Agustín Toro Solís Ovando.
Chileno, ingeniero Comercial con menciones de Economía y
administración de Empresas titulado por la Universidad de
Concepción.Ex Académico de la facultad de Leyes de la
Universidad Católica y Santa María, ex sede Universidad
Católica Talcahuano; Universidad Metropolitana de la
Educación, Ex Pedagógico de la Universidad de Chile. Perito
Contable financiero Corte de Apelaciones. Experto en
Evaluaciones Ex-post. Colaboraciones en: El- Recreo.com y
Crítica. cl

Como ya era su costumbre, Juan León caminaba cabizbajo por el
Valle, atrás habían quedado los tiempos en que su familia era una de
las más prominentes de la comarca y él lo resentía, pues nadie le
prestaba mucha atención. Deseaba ser importante, volver al Círculo
de Poder y ser respetado por sus vecinos, tal como lo habían sido
sus ascendientes. Por su apatía, no tenía nada útil que hacer, ya
que su familia se encargaba de todo y él aprovechaba su tiempo sólo
para enterarse de la vida y milagros de los habitantes del pueblo.
Cierto día llegó a los alrededores la familia García. Eduardo y
Almudena, una pareja joven con una niña de cinco años. Juan nunca
imaginó que un suceso, en apariencia tan trivial, cambiaría su
vida.
Luego de sus paseos por las granjas, inquiriendo detalles de
producción, tipos de cultivos nuevos o mejoras, se enteraba también
de habladurías, las que comentaba arteramente en las veladas del
café–bar. Allí era el alma de la fiesta, condimentando las
conversaciones con sus maledicencias y sarcasmos.
En sus paseos Juan pasaba cerca de la casa de los nuevos vecinos,
quienes habían adquirido unas pocas tierras para cultivar hortalizas
y en ocasiones los visitaba. Altamira era conocida por su feria
agrícola anual, donde se premiaba al mejor agricultor; las noticias
de que en ese lugar existía un clima idóneo corrían como el viento,
pero no todos estaban dispuestos a mudarse a un pueblo tan alejado
que ni siquiera contaba con una buena escuela. Aquello despertó la
curiosidad de Juan, porque la niña pronto tendría edad escolar. Con
frecuencia observaba que la pequeña María merodeaba por las
plantaciones, la veía caminar con cuidado por los sembradíos y, de
vez en cuando, se detenía largo tiempo en algunos lugares. Al
principio le dio la impresión de que conversaba, pero desechó la
idea, porque ella jugaba sola. Al paso de los días se acostumbró a
verla corretear y dejó de prestarle atención.
Luego de la primera cosecha del año, el pueblo estaba expectante. En
la plazoleta central donde la gente se reunía para otorgar un premio
al granjero con la mejor producción agrícola, se notaba que la
calidad de las diferentes muestras dispuestas en los mesones de
exhibición tenían mucha semejanza entre sí. Este era un fenómeno
jamás ocurrido. El pueblo no cabía en sí de felicidad
La única persona que meditó a fondo la situación fue Juan León.
Repasó todos los sucesos que vio durante la temporada y lo único
fuera de lo común era la presencia de María y sus juegos en las
plantaciones. Al fin tengo una buena oportunidad para
demostrar quién es realmente Juan León, pensó; saboreando de
antemano el triunfo que obtendría después de que se cumpliera su
plan.
Esta vez el disputado premio fue para la familia García por una leve
ventaja sobre el resto. Juan pensaba que en adelante podría dedicar
mucho más tiempo a María y guiarla en sus pasos, no dejando que
influyera en determinadas granjas y, por el contrario, privilegiando
a otras de su interés. No necesitaba saber en qué y por qué la
pequeña influía en la agricultura, pues a él sólo le interesaba el
producto final y nada más. Bastaría con que él la convenciera acerca
de dónde jugar para obtener calidad de experto agrícola. Él
decidiría quién obtendría buena cosecha y quién no.
Después de recibir el premio Eduardo y Almudena regresaron a su casa
felices, sabían que podían costear los estudios de su pequeña María,
y a pesar de la pena que aquello les ocasionaba, estaban dispuestos
a todo, por el bien de la niña. Había sido uno de los motivos para
escoger ese alejado pueblo con tierras tan ricas. Cuando Juan llegó
a visitarlos junto con su esposa Elena para festejar el triunfo, se
extrañó de encontrarlos tristes; trató de animarlos con la botella
de vino y el pastel recién horneado que habían llevado, pero después
de un rato, Eduardo le pidió salir al
jardín.
Mientras Eduardo le comentaba su decisión de internar a María en un
Colegio, el rostro de Juan fue cambiando de tonalidades; aunque su
interlocutor no se percató de ello, pues la terraza estaba apenas
iluminada por el reflejo de las luces de la sala. La noticia fue
como si le hubiese caído un rayo encima. Lo dramático era que aunque
Juan quisiera, no podía revelar lo que sabía. Tal vez los padres de
María no sabían que su hija tenía extraños poderes, en todo caso,
era posible que lo negasen y, además, traería un manto de sospecha
sobre él. ¡Se dio cuenta que no tenía nada más que hacer allí! Llamó
a Elena y mascullando palabras de despedida, se retiraron. Iba
demacrado y huraño. Su rostro, poco a poco, dejaba aflorar un
recóndito rictus que le otorgaba aquel aire de frialdad absoluta y
crueldad latente, típica de los miembros de las antiguas y poderosas
familias de Altamira; ese ceño que sólo Elena conocía a la
perfección. Los García quedaron atónitos por su inesperada reacción.
Por la mañana, Juan ya sabía lo que debía hacer. Se dirigió al hogar
de los García, disculpándose con Eduardo y Almudena, y les explicó
que el hecho de no ver a María diariamente y jugar con ella lo había
perturbado demasiado. Dijo que ese exabrupto había sido consecuencia
de la tristeza.
Luego de la partida de María, Juan siguió realizando asiduamente su
recorrido por las granjas. En ellas, durante días y semanas, fue
retomando poco a poco el tema de la extraordinaria calidad de las
últimas cosechas, y luego anunciaba seriamente que este año aquéllas
no serían igual, sino que por el contrario, el valle tendría una
pésima temporada agrícola. Todos le preguntaban inquietos en qué se
basaba él para tal afirmación. Juan sólo ponía cara como de estar en
trance o muy lejano de aquel lugar, y no daba ninguna respuesta. El
silencio era su mejor aliado en esos momentos Con este tema sucedió
lo mismo que acontecía con los rumores y maledicencias que él
difundía. Pasadas algunas semanas ya la gente escuchaba atentamente
sus pronósticos y le consultaban acerca de qué precauciones debían
tomar. Sin embargo, él les contestaba que no había nada que hacer,
que lo que tenía que suceder, se cumpliría. La gente ya no se reía
de Juan ni de lo que decía. Tal fue el impacto, que se fue formando
un temor colectivo en el pueblo, que aumentaba cual alud en plena
marcha cuesta abajo.
Llegado el tiempo de la cosecha, las caras de los agricultores se
veían más afligidas y angustiadas que nunca, lo que estaban
recolectando tenía una calidad paupérrima comparada con el antiguo
estándar. ¡Para qué decir si eso se contrastaba con los dos últimos
rendimientos agrícolas! El día de la exhibición se pudo comprobar
fehacientemente lo que Juan había anunciado con certeza al inicio de
la temporada.
Juan era el único que
sabía que la presencia de María era indispensable para que el pueblo
y su feria agrícola siguieran floreciendo, pero a él le importaba un
rábano la comarca y sus granjas. Él lo que realmente deseaba era
obtener poder a través de la niña. Ese era el más grave problema,
según él. ¿Cómo solucionarlo? –rumiaba.
Repasó y analizó opciones hasta que encontró una que le satisfacía.
Implicaba el sacrificio de los García. Solicitaría después la
custodia de María, ya que no se les conocía parientes cercanos. Él
y su mujer, se harían cargo de la niña... un incendio sería lo
mejor... aparecería como accidental, pero tendría que inmovilizarlos
antes –seguía elucubrando.
Eduardo era corpulento y no podría contra él, esperaría a que se
durmiera y actuaría. Almudena debía seguir igual suerte. Sí. ¡Eso
era!, se dijo, dándose ánimo.
Marchó hacia la casa de los García y tocó a su puerta.
–Eduardo, sé que es tarde, pero necesito hablarte –comentó en tono
preocupado.
–¿Ocurre algo?
–Nada en especial, pero quería conversar contigo, ¿y Almudena?
–Almudena se acostó temprano, no ha estado bien últimamente.
–Tal vez echa de menos a María, al igual que todos –dijo Juan
apesadumbrado –justamente deseaba decirte que Elena la extraña
mucho, y yo también. - ¿Has notado cómo han desmejorado las
cosechas?
Eduardo empezó a interesarse en la conversación. Él también estaba
contrariado. Si las cosas seguían así tendrían que buscar otro lugar
dónde vivir, y María...
–Perdóname, he sido muy mal anfitrión, ¿Te apetece un vino? –invitó–,
aún tengo los que me has regalado, traeré una botella –dijo mientras
iba a la bodega.
Al salir Eduardo, Juan supo que esa sería su única oportunidad. Fue
hacia la última ventana de la estancia, que ya tenía la persiana
cerrada, la abrió y dejó sin cerrar los pasadores, luego cerró la
celosía tal como estaba. No se notaba para nada que la ventana
estuviese abierta. Se alejó rápido del lugar y se sentó en el otro
extremo. Eduardo trajo una botella recién abierta y un platillo de
jamón serrano. Charlaron durante una hora y se bebieron toda la
botella. Juan de manera deliberada hizo que Eduardo apurase más sus
copas, cuando notó que la embriaguez estaba haciendo efecto, se
despidió. Le dijo que no se preocupara pues él cerraba la puerta.
Juan se alejó de la casa para detenerse unos metros más allá. Se
sentó en la tierra y apoyó su espalda en una filosa piedra, no
quería dormirse, debía esperar al menos dos horas más. Cada cierto
tiempo se levantaba y caminaba en círculos, luego se recostaba
nuevamente. Un método que le permitió estar lúcido. Tomó el mazo que
había escondido entre los matorrales y, sigiloso se encaminó hacia
la casa. Frente a la celosía, tiró de ella con suavidad y siguió el
mismo procedimiento con la ventana. Se descalzó y entró a la casa.
Como la conocía de memoria, supo el camino más corto para llegar al
dormitorio. Esperaba que la entrada estuviese despejada; sería
peligroso hacer ruido.
Pero no había impedimento. Eduardo, ebrio, había dejado la puerta
abierta de par en par. Juan suspiró de alivio. Lo extraño es que él
no estaba nervioso, atento sí, y muy seguro de lo que estaba
haciendo. No le remordía la conciencia. Sabía que tenía que hacerlo,
eran ellos o él. Entró a la pieza y golpeó la nuca de Eduardo, que
dormía boca abajo, y de inmediato lo hizo con Almudena. Ninguno de
los dos alcanzó a reaccionar. Los acomodó y cerró la ventana,
después encendió una lámpara y la estrelló contra el piso, como si
hubiere caído de cierta altura. Ayudó al incipiente fuego a
convertirse en incendio propagándolo en cada esquina de la casa, y
salió llevando el mazo consigo; después regresó a su casa. ¡El
plan había resultado perfecto! –concluyó, rebosante de alegría.
Meses después, Juan paseaba por el pueblo llevando de paseo a su
“nieta” María. Se había convertido en el personaje importante, que
siempre quiso. La gente del pueblo lo saludaba con respeto. Lo
admiraban por haberse hecho cargo de la pequeña; ella tenía una
institutriz y un maestro contratado por él. Altamira tenía las
mejores cosechas del país y sus productos empezaban a exportarse.
Aparentemente todos eran felices. Juan se preguntaba cuánto tiempo
más durarían los poderes de María. La niña parecía encariñada con él
y con su esposa, y las pocas veces que había advertido que María se
acercaba a los terrenos que fueron de sus padres, trataba en lo
posible de alejarla del lugar. Pero ella que conversaba con las
plantas, sabía mucho más de lo que Juan suponía. Sólo esperaba el
momento apropiado. Mientras tanto, disfrutaba observando cómo su
abuelo Juan se consumía en sus miserias día a día. Sabía que
tenía lo que siempre había anhelado y que no podía gozarlo a
plenitud. Las plantas hablaban, y era lo que decían.