México, Distrito Federal I Enero- Febrero 2008 I Año 2 I Número 12 Publicación Bimestral I

 








 

Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta.Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.

 

Cuando trasladaron a Lucas Diez Dedos de Carabanchel me sentí profundamente solo. En primer lugar, porque era mi único amigo. Mucha gente nos respetaba por el golpe de la joyería de Vallecas, que en buena parte habíamos inventado y difundido juntos, durante las largas y aburridas jornadas en el patio. Ahora yo estaba a merced del primero que me abordara allí, o en las galerías:

     -hola Sabi.

     En segundo lugar, Lucas era el único conocedor del vergonzoso asalto a la juguetería. No hacía un año aún que nos habían condenado a doce años de cárcel por aquel robo. Lucas es más joven que yo, y por qué no decirlo, algo simple. La sola idea de que pudiera irse de la lengua me sofocaba y me llenaba de bochorno, aunque fuera en otra cárcel. Ya se sabe cómo corren estas noticias.

     Por aquella época yo había decidido sacarme el Graduado Escolar y más adelante, si podía, incluso el Bachillerato. Sin embargo, hubiera preferido tenerlo cerca, aunque nuestros destinos nos separasen después. Además de que le tenía cariño, había empezado a trabajar en la Biblioteca de la cárcel y a crearme una aureola de intelectual y de hombre culto. Por eso, si cabe, me fastidiaba aún más que llegara a conocerse aquel asunto del robo a la juguetería, nuestro último y casi nuestro único golpe juntos, que podía arruinarme definitivamente mi reputación.

     Un día que me disponía a escribirle a Lucas, absorto en la mejor forma de recordarle la conveniencia de guardar nuestro secreto, pero sin mencionarlo (pues desconfiaba y desconfío de los funcionarios de prisiones por cuyas manos pasaría la carta), oí el golpe de un libro contra el suelo. Al agacharme para recogerlo descubrí que se trataba de un tomo de cuentos que algún recluso acababa de devolver al carrito. Me quedaba aún una buena media hora hasta la cena y la Biblioteca, como de costumbre, estaba desierta a esa hora, hundida en el agradable silencio del atardecer. Por una ventana inalcanzable se colaban los ruidos y las voces del patio. Era la hora del paseo. ¿Qué podía hacer mejor, puesto que no tenía ganas de ver ni de hablar con nadie, después de un día de angustia, atascado con aquella dichosa carta, que leer un poco y distraerme?

     Abrí pues, el libro, y al minuto estaba sumergido en una historia de ladrones. El suceso, ficticio, ocurría en Roma hace treinta o cuarenta años. Inmediatamente me atrapó, no sólo porque era una historia de ladrones, en realidad la narración de un robo rocambolesco y frustrado, sino porque estaba muy bien contada. Así que me arrellané en mi banca, me olvidé de la carta y del carrito, donde debería haber cambiado hacía rato los libros devueltos aquel día por otros nuevos, anotados en una larga lista de pedidos, me olvidé en fin, del mundo, y proseguí, cada vez más intrigado, perplejo, y finalmente avergonzado de mí mismo, la lectura del cuento.

     La historia era muy fácil de resumir: dos golfillos en Roma, muertos de hambre, deciden asaltar una pastelería; esperan a que caiga la noche, avance la madrugada, la calle quede desierta, y una a una, también se apaguen las ventanas de las inmediaciones; entonces con una palanca de hierro, revientan limpiamente la persiana y se cuelan en la pastelería; los ladrones, casi unos niños, se llamaban si no recuerdo mal, Guido y Pepo; una vez dentro, encienden las luces y aquí empiezan los problemas; en lugar de dirigirse directamente a la caja y al mostrador, a buscar el dinero para largarse cuanto antes (en aquella época en Italia al parecer había serenos y policía nocturna), quedan deslumbrados por los dulces de todas clases surgidos de golpe de la oscuridad, que ahora les rodean: tartas de manzana, de trufas, de chocolate, de toronjas; hojaldres de limón, recubiertos o rellenos de nata, de fresa; torrijas de vino; pasteles de cabello de ángel; bollos azucarados, rellenos y lisos; en fin, qué sé yo; entonces uno de ellos adelanta tímidamente una mano, sólo dos dedos, como si fuese a cometer un hurto en la tienda vacía, y toma una rosquilla de leche y aceite que está a su alcance; inmediatamente los dos golfillos se lanzan a las vitrinas y al aparador de las tartas y los bizcochos, y se poner a comer, o mejor dicho a devorar, sin más preocupación que engullir, sentados en el suelo, sin hablar, atragantándose, sin ver ni oír nada; en algún momento, uno de ellos recuerda donde están y la necesidad de salir cuanto antes de allí y de buscar el dinero, pero continúa comiendo, se da aún unos minutos, hay tiempo, se dice; llega al fin la madrugada, y alguien ve la persiana rota y la luz; pensando que los ladrones ya se han fugado, los guardias se arrastran al interior por el estrecho hueco, sin molestarse en sacar las armas; los sorprenden tumbados, gimiendo entre retortijones.

     Esa es la historia, así de simple y contundente. Se lee en cinco minutos: sólo ocupa tres o cuatro páginas, y como he dicho, está muy bien escrita, con frases cortas, expresivas, sencillas, como a mí me gusta. Antes de terminar siento que el rostro me arde, que las letras se me emborronan, y el corazón se me acelera. Me siento acorralado, espiado, perseguido, y miro pero estoy yo solo en la Biblioteca, envuelta en el plácido atardecer. Todo sigue igual, sólo yo he cambiado.

     ¿Quién ha pedido este libro? Al cabo, encuentro su nombre en la lista pero no lo conozco. Es un recluso nuevo. Esto, no sé por qué, me intranquiliza.

     Hace un año, Lucas Diez Dedos y yo, el gran Sabino, atracadores de Bancos y Joyerías, entramos a robar en una simple tienda de juguetes. Elegimos muy bien la fecha y el lugar, un barrio apartado, después del Día de Reyes. Reventamos la persiana como los héroes del cuento, y como ellos, sigilosos, nos colamos en el local y dimos las luces.

    Entonces ocurrió algo inesperado: de súbito emergieron de la oscuridad decenas, cientos de juguetes, de todas las clases y tamaños: pelotas, muñecas, camiones, tableros de ajedrez, mecanos, qué se yo. La sala, que era grande, parecía encogerse bajo tantos y tan variados artilugios. La mayoría de ellos, para más INRI, tenían incorporado algún mecanismo que los hacía sonar y relucir, como si tuviesen vida propia.

     Sin decirnos nada, empezamos a examinarlos uno por uno, y cuando quisimos darnos cuenta, estábamos enfrascados en medio de los dichosos juguetes, cada uno con sus favoritos, como moscas en melaza.

     Sobre las cinco de la mañana llegó la policía.

     Casi llorando, cerré el libro. Del patio ya no llegaban voces ni ruidos. La oscuridad se extendía poco a poco por la sala desierta.

     Primero rompí la carta a medio empezar (apenas contenía el encabezamiento), y luego arranqué una por una las páginas del libro hasta destrozarlo, asegurándome de que quedara irreconocible. Por fin, lo tiré a la basura. Guardé el carrito tal como estaba y volví a mi celda.

     No he vuelto a abrir un cuento desde entonces.

 

 

     

 

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