Entrevista
realizada por Gianmarco Farfán Cerdán
Un muy breve pero fructífero paso por Lima para enseñar a
jóvenes narradores peruanos sus conocimientos literarios, tuvo
recientemente el premiado escritor Eduardo Lago (Madrid, 1954).
El actual director del Instituto Cervantes de Nueva York, ha
sido ganador del Premio al mejor artículo de crítica literaria
Bartolomé March (la Fundación March busca darle notoriedad al
rol de la crítica) publicado el 2001 con El íncubo de lo
imposible. Y con
su obra Llámame Brooklyn, el escritor español obtuvo el
Premio Nadal de Novela 2006, así como el Premio Ciudad de
Barcelona 2007, el Premio de la Fundación Lara a la novela con
mejor acogida crítica 2007, y el Premio Nacional de la Crítica
2007. Sin duda, se trata de una de las mejores novelas en
castellano de los últimos años. Doctor en Literatura por la
Universidad de New York City, Lago ha sido profesor de
literatura en la universidad Sarah Lawrence Collage desde 1993.
Y ha traducido a escritores norteamericanos legendarios como
Henry James y Sylvia Plath. Es colaborador de la madrileña
Revista de Libros desde su fundación, y del suplemento
Babelia del diario El País de España. Otro aspecto
destacable de su trayectoria como hombre de letras es que ha
desarrollado una interesante labor como periodista literario,
entrevistando a los premios Nobel Czeslaw Milosz, Toni Morrison,
y a otros grandes escritores como Norman Mailer, Philip Roth,
John Ashbery, Don De Lillo, David Foster Wallace, Tobias Wolff,
Lorrie Moore, y Richard Ford, así como a los críticos Edward
Said y Harold Bloom. El autor español ha publicado además
Cuaderno de Méjico (2000), crónica de un viaje, y la
colección de relatos Cuentos dispersos (2000). Amable,
conciso, y con un fino sentido del humor, Lago nos concedió de
muy buena gana esta interesante entrevista en el siempre activo
Centro Cultural de España, donde nos detalló sus distintas y
bien desarrolladas facetas como narrador, crítico literario,
periodista y director del importante Instituto Cervantes
neoyorquino.
¿Cómo ha sido el crecimiento del Instituto Cervantes en los
últimos años, específicamente en los Estados Unidos?
El Instituto Cervantes ha crecido muchísimo en todo el mundo, y
se ha pasado a triplicar el número de centros en pocos años. En
Estados Unidos existe desde la fundación el año 91. No es
suficiente el número de Institutos Cervantes que hay ahora mismo
en Estados Unidos -cosa que se remediará en el futuro-, pero
vamos es difícil porque es muy difícil dotar de centros a un
país. En Estados Unidos en concreto, hacen falta más.
¿Cuál es el principal aporte del Instituto Cervantes de Nueva
York para la consolidación de los hispanohablantes como una
comunidad más sólida y respetada?
Bueno, el Instituto Cervantes de Nueva York, después de
dieciséis años de trabajo continuado, ha conseguido una cosa muy
importante: ser un lugar respetado y querido por todos los
latinos de todos los orígenes y ser un punto de encuentro entre
latinoamericanos, latinos originarios de los Estados Unidos, y
españoles. Allí se promocionan actividades de todos estos grupos,
se percibe de manera natural como un punto que pueden usar para
sus actividades.
¿Hay un interés real por parte del público norteamericano hacia
las manifestaciones de la cultura hispana en su territorio?
Sí, los Estados Unidos ahora mismo están ajustándose al hecho de
que su país tiene un componente hispano tan importante que está
cambiando la composición de todo, del propio país en general.
Entonces, los anglosajones, los demás grupos, ven que la minoría
más grande del país es la hispana, y con su lengua y cultura
está convirtiendo aquel país en un lugar bilingüe y bicultural.
En este sentido, creo que se está produciendo un proceso
armónico de crecimiento y adaptación a este fenómeno que es muy
interesante.
Hay quienes dicen que el español es el idioma más hermoso de
todos: ¿usted está de acuerdo con esta afirmación?
No. Eso es absurdo y peligroso. Se ha dicho muchas veces que tal
idioma era el perfecto para la filosofía, que tal idioma era el
idioma de Dios… Todos los idiomas son iguales, naturales,
producto de la creación del hombre, y no hay un idioma que sea
superior a otro. Eso sí, todos y cada uno hemos de ser fieles a
nuestros orígenes, y la fidelidad al idioma latino es idéntica a
la fidelidad al país de origen o a la propia madre, pues no en
vano se dice “la lengua madre”. Dicho esto, el castellano es un
idioma bellísimo, con una literatura y una fuerza expresiva
bellísimas.
¿Por qué afirma usted que Nueva York es la capital cultural de
América Latina?
Es que es un punto que atrae de manera natural a latinos de
todos los países. Ahí se reúnen argentinos, bolivianos,
españoles, colombianos, caribeños de la República Dominicana,
Puerto Rico, Cuba, están los chicanos, los mexicanos, y sólo en
la ciudad de Nueva York se encuentran, se mezclan. Como es una
ciudad con mucho prestigio cultural, muchas veces hay poetas,
escritores, pintores que prefieren mostrar sus cosas allí.
Mientras que lugares como Lima, Buenos Aires o México D. F.
tienen lo suyo propio, en Nueva York está lo de todos. Entonces,
se ha convertido en un lugar que suma y engrandece las fuerzas
de los demás.
Escritor en ascenso
Su primera novela Llámame Brooklyn, ganadora del Premio
Nadal del 2006, ¿es su obra literaria más lograda hasta el
momento?
Es la única de relieve y a la que he dedicado casi veinte años
de mi vida. Es una primera novela, pero porque durante mucho
tiempo yo no tenía mucha intención de publicar ni me quería
enfrentar a ese problema. Lo que sucede es que cuando por fin la
entrego y gana este prestigioso premio recibe mucha atención,
pero es la obra que resume una vida dedicada a la lectura y a la
escritura.
¿Cuál cree que hayan sido las cualidades literarias de esta
novela para que haya merecido tantos premios y reconocimientos
de la crítica?
Creo que les ha sorprendido ver que ha aportado muchas técnicas
de los narradores norteamericanos y que -un poco- las introducía
en la literatura en lengua castellana. Luego, supongo que tendrá
valores por sí misma, pero no soy buen juez de mí mismo. Escribí
lo que escribí porque lo sentía, los demás lo han recibido bien,
y me siento muy orgulloso.
¿Cada vez hay más americaniards (término acuñado por el
autor barcelonés Felipe Alfau para referirse a los españoles que,
tras décadas de haberse afincado en los Estados Unidos,
permanecen fieles a su identidad hispana) en la literatura
hispana de Estados Unidos?
No. Esa es una especie en extinción. Además, nunca fue
mayoritaria porque entre la gigantesca fauna de latinos de todos
los orígenes que se mezclan en Nueva York, lo que menos hay es
precisamente españoles. Y en concreto los americaniards,
el tema de Felipe Alfau -que tiene mucha gracia y por eso lo
utilizo-, es una especie no en extinción, sino casi inexistente.
Ingrata traducción
Lago ha traducido a autores fundamentales de la literatura
estadounidense como Henry James, Sylvia Plath, Charles Brocken
Brown, Jonh Barth, Hamlin Garland, y William Dean Howells.
Su trabajo como traductor de autores como Henry James o Sylvia
Plath, ¿le ha dado más satisfacciones que su faceta de creador
literario?
No. La tarea del traductor es muy ingrata y poco reconocida. A
mí la satisfacción que me ha dado es el estar en contacto con
grandes escritores, poder transformar su palabra trayéndola a mi
propio idioma. Pero realmente hubo un momento en que tuve que
decidir el dejar de hacerlo porque me robaba el tiempo y la
energía que necesitaba mi propia escritura. La traducción es un
trabajo generosísimo, está muy mal compensado económicamente y
de mil maneras más. Y tengo una enorme simpatía por los
traductores. Sobre todo, es un trabajo que está reservado a los
que no sean ya, de entrada, creadores porque si no se quitan el
tiempo a sí mismos. Hay excepciones notabilísimas: cuando uno se
enamora perdidamente de una obra…
¿Le ha pasado?
… -como le sucedió a Borges con el Orlando (1928) de
Virginia Woolf-, entonces uno la traduce. A mí no me ha pasado,
porque con las entrevistas literarias que hago, siempre he hecho
traducciones que me encargaban. Me decían ¿quieres traducir esto?
No he sentido necesidad ni curiosidad por traducir ninguna gran
obra, por lo que te he dicho anteriormente. Sí me queda el reto,
la intriga, de una cosa que hubiera hecho: la última obra de
James Joyce -que es imposible de traducir, además-, se llama
Finnegans Wake (1939). Pero tendría que nacer otra vez y
tener setenta años de vida solamente para dedicárselos a Joyce
(sonríe).
Entrevistador de grandes autores
Je, je… En cuanto a su labor como periodista literario, de todos
los entrevistados importantes que usted ha tenido, como Milosz,
Bloom, Mailer, De Lillo, Morrison, Said: ¿hay alguno que usted
recuerde en especial por algún detalle?
Sí. Hay varios que me impresionaron muy profundamente. Creo que
el que más me ha impresionado de todos es Milosz, a quien
entrevisté poco antes de morir él (falleció el 2004). Entonces,
esa fue una experiencia sobrecogedora: estar con él en la ciudad
de Cracovia y pasar con él dos días. Luego, me impresionó
muchísimo el novelista John Barth -tuve con él una entrevista
breve-. Me impresionó mucho más todavía el novelista Don De
Lillo, y me impresionó mucho el editor y novelista William
Maxwell (1908-2000, mítico editor de The New Yorker
que tuvo bajo su tutela a magníficos autores como Vladimir
Nabokov, J. D. Salinger, John Updike y John Cheever), que tenía
noventa y tantos años y me produjo una emoción especial estar
tan cerca de él. Luego, he tenido el privilegio de estar ante
escritores que apenas conceden entrevistas, como Philip Roth,
-de inteligencia vertiginosa, estar a su lado es una
efervescencia-. La verdad es que he sido muy afortunado porque
he entrevistado a gente de primer orden. Edward Said era un
hombre muy sabio. Creo que los que más impresión me han dado son
los que después han muerto, porque se queda como un eco de su
vida para siempre contigo. Tengo sus voces enjauladas en
cintas.
Reconocido crítico literario
Usted escribió el artículo El íncubo de lo imposible, que
era un análisis comparativo de las tres versiones del Ulises
de Joyce existentes en idioma castellano -y que le dio el premio
de la crítica literaria Bartolomé March el año 2001-. ¿Podría
explicarnos un poco acerca de este trabajo suyo de investigación
literaria?
Fue una cosa diabólica. Un trabajo endiablado. Y por eso te
decía de broma lo de Finnegans Wake, para mí el Ulises
(1922) es una obra fundamental. Entonces, intenté no hacer este
artículo, pero los de la Revista de Libros (donde se
publicó el texto) de Madrid volvieron a mí después de pedírmelo
otra vez al año siguiente diciendo “todo el mundo lo rechaza,
tienes que hacerlo tú”. Veía la enorme cantidad de trabajo que
era, entonces, cuando decidí hacerlo me pasé un año entero, un
año de mi vida dedicado a este libro que me pareció fantástico.
Me ha marcado esa experiencia. Lo que hice fue introducirme en
las tres versiones, acercarlas muy en profundidad, reconocer que
las tres son de una labor muy meritoria, generosa, y no
concederle la prioridad a ninguna. Quizá la que más me gusta sea
–por motivos sentimentales- la primera, porque la leí con
diecisiete años, y, pese a sus errores –todas tienen errores-,
es la que más me atrae. Fue un proceso lentísimo, durísimo. Pero
tuvo la recompensa del premio y de conocer muy a fondo esa
obra.
Muchas gracias por la entrevista y ojalá que vuelva en otra
oportunidad.
Muy bien, muchas gracias, hombre.