México, Distrito Federal I noviembre-diciembre 2007 I Año 2 I Número 11Publicación Bimestral I

 








 

Yuli Castro Carranza, nació en el verano de 1976 en la ciudad de Morelia, México. Estudió Arquitectura y actualmente estudia la Licenciatura en Historia en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Es autora de la columna Voces Internas que se ha publicado en diversos medios electrónicos e impresos en México, República Dominicana, Argentina, España, Italia y Suecia, entre otros.

 

“El chocolate no sabe

hasta dónde llega su maldad”.

Dora Moro.

En aquel paraje a la orilla de la carretera, Frida esperaba en su auto gris inmóvil. Había apagado el motor al notar que no estaba ahí el vehículo negro con placas de otro Estado, en señal del arribo del Sr. Bravo. “No vendrá”, pensó mientras alisaba un poco su larga cabellera despeinada. Con un poco de frustración miró hacia su lado derecho y observó el paquete que estaba sobre el asiento vacío del copiloto con una nota manuscrita que decía “Con mi estimación ucrónica. Frida.” 

Arrancó bruscamente la tarjeta y la estrujó entre sus dedos. Después, decidió abrir el paquete, dando por concluido lo que ni siquiera había comenzado. No habría más regalo para el Sr. Bravo, si acaso llegaba, claro está. En cambio, dejó al descubierto el contenido de tan misterioso embalaje: unas suculentas trufas de chocolate de una reconocida firma italiana. Tomó una quitándole con cierto rigor ceremonial el papel vegetal que la cubría y acto seguido la saboreó lenta y pausadamente. Cerró los ojos permitiendo de esta manera que el cacao, el azúcar, las avellanas y los demás ingredientes danzaran a través de sus papilas gustativas, provocándole una sensación tan placentera como peligrosa.  

            “¿Por qué no viniste, Bravo?”, se lamentó con profundo dolor. Y así con los ojos cerrados, repasó mentalmente lo que no sería ya.  

            Bravo había aparecido súbita e intempestivamente en la vida de Frida, cumpliendo cabalmente con todas las expectativas que ella tenía acerca de un hombre. Diez años mayor de que ella, era un caballero con principios sólidos, con experiencia y con virtudes que ella atesoraba de sobremanera. Había entre ellos algo más que una simple y superficial atracción física. Existía más bien, un poderoso nexo que sólo es capaz de germinar cuando hay complicidad y empatía, aunque a la par había surgido también una sed inextinguible de explorar mutuamente senderos olvidados por ambos: los que proporciona el placer carnal.

Noches enteras Frida se había acompañado en su soledad con la remembranza de Bravo y su presencia telepática la había arropado. Lo imaginaba como un exquisito amante que con cautela la cobijaba entre su cuerpo y esos pensamientos le provocaban una irremediable polución en cada recoveco de su ser. Su cuerpo reclamaba, en un grito ahogado, su presencia. 

Ella era una mujer discreta y cautelosa que guardaba en absoluto silencio sus más bajas pasiones en espera de encontrar al hombre correcto para volcar en él sus ganas contenidas. Y ese hombre sin duda, era Bravo.  

Sin darse cuenta y casi de manera instintiva, la mano de Frida comenzó a buscar la ruta que la llevase hacia su feminidad aletargada, pero que en ese momento (por efecto del chocolate) estaba despierta y anhelante de ser catada. Sus diestros y sagaces dedos se abrieron paso entre sus ropas y hábilmente comenzaron a regalarle la tan deseada dosis de fricción. Un par de suaves gemidos se le escaparon y supo que, de continuar a ese ritmo, muy pronto llegaría al éxtasis. Intentó entonces recobrar el aliento, haciendo una breve pausa para prolongar un poco más esa grata sensación de  imaginar que estaba siendo poseída por su hombre.  

Una nueva y extraña alucinación la dominaba por completo. En ese momento pensó que quería llegar al final con el sabor a cocoa en su boca por lo que abrió los ojos para buscar otra de esas extraordinarias trufas que habían logrado alterarle los sentidos, a pesar de estar en un lugar poco privado.  

Lo que sucedió le provocó un tremendo sobresalto. En el asiento no había ni un chocolate ya. En su lugar, estaba Bravo mirándola complacido. Ella intentó disculparse reincorporándose de golpe y atolondrada balbuceó un par de sílabas ininteligibles. Él sonrió y sin mediar palabra alguna la besó tierna y apasionadamente. En la boca de Bravo había un chocolate que estratégicamente él había triturado un par de veces para que, mediante un prolongado y profundo beso, ella pudiera deleitarse tomándolo de él.  

Fue imposible negarse u objetar algo. Ella se dejó consentir, invitando a su hombre a terminar la labor iniciada por ella minutos antes, dirigiéndole la mano hacia el génesis de su humedad. Poco después, el auto negro se puso en movimiento, conduciendo a los dos amantes hacia algún lugar íntimo, lejos de la mirada de cualquier curioso…

 

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