
Pancho Morones, quien era más conocido en las barriadas
extremas de la ciudad como el Tullido Morones,
despertó de un sobresalto. Se vistió con enormes dificultades
y se lanzó a la calle para continuar su búsqueda. Si la
suerte pudiera acompañarlo, tal vez encontraría hoy día a
Rosarito, su amor juvenil, el único de su miserable vida y que
él mismo había prostituido. Amor contrariado que sobrevivía en
su pecho a las corrosiones del tiempo y las vicisitudes de la
edad
Era realmente patético observar
el diario deambular de Pancho, un suicida frustrado que había
sobrevivido a su caída de un quinto piso. El Tullido era
prácticamente acarreado por sus apolilladas muletas,
regalo de la viuda del rengo Benito Flores. Los viejos maderos
lo transportaban de cárcel en cárcel, de calle en calle. Había
interrogado a decenas de prostitutas, de policías y de
guardianes de prisión, preguntando por ella pero nadie la había
visto. Había desaparecido completamente de la
ciudad.
A los quince años se enteró que por
no saber leer no podría ser policía como Abelardo, antiguo
revolucionario, sargento del general Santa María y actual agente
municipal borracho y rufián en sus horas libres, que gobernaba
el barrio con mano militar. Decidió entonces saltarse la carrera
policial y dedicarse solamente a proxeneta el día entero y parte
de la noche. Como primera víctima eligió a Rosarito, una
muchacha un año mayor que él y que vivía con su anciano padre a
la entrada del barrio. Primero la enamoró, luego la sedujo y
finalmente le ordenó prostituirse, derramándola por las calles
más sórdidas de la capital.
Las trasnochadas, el alcohol, y la
mala alimentación condujeron a Rosarito al hospital donde le
diagnosticaron un inicio de tuberculosis. Un día, antes de que
el tratamiento se terminara, Rosarito desapareció de la vieja
clínica. Ahí recién supo Pancho Morones lo mucho que la amaba.
La buscó pero no la halló. Desesperado y no encontrando alivio
en la tequila se subió al quinto piso del edificio del mercado
municipal y se lanzó al vacío.
- ¡Terminar de una vez con esta vida de
pobre! - Se dijo Pancho Morones antes de que todo se volviera
negro.
Cuando todo se hizo claro de nuevo, el
hombre se encontraba en el mismo hospital, y semi paralizado
desde la cintura hacia abajo. Los pobres no tienen suerte ni
para morirse. Pancho Morones había caído en el techo de la
cabina de un camión, pulverizándose la pelvis y dañándose
seriamente el cordón vertebral. El médico le había dicho que
debería salir en una silla de rueda. Pero, ¿de dónde?
Compadecida de él, la viuda del rengo
Benito le había pasado las muletas ¡Lo que quedaba de ellas!
Caminar con muletas cuando no se sienten las piernas es un
martirio que no se puede medir, sólo sufrir. Pero no eran las
piernas que movilizaban a Pancho Morones, sino su gran
empecinamiento por encontrar a Rosarito.
- ¡Rosarito se fue de la ciudad! -Decían los
vecinos - pero Pancho Morones no les oía y más buscaba.
- ¿Acaso eres tonto además? Le preguntó una
noche Abelardo, que se encontraba más lleno de tequila que las
otras noches. - ¿No sabes que se fue?
- ¡Mis cosas no son las suyas mi sargento! Le
contestó el tullido, tratando de seguir su camino
-¿Ah no? - Gritó el borracho - ¿Entonces por
qué cabroneas hermanito, si aquí el único padrote soy yo? ¡Es
hora que te enseñe quién manda aquí! ¡Quién es tu papá en el
negocio!- terminó de decir el policía y uniendo lo dicho a lo
hecho, le arrancó las muletas
dejándolo caer al suelo, donde le dio de muletazos por todo el
cuerpo hasta convertir los maderos en astillas.
Pancho se despertó ya alto el sol, se había
quedado botado en la acera, encima de un viejo mantel de hule. El
pobre tullido aprovechó el trozo de caucho para arrastrarse hasta su
pieza. Cuando sus heridas por fin cicatrizaron Pancho Morones salió
a la calle arrastrándose en el mantel y así siguió su vía crucis.
Día a día, noche a noche, pero de Rosarito nadie sabía nada.
Una fría, oscura y lluviosa noche de invierno,
el tullido se encontraba botado en una esquina próximo a su pieza.
Tomaba resuello para continuar arrastrándose. De repente Rosaura,
una anciana alcohólica y vagabunda se lanzó a su espaldas gritándole
al oído.
- ¡Panchito hijo mío! No la busque más, dizque
la Rosarito es mi hija y hermana suya también. Es mi error de
juventud. Yo misma le dije que se fuera. Dicen que la han visto en
Monterrey y que quería pasar a Texas por Río Bravo. ¡No la busque
más!
Pancho Morones no contestó una sola palabra.
Se despegó de su madre que lloraba y sin mirar atrás se arrastró
hasta su pieza. Por primera sintió vez que sus magras esperanzas de
volver a ver a Rosarito se desvanecían para siempre.
-¡Además de padrote soy pecador, ya no me queda ni la
vergüenza! - Le gritó al descascarado cielo de su humilde hogar.
Esa noche no hizo el titánico esfuerzo de
subirse al desvencijado camastro. Se arrastró debajo corriendo a su
paso la maleta de cartón un poco más allá. Cuando se encontraba
justo frente al travesaño desanudó la cuerda que le servía para
amarrar sus pantalones y ató una punta al madero, luego alzó
penosamente su cabeza algunos centímetros y amarró el otro extremo
de la cuerda a su cuello. Después la dejó caer . El suelo quedó muy
lejos.
¡Terminar de una vez con esta vida de pobre!
Se dijo Pancho Morones antes de que todo se volviera negro por
última vez.
