
Entrevista
realizada por Gianmarco Farfán Cerdán
Ser halagado por grandes autores como Gabriel García Márquez y
Álvaro Mutis es privilegio de muy pocos escritores. Enrique Serrano
(Barrancabermeja, 1960) es uno de esos contadísimos afortunados, y
es considerado actualmente el escritor colombiano con más futuro.
Filósofo y comunicador social, también ha ganado el premio Juan
Rulfo de cuento en 1996, y ha sido profesor universitario por casi
veinte años. Apasionado de los temas históricos, ha publicado los
libros La marca de España (1997, relatos), De parte
de Dios (2002, relatos) que recibió muy buenas críticas en
Colombia y España, Tamerlán (2003) y Donde no te conozcan
(2007).
Reflexivo
y pausado al hablar y en sus gestos, es seguro que Serrano tendrá
cada vez más lectores y reconocimientos de la crítica en
Latinoamérica, gracias a su innegable calidad literaria. Aunque su
literatura no obedezca a los tópicos que actualmente siguen muchos
escritores en nuestra región. Serrano es un verdadero escritor a
contracorriente.
¿Qué siente tras haber recibido elogios por su trabajo literario de
parte de García Márquez y Álvaro Mutis (ambos, por su primer libro
de relatos)? ¿Es un orgullo o una responsabilidad mayor que antes?
Es un orgullo –sin duda- y una responsabilidad. Ser elogiado por
personas de tal trayectoria compromete a cualquiera. Sobre todo
considerando que mi literatura contrasta en muchos aspectos con la
que ellos han hecho. Yo intento hacer literatura histórica en la que
se reconstruya el ambiente espiritual, el alma y las intenciones de
personajes históricos. Esa es una tarea -a mi juicio- si se quiere,
arriesgada, pero a la vez es una fuente de inspiración constante
porque uno escoge el pedazo de la historia, los personajes, incluso
la belleza misma de ciertos hechos, pero los matiza, les da un sabor
nuevo para los lectores. En ese contexto pues, la verdad, me ha ido
bien. Tanto en el cuento como en la novela.
Cuénteme un poco de su experiencia aventurera donde usted navegó por
tres años en un barco mercante.
Precisamente conocí Lima cuando era marinero, desde entonces no
había vuelto, hace veinticinco años. Entre el año '80 y el año '83
trabajé en barcos de la flota mercante grancolombiana, en una
empresa mercante Colombiana que ya no existe. Tenía de veinte a
veintitrés años. Esa experiencia primigenia me dio una idea del
mundo mucho menos provinciana de la que tenía. No tenía otro medio
de viajar que no fuera trabajando como marinero y eso me enseñó a
ver lenguas, pueblos, tradiciones, visiones de cosas diferentes de
las mías y un poco el peso tremendo que supone tener historia. Lo
digo porque en Colombia comparativamente hablando, no tenemos
historia, comparados con muchos otros pueblos. En ese contexto, las
circunstancias particulares de ese mundo de los años ochenta que vi,
me han influido para siempre.
¿Le dio mucho material para escribir su literatura?
Sí. Leo mucho, pero siempre he dicho que más que un buen lector soy
un buen ojeador. No tengo la constancia para hacer una lectura cabal
de cada cosa, pero sí esa manía de estar revisando -casi
obsesivamente- artículos, revistas, expresiones, y esa forma de
investigar me ha rendido muchos frutos porque me ha relacionado con
muchos temas y me ha permitido tener lo que los franceses llamarían
una visión universalista, que es lo contrario de la visión
ultraespecialista o especializada que hoy caracteriza a la gente.
Entonces, no soy especialista en nada, soy especialista en todo.
Parece una definición para un periodista, ja ja…
Sí (sonríe). De hecho estudié Comunicación Social, entonces,
muchas de esas cosas me han ido interconectando -por decirlo así-
con mundos que yo no sospechaba. Poder hablar de países o pueblos
(parecidos o distantes), ser profesor, me ha servido de mucho, sin
duda. He sido profesor por dieciocho años ya.
La experiencia universitaria
¿De universidad?
De universidad, sí. Soy profesor de Relaciones Internacionales, de
Antropología, de temas de filosofía, porque estudié Filosofía.
¿En qué universidad?
Ahora, en la Universidad del Rosario (Bogotá), donde trabajo.
¿En Colombia?
Y trabajé en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá). En
realidad como diletante he sido profesor en más de diez
universidades.
¿En Colombia o también afuera?
En Colombia. La única universidad donde he sido profesor invitado es
la Universidad de Toulouse, en Francia. Estudié en Francia un
tiempo, en México otro tiempo.
¿Qué estudió en Francia y en México?
En Francia, Ciencia Política; en México, estudios de Asia y África,
del mundo árabe. Como maestrías. He sentido una particular
fascinación por el mundo árabe, el Islam, en general la historia de
las religiones: cristianismo, judaísmo, Islam, la historia de los
pueblos derivados de ciertas religiones y ese tipo de temas
me han conducido a mis vertientes literarias. Una de ellas es esta
última que me ha mandado a hacer una obra sobre judeo conversos y
moriscos conversos en la España medieval.
Y
¿en qué consistió su tesis sobre Asia y África?
Mi tesis sobre Asia y África se centró en aspectos del mundo árabe.
Y estaba vinculada al impacto que el mundo árabe tuvo sobre América:
la conquista, y sobre todo la colonización. Esa es la razón por la
cual, de un modo tan intenso, varias colonias a la vez,
relativamente importantes, prosperaron en América ya en el siglo XIX,
el siglo XX: porque tenían mucho que ver con este mundo. Un montón
de características del mundo árabe están reflejadas en García
Márquez y en el mundo de Macondo. Por ejemplo, el matriarcado, la
fuerza tremenda que tiene la familia, el lenguaje, la pasión por
hablar, el hecho de que una persona se defina a sí mismo hablando y
escribiendo. Hablando de un modo cuidado, deliberado, confeccionando
con mucho cuidado sus argumentos y posturas. Esas han sido mis
principales motivaciones.
El Rulfo: punto de quiebre
El premio Juan Rulfo de cuento de 1996: ¿significó para usted su
despegue definitivo como escritor?
Sin duda. Sin ese premio mi historia como escritor habría sido
distinta y, a partir de esa catapulta que produjo el premio, no sólo
pude publicar sino también definir mi propio estilo como escritor.
Me sentí además obligado, lanzado a la escena, para producir cosas
del modo más sistemático, menos caprichoso. Cuando uno no tiene
ningún compromiso, no lo han elogiado, puede que sea más libre como
escritor, pero se siente menos comprometido y por tanto deja eso en
un estado de congelamiento. En cambio, el compromiso que indicó para
mí ese premio, haber recibido elogios y todas esas cosas, me sirven
de acicate para seguir estudiando, escribiendo, crear una disciplina
más profunda en el orden literario, tener un estilo más cuidado,
todo eso.
¿Cuál fue el proceso creativo de su novela Tamerlán y por qué
eligió ese personaje como eje?
La novela Tamerlán la empecé a escribir cuando descubrí el
personaje en Francia, en 1991. Me pareció muy interesante que
alguien que había ganado siempre, hubiera resultado derrotado por la
historia. El pueblo turco, en este caso el pueblo al que pertenecía
Tamerlán, era tan fiero como los mongoles, pero no era del todo
nómada, y admiraba a los persas, pero nunca pudo tener la
magnificencia del pueblo persa. Entonces, como estaba entre dos
mundos, decidí escribir la historia de Tamerlán bajo el título de
El Imperio inútil -así se llamaba- para mostrar como alguien…
Ese era el título inicial.
Sí… alguien que ha logrado todo para tener la ciudad más bella, la
Samarcanda de sus sueños, los sabios, las construcciones y todo, sin
embargo puede estar edificando en el vacío porque su imperio está
condenado a la destrucción. Tal vez por sustracción de materia,
porque no tenía con qué llenarlo. Entonces se me ocurrió, a partir
de un incidente que encontré en la biografía, que alguien narrase
–en este caso, un narrador persa- la historia desde el punto de
vista neutral de alguien culto, sabio, menos poderoso que Tamerlán
pero a la vez capaz de criticarlo y explicar las causas de su ruina.
Esa historia que he encontrado un poco arquetípica -muy bella, muy
poéticamente escrita en el Tamburlaine del famoso Christopher
Marlowe (Inglaterra, 1564-1593)- a mi juicio, resistía. Además,
había encontrado un poema de Borges sobre Tamerlán, y unas pequeñas
cosas sobre esta trágica historia, que me sirvieron de motivación.
No soy historiador, soy filósofo y comunicador social, pero mi
adopción de la Historia es apasionada, una afición total.
¿Es una ventaja en ese sentido, ser tan aficionado a la Historia a
la hora de elaborar sus novelas?
Sí, es una ventaja tremenda, como le dije hace un rato: lo primero
que uno decide es qué historia le interesa. Tiene la facultad de
poder elegir cosas bellas, de modo que juega con ventaja. Porque no
se inventa una historia de la nada, de la ficción pura, como hacen
el resto de los escritores, sino que la historia ya está ahí, no hay
que esforzarse por probarla porque efectivamente pasó. Lo que uno
hace es embellecerla, decorarla, o por lo menos poner énfasis y
acento en ciertas cosas. La fascinación misma de la historia la
siente el lector, la comparte con uno, se vuelve cómplice, y además
uno le puede enseñar cosas que ha aprendido, y él está fascinado
porque le están construyendo un escenario lleno de personajes y
acciones brillantes. Y además se lo colorean -por decirlo así-,
dándoles carácter a algunos personajes.
¿Se puede decir entonces que sus novelas son más reflejos de
sociedades que de personajes en sí?
Sí. Sí, exacto. Creo que tiene un carácter antropológico y además
filosófico porque todos los personajes reflexionan. Los narradores,
los actores involucrados en el asunto, explican su experiencia de la
vida. Trágica, gloriosa, insignificante, según el caso.
¿Y cuál es la diferencia entre el Enrique Serrano que escribió La
marca de España en 1997 y Tamerlán el año 2003?
Pues incluso con el que escribió ahora, el 2007, Donde no te
conozcan, en 1997 no tenía idea de cómo se podía ser escritor,
por decirlo así. Me había encontrado con eso de un modo azaroso, y
tenía todos mis esfuerzos puestos en el cuento. Porque el cuento es
una entidad cuya naturaleza uno puede controlar de principio a fin
con minuciosidad tremenda. Ahora, en cambio, ando en territorios más
amplios. Particularmente, el espacio de la novela que supone una
complejidad mayor, una tenacidad mayor, un compromiso más alto. Y
además, la necesidad de leer con ojos de escritor. Es decir, leer
para escribir, leer para pulir el estilo. Fijarse en cómo los
grandes autores han logrado sus construcciones casi en el sentido
arquitectónico de la palabra, ver como conforman un conjunto
armónico. Es tal vez lo más importante que he ganado en estos diez
años. Tanto a través de Tamerlán, De parte de Dios,
como de la última novela.
¿Y su última novela, específicamente de qué trata?
La última novela se llama Donde no te conozcan. Describe la
saga de dos familias, y empieza en los momentos de la peste negra en
España, cuando los judíos y los moros por tener una cultura más
avanzada morían menos que los cristianos. Y eso fue considerado,
entre otras cosas, motivo de odio y rechazo por parte de los
cristianos. Y empieza la persecución, el proceso por el cual vivir
como judíos y moros se hizo imposible en España. Eso coincidió
además con la empresa de América. Trato de empatar esa persecución,
esa expulsión, con la empresa de América, para mostrar cómo hay
continuidad entre los pueblos que resultamos siendo hispánicos en
América, y ese mundo judío y morisco de la España medieval. Por eso
se llama Donde no te conozcan, porque (Francisco de) Quevedo
escribió una letrilla -como se llamaba entonces- que decía más o
menos: “si quieres ser hidalgo, y eres judío o moro, habla duro,
monta a caballo, vete donde no te conozcan, y lo serás”.
¿Algún día Enrique Serrano escribirá una novela únicamente sobre
Colombia? Esto casi es una obligación para muchos colombianos,
escribir una novela política, crítica socialmente. ¿Algún día
Enrique Serrano sería capaz de hacerlo, o le interesaría? Porque al
final, no tiene ninguna obligación.
Creo que nunca. Uno no debe decir que nunca va a hacer una cosa,
pero me siento muy alejado de eso, precisamente porque estoy muy
involucrado. Siempre he tenido una opinión política y he participado
en las disputas políticas sobre temas de Colombia, sin embargo me
parece que no es la literatura la herramienta para hablar del tema
ni para hacer nada concluyente, porque el presente es muy ambiguo.
Una ventaja que tiene el pasado sobre el presente es que está ya
decantado, resuelto, digamos. Ya dijeron que había quedado así y así
lo asumo. En cambio, el presente es una cosa de interpretación, muy
contradictoria, muy altisonante, y no produce esa calma que necesita
lo estético. Puede ser un poco como el paisaje de un pintor flamenco
del siglo XV que contrasta con esa confusión que caracteriza al arte
contemporáneo. En ese mismo sentido, la novela sobre el presente es
una apuesta demasiado oscura, mientras que a mí me gusta más esa
claridad que brinda el pasado.
Gianmarco Farfán Cerdán (Lima,
1978). Egresado de Comunicación Social de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). También tiene estudios de
Psicología en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP).
Ha ejercido el periodismo en diversos medios de comunicación: el
boletín Católica Deportes de la PUCP, Radio Santa Rosa, Radio
Cadena, diario El Comercio, semanario Milenios, revista
Universidad & Business. Además, ha sido editor los años 2005 y
2006 de la revista Bar News. En el 2006 obtuvo una Mención
Honrosa en el concurso de cuentos Horas de Agora, organizado por
estudiantes de la UNMSM. Ha publicado poemas y reseñas en las
revistas virtuales Miríada y Bocanada, y tres poemas en la
publicación impresa Punto Edu (ediciones 62 y 73) de la PUCP. Y
es miembro de la Red Mundial de Escritores en Español (REMES).