México, Distrito Federal I noviembre-diciembre 2007 I Año 2 I Número 11Publicación Bimestral I

 








 

 

Alejandro Hernández García es Pasante de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesor de taller del Sistema de Colegios de Ciencias y Humanidades y Ayudante de Investigación del Sistema Nacional de Investigadores con la Dra. María Dolores Bravo Arriaga. Sus intereses académicos versan alrededor de la relación entre la imagen y la palabra. En la actualidad prepara su tesis sobre la literatura epistolar de una monja novohispana del siglo XVIII.

 

Cuando la Iglesia católica, convulsa en el siglo XVI, recibió el embate de Martín Lutero y después de guerras intestinas la situación derivó en el cisma protestante, un joven soldado caía de las murallas de Pamplona, herido por los franceses. El cardenal Carlos Borromeo organizaba la acometida de la poderosa nave católica contra las acusaciones luteranas y calvinistas, reuniendo a los príncipes de la Iglesia romana en Bolonia, para después huir de la peste hacia Trento y enarbolar la espada aguda del Concilio que definió el camino a seguir de su labor espiritual y la justificación en que se fundaba.

El honor que se da a las imágenes, se refiere a los originales representados en ellas; de suerte, que adoremos a Cristo por medio de las imágenes que besamos, y en cuya presencia nos descubrimos y arrodillamos; y veneremos a los santos, cuya semejanza tienen: todo lo cual es lo que se halla establecido en los decretos de los concilios, y en especial en los del segundo Niceno contra los impugnadores de las imágenes[1]

            El Barroco –que entraba triunfal sobre carros espléndidos–, sentó sus reales en Europa bajo los preceptos del concilio tridentino, definiendo claramente sus principios estéticos e ideológicos. Aquel soldado herido, llamado por la conversión a fundar una nueva compañía de soldados, armados de la palabra divina y con la evangelización como meta, se erigió en defensor de su Iglesia y difusor de los sobredichos preceptos. Mientras peregrinaba, meditaba e instruía en la doctrina cristiana, san Ignacio de Loyola pudo detenerse en una cueva cercana a Manresa, y comenzó la redacción de una larga serie de instrucciones a seguir durante cuatro semanas para educar los sentidos y ejercitar la memoria, el entendimiento y la voluntad. Fructificaron estos apuntes en los Ejercicios Espirituales ya mencionados. Esta obra acompañó a los doce jesuitas designados por san Francisco de Borja para inaugurar la labor de la Compañía de Jesús en tierras americanas.

            Las nuevas tierras conquistadas a los indios y ganadas para Dios, fundadas en la imaginación caballeresca, comenzaban a desarrollar por mano de artífices europeos los estilos artísticos del Románico, Gótico, Renacimiento, Manierismo, Plateresco y Barroco en soberbia confusión, generando al mismo tiempo escuela en los nativos, quienes copiaban, interpretaban y se adueñaban de los conceptos y realizaciones europeos e implantaban con ellos un nuevo régimen, su propia manera de entender estas formas artísticas traídas allende los mares y que poco o nada compartían con las que debieron abandonar.

            Cuando lograron vencer a sus adversarios, tras pleitos de Cannas y jurisdicciones entablados por las otras religiones, comenzaron los ignacianos la edificación de colegios y casas por todo el territorio novohispano[2]. Desarrollaron la más extensa labor educativa entre diversos sectores de la sociedad virreinal de su tiempo. Sin embargo, su pedagogía no se sujetó a cátedras y actos de conclusiones; invadió las calles con sus espectáculos, los púlpitos con sus sermones, las imprentas con sus obras, las conciencias con sus directores espirituales, y hasta los sentidos corporales de sus devotos con los Ejercicios.

            Lo que me ocupa aquí es el intenso patronazgo que ejerció la Compañía en Nueva España sobre todas las expresiones artísticas y sus ejecutantes, para lograr la mayor gloria de Dios y el mejor entendimiento y conmoción de los fieles.

            Si bien el movimiento artístico conocido como Barroco tuvo orígenes más profundos y antiguos que la orden jesuita, fue ésta la que con mayor entusiasmo retomó sus principios y los utilizó en sus templos, habitaciones, capillas y colegios.

 

Composición de lugar, o de las cavernas doradas

 

Los caminantes de la antigua ciudad de México que desearan reorientar su vida y ponerla en concordancia con la voluntad divina, sondeando en el alma propia, encaminaban sus pasos a la portería de la ex Casa Profesa jesuita, en la calle rebautizada como San José del Real, donde encontraban el refugio idóneo[3]. En tal recinto se ofrecía el servicio espiritual de ejercitar el alma bajo las instrucciones de san Ignacio de Loyola.

            Permitía este establecimiento las condiciones físicas, y la dirección espiritual idóneas para llevar a cabo el viaje iniciático de explorar en las profundidades del alma y mover las potencias hacia Dios. Una vez traspasado el pórtico de la casa para varones, ahora bajo la tutela de los filipenses, todos los recursos humanos y estéticos del período virreinal se conjugaban ante el ejercitante y lograban, durante cuatro semanas, mostrar su naturaleza y propósito. El trayecto por el alma del hombre pretendía lograr de cada devoto el quebranto de la voluntad propia, entendido como la renuncia total al deseo propio, a lo que el hombre quiere para sí, donde el alma habla por los intereses y necesidades humanas. Se debía caminar por entre campamentos con blandientes insignias, o tras los pasos de Cristo, o la fugaz aparición de los arcángeles, para abandonarse, separarse de la vida propia. Así, se imaginaba, componía otro lugar el ejercitante, el lugar de los ejemplos de los santos, el lugar de las leyes católicas, el lugar de los dogmas, el lugar de la fe; buscaría residir en él.

            La Casa Profesa de México y la casa de ejercicios espirituales de Aracoeli, anexa al colegio de San Andrés, brindaban al ejercitante un espacio aislado del siglo y sus engaños, donde poder separarse de todo trato y mundanal ruido, para concentrar todo su ser en las reglas ignacianas[4].

Dividió el S. Padre estos Exercicios en quatro semanas. En las quales con marauilloso artificio y orden lleua al Exercitante por svs grados desde el principio de su conversion hasta lo sumo de la perfecion. Y corresponden a las tres vias. Pvrgatiua, Iluminatiua, y Vnitiua, en que dividen el camino los Theologos Misticos…[5] 

            Con estricto control sobre los apetitos, las raciones, las atmósferas, quien tomaba los ejercicios mortificaba el cuerpo, iba en contra de sus propias ambiciones, reflexionaba sobre cuánto le estorbaban para recibir a Dios en el corazón, y hacía actos de contrición; inventaba una actitud diferente frente a ellas.

            Para lograr el fin deseado, deja indicado el texto que se deberán ocupar todos los medios al alcance del viajero. El viaje de quien no impulsa su cuerpo, sino su alma, a abandonar el orbe humano y elevarse por el rompimiento de gloria hacia la trinidad celeste. Sin embargo, las tentaciones del maligno y la propia ignorancia podían detener el paso vivo del alma por los Ejercicios.

            De esta manera se recomiendan reflexiones continuas sobre lo avanzado y el lugar en que se halla, retornar a los que crea el devoto necesarios, y ocupar escenas específicas, sensoriales, para persuadir a la memoria, auxiliar al entendimiento y lograr cambiar el rumbo de la voluntad: abandonarla al yugo divino, para que el Rey eternal ponga la dirección que en su plan divino organizó.

            Estos métodos de persuasión incluyeron los medios difusores de la cultura, la fe y la ortodoxia en boga, los conceptos y gustos del barroco se volcaron sobre el alma para dirigir su mirada hacia el cielo, pero desde el infierno. Se recorrería el axis mundi católico con todos los sentidos y toda la voluntad, para lograr la conmoción, el estremecimiento “real” ante los insondables misterios divinos y las profundas simas infernales. Así, se lee:

Ver con la vista de la imaginación la longitud, anchura y profundidad del infierno […] los grandes fuegos y las almas como en cuerpos incandescentes […] oír con los oídos llantos, alaridos, voces, blasfemias, contra Cristo nuestro Señor y contra todos sus santos. […] oler con el olfato humo, azufre quemado, posos fétidos y cosas podridas […] gustar con el gusto cosas amargas, como lágrimas, tristeza y el gusano de la conciencia […] tocar con el tacto, es a saber, cómo los fuegos tocan y abrasan las almas[6]. 

            Y el ejercitante, cuando transitaba por la portería de la antigua edificación podía ver colgadas las siguientes telas:

Quatro [lienzos] quadrilongos, los dos como de tres varas de largo, y poco mas de una de alto, que representan el Juicio, y el Ynfierno, y los otros dos del mismo largo, y media vara de alto, pintado en ambos el Purgatorio…

Quatro de a tres quartas con Marcos negros, figurados en ellos los Estados de las Almas y la Muerte…[7] 

            Quedaba, así, arrobado ante las telas, las contemplaba con detenimiento, regresaba a ellas tantas veces como necesitara para apoyarse en ellas y reconstruir la atmósfera caótica y opresiva de la inmensa boca del infierno que se entreabre para dejarnos ver, tras sendos colmillos, la compañía de los condenados. Y no es que la Compañía de Jesús descubriese las ventajas pedagógicas de la pintura y las artes visuales-decorativas; supo ocupar un gran canal comunicativo, que de sí amaba la teatralidad, el claroscuro, los juegos de luces, de salientes, de líneas, de composiciones, la fiesta, la inmolación pública en aras de la redención y la monumentalidad.

            Este tipo de representaciones se admiró por muchos años en la Profesa, aún hoy, desaparecida la casa, la amorosa labor de los filipenses nos descubre a la mirada aquellos óleos y tablas frente a los cuales los novohispanos pudieron reconstruir su camino espiritual y tomaron formas de vida diferentes, se dedicaron al servicio, al patronazgo, a la cofradía, a la caridad o lo que creyeran fuese la voluntad de Dios.

            Estos apoyos mnemotécnicos han desaparecido en su mayoría, sin embargo con los restos del naufragio barroco en México nos pueden ayudar a entender las dimensiones que cobraba una pintura frente a un ejercitante. Mandaba también san Ignacio reconstruir con la imaginación las conversaciones, los temas, colores, texturas y ecos de cada escena. Así, quien visitara la capilla interior de la casa podría contemplar la espléndida serie de lienzos con la Pasión de Cristo, y revivirlo, creerlo, componerlo. Siempre, cabe señalar, bajo la dirección estrecha del guía jesuita que no escatimaría esfuerzos ni medios, para lograr el buen arribo de un corazón arrepentido.

            Los soldados espirituales de esta Compañía diseñaron bajo tales preceptos los interiores y exteriores de sus templos, capillas, casas, aposentos, refectorios, bibliotecas, colegios, misiones y hospitales, no dejando escapar detalle alguno, ningún paño de los muros amplios y masivos, las arcadas solemnes y frescas o los inmensos templos ante la ola decorativa del Barroco novohispano.

            Esta variante regional del estilo europeo, se desarrolló opulenta en volutas, helicoides, azulejos, maderas, telas, luces, plata y alabastro, hasta generar un lenguaje propio. Pero ello residió nada más en decorados, las estructuras de los edificios no jugaban con su planta, no hicieron oleajes y flamas con sus muros, no multiplicaron entrantes y salientes para lograr penumbras y ecos. Toda su apuesta era por los retablos, las telas, frisos pintados, guardapolvos de azulejo, combinaciones de tezontle y cantera, alfarjes, espejos, lámparas, estípites, cornucopias, en fin, lo meramente ornamental. Porque ahí residió el aporte estructural del Barroco mexicano, en su decoración interior, en sus fachadas, en sus campanarios y cúpulas recubiertas de espumosa talavera. Y de ello da prueba la inmensa colección de telas y objetos jesuitas que custodia actualmente la Pinacoteca anexa al templo. Frente a pasajes específicos de la vida de Cristo, el alma se consolaba admirando los tableros de Nicolás Rodríguez Xuárez, o el “Calvario” infinito de su abuelo José. La patética escena cabreriana de “La oración en el huerto” donde el ángel desciende de su tradicional peana de nubes y sostiene el cuerpo sudoroso en sangre y angustiado de Cristo. Uno, entre todos ellos, merece especial atención, se le ha nombrado “el Cristo del desmayo”. Fechada para el siglo XVIII, esta breve tela expone con todas sus pinceladas el sufrimiento de Cristo inmediato a los azotes en la columna, pero, amén de los ángeles que comúnmente observan desconsolados la escena, un ánima, representada por una joven de túnica blanca, puestas las rodillas en el suelo, cruza los brazos sobre el pecho y se aflige de la espalda descarnada hasta las vértebras, el rostro enrojecido, las extremidades inertes en el piso, Cristo doliente entre sangre y lamentos, a punto del desmayo por salvar al género humano. Tras la inclusión del ánima, el ejercitante podría entender y construir la perspectiva de la escena que debía recrear.

            La mente novohispana tuvo otros recursos para lograr tal evocación; en la capital del virreinato sus habitantes pudieron contemplar, entre miedos y furores, los cruentos y festivos aparatos de los autos de fe inquisitoriales, y constatar el olor, gritos y gestos de quien ardía entre las llamas, o moría por garrote. También se envolvió en la magia de la imaginería sacra cuando las procesiones y festividades mudaron de los templos a las calles sus simulacros de cielo y gloria, e incluso participó en las máscaras, o en divertimentos de la corte, recepciones de virreyes, juras reales, conmemoraciones bélicas, formando parte activa del cuerpo místico de la iglesia militante, o dentro de la comunidad que en el orbe entero rendía vasallaje al rey español.

            Aquí, en esta ruptura del tiempo, el espacio y el orden terrenales, por obra y gracia de la imaginación y la imaginería, el novohispano quería ver, y vio. Todos aquellos estímulos que rodeaban al residente de la Venecia americana, la Atenas del Nuevo Mundo, impactaron efectivamente en su ánimo e interpretación de las imágenes y la decoración barroca. Podía echar mano de todos esos recursos a su alcance y generar una imagen vívida que finalmente entraba por los sentidos corporales, atacaba las potencias del alma y derrotaba todo intento de decisión propia, para ajustarla, encaminarla a la desconocida voluntad de Dios.

            Así, adquirió un sentido real para el creyente el Retablo de los Reyes de la Catedral, la caverna de oro resplandeciente –tal y como se presumía eran las nubes glorificadas– en la comunidad de reyes y reinas flotantes, etéreos, que dirigían las miradas beatíficas al momento en que tres monarcas postraban sus rodillas ante el rey eternal, sentado sobre el regazo de su madre, y un poco más arriba, siguiendo el punto de fuga, las líneas que convergen, los estípites que apuntan, la madre del hijo de su padre, María, subía a los cielos, glorificada, a coronarse y presidir las tribunas de santos y mártires, y por fin, en la inmensidad de volutas y angelillos balbasianos, Dios Padre, admirando la obra que da testimonio de él, mirando a los ínfimos seres que desde el suelo elevan los ojos y el corazón.

            Toda la maquinaria se puso en marcha, el carro triunfal que carga santos y aplasta herejes se echó a andar, dejando a su paso expresiones artísticas inigualables, inscritas ya en el número de las maravillas, hasta que el Faetón neoclásico acabó por silenciar de a poco las doradas nubes y sangrantes telas.

            Con la expulsión de los jesuitas del territorio hispánico, aquella larga tradición artística perdió a promotores fundamentales. Sin embargo, el espíritu y el ejercicio no decayeron en la Profesa, y los miembros del Oratorio de San Felipe Neri continuaron en ese inmueble asistiendo a los caminantes que llegaban a sus puertas. Don Manuel Tolsá redecoró el templo y casa de ejercicios adecuándolos a las nuevas necesidades y al estilo neoclásico.

            Sería en 1846 cuando Juan José Baz, responsable unos años después de la destrucción de San Andrés y Aracoeli, recibió y apoyó la propuesta de Francisco Arbeu para “prolongar la calle de la Alcaicería que está en direccion al Callejón de Mecateros, hasta frente del Gran Teatro Nacional de Santa – Anna…”[8] Esto costó a la ciudad la pérdida total de la Casa y claustros de la Profesa, una parte quedó enterrada bajo la estructura decimonónica del Hotel Gillow, y lo demás se perdió tras la demolición y compraventa de los terrenos, hasta casi desaparecer. Hoy se recuerda la memoria a través de las imágenes con que sus ejercitantes pudieron contemplar el infierno, el purgatorio y el cielo. O, como diría Michel de Certeau, lograron “aceptar escuchar el rumor del mar”. 

 

Hago aquí patente mi agradecimiento a los RR PP Luis Ávila Blancas CO, y Luis Martín Cano Arenas CO, Director de la Pinacoteca de la Profesa y Prepósito del Oratorio metropolitano respectivamente por sus valiosas aportaciones y facilidades para contemplar la colección de pintura que custodian.


[1] Sesión XXV del Concilio de Trento, del 3 al 4 de diciembre de 1563. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS, http://www.multimedios.org/docs/d000436/index.html [19/11//2006].

[2] Ocupo el término de la época “religiones” para designar a las órdenes religiosas, en este caso particular, dominicos, franciscanos y agustinos, que en diversos momentos vieron invadidos sus privilegios por los jesuitas. Baste revisar los casos de la ciudad de México y Oaxaca.

[3] Los varones acudían a la Casa Profesa, las mujeres al colegio conocido como Belén de las Mochas.

[4] Vid, Guillermo Tovar de Teresa, La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido. Tomo II, 3ª edición, Fundación Cultural Televisa, Espejo de Obsidiana, Vuelta, 1992.

[5] Sebastián Izquierdo S. J., Practica de los Exercicios Espirituales de Nuestro Padre San Ignacio…, 1709, p. 4.

[6] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, texto modernizado por Manuel Iglesias, S. J., 6ª edición, México, Obra Nacional de la Buena Prensa, 2006, p.29 Primera semana, quinto ejercicio.

[7] Archivo General de la Nación, Temporalidades, vol. 147, exp. 1, fol. 77v. Se trata de los Ymbentarios… de la sacristía, templo y casa de la Profesa levantados por la Junta de Temporalidades del Virreinato y escritos por Joseph Antonio de Areche.

[8] Ruina y destruccion de la Profesa y su Casa de Ejercicios de México…, 1846, pp. 3-4.

              

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