
Cuando abrí la puerta del cuarto, un olor fétido me asaltó
produciéndome vértigos. Estaba oscuro, y no encontraba con facilidad
el apagador. Mi mano erraba de un lado a otro, desesperada por dar
con él; mientras, mis ojos llenos de angustia buscaban otra cosa en
medio de la densa penumbra que me envolvía con una pestilencia que
mi olfato se resistía a aceptar, haciendo que me ahogara.
Por fin, mi mano tropezó con el apagador y la luz reflejó con
toda crueldad lo que ahí había sucedido. Olvidé por un instante
aquella fetidez para fijar la mirada en la pared, detrás del cabezal
de la cama. Una inmensa mancha roja, inesperada y aterradora, atrajo
mi atención fijamente, como una excusa para no bajar los ojos y
encontrarme con aquello que temía ver.
Mis párpados temblaban asustados por no poder huir de esa
imagen e ignorar aquella otra mancha sanguinolenta que se encontraba
sobre la cama como si aún palpitara.
El cuerpo, inerme por completo, con los ojos abiertos y opacos
ya, miraba sin ver algo que se encontraba en un lugar impreciso,
algo que tal vez miró antes de morir… o mientras agonizaba. Tenía un
par de balazos en la que había sido la cabeza, ahora convertida en
una masa informe, y los que salieron por algún lado impactándose uno
en la pared y el otro en el colchón. Los pedazos de cerebro se
encontraban esparcidos en la almohada la cual parecía ser roja, de
lo manchada que estaba. Impotente, vi la expresión de dolor en aquel
rostro que había sido sorprendido por la muerte cuando dormía; pero
no era esa muerte natural que se refleja en un rostro apacible sino
aquella otra, cruel y despiadada, que llega cuando menos se le
espera.
Tardé un rato en poder reaccionar; mi cuerpo aún se sacudía sin
lograr recuperarse de la fuerte impresión. ¡Era imposible hacer algo
por salvarlo! No intenté acercarme al cuerpo, así de grande era mi
miedo; además, no quería manchar mis zapatos con las infinitas gotas
de sangre esparcidas en el piso, a ambos lados de la cama, y que
todavía no habían terminado de secarse, tercas en demostrar que
seguían vivas y que pertenecían a ese cuerpo mutilado.
Cuando logré controlar el temblor de mis rodillas, corrí hacia
la ventana trastabillando, para respirar aire puro y controlar las
nauseas. Quise gritar desde ahí y pedir auxilio, pero mi garganta no
emitió sonido alguno. A cierta distancia pude ver a un hombre que
caminaba de manera extraña, yendo de un arbusto a otro, como
escondiéndose de alguien. Alcancé a distinguir que llevaba una
escopeta. ¡Con seguridad era el asesino! Sentí rabia al no poder
denunciarlo, pero sabía que este tipo de casos suelen ocurrir en
comunidades donde no existe la Ley.
Los Ramírez habían ido a visitar a unos familiares, regresarían
un par de días después para encontrarse con una dolorosa noticia: Su
perro había sido baleado por un vecino neurótico que no soportó más
sus ladridos.
