México, Distrito Federal I noviembre-diciembre 2007 I Año 2 I Número 11Publicación Bimestral I

 








 

 

Osvaldo Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de cuentos, poesías y algunos artículos, más de 25 publicaciones en revistas de literatura, universitarias y virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la Sociedad de poetas de la Open  University, Inglaterra, del Círculo de Escritores de la V Región Chile y de la Sociedad de  Escritores Latinoaméricanos y Europeos, SELAE. Primeros textos publicados : « Amores de tejado », Revista de  Literatura Chilena en el  exilio N°6, 1978, California. « La vida a través de una reja », misma revista N°10, 1979. Ultimo texto publicado : « Los tallarines estaban fríos », Antología Literaria « A 30 Años del golpe mi litar , 2005  Milán, Italia. Primer premio en  cuento : Concurso  Literario Internacional DE LA ong  Reencuentro, 2005, Chile, con el relato « La Golemah »

 

Pancho Morones, quien  era más conocido en las barriadas extremas de la ciudad como el Tullido Morones, despertó de un sobresalto. Se vistió con enormes dificultades y se lanzó a la calle para continuar su búsqueda. Si la suerte pudiera acompañarlo, tal vez encontraría hoy día a Rosarito, su amor juvenil, el único de su miserable vida y que él mismo había prostituido. Amor contrariado que sobrevivía en su pecho a las corrosiones del tiempo y las vicisitudes de la edad

                               Era  realmente patético observar el diario deambular de Pancho, un suicida  frustrado que había sobrevivido a su caída de un quinto piso. El Tullido era prácticamente acarreado por sus apolilladas muletas,  regalo de la viuda del rengo Benito Flores. Los viejos maderos lo transportaban de cárcel en cárcel, de calle en calle. Había interrogado a decenas de prostitutas,  de policías y de guardianes de prisión, preguntando por ella pero nadie la había visto. Había desaparecido completamente de la ciudad.

                           A los quince años se enteró que por  no saber leer no podría ser policía como Abelardo, antiguo revolucionario, sargento del general Santa María y actual agente municipal borracho y rufián en sus horas libres, que gobernaba el barrio con mano militar. Decidió entonces saltarse la carrera policial y dedicarse solamente a proxeneta el día entero y parte de la  noche. Como primera víctima eligió a Rosarito, una muchacha un año mayor que él y que vivía con su anciano padre a la entrada del barrio. Primero la enamoró, luego la sedujo y finalmente le ordenó prostituirse, derramándola por las calles más sórdidas de la capital.

                           Las trasnochadas, el alcohol, y la mala alimentación condujeron a Rosarito al hospital donde le diagnosticaron un inicio de tuberculosis. Un día, antes de que el tratamiento se terminara, Rosarito desapareció de la vieja clínica. Ahí recién supo Pancho Morones lo mucho que la amaba. La buscó pero no la halló. Desesperado y no encontrando alivio en la tequila  se subió al quinto piso del edificio del mercado municipal y se lanzó al vacío.

                         - ¡Terminar de una vez con esta vida de pobre! - Se dijo Pancho Morones antes de que todo se volviera negro.

                       Cuando todo se hizo claro de nuevo, el hombre se encontraba en el mismo hospital, y semi paralizado desde la cintura hacia abajo. Los pobres no tienen suerte ni para morirse. Pancho Morones había caído en el techo de la cabina  de un camión, pulverizándose la pelvis y dañándose seriamente el cordón vertebral. El médico le había dicho que debería salir en una silla de rueda. Pero, ¿de dónde?

                     Compadecida de él, la viuda del rengo Benito le había pasado las muletas ¡Lo  que quedaba de ellas! Caminar con muletas cuando no se sienten las piernas es un martirio que no se puede medir, sólo sufrir. Pero no eran las piernas que movilizaban a Pancho Morones, sino su gran empecinamiento por encontrar a Rosarito.

                    - ¡Rosarito se fue de la ciudad! -Decían los vecinos - pero Pancho Morones no les oía y más buscaba.

                   - ¿Acaso eres tonto además? Le preguntó una noche Abelardo, que se encontraba más lleno de tequila que las otras noches. - ¿No sabes que se fue?

                   - ¡Mis cosas no son las suyas mi sargento! Le contestó el tullido, tratando de seguir su camino

                  -¿Ah no? - Gritó el borracho - ¿Entonces por qué cabroneas hermanito, si aquí el único padrote soy yo? ¡Es hora que te enseñe quién manda aquí! ¡Quién es tu papá en el negocio!- terminó de decir el policía y uniendo lo dicho a lo hecho, le arrancó las muletas


 

dejándolo caer al suelo, donde le dio de muletazos por todo el cuerpo hasta convertir los maderos en astillas.

                        Pancho se despertó ya alto el sol, se había quedado botado en la acera, encima de un viejo mantel de hule. El pobre tullido aprovechó el trozo de caucho para arrastrarse hasta su pieza. Cuando sus heridas por fin cicatrizaron Pancho Morones salió a la calle arrastrándose en el mantel y así siguió su vía crucis. Día a día, noche a noche, pero de Rosarito nadie sabía nada.

                      Una fría, oscura y lluviosa noche de invierno, el tullido se encontraba botado en una esquina próximo a su pieza. Tomaba resuello para continuar arrastrándose. De repente Rosaura, una anciana alcohólica y vagabunda se lanzó a su espaldas gritándole al oído.

                    - ¡Panchito hijo mío!  No la busque más, dizque la Rosarito es mi hija y hermana suya también. Es mi error de juventud. Yo misma le dije que se fuera. Dicen que la han visto en Monterrey  y que quería pasar a Texas por Río Bravo. ¡No la busque más!

                     Pancho Morones no contestó una sola palabra.  Se despegó de su madre que lloraba y sin mirar atrás se arrastró hasta su pieza. Por primera sintió vez que sus magras esperanzas de volver a ver a Rosarito se desvanecían para siempre.

              -¡Además de padrote soy pecador, ya no me queda ni la vergüenza! - Le gritó al descascarado cielo de su humilde hogar.

                    Esa noche no hizo el titánico esfuerzo de subirse al desvencijado camastro. Se arrastró debajo corriendo a su paso la maleta de cartón un poco más allá. Cuando se encontraba justo frente al travesaño desanudó la cuerda que le servía para amarrar sus pantalones y ató una punta al madero, luego alzó penosamente su cabeza algunos centímetros y amarró el otro extremo de la cuerda a su cuello. Después la dejó caer . El suelo quedó muy lejos.

                        ¡Terminar de una vez con esta vida de pobre!   Se dijo Pancho Morones antes de que todo se volviera negro por última vez. 

 

 

 

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