Fernando Valerio-Holguín
nació en La Vega, República Dominicana, en 1956. Se
graduó de Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma
de Santo Domingo. Obtuvo su Doctorado en Letras Hispánicas
en la Universidad de Tulane en 1994. Actualmente es profesor
de literatura y cultura afro-caribeñas en Colorado State
University. Entre sus libros destacan los siguientes:
Viajantes insomnes (cuentos, 1982), Poética de la
frialdad (crítica, 1996), Autorretratos (poesía,
2002), Memorias del último cielo (novela, 2002),
Café Insomnia (cuentos, 2002), Las Eras del Viento
(Poesía, 2006), Presencia de Trujillo en la Narrativa
Contemporánea (Crítica, 2006) y Banalidad posmoderna:
Ensayos sobre identidad cultural latinoamericana (crítica,
2006).

Más allá de la mitad del camino
de mi vida,
con el corazón ahogado en colesterol y rumores atonales
como un gran septiembre que
no cesa
diastólico, calvo, ateo,
me temo que he hecho una costumbre del vino barato y las mujeres
fáciles
de la buena comida y la música flébil
de la mala prosa, la porfía
los relojes atrasados y el recuerdo vano
y he terminado convirtiéndome en un animal melancólico, desconfiado.
Mirando al espectador a través del espejo,
en definidos trazos ocres
y azules que fijan mi rostro
en lugares distintos,
me reconozco en la mirada
de ese viajante insomne que exagera su dolor
en la penumbra de cualquier bar.
Con el corazón ahogado en colesterol, en viejas rencillas,
en triglicéridos y humillaciones;
rodeado de infinitos cadáveres
de los que amé
y murieron
de los que amé
y me traicionaron
de los que amé
y no me entendieron
de los que amé
y me olvidaron
de los que murieron
de pura desidia en mi libreta de teléfono
de los que murieron
y aún siguen vivos.
Herido, solo, daltónico,
frente a un paisaje azul como lo hubiera visto Picasso
con casi una decena de libros publicados
que se repiten para decepción de mis fervientes lectores
y el regocijo de mis críticos más frívolos.
Más allá de la mitad del camino
de mi vida,
con el corazón ahogado en colesterol y vino,
cansado de bares de mala muerte,
delirando en ocres y azules,
me sé
condenado a una tristeza de patio de manicomio,
¡y a este septiembre inmenso que no cesa!
De casas y fantasmas
Hay quienes construyen casas
en medio de la vasta pradera de sol y silencio
para que no los sorprenda la noche
de sombras y olvidos y cansancios grises.
Hay quienes construyen enormes casas con ventanas
que dan a una ciudad de corazones verdes;
y después beben tisanas amargas para que la tristura no los atrape
desprevenidos
de perfil contra una baranda crepuscular.
Hay quienes construyen casas monumentales como si fueran a vivir
cien años,
en la hora indecisa, indefinida de los atardeceres,
sin ni siquiera detenerse a reordenar la memoria del día en sílabas
elementales.
Y entonces se pasean por la sala y la cocina
y van del baño hasta el balcón
en felpudas pantuflas y batas floridas
y riegan las plantas
sin reparar que hoy tampoco acudió nadie a la puerta
y que la ventana es un mero decorado de soledad.
Hay quienes construyen casas que parecen museos,
y las pintan de verde limón
para que no se les llenen de fantasmas y voces
y no les ensucien con sus zapatos la alfombra.
Y entonces tararean una canción
mientras cocinan o lavan los platos,
como ajenos a su propia desgracia.
Hay quienes construyen casas demasiado grandes
y después las habitan
como si fueran fantasmas de su propia existencia,
sin importarles el verde limón de las paredes,
o el intruso que cocina o lava los platos
mientras tararea una canción.
