México, Distrito Federal I Enero- Febrero 2008 I Año 2 I Número 12 Publicación Bimestral I

 








 

Fernando Valerio-Holguín nació en La Vega, República Dominicana, en 1956. Se graduó de Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Obtuvo su Doctorado en Letras Hispánicas en la Universidad de Tulane en 1994. Actualmente es profesor de literatura y cultura afro-caribeñas en Colorado State University. Entre sus libros destacan los siguientes: Viajantes insomnes (cuentos, 1982), Poética de la frialdad (crítica, 1996), Autorretratos (poesía, 2002), Memorias del último cielo (novela, 2002), Café Insomnia (cuentos, 2002), Las Eras del Viento (Poesía, 2006), Presencia de Trujillo en la Narrativa Contemporánea (Crítica, 2006) y Banalidad posmoderna: Ensayos sobre identidad cultural latinoamericana (crítica, 2006).

 

 

Más allá de la mitad del camino

de mi vida,

con el corazón ahogado en colesterol y rumores atonales

                                       como un gran septiembre que no cesa

diastólico, calvo, ateo,

me temo que he hecho una costumbre del vino barato y las mujeres fáciles

de la buena comida  y la música flébil

de la mala prosa, la porfía

los relojes atrasados y el recuerdo vano

y he terminado convirtiéndome en un animal melancólico, desconfiado.

 

Mirando al espectador a través del espejo,

en definidos trazos ocres

y azules que fijan mi rostro

en lugares distintos,

me reconozco en la mirada

de ese viajante insomne que exagera su dolor 

en la penumbra de cualquier bar.

 

Con el corazón ahogado en colesterol, en viejas rencillas,

en triglicéridos y humillaciones;

rodeado de infinitos cadáveres

de los que amé

                   y murieron

de los que amé

                   y me traicionaron

de los que amé

                   y no me entendieron

de los que amé

y me olvidaron 

de los que murieron

de pura desidia en mi libreta de teléfono

de los que murieron

                   y aún siguen vivos.

 

Herido, solo, daltónico,

frente a un paisaje azul como lo hubiera visto Picasso

con casi una decena de libros publicados

que se repiten para decepción de mis fervientes lectores

y el regocijo de mis críticos más frívolos.

 

Más allá de la mitad del camino

de mi vida,

con el corazón ahogado en colesterol y vino,

cansado de bares de mala muerte,

delirando en ocres y azules,

me sé

condenado a una tristeza de patio de manicomio,

¡y a este septiembre inmenso que no cesa!

 

De casas y fantasmas

 

 

Hay quienes construyen casas

en medio de la vasta pradera de sol y silencio

para que no los sorprenda la noche

de sombras y olvidos y cansancios grises.

 

Hay quienes construyen enormes casas con ventanas

que dan a una ciudad de corazones verdes;

y después beben tisanas amargas para que la tristura no los atrape desprevenidos

de perfil contra una baranda crepuscular.

 

Hay quienes construyen casas monumentales como si fueran a vivir cien años,

en la hora indecisa, indefinida de los atardeceres,

sin ni siquiera detenerse a reordenar la memoria del día en sílabas elementales.

Y entonces se pasean por la sala y la cocina

y van del baño hasta el balcón

en felpudas pantuflas y batas floridas

y riegan las plantas

sin reparar que hoy tampoco acudió nadie a la puerta

y que la ventana es un mero decorado de soledad.

 

Hay quienes construyen casas que parecen museos,

y las pintan de verde limón

para que no se les llenen de fantasmas y voces

y no les ensucien con sus zapatos la alfombra.

Y entonces tararean una canción

mientras cocinan o lavan los platos,

como ajenos a su propia desgracia.

 

Hay quienes construyen casas demasiado grandes

y después las habitan

como si fueran fantasmas de su propia existencia,

sin importarles el verde limón de las paredes,

o el intruso que cocina o lava los platos

mientras tararea una canción.

 

 

 

 

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