
“El chocolate no sabe
hasta dónde llega su maldad”.
Dora Moro.
En
aquel paraje a la orilla de la carretera, Frida esperaba en su auto
gris inmóvil. Había apagado el motor al notar que no estaba ahí el
vehículo negro con placas de otro Estado, en señal del arribo del
Sr. Bravo. “No vendrá”, pensó mientras alisaba un poco su larga
cabellera despeinada. Con un poco de frustración miró hacia su lado
derecho y observó el paquete que estaba sobre el asiento vacío del
copiloto con una nota manuscrita que decía “Con mi estimación
ucrónica. Frida.”
Arrancó bruscamente la tarjeta y la estrujó entre sus dedos. Después,
decidió abrir el paquete, dando por concluido lo que ni siquiera
había comenzado. No habría más regalo para el Sr. Bravo, si acaso
llegaba, claro está. En cambio, dejó al descubierto el contenido de
tan misterioso embalaje: unas suculentas trufas de chocolate de una
reconocida firma italiana. Tomó una quitándole con cierto rigor
ceremonial el papel vegetal que la cubría y acto seguido la saboreó
lenta y pausadamente. Cerró los ojos permitiendo de esta manera que
el cacao, el azúcar, las avellanas y los demás ingredientes danzaran
a través de sus papilas gustativas, provocándole una sensación tan
placentera como peligrosa.
“¿Por qué no viniste, Bravo?”, se lamentó con profundo
dolor. Y así con los ojos cerrados, repasó mentalmente lo que no
sería ya.
Bravo había aparecido súbita e intempestivamente en la
vida de Frida, cumpliendo cabalmente con todas las expectativas que
ella tenía acerca de un hombre. Diez años mayor de que ella, era un
caballero con principios sólidos, con experiencia y con virtudes que
ella atesoraba de sobremanera. Había entre ellos algo más que una
simple y superficial atracción física. Existía más bien, un poderoso
nexo que sólo es capaz de germinar cuando hay complicidad y empatía,
aunque a la par había surgido también una sed inextinguible de
explorar mutuamente senderos olvidados por ambos: los que
proporciona el placer carnal.
Noches enteras Frida se había acompañado en su soledad con la
remembranza de Bravo y su presencia telepática la había arropado. Lo
imaginaba como un exquisito amante que con cautela la cobijaba entre
su cuerpo y esos pensamientos le provocaban una irremediable
polución en cada recoveco de su ser. Su cuerpo reclamaba, en un
grito ahogado, su presencia.
Ella era una mujer discreta y cautelosa que guardaba en absoluto
silencio sus más bajas pasiones en espera de encontrar al hombre
correcto para volcar en él sus ganas contenidas. Y ese hombre sin
duda, era Bravo.
Sin
darse cuenta y casi de manera instintiva, la mano de Frida comenzó a
buscar la ruta que la llevase hacia su feminidad aletargada, pero
que en ese momento (por efecto del chocolate) estaba despierta y
anhelante de ser catada. Sus diestros y sagaces dedos se abrieron
paso entre sus ropas y hábilmente comenzaron a regalarle la tan
deseada dosis de fricción. Un par de suaves gemidos se le escaparon
y supo que, de continuar a ese ritmo, muy pronto llegaría al éxtasis.
Intentó entonces recobrar el aliento, haciendo una breve pausa para
prolongar un poco más esa grata sensación de imaginar que estaba
siendo poseída por su hombre.
Una
nueva y extraña alucinación la dominaba por completo. En ese momento
pensó que quería llegar al final con el sabor a cocoa en su boca por
lo que abrió los ojos para buscar otra de esas extraordinarias
trufas que habían logrado alterarle los sentidos, a pesar de estar
en un lugar poco privado.
Lo
que sucedió le provocó un tremendo sobresalto. En el asiento no
había ni un chocolate ya. En su lugar, estaba Bravo mirándola
complacido. Ella intentó disculparse reincorporándose de golpe y
atolondrada balbuceó un par de sílabas ininteligibles. Él sonrió y
sin mediar palabra alguna la besó tierna y apasionadamente. En la
boca de Bravo había un chocolate que estratégicamente él había
triturado un par de veces para que, mediante un prolongado y
profundo beso, ella pudiera deleitarse tomándolo de él.
Fue
imposible negarse u objetar algo. Ella se dejó consentir, invitando
a su hombre a terminar la labor iniciada por ella minutos antes,
dirigiéndole la mano hacia el génesis de su humedad. Poco después,
el auto negro se puso en movimiento, conduciendo a los dos amantes
hacia algún lugar íntimo, lejos de la mirada de cualquier curioso…