“Si me amas, cuídate de amarme”.
John Donne.
Para Angélica, O.P.
¿Si
el destino existe, a qué se parece? En cada momento crucial de
mi vida ha aparecido esta pregunta con la fuerza de un oleaje
pertinaz, conminatorio. Y desde que recuerdo también, no he
tenido respuesta posible. Tal vez porque no las hay, o son
sencillamente absurdas, incompletas, como tantos otros aspectos
de la existencia. ¿He dicho existencia? Existencia, del latín
“existiere”, quiere decir <vivir fuera de>. Y yo he vivido
siempre fuera de mí mismo, ajeno; siempre de paso por mis
emociones y por mi cuerpo. Un cuerpo cansado al que tú llegaste
un día como milagro postrero, vivificándolo, reconociéndolo en
su soledad. Eso nunca te lo dije. Lo hago ahora, de esta manera
trillada, digamos; lejos de esos lugares que hicimos nuestros
tantas veces, más lejos todavía de aquel stand de feria;
aquella niña hablándome con propiedad de Erich Fromm, soltándome
máximas de fenomenismo, y yo que te agarraba en descuido: “Lo
que no sale a la luz de la conciencia se vuelve destino para
uno”. Entonces, sacaste una pequeña libreta, querías anotar
la frase porque la usarías de epígrafe en un texto que
trabajabas desde hacía tiempo. “Caramba, ¿alguien tan joven y ya
tiene manías de escritora?”. “No soy tan joven”, replicaste. “Y
solo escribo cuando las clases y el trabajo me lo permiten”. Yo
me sorprendí mirando tus piernas bajo la falda azul marino y me
dije que , de escribir como estabas, eras una maravilla. El
desconcierto mayor llegó al saber que cursabas Letras. ¿Cómo,
qué chica en este país puede querer estudiar Letras, por el amor
de Dios? Tanto más raro que mis clases de barroco español, con
alumnos deseosos de pedir traslado a la menor oportunidad; otros
jurando que serán los próximos Jorge Luis Borges, solo con pasar
por la facultad, egresados llenos de esquemas, de prejuicios y
manías académicas; está mal que lo diga yo pero es así.
Revoloteaba gente alrededor de las mesas, mirando y sin comprar
nada. Yo te invité a un café que terminaste aceptando al día
siguiente, luego de levantar en stand y contabilizar las
ganancias de la jornada. No es fácil buscarse el sustento en
Caracas y menos con recursos exiguos. Una amiga te había
conseguido la oportunidad de trabajar con la editorial donde yo
fungía de asesor. Vivías en El Paraíso, que ya no es tal,
pagando un alquiler que lograbas reunir con esfuerzo.
Secretaria, recepcionista, vendedora en tiendas por
departamentos. Cuando te conocí eras la promotora más simpática
de la ciudad, te me figuraste enseguida una libélula de azul.
Cómo te reíste de mi torpe metáfora. Es que te imaginaba
saltando de aquí para allá, trashumante, libérrima. A tus
veintiuno habías pasado por quizá más cosas que yo a mis
cuarenta y siete años de papeles y libros; mi doctorado en
filología hispánica que te impresionó, sí, pero que no era nada
comparado a tus pétalos fonéticos, a tu cascada azabache que
dejé caer sobre mi pecho lampiño en noches de sexo y
conversaciones interrumpidas por ráfagas de besos. Tus pechos en
su lugar, tus brazos sólidos, tus piernas firmes; ese vientre
que lamí, que olisqueaba y mordía. Tu alma y tus sentimientos en
su lugar, libélula, lo que yo dejé de tener hace años. Iba a tu
encuentro sinmigo, buscando recuperar un tiempo que, de
tan bien aprovechado, desperdicié miserablemente. Tú eras mi
revancha con la vida, mi oportunidad de hacer tabula rasa y
quedar listo para recomenzar. ¿Pero recomenzar qué? Coincidimos
poco en los pasillos de la universidad. En la oficina de
asesoramiento pedagógico de la editorial, empezó a correr el
rumor; el profesor Velásquez anda con una muchachita menor que
su propia hija, imagínense. Yo abrigué sentimientos encontrados.
Por una parte, rabia, temor, escrúpulos de dormir con alguien
que pude acunar veintiséis años atrás; por el otro una indecible
alegría, casi rayana en euforia. Sentirse poderoso, deseable,
bello, no es asunto que puedan contar muchos hombres de mi
edad., aunque en el fondo lo deseen. Ellos buscan prolongar una
efímera juventud al lado de la mujer definitiva, la
esposa-costumbre, predecible y archiconocida. No, no soy
injusto, yo también estuve casado. Aixa fue razón de afecto y
seguridad; Verónica, mi hija, el mejor regalo posible. Pero
ambas son autosuficientes, no me necesitan hoy, cuando en esta
madurez (¿que es tiempo transcurrido, suma de experiencias
vividas, cantidad de éxitos o sencillamente entereza y sentido
del humor frente a esa soledad que es la vida?) solo poseo este
dudoso bagaje intelectual, esta miopía del alma, marchitada
entre páginas y teorías. Me rebelé contra todo eso al buscarte,
libélula, deshaciéndome de ese lastre del sentido común. Al
esperarte frente a un cine, en una mesa de restaurante, al
preguntar por ti en la residencia estudiantil, era como si el
tiempo se retrotrajera, era el ansia de necesitarte, de
desearte. Yo te veía venir, alta, luminosa, metida en ti misma y
nada más importaba. Por eso odié el que me mostraras tus
escritos; eran textos talentosos, no lo niego, pero nuestro
asunto iba allende las palabras y las posibles clasificaciones.
Estaba harto de ese amor y sus teorías inútiles. Yo quise
enseñarte a leer nuevamente pero con el cuerpo, con tu boca en
mi entrepierna o mis labios deletreando alfabetos inéditos en
los pliegues más secretos de tu cuerpo. ¿Qué importaban Picasso
y Francoise, Huidobro y Ximena? ¿Qué tenían que ver Goethe y
Cristina Vulpius con todo esto? Para referencias cultas, las
que hube tolerado en Aixa, o en algún romance pasajero,
intrascendente. Si te elegí (pero que presunción la mía; ambos
sanemos que ocurrió exactamente lo contrario), fue para des
educarte, no buscando el avasallamiento ulterior, no, sino para
moldearte a la imagen que me hacía de nuestro deseo. Recuperar
mi placer en tu placer intacto, maravilloso. Salían sobrando las
lecturas y sus comentarios, repito.Sin embargo, llegué a ceder
en ocasiones y lo sabes, temeroso de tu vitalidad. Las
conversaciones nocturnas derivaron hacia la posibilidad de un
futuro que yo, francamente, no vislumbraba contigo. Salió
incluso a relucir el tema de tu desastrosa vida familiar, llena
de abismos afectivos y terribles desencuentros. Sentí que no me
iba nada en la historia de una madre violenta y un padre
ausente, que de alguna manera proyectabas en mí. Tentación
enorme, lo confieso, pero a todas luces equívoca. Perdona mi
sinceridad, te lo ruego. Mi porvenir, nuestro porvenir, era el
gozarnos en el presente, no antes ni después. Te quise mujer y
mía, eso tienes que comprenderlo.
Este correo electrónico llega a dos años de separarnos,
confiado en que entenderás finalmente que fue mejor así. Tú
necesitas crecer y yo asentarme, asumiendo mi lugar en el mundo
de una buena vez. Mi destino, que aún no sé a qué se parece.
Aixa prepara té verde en la cocina. Me gusta beberlo en
estas tardes neblinosas de Mérida. Ella sabe que te escribo;
sabe también lo del niño, su piel atezada como la tuya y mi
color de ojos. Gracias por la foto; alguna vez me gustará
conocerlo en persona. Estoy a la orden para lo que necesite;
escríbeme, que yo procuraré resolver.
Es una pena el que hayas dejado tu literatura; claro,
la cotidianidad es dura y hay que hacerle frente. Igual te dejo
un abrazo insoportablemente azul.
Cuida de ti, libélula. Tu amigo,
Julián.