Carlos Antonio de la Sierra.
Narrador y ensayista. Es licenciado estudios
latinoamericanos y maestro en literatura iberoamericana por
la UNAM; asimismo es candidato a doctor en literatura
comparada por la misma universidad. Ha sido becario del
Centro Mexicano de Escritores, del Fonca y del Foeca de
Morelos. Su trabajo ha aparecido en varias antologías y en
numerosas revistas y periódicos tanto de México como del
extranjero. Entre sus libros están Cuentos de cuarto de
baño (cuento, 1995), Bajo el volcán y el otro Lowry
(ensayo, 1998), El narrador latinoamericano como
ensayista (ensayo, 1999) y La última tempestad.
Shakespeare y América Latina (ensayo, 2000). Es maestro
de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Casa Lamm y
el Instituto Cultural Helénico. En mayo de 2004 fue incluido
por la revista Día siete entre los mejores
narradores mexicanos contemporáneos.

Escribir cuentos es asumir que la vida
se construye de instantes frenéticos, pequeños fragmentos de luz que
se mueven entre la zozobra y la bienandanza. Por eso también el
lector de cuentos asume como principio fervoroso que la luz en las
historias leídas sirve para llenar el misterio y oscuridad de su
vida cotidiana. Escribir cuentos, pues, es como preparar un pulpo en
su tinta; leerlos es paladear al malogrado molusco que ha tenido a
bien asumirse como un connotado manjar. Es cierto que puede ocurrir
que el pulpo salga mal y sus lectores padezcan una indigestión de
época por haberse atragantado con cuentos malos. No obstante, y es
el motivo que nos reúne en tan descollante recinto, hay que partir
de una máxima irrevocable: Will Rodríguez es un excelente cocinero.
Pulpo en su tinta y otras formas de morir es un
libro que se paladea de principio a fin como si degustáramos la
mejor cochinita pibil jamás preparada. Es un volumen de relatos que
halla esa vocación beatífica exclusiva de unos cuantos que es el
arte de narrar por narrar. Will lo ha hecho, aunque suene ya a
reiteración, con la docta y fina sutileza de un gran chef. Por eso
ha logrado momentos sublimes como el de una prostituta que le roban,
es robada y luego, se sabrá de antemano, es atropellada, o el de
aquella mujer de tetas amoratadas porque le daba de mamar a un
jaguar bebé. Esos soplos gráciles son de una sublimidad rotunda que,
entre otras cosas, desanida las almas y hace pensar de nuevo en las
cosas de la vida que nos estamos perdiendo.
Así, entre la lobreguez y la fruición, se empieza a
construir el volumen: entrando en la narración de las soledades y
sus cortes transversos. Porque los personajes del Pulpo son
personas insanas, miserables de balazo en la sien y sólo los
momentos celestiales evitarán que sus historias den el último giro a
la fatalidad. Los personajes de Will engañan al ataúd. Está por
ejemplo este cuento del hombre que llega al departamento de su
“amante” y antes de tocar el timbre lo ve desde afuera preparando la
cena. Entonces decide observarlo un rato mientras cocina. Así,
mientras el hombre de adentro rebana con delicadeza una berenjena,
el de afuera comienza a excitarse y se masturba. Y los movimientos
en el pene son, por supuesto, directamente proporcionales al
desgajamiento de la berenjena, a la que, dicho sea de paso, siempre
hay que desflemar. El cocinero desflemaba mientras el otro
descremaba.
La gratuidad por tanto de esta escena es inexistente, pues
Pulpo en su tinta es un libro también sobre la masturbación.
Conté por lo menos a cuatro personajes que lo hacen, uno de ellos
ocho veces en un día. De esos relatos mi favorito, por supuesto, es
el del panteón. Un hombre observa a un desconocido en un cementerio.
Sin preámbulo se acercan y se besan con salvajismo; después se la
chupan mutuamente y se vienen sobre una tumba. Terminado el affaire,
el hombre se retira a la cantina de al lado y pide un “Vuelve a la
vida” (esta imagen no sólo es sorpresiva sino que, perdón por la
hipérbole tan convencional, es perfecta). El hombre, tomando su
cerveza, ve que el cuidador del panteón lo está cerrando. Entonces
se levanta para decirle que todavía hay alguien adentro. El cuidador
dice que sí, pero que no se preocupe porque esos no se levantan. El
cuento hubiera sido magistral, y no es una crítica infundada sino el
reclamo de un lector amigable, si terminaba ahí. Sin embargo, tiene
un final sobrante que atenta contra la tensión previa que tan
sapientemente se había logrado. El texto se llama “Panteón San
Rafael”. Y dicho sea de paso, y sin pretender faltarle al respeto a
nuestros amigos que yacen allá afuera con todo el derecho de
descansar en paz, si pensamos que el Pulpo es un libro con
una escena en la que un hombre eyacula sobre una tumba, no creo que
sea una extravagancia presentar un libro en un semen-terio.
Will Rodríguez ha escrito un libro que nos recuerda las
minucias de la vida y su potencia emotiva a pesar de su aparente
postración o intrascendencia. Son relatos de vida cotidiana que
aspiran a ser estampas fulminantes de lo que ocurre alrededor y se
pretende que no sea olvidado. El Pulpo, pues, inicia el
movimiento de sus tentáculos y nos habla de un extraterrestre al que
los habitantes de un pueblo le dan caza; al llevarlo a la plaza
principal, el presidente municipal les dice que son unos pendejos
porque acaban de matar a un tapir. También está la historia
maravillosa de la sirena que despierta un día con piernas y no le
queda otra más que terminar bebiendo en la barra de un bar. O bien
la pirotecnia fantástica de la droga del sueño y sus consecuencias
fatales; al respecto, y me disculpo de antemano porque es una duda
de deformación profesional, no sé si Will estaba pensando en la
máquina de los sueños que aparece en Hasta el fin del mundo,
la película de Wim Wenders, y lo pienso porque en una parte del
libro se menciona al cineasta alemán.
Es hora ya en que el Pulpo se ha paladeado y
digerido; es hora también, y hay que saberlo a conciencia, en
anhelar que esas otras formas de morir no vengan de una suculenta
indigestión que en lo sucesivo haga de este lugar nuestro hábitat
natural. Lo único bueno es que nos ahorraríamos la carroza.
Texto leído en la presentación de Pulpo en su tinta y otras formas
de morir de Will Rodríguez en el Panteón 20 de Noviembre de Tlalpan,
el 10 de noviembre de 2007.
