Carlos
Martín Briceño nació en Mérida, Yucatán (México) en
1966. Narrador e integrante del Centro Yucateco de
Escritores y miembro del consejo editorial de la revista
literaria Navegaciones Zur. Ha publicado los libros
de cuentos Después del aguacero (2000), Silencio
de polvo (2001) y Al final de la vigilia (2003).
Sus narraciones han aparecido en diversos periódicos,
revistas y suplementos culturales y en la antología de
narrativa yucateca contemporánea Litoral del Relámpago
(2003). En México, su obra ha merecido diversos
reconocimientos, entre ellos una mención de honor en el
Concurso Nacional de Cuento Carmen Báez (1999), el
Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo (2003) y el
Primer Lugar de los Juegos Literarios Nacionales de la
Universidad de Yucatán (2004).

Leí
Pulpo en su tinta y otras formas de morir, exactamente como
recomienda García Márquez hacerlo con los libros de Augusto
Monterroso: con las manos arriba, listo para cualquier sorpresa,
pues al igual que los del guatemalteco, me atrevo a decir que los
cuentos de Will Rodríguez fundan su peligrosidad en la sabiduría
solapada y en la belleza mortífera de su falta de seriedad.
Pulcramente editado por el ICY y FICTICIA
–esta última, vanguardista editorial comandada por Marcial
Fernández, quien insiste en mantener viva la cuentística en español
–, el libro reúne 28 relatos publicados eventualmente por el autor
en revistas de circulación nacional, y cuya unidad temática se
sustenta en el erotismo y la ironía de la muerte.
La casa loca, por ejemplo, es en esta colección la breve
historia de una mujer que fallece, literalmente de risa, al entrar a
uno de estos juegos de feria, y cuyos hijos, resignados, también
ríen cuando cuentan de qué murió su mamá.
Pulpo en su tinta (receta para dos), el cuento que le da
nombre al libro, permite adentrarnos en el pensamiento de una mujer
ebria y dolida que prepara la última cena al marido, pues ha
decidido utilizar sus virtudes culinarias sazonadas con arsénico
como vehículo de venganza.
Algo similar ocurre en Visitas, el segundo relato. Aquí, un
hombre, el día de los fieles difuntos, prepara cuidadosamente el
altar de muertos. Después bebe alcohol en grandes cantidades a la
espera de que lleguen sus invitados del más allá, sin saber que el
último, será el amante infiel, ése que tanto detesta y ama a la vez,
y que acaba de estrellarse en un avión camino a Londres.
Hay también en los cuentos de este volumen una búsqueda que se
dirige
–al
igual que en La línea perfecta del horizonte, el trabajo
anterior de Will –, a la exaltación del erotismo subterráneo,
preferentemente el onanista. No es casual que en cuatro de las
historias: Panteón San Rafael, La oreja en el suelo,
Muertodehambre y Vecinos, el protagonista prefiera satisfacerse
por sí solo, antes que establecer una relación afectiva con otra
persona, no obstante tener a esta última con sólo cruzar una puerta.
¿Para qué meterse en camisa de once varas, parece querer decir
Rodríguez, cuando se tiene la posibilidad del placer, ahora sí,
prácticamente al alcance de la mano?
Que los relatos sean breves y la prosa ágil y expresiva es también
parte del encanto de este quinto libro de la colección de cuento
contemporáneo de FICTICIA. Todos sabemos lo difícil que es para la
literatura actual luchar contra los avances tecnológicos del
internet, la velocidad de las imágenes televisivas y la maestría de
los efectos especiales del cinematógrafo. Por eso, se reciben con
agrado cuentos como Luis Felipe, Atasta o El extraterrestre,
donde el autor bordea los linderos del cuento fantástico, pero
sazonándolos con una mordaz ironía que provoca una sonrisa de
complicidad en los lectores.
¿Y cómo no hacerlo cuando nos enteramos que el alienígena que tiene
a todo un pueblo al borde del colapso resulta ser un tapir que va a
terminar sus días convertido en una deliciosa cochinita pibil?
¿Y qué decir de Luis Felipe, ese perro cirquero de dos
cabezas que provoca la hilarante risa del más serio?
Quiero, por último, referirme a la que considero, acaso, la mejor
historia del libro y que ahora tuve la oportunidad de analizar con
detenimiento, pues la conocí de primera mano hace ya un par de años,
durante un encuentro de escritores en Playa del Carmen, dónde Will
nos la leyó en premier a los asistentes. Desde entonces me
atrapó por su exotismo, sutileza y lisura de lenguaje. Una mezcla
literaria difícil de manejar sin caer en la trampa del lugar común.
Se trata del relato titulado Felis Bernandesii, phantera onca.
La trama es la siguiente: una mujer, un día después de haber dado a
luz a su primogénito, es testigo de cómo éste muere por asfixia sin
que pueda hacer ella nada por evitarlo. El marido, tratando de
consolarla, le regala un cachorro de jaguar. Inmediatamente la
esposa vuelca todos sus instintos maternos en el animal, al grado de
llegar a amamantarlo y a considerarlo hijo suyo. Una tarde, el
felino escapa y engulle al perro de la casa de junto. Los vecinos,
que a la postre resultan ser parientes de la madre adoptiva del
jaguar, llaman a la policía para que lo recluyan en un zoológico.
Por las tardes la mujer visita al enjaulado, mientras acumula
rencores en contra de su parentela.
Y
cito:
“En el momento en que se detiene ante la jaula,
las ideas se concentran en el amor al hijo encarcelado, en la
conceja maya que augura el fin del mundo cuando los jaguares
asciendan para comerse al sol y a la luna: un eclipse será el
presagio. Contempla el rutinario andar del felino, de izquierda a
derecha y de derecha a izquierda, y esos ojos que cambian del
amarillo al verde y del verde al negro. Alejandra acaricia la llave
de la jaula, pensando en la manera de huir lejos con Mercurio...”
No voy a cometer la indiscreción de contar el desenlace. Baste saber
que todo se resuelve con una sutileza y tensión dramática asombrosas
que recuerdan el selvático estilo de Horacio Quiroga.
Sólo me resta decirles que para aquellos despistados que todavía
consideran aburrida la literatura, habría que recetarles la lectura
urgente de este Pulpo en su tinta y otras formas de morir.
