México, Distrito Federal I noviembre-diciembre 2007 I Año 2 I Número 11Publicación Bimestral I

 








 

 

Ruth Pérez Aguirre. Es egresada de la Esc. de Escritores “José Gorostiza” SOGEM, del Diplomado de Creación Literaria. Ha tomado cursos de narrativa auspiciados por FECAT , la Universidad Tecnológica de Tabasco y la Sociedad de Escritores. Es miembro activo de la Sociedad de Escritores de Tabasco “Letras y Voces”, del Grupo de Mujeres Periodistas y Escritoras de Tabasco y del PEN Club México Internacional. Publicó su primera novela en Buenos Aires, Argentina, Incompatibilidad-Compatibilidad; en México participó en la antología Cuentos de la Pluma vol. 3; en Tabasco publicó una noveletta Cuadros de vida, un poemario Arpegio Poético y un libro de cuentos Personajes de mis sueños, y en Argentina también colaboró en una antología con autores latinoamericanos Escritura sin Frontera.Ha escrito en revistas y periódicos en Tabasco y la ciudad de México, y colabora con revistas y blogs literarios en diferentes países en español e italiano.
 

 

Cuando abrí la puerta del cuarto, un olor fétido me asaltó produciéndome vértigos. Estaba oscuro, y no encontraba con facilidad el apagador. Mi mano erraba de un lado a otro, desesperada por dar con él; mientras, mis ojos llenos de angustia buscaban otra cosa en medio de la densa penumbra que me envolvía con una pestilencia que mi olfato se resistía a aceptar, haciendo que me ahogara.

     Por fin, mi mano tropezó con el apagador y la luz reflejó con toda crueldad lo que ahí había sucedido. Olvidé por un instante aquella fetidez para fijar la mirada en la pared, detrás del cabezal de la cama. Una inmensa mancha roja, inesperada y aterradora, atrajo mi atención fijamente, como una excusa para no bajar los ojos y encontrarme con aquello que temía ver.

     Mis párpados temblaban asustados por no poder huir de esa imagen e ignorar aquella otra mancha sanguinolenta que se encontraba sobre la cama como si aún palpitara.

     El cuerpo, inerme por completo, con los ojos abiertos y opacos ya, miraba sin ver algo que se encontraba en un lugar impreciso, algo que tal vez miró antes de morir… o mientras agonizaba. Tenía un par de balazos en la que había sido la cabeza, ahora convertida en una masa informe, y los que salieron por algún lado impactándose uno en la pared y el otro en el colchón. Los pedazos de cerebro se encontraban esparcidos en la almohada la cual parecía ser roja, de lo manchada que estaba. Impotente, vi la expresión de dolor en aquel rostro que había sido sorprendido por la muerte cuando dormía; pero no era esa muerte natural que se refleja en un rostro apacible sino aquella otra, cruel y despiadada, que llega cuando menos se le espera.

     Tardé un rato en poder reaccionar; mi cuerpo aún se sacudía sin lograr recuperarse de la fuerte impresión. ¡Era imposible hacer algo por salvarlo! No intenté acercarme al cuerpo, así de grande era mi miedo; además, no quería manchar mis zapatos con las infinitas gotas de sangre esparcidas en el piso, a ambos lados de la cama, y que todavía no habían terminado de secarse, tercas en demostrar que seguían vivas y que pertenecían a ese cuerpo mutilado.

     Cuando logré controlar el temblor de mis rodillas, corrí hacia la ventana trastabillando, para respirar aire puro y controlar las nauseas. Quise gritar desde ahí y pedir auxilio, pero mi garganta no emitió sonido alguno. A cierta distancia pude ver a un hombre que caminaba de manera extraña, yendo de un arbusto a otro, como escondiéndose de alguien. Alcancé a distinguir que llevaba una escopeta. ¡Con seguridad era el asesino! Sentí rabia al no poder denunciarlo, pero sabía que este tipo de casos suelen ocurrir en comunidades donde no existe la Ley.

     Los Ramírez habían ido a visitar a unos familiares, regresarían un par de días después para encontrarse con una dolorosa noticia: Su perro había sido baleado por un vecino neurótico que no soportó más sus ladridos.

 

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