Ganador del XVII Premio
Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2002 con su novela El
amante de Janis Joplin (2001), y finalista
del premio Dashiell
Hammet el 2005 en España con Efecto tequila (2004), también
ha escrito más de una docena de libros de cuentos, crónica, teatro
para niños y novela. Es profesor universitario en la Universidad
Autónoma de Sinaloa, gran amigo del estupendo escritor español
Arturo Pérez Reverte –quien lo ha calificado de maestro, por su
literatura-, fue considerado en los noventas por el diario español
El Mundo como uno de los nuevos valores relevantes de la literatura
latinoamericana, y es formador de escritores jóvenes de toda América
a través de su Escuela de Narradores. El escritor mexicano Elmer
Mendoza (Culiacán, 1949) demuestra, con su ejemplo de vida, el
poderoso efecto que puede tener la literatura en la vida de una
persona. En su caso, cambiarle para siempre el destino.
¿Cómo alguien que estudió ingeniería en comunicaciones y electrónica
como usted terminó siendo escritor?
Es un asunto de vocación.
Creo que los escritores, y probablemente la gente que desarrolla
actividades artísticas, tienen un gen. Entonces es muy difícil huir
de él. Siempre es algo interno que te está induciendo a otros
intereses que los que puedes estar desarrollando en un momento dado.
Porque yo fui a una escuela de ingenieros y ejercí mi carrera, pero
había eso que -no es que no me dejara dormir- me inducía. Entonces -yo
soy hombre de decisiones definitivas- un día dije: voy a ser
escritor. Y ya. Así fue el asunto.
Aprendió a escribir recién a los diez años y hoy a sus cincuenta y
ocho años es profesor universitario, escritor y promotor de lectura
en instituciones. ¿Cómo fue esa evolución personal suya? ¿De dónde y
cuándo le surgió ese espíritu de superación personal?
No sé. Porque me criaron
mis abuelos en una zona donde no había escuelas y ahí la línea de
vida es una que tiene que ver con la corrección religiosa: portarse
bien, no robar, no matar, no hablar mal de los demás; es una
educación básica muy fuerte, pero también era la lucha contra la
naturaleza. Es decir, la tierra no produce sola, hay que trabajar, y
trabajar fuerte. Y muchas veces no era convivir con la tierra sino
domarla, hacerla a la forma que se requería para que produjera. Esa
fue mi primera educación, y allí era inevitable que yo imaginara
cosas. Creo que inició el descubrimiento de mi sensibilidad el
imaginar cosas a partir de las sombras, a partir de las catástrofes,
los días soleados, de preguntas tan sencillas para un chico urbano
como “la luna ¿por qué tiene esas manchas?”. Había una serie de
especulaciones muy bellas ahí que me gustaban mucho. Ese es el
inicio. Después, ir a la escuela, descubrir las posibilidades de
escribir, otro mundo. Descubrí la música también. Vivir en una línea
donde ocurren eventos distintos enriquece a todo mundo, y en
particular a mí, bastante. Después fue “hay que descubrirse”, para
dónde vas, qué quieres ser, para mí fue bastante complicado. Por el
tipo de ciudad donde vivía y la educación común entre los muchachos
que salían de la preparatoria eran las carreras de ingeniería, leyes
o contaduría. Y de esas me gustaba mucho la física, quería ser
físico. La física cuántica y todo esto que tenía aplicación, lo que
pasa ahora en todo lo que tiene que ver con Internet, las
comunicaciones modernas.
Haber sido criado en la casa de sus abuelos campesinos, donde había
fantasmas, ¿ha desarrollado en usted alguna inclinación por el
realismo mágico en el terreno literario?
No, yo le tengo terror a
los fantasmas. Soy un hombre que no puede dormir a oscuras, salvo
que esté acompañado. Soy muy sensible a la oscuridad, y eso me viene
de las tradiciones de mi región donde era común asustar a los niños,
ja ja… Así que no me interesa, ja.
¿Por qué publicó su primer libro de cuentos Mucho que reconocer
en 1978, con medios económicos propios?
Primero, una noche que
salí de mi trabajo a las once de la noche, estaba solo en mi casa…
¿Cuál era su trabajo?
Era ingeniero en una
planta de cinescopios de teve color. Eso, cuando apenas lo habían
inventado. Entonces, llegué a mi casa, inquieto, y en vez de dormir
me puse a escribir en un cuaderno de cien páginas, y para las seis
de la mañana ya lo había llenado. Ahí fue cuando dije “voy a ser
escritor”. Después lo revisé y había como trozos de historias, a
partir de allí sentí la necesidad de contar historias completas,
cuentos. Así fue como las escribí sin asistir a un taller, sin tener
amigos escritores. Nada más con mis experiencias de lector de
literatura y las ideas que tenía. Entonces dije “esto, lo voy a
publicar”. Y pregunté, “¿cuando alguien ha escrito qué es lo que
pasa?”, “Pues hay que presentarlo a una editorial”. Fui a la
editorial que impulsaba a los escritores jóvenes, se llamaba Joaquín
Ortiz -ya la absorbió el Grupo Planeta-. Fui con ellos y me atendió
el editor general, don Joaquín Ortiz, y me dijo “yo no rechazo a
nadie”, pero tenía como quinientos libros ahí, ja ja… ¡Pero de
verdad así, dos altas! (hace con ambas manos la figura de dos
rumas de libros, de más de un metro de altura cada una, desde el
suelo). “Para que yo pueda leer tu libro y darte un dictamen,
mira todo lo que tengo que pasar”. Y yo: “¿de qué tiempo estamos
hablando?”, “de dos años”, “no, demasiado”, le dije. Y me dice: “dos
años para aprobártelo, después para meterlo a un proceso de edición,
fácil se lleva otros si lo aprobamos”.
Wow.
Y le digo “no me
conviene. ¿Qué otra solución hay?”. Y me dice: “bueno, que te pagues
tu edición. Aquí está este editor, él trabaja así”. Me fui con el
editor, y me dijo que sí, que era un editor con políticas de
sobrevivencia. Le pagué como 1,500 dólares por mil ejemplares de mi
primer libro de cuentos Mucho que reconocer. Me sirvió un
poco para ubicarme en ese universo. Después de eso ¿qué necesita un
escritor? Tiene que saber mucho de literatura. Para saber de
literatura me inscribí en la facultad de letras de la Universidad
Nacional Autónoma de México y cursé la carrera de letras hispánicas.
Renuncié a mi carrera de ingeniero de inmediato, y dije “voy a ser
escritor, no voy a fijarme en esas”, je je…
Usted ha dicho alguna vez que se considera un sobreviviente por
haber pasado la violencia del 68 en la universidad, del ghetto, de
la represión del gobierno, de las pandillas de su colonia, de los
medios de comunicación. ¿Se siente aún así?
Sí. Ese es un
sentimiento muy profundo. He desarrollado como un sexto sentido en
relación a una situación inmediata difícil, y cuando la voy a
afrontar soy muy cuidadoso, porque el sobreviviente desarrolla ese
instinto. Como has sobrevivido y tenido experiencias fuertes como
“¿qué tal si me quedo de campesino?”, “¿si nunca aprendo a leer?”. O
después en la época de los setentas, las veces que fui detenido, te
ponen una pistola a cada lado, te tienen encañonado y te están
diciendo cosas. Eso te hace de un universo de autoconservación muy
intenso que yo aplico. Por ejemplo, mi idea de acá era ir a Cusco,
ver Machu Picchu, pero cuando llegué tuve la sensación de que no
debía ir. Aún así compré mis boletos para ir, y seguía sintiendo lo
mismo. Tuve que decidir no ir, confiar en ese instinto, que las
pocas veces que lo he desobedecido…
No le ha ido bien.
…no me ha ido nada bien.
Entonces, aquí estoy.
Un artículo de El Mundo de España, que se titulaba “Un nuevo Boom”
de principios de los años noventa, lo considera entre los nuevos
escritores emergentes de Latinoamérica: ¿cómo toma esto?
Vi ese artículo cuando
salió, yo estaba en Madrid, y me dejó “frío”. Porque quizás al fin
de cuentas, un escritor como yo, que escribe por decisión, después
de haber pasado muchas cosas, lo que busca tiene que ver más consigo
mismo que con el mundo de los lectores o la farándula. Tiene que ver
conmigo mismo. Las decisiones que he tomado en mi vida por hacer lo
que quiero, lo que me satisface, han sido bastante violentas. El ser
escritor, también. Si ya tenía la vida resuelta, me tardé veinte
años en volver a resolverla. Entonces, sentí en primera instancia
emoción, pero después pensé “¿qué es esto?”, porque los escritores
del Boom son nuestros maestros. Leí la nota, bastante ligera, pero
me golpeó. Y aparte, a la par de eso estaba ocurriendo un fenómeno
en México, de que nos estaban ubicando como un movimiento fuerte:
“Los narradores del norte” (que escriben sobre temas como el
narcotráfico), y a la vez fue el año que descubrimos que
estábamos siendo objeto de estudios en universidades norteamericanas,
en Europa, en Australia, cosas que me parecían muy extrañas. Después
dije: “esto es un halago y es muy intenso”. Lo único que se me
ocurre es que tengo que responder con la obra que lo justifique.
Su primera novela del año 99, Un asesino solitario, trata
sobre el homicidio a Luis Donaldo Colossio (candidato presidencial
mexicano de entonces) ¿cree que esa novela explica mejor que el
resto de su literatura la corrupción y el crimen organizado en
México?
No. Creo que la
corrupción en mi país es un tema de acompañamiento. En tres de mis
libros, quizá no en Cóbraselo caro que es un homenaje a Juan
Rulfo, pero en los demás sí, es parte de los temas paralelos que
trato. En México la corrupción es parte de la vida: he visto que los
padres enseñan a sus hijos a ser corruptos, o cuando menos a
explotar esa debilidad de las autoridades. Esto es tan sencillo como
que un chico de quince años que no tiene permiso para conducir un
automóvil, lo hace, y cuando lo detienen y llaman al padre para
decir “oiga, su hijo derribó una palmera”, y él tiene oportunidad de
estar solo con el hijo le dice “oye, pero no seas tonto, les
hubieras dado cien pesos. No tienes que andar llamándome”. Es una
educación de la gente. Esto que te cuento lo he visto. A alguno me
he atrevido a preguntarle “oye ¿por qué haces eso, te das cuenta de
lo que estás haciendo?”. Es algo que duele mucho, que nos duele a
algunos, y formo parte de un club que somos anticorrupción. Por
ejemplo, mi licencia de conducir, el intercambio con el agente (de
policía) es que si yo le puedo dar algo, y le digo “no, hagamos la
boleta porque formo parte de un grupo que estamos en contra de esto,
siempre tenemos que pagar por nuestros errores”. A veces se
desconciertan y dicen “!ay, Dios, váyase!”, pero es bueno que ellos
sepan también que aunque sea a esos niveles mínimos, la gente los
está vigilando. Lo bueno sería meternos con los grandotes, los
ministros, ja ja…
El escritor mexicano Carlos Fuentes dijo hace poco en España que “el
escritor posee el deseo de ser a la vez un estorbo para el mundo que
es, y un creador del mundo que puede ser”. ¿Qué piensa usted?
No, yo no concibo ser un
estorbo. Soy escritor más bien en relación conmigo mismo que con el
mundo. La generación de Fuentes es de expertos -los que quedan vivos-
capaces de dar cátedras de todo. He escuchado a Carlos Fuentes
hablar de la economía del mundo y era como que estaba con el
Director del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional. Es
decir, son hombres muy preparados. Yo no soy un estorbo, pertenezco
a un grupo que no cree ser un estorbo. Lo que quiero es contar mis
historias, compartir historias humanas que, en primer lugar toquen
el hecho maravilloso de estar vivos. Y si a partir de ahí -de una
literatura que no quiera dogmatizar ni quiera mostrar caminos-, si a
partir de la lectura de una de mis novelas alguien llega a la
conclusión de que la sociedad está podrida y sería bueno cambiarla
pues ese sería un efecto. Uno de los tantos que mis novelas pueden
provocar. Incluso trabajo bastante el humor. No sé por qué ha dicho
Carlos eso. Tiene que ver con él y no conmigo.
El escritor, ensayista y sociólogo Juan Villoro, en una entrevista
dijo que los capos de la droga utilizan la cárcel como sus oficinas,
constituyendo un poder al margen del gobierno formal, el cual sólo
puede ser enfrentado a través de un gobierno fuerte. En los cuentos
y novelas de Elmer Mendoza, ¿es fuerte el gobierno mexicano ante
este problema?
Lo de las cárceles es
cierto. Pero no creo que no haya ningún grado de fortaleza que los
pueda enfrentar, ningún gobierno. Allí tiene que haber una
negociación, no pueden militarizar el hecho, no lo pueden acabar con
violencia. Tienen que, en primer lugar, rediseñar el país desde la
producción de bienes. Es decir, qué clase de economía somos: una
economía donde todos tengan empleo, donde delinquir sea el último
recurso, o sea una vocación ineludible. El problema que hay en
nuestro país ahora es que muchas personas no tienen otra opción.
Cada año tenemos miles de egresados que no encuentran puestos de
trabajo. Y qué es lo que debe hacer esa gente ¿morirse de hambre?
Claro que no. Entonces, terminan echando a un lado sus valores para
conseguir financiamiento, poner un negocio, trabajar en una empresa
que lava dinero, etc. Es decir, no quedan opciones. ¿Qué es lo que
se necesita? Más que un gobierno muy fuerte desde el punto de vista
militar, -“armemos el ejército y que se peleen y se maten”, que es
lo que acaban de hacer. Y fracasaron-, el problema es más profundo.
Incluso ya es un problema cultural porque una de las expectativas de
los jóvenes es ser narcos. Y eso es un problema de educación. De las
pocas formas que quedan para salir adelante, está hacerte
delincuente. Claro, si eres hijo de papi, pues no hay problema, vas
a entrar al relevo, pero ¿cuántos son hijos de papis? La situación
es terrible. Tenemos alrededor de sesenta millones de pobres. Y de
esos ¿cuántos tienen acceso a la universidad?, ¿cuántos egresan? Y
de los que egresan ¿cuántos pueden encontrar un puesto? Es una
situación muy aguda, y el narco está ahí, vibrando.
Carlos Fuentes también dijo en España que los cuatro jinetes del
Apocalipsis actual eran el terrorismo, la inseguridad, el crimen y
la pobreza, y que solamente podían ser superados si elegimos un
futuro que acepte la realidad. ¿Son esos lo únicos jinetes del
Apocalipsis actualmente, o hay más?
Creo que cubren el
esquema, es una visión global de lo que es nuestro país y
probablemente América Latina. Eso lo engloba todo. Tiene razón
Carlos Fuentes.
Usted ha sido finalista el 2005 del Dashiell Hammet, el premio
otorgado por la Asociación de Escritores Policíacos durante la
Semana Negra de Gijón, en España, a los creadores de Novela Negra. ¿Fue
importante este reconocimiento en su carrera literaria?
Sí. Todo reconocimiento
es importante porque detectas lectores, personas que evalúan tu obra
para proponerla para un premio, eso es grato. Aparte que fui
invitado a la Semana Negra en Gijón y lo pasé súper. Las charlas
fueron muy apasionadas.
La novela negra es clasificada como subgénero por algunos, todavía.
¿Qué piensa de esta afirmación?
Probablemente es una
actitud de académicos con cierta formación. Creo que hoy la novela
negra es de los géneros más fuertes, de los más leídos en el mundo y
también uno de los que tiene la oportunidad de retratar en todos sus
aspectos el tejido social que vivimos. Cada sociedad engendra sus
delincuentes, y ellos dan información del tipo de sociedad a la que
pertenecen. En ese aspecto es muy valiosa la novela negra y cuando
conocemos la de cualquier país, tenemos una idea de cómo opera ese
país, cómo se maneja, y un poco aproxima a la verdad de cómo es el
tejido social.
En su novela Cóbraselo caro del año 2005, de Tusquets, aborda
las inquietudes y los retos de identidad de los mexicanos que viven
en los Estados Unidos. Usted dice que es una obra homenaje a la
novela Pedro Páramo de Juan Rulfo, ¿por qué?
Partí de ahí, tiene que
ver con el título y reciclo Pedro Páramo como personaje y también
porque siempre que hablamos de Rulfo y pensamos cómo es que ha
concebido Comala, siempre aparece la emigración a Estados Unidos.
Una noche que estábamos conversando con Arturo Pérez Reverte y otros
amigos en mi casa, me preguntan qué voy a escribir enseguida,
entonces dije: Cóbraselo caro. Al principio la concebí como
novela fantástica, después resolví que si quería indicar el respeto
que le tengo a Juan Rulfo, tendría que jugar un poco con sus códigos,
entonces hay capítulos que intentan ser rulfianos, los otros son
mendozianos completamente, ja ja…
¿Qué es el habla culichi? Pérez Reverte le agradeció que se la
enseñara.
Los de Culiacán somos
culiacanenses pero la acepción indígena es culichi. El habla culichi
se forma de indigenismos, anglicismos, y algunas expresiones que se
transforman por el uso cotidiano, que son mezclas. A Pérez Reverte
le enseñé varias y lo metí a grupos para que las escuchara. El
lenguaje, sobre todo el popular, su fuerza también radica en los
matices de tonalidades, en cómo se dice.
Usted figura en La reina del sur, la catorceava novela de
Pérez Reverte (publicada el 2002) como personaje. ¿Le gusta esta
deferencia del español?
Sí, cómo no. Me encanta.
Además es algo que estamos haciendo, mandarnos saludos un poco en
nuestras novelas. No sé si todos lo hagan…
¿Es su mejor amigo en la literatura?
Arturo, sí. Es un tipo
increíble. Nosotros decimos allá que es “es muy raza”. Y muy raza
quiere decir que es el que respalda en las buenas, las malas, las
peores; que puedes contar con él para lo que sea.
Usted fundó la editorial “Cuchillo de palo”. ¿Cómo fue esta faceta
más empresarial que literaria y cómo se decidió a iniciarla?
Esa fue una experiencia
de los años ochentas (del 84 al 86). Yo vivía en Ciudad de México, y
cuando regresé a vivir a Culiacán llegué haciendo cosas, y una de
las que hice fue esta editorial independiente, marginal. Hacíamos
libros. Llegamos a hacer siete u ocho títulos, una revista. Era un
proyecto para hacer amigos, hacer presencia en el medio.