México, Distrito Federal I noviembre-diciembre 2007 I Año 2 I Número 11Publicación Bimestral I

 








 

Libélula

Omar Requena Venezolano, nació en Caracas en 1972. Cursó estudios de Derecho y Artes Visuales en la misma ciudad. Actualmente culmina el segundo semestre de Comunicación Social en la Universidad Bolivariana de Venezuela, en la población de Ocumare del Tuy, antigua capital del Estado Miranda, donde reside desde hace varios años, interesado en la riquísima y poco conocida memoria histórica de la región. Tiene inédito un poemario: Palabras para Después, y prepara su primera colección de relatos.

 

“Si me amas, cuídate de amarme”.

John Donne.

 

Para Angélica, O.P.

 

¿Si el destino existe, a qué se parece? En cada momento crucial de mi vida ha aparecido esta pregunta con la fuerza de un oleaje pertinaz, conminatorio. Y desde que recuerdo también, no he tenido respuesta posible. Tal vez porque no las hay, o son sencillamente absurdas, incompletas, como tantos otros aspectos de la existencia. ¿He dicho existencia? Existencia, del latín “existiere”, quiere decir <vivir fuera de>. Y yo he vivido siempre fuera de mí mismo, ajeno; siempre de paso por mis emociones y por mi cuerpo. Un cuerpo cansado al que tú llegaste un día como milagro postrero, vivificándolo, reconociéndolo en su soledad. Eso nunca te lo dije. Lo hago ahora, de esta manera trillada, digamos; lejos de esos lugares que hicimos nuestros tantas veces,  más lejos todavía de aquel stand de feria; aquella niña hablándome con propiedad de Erich Fromm, soltándome máximas de fenomenismo, y yo que te agarraba en descuido: “Lo que no sale a la luz de la conciencia se vuelve destino para uno”. Entonces, sacaste una pequeña libreta, querías anotar la frase porque la usarías de epígrafe en un  texto que trabajabas desde hacía tiempo. “Caramba, ¿alguien tan joven y ya tiene manías de escritora?”. “No soy tan joven”, replicaste. “Y solo escribo cuando las clases y el trabajo me lo permiten”. Yo me sorprendí mirando tus piernas bajo la falda azul marino y me dije que , de escribir como estabas, eras una maravilla. El desconcierto mayor llegó al saber que cursabas Letras. ¿Cómo, qué chica en este país puede querer estudiar Letras, por el amor de Dios? Tanto más raro que mis clases de barroco español, con alumnos deseosos de pedir traslado a la menor oportunidad; otros jurando que serán los próximos Jorge Luis Borges, solo con pasar por la facultad, egresados llenos de esquemas, de prejuicios y manías académicas; está mal que lo diga yo pero es así. Revoloteaba gente alrededor de las mesas, mirando y sin comprar nada. Yo te invité a un café que terminaste aceptando al día siguiente, luego de levantar en stand y contabilizar las ganancias de la jornada. No es fácil buscarse el sustento en Caracas y menos con recursos exiguos. Una amiga te había conseguido la oportunidad de trabajar con la editorial donde yo fungía de asesor. Vivías en El Paraíso, que ya no es tal, pagando un alquiler que lograbas reunir con esfuerzo. Secretaria, recepcionista, vendedora en tiendas por departamentos. Cuando te conocí eras la promotora más simpática de la ciudad, te me figuraste enseguida una libélula de azul. Cómo te reíste de mi torpe metáfora. Es que te imaginaba saltando de aquí para allá, trashumante, libérrima. A tus veintiuno habías pasado por quizá más cosas que yo a mis cuarenta y siete años de papeles y libros; mi doctorado en filología hispánica que te impresionó, sí, pero que no era nada comparado a tus pétalos fonéticos, a tu cascada azabache que dejé caer sobre mi pecho lampiño en noches de sexo y  conversaciones interrumpidas por ráfagas de besos. Tus pechos en su lugar, tus brazos sólidos, tus piernas firmes; ese vientre que lamí, que olisqueaba y mordía. Tu alma y tus sentimientos en su lugar, libélula, lo que yo dejé de tener hace años. Iba a tu encuentro sinmigo, buscando recuperar un tiempo que, de tan bien aprovechado, desperdicié miserablemente. Tú eras mi revancha con la vida, mi oportunidad de hacer tabula rasa y quedar listo para recomenzar. ¿Pero recomenzar qué? Coincidimos poco en los pasillos de la universidad. En la oficina de asesoramiento pedagógico de la editorial, empezó a correr el rumor; el profesor Velásquez anda con una muchachita menor que su propia hija, imagínense. Yo abrigué sentimientos encontrados. Por una parte, rabia, temor, escrúpulos de dormir con alguien que pude acunar veintiséis años atrás; por el otro una indecible alegría, casi rayana en euforia. Sentirse poderoso, deseable, bello, no es asunto que puedan contar muchos hombres de mi edad., aunque en el fondo lo deseen. Ellos buscan prolongar una efímera juventud al lado de la mujer definitiva, la esposa-costumbre, predecible y archiconocida. No, no soy injusto, yo también estuve casado. Aixa fue razón de afecto y seguridad; Verónica, mi hija, el mejor regalo posible. Pero ambas son autosuficientes, no me necesitan hoy, cuando en esta madurez (¿que es tiempo transcurrido, suma de experiencias vividas, cantidad de éxitos o sencillamente entereza y sentido del humor frente a esa soledad que es la vida?) solo poseo este dudoso bagaje intelectual, esta miopía del alma, marchitada entre páginas y teorías. Me rebelé contra todo eso al buscarte, libélula, deshaciéndome de ese lastre del sentido común. Al esperarte frente a un cine, en una mesa de restaurante, al preguntar por ti en la residencia estudiantil, era como si el tiempo se retrotrajera, era el ansia de necesitarte, de desearte. Yo te veía venir, alta, luminosa, metida en ti misma y nada más importaba. Por eso odié el que me mostraras tus escritos; eran textos talentosos, no lo niego, pero nuestro asunto iba allende las palabras y las posibles clasificaciones. Estaba harto de ese amor y sus teorías inútiles. Yo quise enseñarte a leer nuevamente pero con el cuerpo, con tu boca en mi entrepierna o mis labios deletreando alfabetos inéditos en los pliegues más secretos de tu cuerpo. ¿Qué importaban Picasso y Francoise, Huidobro y Ximena? ¿Qué tenían que ver Goethe y Cristina Vulpius con todo esto?  Para referencias cultas, las que hube tolerado en Aixa, o en algún romance pasajero, intrascendente. Si te elegí (pero que presunción la mía; ambos sanemos que ocurrió exactamente lo contrario), fue para des educarte, no buscando el avasallamiento ulterior, no, sino para moldearte a la imagen que me hacía de nuestro deseo. Recuperar mi placer en tu placer intacto, maravilloso. Salían sobrando las lecturas y sus comentarios, repito.Sin embargo, llegué a ceder en ocasiones y lo sabes, temeroso de tu vitalidad. Las conversaciones nocturnas derivaron hacia la posibilidad de un futuro que yo, francamente, no vislumbraba contigo. Salió incluso a relucir el tema de tu desastrosa vida familiar, llena de abismos afectivos y terribles desencuentros. Sentí que no me iba nada en la historia de una madre violenta y un padre ausente, que de alguna manera proyectabas en mí. Tentación enorme, lo confieso, pero a todas luces equívoca. Perdona mi sinceridad, te lo ruego. Mi porvenir, nuestro porvenir, era el gozarnos en el presente, no antes ni después. Te quise mujer y mía, eso tienes que comprenderlo.

         Este correo electrónico llega a dos años de separarnos, confiado en que entenderás finalmente que fue mejor así. Tú necesitas crecer y yo asentarme, asumiendo mi lugar en el mundo de una buena vez. Mi destino, que aún no sé a qué se parece.

         Aixa prepara té verde en la cocina. Me gusta beberlo en estas tardes neblinosas de Mérida. Ella sabe que te escribo; sabe también lo del niño, su piel atezada como la tuya y mi color de ojos. Gracias por la foto; alguna vez me gustará conocerlo en persona. Estoy a la orden para lo que necesite; escríbeme, que yo procuraré resolver.

         Es una pena el que hayas dejado tu literatura; claro, la cotidianidad es dura y hay que hacerle frente. Igual te dejo un abrazo insoportablemente azul.

         Cuida de ti, libélula. Tu amigo,

 

         Julián.    

 

 

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 11 I  2007 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved - publicación de 12e