Carlos
Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años.
Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se
dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir:
ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados
de los años ochenta.Hasta la fecha ha publicado: en papel,
un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial
Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida
y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid
2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de
un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus
mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una
colección de cuentos y en una novela histórica sobre la
antigua Roma.

Cuando trasladaron a
Lucas Diez Dedos de Carabanchel me sentí profundamente solo. En
primer lugar, porque era mi único amigo. Mucha gente nos respetaba
por el golpe de la joyería de Vallecas, que en buena parte habíamos
inventado y difundido juntos, durante las largas y aburridas
jornadas en el patio. Ahora yo estaba a merced del primero que me
abordara allí, o en las galerías:
-hola Sabi.
En segundo lugar,
Lucas era el único conocedor del vergonzoso asalto a la juguetería.
No hacía un año aún que nos habían condenado a doce años de cárcel
por aquel robo. Lucas es más joven que yo, y por qué no decirlo,
algo simple. La sola idea de que pudiera irse de la lengua me
sofocaba y me llenaba de bochorno, aunque fuera en otra cárcel. Ya
se sabe cómo corren estas noticias.
Por aquella época
yo había decidido sacarme el Graduado Escolar y más adelante, si
podía, incluso el Bachillerato. Sin embargo, hubiera preferido
tenerlo cerca, aunque nuestros destinos nos separasen después.
Además de que le tenía cariño, había empezado a trabajar en la
Biblioteca de la cárcel y a crearme una aureola de intelectual y de
hombre culto. Por eso, si cabe, me fastidiaba aún más que llegara a
conocerse aquel asunto del robo a la juguetería, nuestro último y
casi nuestro único golpe juntos, que podía arruinarme
definitivamente mi reputación.
Un día que me
disponía a escribirle a Lucas, absorto en la mejor forma de
recordarle la conveniencia de guardar nuestro secreto, pero sin
mencionarlo (pues desconfiaba y desconfío de los funcionarios de
prisiones por cuyas manos pasaría la carta), oí el golpe de un libro
contra el suelo. Al agacharme para recogerlo descubrí que se trataba
de un tomo de cuentos que algún recluso acababa de devolver al
carrito. Me quedaba aún una buena media hora hasta la cena y la
Biblioteca, como de costumbre, estaba desierta a esa hora, hundida
en el agradable silencio del atardecer. Por una ventana inalcanzable
se colaban los ruidos y las voces del patio. Era la hora del paseo.
¿Qué podía hacer mejor, puesto que no tenía ganas de ver ni de
hablar con nadie, después de un día de angustia, atascado con
aquella dichosa carta, que leer un poco y distraerme?
Abrí pues, el
libro, y al minuto estaba sumergido en una historia de ladrones. El
suceso, ficticio, ocurría en Roma hace treinta o cuarenta años.
Inmediatamente me atrapó, no sólo porque era una historia de
ladrones, en realidad la narración de un robo rocambolesco y
frustrado, sino porque estaba muy bien contada. Así que me arrellané
en mi banca, me olvidé de la carta y del carrito, donde debería
haber cambiado hacía rato los libros devueltos aquel día por otros
nuevos, anotados en una larga lista de pedidos, me olvidé en fin,
del mundo, y proseguí, cada vez más intrigado, perplejo, y
finalmente avergonzado de mí mismo, la lectura del cuento.
La historia era
muy fácil de resumir: dos golfillos en Roma, muertos de hambre,
deciden asaltar una pastelería; esperan a que caiga la noche, avance
la madrugada, la calle quede desierta, y una a una, también se
apaguen las ventanas de las inmediaciones; entonces con una palanca
de hierro, revientan limpiamente la persiana y se cuelan en la
pastelería; los ladrones, casi unos niños, se llamaban si no
recuerdo mal, Guido y Pepo; una vez dentro, encienden las luces y
aquí empiezan los problemas; en lugar de dirigirse directamente a la
caja y al mostrador, a buscar el dinero para largarse cuanto antes
(en aquella época en Italia al parecer había serenos y policía
nocturna), quedan deslumbrados por los dulces de todas clases
surgidos de golpe de la oscuridad, que ahora les rodean: tartas de
manzana, de trufas, de chocolate, de toronjas; hojaldres de limón,
recubiertos o rellenos de nata, de fresa; torrijas de vino; pasteles
de cabello de ángel; bollos azucarados, rellenos y lisos; en fin,
qué sé yo; entonces uno de ellos adelanta tímidamente una mano, sólo
dos dedos, como si fuese a cometer un hurto en la tienda vacía, y
toma una rosquilla de leche y aceite que está a su alcance;
inmediatamente los dos golfillos se lanzan a las vitrinas y al
aparador de las tartas y los bizcochos, y se poner a comer, o mejor
dicho a devorar, sin más preocupación que engullir, sentados en el
suelo, sin hablar, atragantándose, sin ver ni oír nada; en algún
momento, uno de ellos recuerda donde están y la necesidad de salir
cuanto antes de allí y de buscar el dinero, pero continúa comiendo,
se da aún unos minutos, hay tiempo, se dice; llega al fin la
madrugada, y alguien ve la persiana rota y la luz; pensando que los
ladrones ya se han fugado, los guardias se arrastran al interior por
el estrecho hueco, sin molestarse en sacar las armas; los sorprenden
tumbados, gimiendo entre retortijones.
Esa es la
historia, así de simple y contundente. Se lee en cinco minutos: sólo
ocupa tres o cuatro páginas, y como he dicho, está muy bien escrita,
con frases cortas, expresivas, sencillas, como a mí me gusta. Antes
de terminar siento que el rostro me arde, que las letras se me
emborronan, y el corazón se me acelera. Me siento acorralado,
espiado, perseguido, y miro pero estoy yo solo en la Biblioteca,
envuelta en el plácido atardecer. Todo sigue igual, sólo yo he
cambiado.
¿Quién ha pedido
este libro? Al cabo, encuentro su nombre en la lista pero no lo
conozco. Es un recluso nuevo. Esto, no sé por qué, me intranquiliza.
Hace un año,
Lucas Diez Dedos y yo, el gran Sabino, atracadores de Bancos y
Joyerías, entramos a robar en una simple tienda de juguetes.
Elegimos muy bien la fecha y el lugar, un barrio apartado, después
del Día de Reyes. Reventamos la persiana como los héroes del cuento,
y como ellos, sigilosos, nos colamos en el local y dimos las luces.
Entonces ocurrió
algo inesperado: de súbito emergieron de la oscuridad decenas,
cientos de juguetes, de todas las clases y tamaños: pelotas,
muñecas, camiones, tableros de ajedrez, mecanos, qué se yo. La sala,
que era grande, parecía encogerse bajo tantos y tan variados
artilugios. La mayoría de ellos, para más INRI, tenían incorporado
algún mecanismo que los hacía sonar y relucir, como si tuviesen vida
propia.
Sin decirnos
nada, empezamos a examinarlos uno por uno, y cuando quisimos darnos
cuenta, estábamos enfrascados en medio de los dichosos juguetes,
cada uno con sus favoritos, como moscas en melaza.
Sobre las cinco
de la mañana llegó la policía.
Casi llorando,
cerré el libro. Del patio ya no llegaban voces ni ruidos. La
oscuridad se extendía poco a poco por la sala desierta.
Primero rompí la
carta a medio empezar (apenas contenía el encabezamiento), y luego
arranqué una por una las páginas del libro hasta destrozarlo,
asegurándome de que quedara irreconocible. Por fin, lo tiré a la
basura. Guardé el carrito tal como estaba y volví a mi celda.
No he vuelto a
abrir un cuento desde entonces.