México, Distrito Federal I Enero- Febrero 2008 I Año 2 I Número 12 Publicación Bimestral I

 








 

Devinso Jiménez Sierra, Santa Marta, Colombia 1980. Filósofo de la Universidad del Atlántico. Editor de la revista de investigaciones filosóficas Cronotopias, avalada por colciencias (ISSN1900-9763) ha escrito para la revista dominical de Heraldo, la revista Labra palabra de Barranquilla, la revista mexicana Destiempos, entre otras. Actualmente participa en un proyecto de investigación sobre los desplazamientos del centro en las ciudades del caribe Colombiano.

 

Morel se esconde en los bajos de la isla a pesar de la súbita marea, me lo imagino aterrorizado por las imágenes sucesivas de personajes que, inexistentes, presionan con mesura las zonas del cerebro donde se esconden los miedos. Este Morel, personaje de la novela la invención de Morel de Adolfo Boy Casares, recrea la capacidad conductora de las imágenes lanzadas en cuadros cuya velocidad nos aproxima a la realidad.      

Pensar en la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica es pensar en los nuevos mecanismos que pueden estar al servicio de la ideología.  Parece cierto que la obra de arte produce un extrañamiento, una dimensión que conecta con el valor de la tradición cultural de la obra y no sólo esto, además, que su reproducción masiva le sustrae su valor cultural para sumarle un valor exhibitivo.  Cuando la obra de arte se presenta (se exhibe) parece que abarca en sus dimensiones reales la consistencia de lo irrepetible, de lo que en su temporalidad jamás se volverá a constituir, así cuando se habla de este modo de la obra de arte se habla del aura.

Los condicionamientos de la creciente sociedad entrecruzados entre el anhelo y afán de hacer propias las particularidades a través de los procesos de la reproducción, contribuyen al estancamiento del aura y seguido aniquilamiento.  La obra de arte fortalece su modo de mostrarse sin importar porque se muestra ni hacia donde se muestra, dando pie al proceso de valoración de la presencia cercana. En dicha cercanía se agota el extrañamiento al punto que no se contempla la obra de arte sino que se colecciona en la posibilidad  de su reproducción, así “el acercarse espacial y humanamente a las cosas es una aspiración de las masas actuales (....) existe en ellos la necesidad de adueñarse de los objetos.[1]  

Nelson Goodman, en su texto “los lenguajes del arte” en su capítulo  tercero denominado arte y autenticidad, se concentra no tanto en el problema de cómo el espectador asume su experiencia estética, si no más bien como puede distinguir, en el caso de la pintura, una pieza original de una copia. Enfatiza en el valor de la autenticidad en cuanto sustentadas en la autoría de los artistas. Mientras que Benjamín coloca al espectador en una posición intima frente a la obra, lo que permite asumir su expectación desde la crítica.  

Parece que lo que busca tabla de salvación es la tradición en cuanto ella está ligada al culto del ritual.  Hay que entender que la creación artística comienza  con una manifestación ritual que hará poco a poco su exhibición.  Conexo a  la categoría de lo original está la dimensión vertical de la tradición. Una dimensión normativa de las ideologías. Para Benjamín el término “Tradición” no se refiere sólo a la situación temporal del pasado, muy a pesar de acompañarlo del adjetivo “lejano”.  La tradición lo que sí hace es ceñir a la obra de arte en su presente,  muestra su necesidad de inserción  en la realidad y conduce, en la originalidad, a asumir  una posición frente a la obra de arte.  No es a modo de melancolía romántica del pasado, sino a modo reaccionario.  De alguna manera para Benjamín la fuerza significativa de las reproducciones técnicas radica en su poder reaccionario, específicamente de la fotografía y  el cine. Inteligentemente Benjamín ve en éstas no una contrariedad con respecto a la obra aurática, si no un aspecto tangible de lo revolucionario. Se puede decir que tiene una visión positiva de estas artes en cuanto revolucionarias, y que además supo anticiparse a los estudios  sobre el cine que después de cuarenta y siete  años harían Deleuze en Imagen – movimiento (1983) Tiempo y Movimiento (1985).  Lo intrigante de la aparición de la fotografía y el cine es que no hay ya medio de “contemplarlos” a la manera de los demás géneros artísticos, no hay una tradición sustentada. Una vez el extrañamiento es disfrazado o cubierto por la imagen en movimiento, hablando del cine, se llega a un lapsus inconciente  donde se incorpora una visión del mundo a modo de producción mercantil. 

En el cine, por ejemplo, la imagen que en la pintura se nos da inmóvil nos recorre ahora a veinticuatro cuadros por segundo, una vez se devienen las imágenes es imposible la contemplación de una imagen, es necesario entrar en el mecanismo. El mecanismo no es pasivo, abarca al admirador, éste  debe sujetarse a la silla mientras la proyección lo engulle, son las imágenes las que pueden conducir técnicamente la ideología, hay en esto un juego doble, tácitamente denunciado por Benjamín, que el valor exhibido de la obra empieza a reprimir su valor cultural ¿Tiene esto alguna importancia? ¿No es un elemento necesario de la obra su exhibición? sí, pero en dicho valor exhibitivo no sólo es lo cultural lo que disminuye sino que el elemento artístico pierde su fundamento; a saber el extrañamiento.  En este punto lo artístico, base de la obra de Arte, se convierte en un accesorio.  Mientras  las masas observan la puesta en escena del mecanismo asumiendo lo artístico como lo dominante el cine condensa lo artístico en un producto. 

Podría pensarse que tal mecanismo puede estar al servicio de la más cruel ideología, como sucedió con las producciones de Leni Reifensthal, estandarte fílmico al servicio de Hitler.  También la posibilidad de fragmentar el mundo y presentarlo en una dimensión irrealizable y al mismo tiempo manejar las ilusiones latentes de las multitudes.   

Podría asumirse  ─ como pienso que lo asume Benjamín ─ que el mecanismo por el cual se concretiza la obra fílmica, contiene una visión fragmentada del mundo, así el actor no “da” su valor cultural al público sino que la cámara toma de él sólo un esfuerzo exhibitivo como si existiera una manipulación de la conciencia del actor y seguidamente en la proyección una manipulación de la conciencia colectiva.  Esa nueva forma de poder materializar a modo freudiano hasta las relaciones oníricas hace del cine un mecanismo desbocado que permite un análisis mucho más conciso que la pintura.    

Pero, ¿hacía donde conduce todo esto de la conversión de lo artístico en accesorio? A una sola cosa; a que el arte configure su giro político. Es decir a la politización del arte.  Y el primer embate contra ello es situarlo de manifiesto, mostrar las consecuencias de no entenderlo así. De modo breve: la total banalidad del arte y pérdida de su extrañamiento. De esta forma queda configurada mi Tesis; La reproducción de la obra de arte  tiene una fuerza tal que al sumar su valor exhibitivo disminuye su valor cultural de tal forma que lo exhibitivo se sobrepone a lo artístico, convirtiendo a este último en un accesorio.    

Muy a pesar de su impacto, la obra de arte aurática pierde su batalla frete a un mundo que se plastífica y multiplica ya a velocidad digital, los mercados ofrecen copias de las cuales no se pregunta por el original. Las tendencias, las modas, los celulares, el Internet reproducen la imagen con sólo presionar uno o dos botones, galerías virtuales, creación digital hecha y pensada para la inmediatez reproductiva. Sin embargo el tema de fondo sigue latiendo debajo, medio  oculto, la obra de arte parece cada día ser con claridad un accesorio del mercado. Sumado a esto el cine parece saltar entre tres orillas, a saber: el divertimiento, la crítica y sustentación de las ideologías, y la experimentación técnica.  La cuestión en nuestros días no radica en su reconocimiento como arte o no –esto ya no se discute– lo problemático sigue siendo la poca alfabetización audiovisual de nuestro tiempo, muy a pesar de su multiplicación. La poca apreciación crítica de la misma. Parece ser que uno de los campos más amplios del pensamiento del mañana será el problema respecto al arte.   


[1] BENJAMÍN, Walter. la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica en Discursos interrumpidos, Buenos Aires, Tauros.  pág. 42


 

 

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