México, Distrito Federal I noviembre-diciembre 2007 I Año 2 I Número 11Publicación Bimestral I

 








 

 Enrique Serrano, escritor colombiano

Entrevista realizada por Gianmarco Farfán Cerdán

 

Ser halagado por grandes autores como Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis es privilegio de muy pocos escritores. Enrique Serrano (Barrancabermeja, 1960) es uno de esos contadísimos afortunados, y es considerado actualmente el escritor colombiano con más futuro. Filósofo y comunicador social, también ha ganado el premio Juan Rulfo de cuento en 1996, y ha sido profesor universitario por casi veinte años. Apasionado de los temas históricos, ha publicado los libros La marca de España (1997, relatos), De parte de Dios (2002, relatos) que recibió muy buenas críticas en Colombia y España, Tamerlán (2003) y Donde no te conozcan (2007). Reflexivo y pausado al hablar y en sus gestos, es seguro que Serrano tendrá cada vez más lectores y reconocimientos de la crítica en Latinoamérica, gracias a su innegable calidad literaria. Aunque su literatura no obedezca a los tópicos que actualmente siguen muchos escritores en nuestra región. Serrano es un verdadero escritor a contracorriente. 

¿Qué siente tras haber recibido elogios por su trabajo literario de parte de García Márquez y Álvaro Mutis (ambos, por su primer libro de relatos)? ¿Es un orgullo o una responsabilidad mayor que antes?

Es un orgullo –sin duda- y una responsabilidad. Ser elogiado por personas de tal trayectoria compromete a cualquiera. Sobre todo considerando que mi literatura contrasta en muchos aspectos con la que ellos han hecho. Yo intento hacer literatura histórica en la que se reconstruya el ambiente espiritual, el alma y las intenciones de personajes históricos. Esa es una tarea -a mi juicio- si se quiere, arriesgada, pero a la vez es una fuente de inspiración constante porque uno escoge el pedazo de la historia, los personajes, incluso la belleza misma de ciertos hechos, pero los matiza, les da un sabor nuevo para los lectores. En ese contexto pues, la verdad, me ha ido bien. Tanto en el cuento como en la novela. 

Cuénteme un poco de su experiencia aventurera donde usted navegó por tres años en un barco mercante.

Precisamente conocí Lima cuando era marinero, desde entonces no había vuelto, hace veinticinco años. Entre el año '80 y el año '83 trabajé en barcos de la flota mercante grancolombiana, en una empresa mercante Colombiana que ya no existe. Tenía de veinte a veintitrés años. Esa experiencia primigenia me dio una idea del mundo mucho menos provinciana de la que tenía. No tenía otro medio de viajar que no fuera trabajando como marinero y eso me enseñó a ver lenguas, pueblos, tradiciones, visiones de cosas diferentes de las mías y un poco el peso tremendo que supone tener historia. Lo digo porque en Colombia comparativamente hablando, no tenemos historia, comparados con muchos otros pueblos. En ese contexto, las circunstancias particulares de ese mundo de los años ochenta que vi, me han influido para siempre. 

¿Le dio mucho material para escribir su literatura?

Sí. Leo mucho, pero siempre he dicho que más que un buen lector soy un buen ojeador. No tengo la constancia para hacer una lectura cabal de cada cosa, pero sí esa manía de estar revisando -casi obsesivamente- artículos, revistas, expresiones, y esa forma de investigar me ha rendido muchos frutos porque me ha relacionado con muchos temas y me ha permitido tener lo que los franceses llamarían una visión universalista, que es lo contrario de la visión ultraespecialista o especializada que hoy caracteriza a la gente. Entonces, no soy especialista en nada, soy especialista en todo. 

Parece una definición para un periodista, ja ja…

(sonríe). De hecho estudié Comunicación Social, entonces, muchas de esas cosas me han ido interconectando -por decirlo así- con mundos que yo no sospechaba. Poder hablar de países o pueblos (parecidos o distantes), ser profesor, me ha servido de mucho, sin duda. He sido profesor por dieciocho años ya. 

La experiencia universitaria

¿De universidad?

De universidad, sí. Soy profesor de Relaciones Internacionales, de Antropología, de temas de filosofía, porque estudié Filosofía. 

¿En qué universidad?

Ahora, en la Universidad del Rosario (Bogotá), donde trabajo. 

¿En Colombia?

Y trabajé en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá). En realidad como diletante he sido profesor en más de diez universidades. 

¿En Colombia o también afuera?

En Colombia. La única universidad donde he sido profesor invitado es la Universidad de Toulouse, en Francia. Estudié en Francia un tiempo, en México otro tiempo. 

¿Qué estudió en Francia y en México?

En Francia, Ciencia Política; en México, estudios de Asia y África, del mundo árabe. Como maestrías. He sentido una particular fascinación por el mundo árabe, el Islam, en general la historia de las religiones: cristianismo, judaísmo, Islam, la historia de los pueblos derivados de ciertas religiones y ese tipo de temas me han conducido a mis vertientes literarias. Una de ellas es esta última que me ha mandado a hacer una obra sobre judeo conversos y moriscos conversos en la España medieval.

 Y ¿en qué consistió su tesis sobre Asia y África?

Mi tesis sobre Asia y África se centró en aspectos del mundo árabe. Y estaba vinculada al impacto que el mundo árabe tuvo sobre América: la conquista, y sobre todo la colonización. Esa es la razón por la cual, de un modo tan intenso, varias colonias a la vez, relativamente importantes, prosperaron en América ya en el siglo XIX, el siglo XX: porque tenían mucho que ver con este mundo. Un montón de características del mundo árabe están reflejadas en García Márquez y en el mundo de Macondo. Por ejemplo, el matriarcado, la fuerza tremenda que tiene la familia, el lenguaje, la pasión por hablar, el hecho de que una persona se defina a sí mismo hablando y escribiendo. Hablando de un modo cuidado, deliberado, confeccionando con mucho cuidado sus argumentos y posturas. Esas han sido mis principales motivaciones. 

El Rulfo: punto de quiebre 

El premio Juan Rulfo de cuento de 1996: ¿significó para usted su despegue definitivo como escritor?

Sin duda. Sin ese premio mi historia como escritor habría sido distinta y, a partir de esa catapulta que produjo el premio, no sólo pude publicar sino también definir mi propio estilo como escritor. Me sentí además obligado, lanzado a la escena, para producir cosas del modo más sistemático, menos caprichoso. Cuando uno no tiene ningún compromiso, no lo han elogiado, puede que sea más libre como escritor, pero se siente menos comprometido y por tanto deja eso en un estado de congelamiento. En cambio, el compromiso que indicó para mí ese premio, haber recibido elogios y todas esas cosas, me sirven de acicate para seguir estudiando, escribiendo, crear una disciplina más profunda en el orden literario, tener un estilo más cuidado, todo eso. 

¿Cuál fue el proceso creativo de su novela Tamerlán y por qué eligió ese personaje como eje?

La novela Tamerlán la empecé a escribir cuando descubrí el personaje en Francia, en 1991. Me pareció muy interesante que alguien que había ganado siempre, hubiera resultado derrotado por la historia. El pueblo turco, en este caso el pueblo al que pertenecía Tamerlán, era tan fiero como los mongoles, pero no era del todo nómada, y admiraba a los persas, pero nunca pudo tener la magnificencia del pueblo persa. Entonces, como estaba entre dos mundos, decidí escribir la historia de Tamerlán bajo el título de El Imperio inútil -así se llamaba- para mostrar como alguien… 

Ese era el título inicial.

Sí… alguien que ha logrado todo para tener la ciudad más bella, la Samarcanda de sus sueños, los sabios, las construcciones y todo, sin embargo puede estar edificando en el vacío porque su imperio está condenado a la destrucción. Tal vez por sustracción de materia, porque no tenía con qué llenarlo. Entonces se me ocurrió, a partir de un incidente que encontré en la biografía, que alguien narrase –en este caso, un narrador persa- la historia desde el punto de vista neutral de alguien culto, sabio, menos poderoso que Tamerlán pero a la vez capaz de criticarlo y explicar las causas de su ruina. Esa historia que he encontrado un poco arquetípica -muy bella, muy poéticamente escrita en el Tamburlaine del famoso Christopher Marlowe (Inglaterra, 1564-1593)- a mi juicio, resistía. Además, había encontrado un poema de Borges sobre Tamerlán, y unas pequeñas cosas sobre esta trágica historia, que me sirvieron de motivación. No soy historiador, soy filósofo y comunicador social, pero mi adopción de la Historia es apasionada, una afición total. 

¿Es una ventaja en ese sentido, ser tan aficionado a la Historia a la hora de elaborar sus novelas?

Sí, es una ventaja tremenda, como le dije hace un rato: lo primero que uno decide es qué historia le interesa. Tiene la facultad de poder elegir cosas bellas, de modo que juega con ventaja. Porque no se inventa una historia de la nada, de la ficción pura, como hacen el resto de los escritores, sino que la historia ya está ahí, no hay que esforzarse por probarla porque efectivamente pasó. Lo que uno hace es embellecerla, decorarla, o por lo menos poner énfasis y acento en ciertas cosas. La fascinación misma de la historia la siente el lector, la comparte con uno, se vuelve cómplice, y además uno le puede enseñar cosas que ha aprendido, y él está fascinado porque le están construyendo un escenario lleno de personajes y acciones brillantes. Y además se lo colorean -por decirlo así-, dándoles carácter a algunos personajes. 

¿Se puede decir entonces que sus novelas son más reflejos de sociedades que de personajes en sí?

Sí. Sí, exacto. Creo que tiene un carácter antropológico y además filosófico porque todos los personajes reflexionan. Los narradores, los actores involucrados en el asunto, explican su experiencia de la vida. Trágica, gloriosa, insignificante, según el caso. 

¿Y cuál es la diferencia entre el Enrique Serrano que escribió La marca de España en 1997 y Tamerlán el año 2003?

Pues incluso con el que escribió ahora, el 2007, Donde no te conozcan, en 1997 no tenía idea de cómo se podía ser escritor, por decirlo así. Me había encontrado con eso de un modo azaroso, y tenía todos mis esfuerzos puestos en el cuento. Porque el cuento es una entidad cuya naturaleza uno puede controlar de principio a fin con minuciosidad tremenda. Ahora, en cambio, ando en territorios más amplios. Particularmente, el espacio de la novela que supone una complejidad mayor, una tenacidad mayor, un compromiso más alto. Y además, la necesidad de leer con ojos de escritor. Es decir, leer para escribir, leer para pulir el estilo. Fijarse en cómo los grandes autores han logrado sus construcciones casi en el sentido arquitectónico de la palabra, ver como conforman un conjunto armónico. Es tal vez lo más importante que he ganado en estos diez años. Tanto a través de Tamerlán, De parte de Dios, como de la última novela. 

¿Y su última novela, específicamente de qué trata?

La última novela se llama Donde no te conozcan. Describe la saga de dos familias, y empieza en los momentos de la peste negra en España, cuando los judíos y los moros por tener una cultura más avanzada morían menos que los cristianos. Y eso fue considerado, entre otras cosas, motivo de odio y rechazo por parte de los cristianos. Y empieza la persecución, el proceso por el cual vivir como judíos y moros se hizo imposible en España. Eso coincidió además con la empresa de América. Trato de empatar esa persecución, esa expulsión, con la empresa de América, para mostrar cómo hay continuidad entre los pueblos que resultamos siendo hispánicos en América, y ese mundo judío y morisco de la España medieval. Por eso se llama Donde no te conozcan, porque (Francisco de) Quevedo escribió una letrilla -como se llamaba entonces- que decía más o menos: “si quieres ser hidalgo, y eres judío o moro, habla duro, monta a caballo, vete donde no te conozcan, y lo serás”. 

¿Algún día Enrique Serrano escribirá una novela únicamente sobre Colombia? Esto casi es una obligación para muchos colombianos, escribir una novela política, crítica socialmente. ¿Algún día Enrique Serrano sería capaz de hacerlo, o le interesaría? Porque al final, no tiene ninguna obligación.

Creo que nunca. Uno no debe decir que nunca va a hacer una cosa, pero me siento muy alejado de eso, precisamente porque estoy muy involucrado. Siempre he tenido una opinión política y he participado en las disputas políticas sobre temas de Colombia, sin embargo me parece que no es la literatura la herramienta para hablar del tema ni para hacer nada concluyente, porque el presente es muy ambiguo. Una ventaja que tiene el pasado sobre el presente es que está ya decantado, resuelto, digamos. Ya dijeron que había quedado así y así lo asumo. En cambio, el presente es una cosa de interpretación, muy contradictoria, muy altisonante, y no produce esa calma que necesita lo estético. Puede ser un poco como el paisaje de un pintor flamenco del siglo XV que contrasta con esa confusión que caracteriza al arte contemporáneo. En ese mismo sentido, la novela sobre el presente es una apuesta demasiado oscura, mientras que a mí me gusta más esa claridad que brinda el pasado.

 

Gianmarco Farfán Cerdán (Lima, 1978). Egresado de Comunicación Social de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). También tiene estudios de Psicología en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Ha ejercido el periodismo en diversos medios de comunicación: el boletín Católica Deportes de la PUCP, Radio Santa Rosa, Radio Cadena, diario El Comercio, semanario Milenios, revista Universidad & Business. Además, ha sido editor los años 2005 y 2006 de la revista Bar News. En el 2006 obtuvo una Mención Honrosa en el concurso de cuentos Horas de Agora, organizado por estudiantes de la UNMSM. Ha publicado poemas y reseñas en las revistas virtuales Miríada y Bocanada, y tres poemas en la publicación impresa Punto Edu (ediciones 62 y 73) de la PUCP. Y es miembro de la Red Mundial de Escritores en Español (REMES).

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