamientos que tenías antes, al poner los papeles en los limpiaparabrisas de los coches se te van, y te quedas ahí quieto, mirando, letárgico, falto de cualquier fuerza o iniciativa, rendido. Cualquier impulso desaparece dejando una infinita sensación de torpeza y calor, aunque haga bastante fresco, al estar a mediados de noviembre.

  A la izquierda, Madrid. Delante, unos pinos y, detrás de ellos, la Casa de Campo, Batán, el Parque de Atracciones, Campamento.  ¡Campamento! Mi casa. O más bien domicilio “flotante”, aunque ahora mismo tenga la sensación de ser de ahí. ¿Y por qué me planteo yo esto ahora? Ah, sí, ayer, al poner papeles por ahí,  por la plaza  de Carmen, un tío alto me coge uno, le digo que hay buen ambiente y él me pregunta medio borracho, medio feliz, con esa felicidad que se tiene al dar con algún se querido o un buen amigo, preguntándome: “Eres de Campamento?” con tanta alegría que, al sentirme reconocido, le he contestado que mirándole a los ojos: “Sí, tío, soy de Campamento”.  Suerte, que te vaya bien etc. Me contaminó con su alegría.

    A la derecha, sí, a la derecha de la farola, dos rayas que salpican el cielo y más abajo la Casa de Campo también, con la Sierra y Las Rozas  y Majadahonda al fondo. Majadahonda con su monumento a los rumanos “caídos por Dios, España y Rumania” durante la guerra civil. En enero del ’37, quiero recordar, hay cada año conmemoraciones organizadas por antiguos compañeros, ancianos de los que cada vez quedan menos. Es lo que me contaron, el Petre y el Juan, el padre de MariJose, dos fachas convencidos. Allá ellos, yo me tengo que levantar y poner más papeles, ya seguiré escribiendo otro día. 

                                      21 de noviembre    

 

    Otra tarde soleada de otoño. Ahora estoy en el Retiro, con la misma propaganda del Junkar,s. Decididamente, es el otoño la temporada que más me gusta. No hay ninguna otra que tenga su belleza, su fuerza, su cromática. Y estos rayos de sol, ¡qué bien están acariciando a estas primeras horas de la tarde! Es el sol más benéfico de todo el año, pero claro, para conseguirlo, hay que dejar atrás las tan agradables noches de verano y aguantar el frío que se va a dejar dentro de poco.

   Echo un vistazo hacia el otro banco, a mano izquierda, sonrío, hay ahí un moro que está devorando las páginas amarillas del Segunda Mano, las de ofertas de empleo. Lo hace totalmente absorto, ausente del mundo que lo rodea, como si estudiara la más indescifrable obra maestra. Un hombre a la búsqueda,  que abandonó su “puto país” para pasar hambre y humillaciones aquí. En el banco de la derecha, otro emigrante, pero en distinta posición, tumbado como en una cama y mirando inmóvil el cielo. O, por lo menos, es lo que estaba haciendo cuando pasé yo por su lado, a la búsqueda de mi banco. Pinta de europeo, probablemente del Este, hasta podría ser paisano mío.

   Al rato se me acerca una señora latinoamericana para preguntarme dónde está la exposición que anuncian fuera mientras que por detrás pasa corriendo un deportista. Dos señoras extras, vestidas con ropa de época y el señor que se agitaba gritando y dando indicaciones deciden irse, por lo visto han terminado el trabajo por hoy, pues recogen y se van. Ya son las cuatro y media y yo también me voy, al Junkar’s, como no.   

   Ya es de noche. Me “cogió” el sueño hace una hora, apagué la lámpara pero no puedo dormir. Pensando en Gloria. En Glorita, como diría Clara. Gloria, la colombiana. Clara, también colombiana, pero sin artículo definido.

  Dejar de fumar y de beber, llevo ya dos semanas sin alcohol, pero tampoco debe ser por eso el no poder dormir. Más bien la saturación de la noche anterior, el calor del radiador y el de dentro de mí y sobre todo, Gloria. La colombiana.

  Debe ser algo magnético, ya que hay noches cuando no pasa nada, duermo muy bien, y otras, como ahora, que lo tengo muy difícil. ¿Magnetismo, telepatía, autosugestión?

  ¿Será por haber avivado otra vez el fuego? ¿Por haber pasado, aunque cobardemente, a la tan esperada ofensiva? Por haber dejado de huir, un momento, de ella, y haber, levemente, contraatacado? En definitiva, ¿quién ataca y quién contraataca hoy en día?  

 No es muy tarde tampoco, las doce y media. Pienso ya en el bote de coca-cola, bien frío, que me tomaré a media mañana, a eso de las once, después de que den calor otra vez y pueda saltar a ducharme y a desayunar. El aire fresco, a veces tibio, que te da en los ojos y la nariz y la boca en plena calle. Y el bote de coca –cola para apagar esta “sensación de vivir”, o ansia, o ansiedad. Sí, apagar el ansia de beber, al menos por unos momentos.

  La señora dependienta (una tienda”pan y alimentación”) que últimamente te mira un poco de reojo porque llevas tiempo que ya no compras pan ahí. Ayer sin ir más lejos me vio con el pan de Simago en la bolsa de hombro y me miró como a algún culpable. ¡Y qué! ¡Qué se le va a hacer si últimamente me he encontrado un pan que me gusta más que el suyo, qué culpa tengo yo de que me gusten más las chapatas del Simago que las suyas o su pan gallego? Soy muy animal en esto, también es verdad, las sensaciones priman a las obligaciones. ¿He dicho bien obligaciones? Igual me expreso mal, pues tampoco se trata, en el caso del pan, de ninguna obligación, a esa señora no le debo nada en definitiva. ¿Cuál es entonces la palabra justa? Pienso en varias (amistad, correctitud, etc) pero ninguna mola. Están bastante lejos todas. Recuerdo de repente algo que me escribió una antigua compañera de instituto en el cartón ese que intercambiábamos al graduarnos: “ siempre cuando querrás hacer algo con tu vida, tropezarás con obligaciones, amigos, parientes y tus propios perjuicios.

  Pues eso no es así. Si has encontrado n pan que te gusta más, a comerlo y ya está, aunque abandones a la panadera que te había sonreído cada día cuando comprabas el suyo. ¿Por qué no hacer entonces con Gloria, por lo menos en lo que de mí dependa, y dejar a MariJose? Renunciar en definitiva a algo que se está transformando, poco a poco, en nada más que una convención y hasta en un fardo.  

       Debajo venía la fecha de 18 de diciembre, también subrayada, con el mismo color negro, y más abajo, otra fecha, con color azul:  

                                     16 de agosto del ‘92   

 

    Iba a empezar a escribir algo, ya no recuerdo que, pero, como siempre, ha prevalido el lado cómodo de mi carácter. Y lo he dejado en la fecha, 18 de diciembre. Del  año pasado.

 No es que hayan pasado muchísimas cosas desde entonces, pero bueno, podía haber escrito algo más. Hoy, 16 de agosto, un pequeño suceso en la wiskería de Carlos: he vuelto yo. Por lo visto no me esperaban tan pronto, ha sido una pequeña sorpresa. Agradable o no, según como se mire, para Carlos, desde luego, agradable, le ha hecho mucha ilusión la botella de orujo con pera metida dentro que le he traído de Hungría. De ese sitio donde dormimos, nada más entrar en Hungría desde Austria a mano derecha, a unos siete u ocho kilómetros de la frontera. Donde paramos para cenar y dormir, comimos cordón bleu (yo al menos, Alicia y Marisa ya no me acuerdo muy bien) con el queso fundido de entrada y una buena cerveza húngara bajo licencia austriaca.

 

    Ahí se acababa el corto diario de esa temporada de su vida, dio la página y no había más que un apunte de una dirección y un número de teléfono, lo hojeó todo, nada más hasta el otro extremo, ahí, escritos al revés, sus apuntes de doctorado sobre ciudades mágicas y el discurso cómico en la Edad Media que llegaban casi hasta la mitad del cuaderno.

    Sí, las clases de doctorado, cada sábado por la mañana, ahí en una de las aulas de la Facultad de Filología, se ponía a su lado la chica esa rusa, tan guapa, liada con un industrial valenciano, que tenía una niña con un cubano con el que había estado casada años antes. Recordó esas clases en las que la profesora hablaba sobre las ciudades de Viena, Constantinopla, Venecia o sobre la búsqueda y la iniciación en la Edad Media, continuamente, sin apenas trecha, y todos los alumnos escuchaban y escribían.

    También recordó la continuación del viaje que se hizo con Alicia y Marisa a Rumania, entraron en Rumania por Nadlac, un caluroso día 31 de julio, aquello era tercermundista todavía, se tiraron dos horas en la frontera entre coches viejos, cargados de televisores y otros objetos igualmente viejos que se traían individuos en camiseta y sudando que a veces se bajaban para empujarlos. La bajada desde Arad a Timisoara y luego a Mehadia, el pueblo de sus abuelos, vivían esos todavía, una noche ahí y un baño el día siguiente en la piscina del balneario de al lado, luego la ida a Brasov,  adelantando a veces carros cargados de heno, con la parada en el centro de Sibiu, aparcaron delante del hotel Bulevar donde un chico que cambiaba dólares al mercado negro intentó timarlos. Luego ya Brasov, dos noches, él dormía con Alicia arriba, Marisa abajo, la cena en el “Capra Neagra” de Poiana, todavía estaba como antes, con espectáculo con bailarinas y todo, cantaba su amigo Ciprian al que trajeron en coche a Brasov, el camino a Tulcea y el día en el delta, luego el siguiente en la costa, casi todo estaba todavía igual que antes, excepto el dinero, sólo quedaba el billete de cien lei comunista que empezaba a ser sustituido por la moneda de mismo valor.  La vuelta a Brasov y luego a Madrid y el día siguiente la aparición en el Junkar’s, tras comer en el Jabugo después de dar los papeles, ahí en al esquina con la Plaza de Santo Domingo.

    La sensación de emoción que siempre tenía al abrir esa puerta tan pequeña, emoción que le provocaba la posible presencia de Gloria, sí, qué extraño, estaba justo ahí, en la entrada, sentada en uno de los sillones de la barra, ahí el espacio era muy estrecho, dieron de cara y le notó una mirada triste que se alumbró de repente al verlo, como sin creérselo. Las saludó a las dos, a ella y a la gallega, ya no recuerda su nombre, esa chica delgadita y morena que estaba a su lado y con la que se había encontrado y charlado dos veces, una en la calle y otra en la piscina municipal de Lago, sólo le contestó ella, Gloria se quedaba mirándole sin decir nada, el momento era tenso, al final le preguntó la gallega si quería hablar con Carlos, por supuesto, bajó al sótano y al salir  ya no estaban ahí.

    Sí, la piscina de la Casa de Campo, a dos paradas de metro de donde vivía él, a veces iba andando por el camino de tierra que bordeaba el ferrocarril del metro. La gallega con la que charló como media hora, al final, cuando vio que se quería ir le preguntó que había entre él y Gloria, lo de ellos ya se había vuelto notorio en el club, pasaba esto unas dos semanas antes de ligar con Alicia, después de romper con Mari Jose y también después de aquella “bajada al infierno” con Gloria. Le contestó que nada, que él había pensado en algo bonito pero que no pudo ser, que al final tuvo que admitirlo, que ella estaba trabajando y era por ello que le miraba de forma tan intensa, para camelarle y hacerse un para de copas. Se lo dijo porque sabía que la gallega se lo transmitiría a ella y vio el resultado en sus miradas y en sus indirectas que él sorteó, como siempre.

     Aquella semana, tras volver de Rumania, fue a diario a la piscina, por la tarde, después de comer en el Jabugo y coger los papeles en el Junkar’s, ponía unos cuantos hasta Alonso Martínez, ahí tiraba los que le quedaban y cogía el metro hasta Lago, dos paradas, luego iba a casa, a Campamento, por aquel camino de tierra, tragando el aire tibio del anochecer, con leve olor a polvo y a pinos. Iba pues muy temprano a recoger la propaganda del Junkar’s, le habían dicho que fuera antes, a las cinco, pero él iba una hora antes, justo tras abrir, la encargada y otra chica, Gloria no estaba todavía, no la volvió a ver esa semana.

     La vio justo una semana más tarde cuando renunció a ir a la piscina y se demoró media hora por ahí, por la Gran Vía, entre el Jabugo y el Junkar’s, se lo habían dicho un día antes, al ir a cobrar, había que ir antes, pero no tanto, había que ir a las cinco. Cuando venía ella, Gloria, se daba cuenta ahora (demasiado tarde ya, quince años nada menos), seguro que estaban “compinchados”, Carlos, su mujer y las demás chicas con la colombiana. De otra forma no se explicaba como Carlos se quedó incrédulo cuando le dijo que había venido toda la semana, se lo tuvo que decir dos veces, decirle que preguntase a la encargada si no le creía, al final con gran dificultad aceptó pagarle pero le atrajo la atención que a partir del día siguiente tenía que venir media hora más tarde. Y, efectivamente, (“efestivamente” como decía de coña MariJose), el día siguiente dio con ella, estaba perseguida por el señor ese de tez morena, pelo blanco y piel arrugada, policía, eso decían, que parecía desesperado por ella, aquel día precisamente llegó a preguntar, retóricamente, que qué más tenía que hacer para conquistarla, que si tenía que ir a poner papeles por ahí. La sensación que le dio era de que Gloria lo rehuía pidiéndole a él, con la mirada, que la rescatase. Fue lo que intentó dos días más tarde, estaba ella sola, al pasar por delante para recoger los papeles se paró para decirle que él le daba lo que él tenía, ella ya no le miró de la misma forma, al contrario, le echó una mirada casi fría contestándole que ya estaba casada. Sin réplica. Luego, el día siguiente, le volvió a mirar de forma muy intensa, estaba ella sentada, no apartó la mirada de él, pero esta vez pasó él de largo. Y así poco más pues el juego al tira y afloja llevaba ya un año, ella acabó casándose con el señor policía y no volvió a aparecer más que en el verano siguiente, el del ’93, para decirle que ya no le quería. Una semana más tarde Carlos le dijo que hiciesen una pausa más larga pues se habían acabado los papeles, esta vez ya no pensaba encargarlos enseguida. La volvió a ver dos años más tarde, en una cafetería de la Plaza de Santo Domingo, ya no vivía en Campamento, vivía en Rumania y se venía de vez en cuando a Madrid, paraba en aquella pensión de la calle San Bernardo, ahí al lado, ya desapareció aquello, estaba ella muy cambiada, había engordado y se la veía envejecida, aunque no tenía más de 29 años.

    Sí, en el verano del ’91 tenía 25, fue cuando se enamoró de ella, trabajaba en el O’Dally, se acababa de venir de Colombia y tenía una vivacidad y una fogosidad únicas. Era todo fuego, prototipo de su signo, leo, qué curioso, nunca supo su fecha de nacimiento ni su apellido, sólo eso, que era leo, se llamaba Gloria y venía de una ciudad llamada Armenia.

   Luego se fue ella a trabajar al Junkar’s, la echó de menos, un día que estaba borracho e iba poniendo papeles por ahí, por la calle Pelayo, no aguantó más y entró a verla, estaba ella ahí en la entrada, con otra colombiana, la chica esa de Bogotá con leves facciones indias. Habló más con ésa que con ella, pues a un momento dado ella desapareció, pero pudo recordar la alegría que le había proporcionado al buscarla, se la veía en la cara.

   Cuando empezó el otoño volvió ella al O’Dally, volvió a empezar el juego, la presencia de ella le volvía loco y sin embargo un mes más tarde se fue de ahí (también lo hizo para adelantarse al “despido” del dueño, “don”Alfonso, quien no dejaba de echarle la bronca a él por la falta de clientes) para dar publicidad de otra casa, ahí abajo, cerca de la Puerta de Toledo, en la calle de mismo nombre. Ahí no le pretendían que cogiera los clientes en la calle, ahí sólo le pedían que pusiera las papeletas en los limpiaparabrisas de los coches, estaba lleno el centro de Madrid de coches aparcados en las aceras, no como ahora, aquello le convenía más, mejor trato y todo. Sí, mejor trato por parte del dueño, un tal Costas, tenía algo menos de edad de lo que él tiene ahora, unos treinta y ocho o treinta y nueve años, divorciado con una hija, liado con una colombiana mayor que él, a su vez divorciada con dos hijas. Y amigo de Carlos, el del Junkar’s, al que le recomendó (“un chaval muy correcto, trabajador, responsable”) para que también pusiera la propaganda suya.

    Es verdad que le pagaban menos, mil uno y mil quinientas el otro, pero estaba tranquilo, nadie le hacía ninguna presión, él iba a su aire por las calles del centro de Madrid y eso le gustaba, pues en aquellos momentos no era más que un vago amante de la libertad.

    Como a las dos semanas de incorporarse en el Junkar’s  apareció de nuevo Gloria, estaba ahí en la barra tomándose una copa al lado de un cliente bien maqueado, que lucía un traje de mucho dinero. Bueno, ella tampoco iba mal vestida, llevaba unos zapatos de tacón y minifalda, lo que le ponía de relieve las formas tan femeninas, pero tenía ese aire chillón que la caracterizaba. Le clavó una mirada que le hizo quedarse un momento ahí en la puerta, como sin fuerza para entrar, como con ganas de salir corriendo. Ahí estaba todo el reproche por haberla abandonado en el O’Dally y todo el magnetismo del mundo. Se ve que cambió de color y todo (es posible que ella también) pues la encargada se quedó mirando pensativa a los dos.

   Luego recordó, sí, el día de su cumpleaños y otro día anterior cuando salió detrás de ella y de su amiga (le pareció entonces que fue por casualidad), ésa volvía la cabeza a ver si se acercaba y se lo decía a ella, estaban a unos veinte metro cuando Gloria se paró como por haber tropezado con algo,  pero él pasó de algo sin siquiera saludar o soltar una palabra cualquiera. No lo hizo por mala leche, sino por emoción y por miedo, le daba un miedo inmenso acercarse a ella. En cambio, unos días después de su cumpleaños sí habló con ella y la invitó a tomar algo ahí en el bar de enfrente, ella le preguntó como sin creérselo si de verdad invitaba, le dijo que la esperase, que saldría un poco más tarde, hasta que se vino ella se había tomado cuatro cervezas. Desgraciadamente ella había adoptado una posición más dura, distante, haciendo la “desententida”, simulando prisa y llegando al final a preguntarle que por qué no la invitaba a tomar una copa ahí dentro, en la whisquería. Y seguido, sin dejarlo sobreponerse del golpe, le pidió dos mil pesetas, al notar los efectos del golpe, pues él se había puesto colorado, vaciló un momento diciéndole que si no quería dárselo, que no se lo diera, intentó hasta disuadirlo de que no lo hiciera, pero era tarde, él se las dio, un billete de dos mil pesetas que ella metió en el bolso y tras poco se fue.

     Se quedó ahí en la barra tomándose otro par de cervezas y diciéndole al camarero cosas sobre su novia MariJose, sin mostrar el estado revuelto en el que se encontraba. Consiguió hasta dominarse y no entrar en la wiskería para enfrentarse con ella, se dirigió hacia Alonso Martínez  para coger el metro a Campamento.

    Como una semana más tarde, muy borracho, salió detrás de ella que iba con un cliente a una cafetería cercana y se metió con ellos, a punto estuvo de pegarle a ese señor, a ella le decía que era muy mala con él, que por qué no salía a tomarse algo con él en lugar de hacerlo con ese hombre. Entonces ella le preguntó que por qué no salía él con su novia, él le dijo que había acabado unos días antes con ella, a lo que Gloria le dijo que le devolvería las dos mil pesetas.

   “No me devuelvas nada”, se lo dijo a gritos, les miraban todos, “ha sido mi voluntad  regalártelas”. Y ahí quedó la cosa, al final se aplanó aquello y se largó sin provocar ningún incidente más, doblegado por la actitud conciliadora de ella. No la vio más hasta mediados de enero, pues unos días más tarde se fue ella a pasar un mes en su país, con su familia, las fiestas de fin de año. Cuando se vieron de nuevo se saludaron y él recordó las circunstancias del último encuentro, el de la borrachera, le pidió disculpas a media voz poniendo una mina de lamento pero ella estaba tan emocionada que le dio la espalda para que no le viera la cara, sí se percató de todo la encargada que estaba detrás de la barra y que se quedó largo rato mirándola, incluso cuando ella se puso a hablar con un cliente sentado entre ellos. Se fue y fueron pasando las siguientes semanas y los siguientes días con él rehuyéndola cada vez con más decisión y tristeza, agarrándose ante sí mismo a un pretexto imaginario (ella quería su dinero, por eso le miraba tanto) y con ella cada vez más desconcertada y desesperada. Pasaba de ella mirando en el suelo y sin darle la explicación que las miradas de ella se la pedían a gritos. Sí, estaba con MariJose y además casi gozaba haciéndola sufrir a Gloria, en su subconsciente se estaba de alguna forma vengando del sufrimiento que  ella le había infligido.

    Sin embargo, la pasión estaba ahí, seguía viva, no se apagaba con el paso del tiempo, algo tenía que hacer para estar con ella, tenía que terminar primero con MariJose, le daba mucha pena hacerlo, sentía como que le debía mucho, al final tuvieron una conversación ahí en la Plaza de España, tumbados en la hierba, una tarde agradable de mayo, después de que él haya comido (demasiado, la comida le pesaba en el estómago) en el Jabugo. Quien hubiera pasado al lado se habría pensado que estaban muy enamorados, pues sí que estaban muy unidos, a veces se besaban, pero en realidad se trató de su último encuentro, del último ataque de ella, de la definitiva despedida. Claro, él entonces no sabía eso, en definitiva no riñeron ni nada, sólo  tuvieron unas aclaraciones, que también las había habido en otras ocasiones, aunque no de la forma tan definitiva que ahora, al despedirse de ella pensaba que se verían más a la vuelta de sus viajes a Galicia y a Andalucía, pero no fue así, aquello fue el último encuentro, se había librado finalmente de ella de una forma muchísimo más sencilla de lo que él se esperaba.

   El día siguiente le compró (en la plaza Alonso Martínez, al salir del metro) un ramo de rosas a Gloria, rosas rojas que no sabía si se las podía dar, pero estuvo de suerte, ella estaba en el club, sola, se alegró mucho del regalo, quedaron para cenar el día siguiente, pero al final, antes de irse con la propaganda, notó como una leve insatisfacción en su expresión, como que se acordaba de algo, de esos meses que él pasó de ella sin más.  Igual fue por eso que unas horas más tarde, cuando volvió para cobrar (lo hacía una vez a la semana y tocaba ese día, lunes), al no verla, preguntó a la encargada si no sabía donde estaba, le dijo que en el bar de enfrente, entró, estaba ahí con su amiga de Bogotá, había venido esa a visitarla pues ya no trabajaba ahí, llevaba ya un mes en el Moustache, ahí por la Plaza de España. Sí, vaya coincidencia, le había visto justo el día anterior, justo ahí, en la plaza, iba ella a trabajar, él no dio demasiada importancia a este comentario y al rato se fue, recordándole a Gloria la hora a la que habían quedado el día siguiente.  

     Pero ella no estaba en el bar a esta hora, apareció un cuarto de hora más tarde para comprar un paquete de tabaco, como pasando de él, sólo cuando le recordó que habían quedado para cenar ella le contestó que ya había cenado. La siguió al club y ahí tuvo que aguantar verla “comiéndose el morro” con un cliente, un señor elegante, que llevaba traje y corbata para que al final se dignase ella a hablar con él, a preguntarle si no la invitaba a tomar una copa, no se lo creía, balbuceó algo como que sí, ella se rio, se veía que le estaba tomando el pelo, de repente, muy provocativa, le preguntó que por qué no iban a hacer el amor, ahí eran quince mil.

  Sacó la tarjeta de Caja Madrid y se la dio a C arlos quien lo presenciaba todo desde la barra y bajaron al separado. Y sin más se desnudaron y ella lo trató en plan muy profesional, lo que conlleva cierta frialdad, aunque se veía que intentaba doblegarle, hacerlo hablar, darle explicaciones y pedirle disculpas. Él, en cambio, no hizo nada de eso, al contrario, la trató de la misma forma, le devolvió la jugada, aguantó muy bien y consiguió destrozarla, pues al final ella no pudo decirle más que un “vete”, con una voz apagada y una mirada triste que lo decía todo.  Ahí arriba lo miraron con algo más de respeto que de costumbre (o al menos así se le pareció) y Carlos le devolvió la tarjeta diciéndole que no le pudo cobrar pues se había rayado la parte magnética, que evidentemente n o pasaba anda, él era de la casa, ya pagaría si necesario en otra ocasión.

   El día siguiente, después de una noche en vela, pasó por el club, a la hora cuando ella solía estar, ahora faltaba, las rosas tampoco estaban en el jarrón de encima de la barra  donde habían estado los dos días anteriores y como que había algo raro en el aire, como que se respiraba un silencio muy pesado.

  Era su último día en Madrid pues la mañana siguiente cogió el grupo de jubilados que le había dejado MariJose (a ella la habían cogido de fija en otra agencia más importante)  para hacerse el primer viaje a Galicia, cinco días, luego uno en Madrid y otros siete en Andalucía.  Volvió al club, tal como se lo había dicho a Carlos, dos semanas justas más tarde, el día y a la hora acordados, muy puntual él, estaba ella ahí, esperándole, al rato se le acercó para preguntarle si la invitaba a tomar una copa, le dijo que no, que ya le había invitado a Carlos a tomar café ahí en la cafetería de la esquina (era verdad), dos días más tarde, con una mirada muy fija, le volvió a poner la misma pregunta, el también se negó, sin darle ya ninguna explicación, el juego había vuelto a comenzar, no pudo haber aclaraciones ni conciliación ni comenzar alguno ni final ni nada. 

       Todo eso recordó aquella cercana tarde-noche calurosa de verano, antes de salir a dar una vuelta por los alrededores de su casa, alrededores que no son más que el casco antiguo de la ciudad, una plaza con el edificio medieval del Cabildo en el centro y una iglesia nombrada La Iglesia Negra por el color que tuvieron sus muros tras un incendio que sufrió hace ya muchos siglos.

   Pero luego, ya de madrugada, estaba durmiendo, tuvo un sueño en el que salía de la piscina municipal de Lago e iba andando por el camino de tierra en dirección Campamento, por la Casa de Campo, la sensación era muy agradable y a un momento dado el andar se volvió más rápido, se puso a correr, y en ese momento experimentó una gran sensación de alivio y libertad.       

                           

 

 

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 11 I  2007 ©

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