A Fabio
Morábito, poeta y maestro
“El hoy
es siempre ayer
y el ayer
es eterno”
Luis Ríus,
Canciones de ausencia.
Cuando en el
pasado se ha hecho un homenaje a algún maestro ejemplar, uno de
los propósitos principales, si no es que el fundamental, ha
consistido en que el recuerdo del homenajeado permanezca
en la memoria y que trascienda de manera tangible en nuestras
vivencias. Es la única manera de poder transmitir a los que han
de venir, aquello que él ha dejado en nosotros. En ese momento
nos convertimos en demonios, en intermediarios.
Lo
importante es que, ya ajeno al marco del homenaje, lejos del
evento mismo, ese personaje continúe en muestra memoria. Es esa
la razón por la que en estas páginas intento traer a la memoria
lo que ya es historia.
Una manera de
volver eternas las vivencias sería actualizarlas constantemente,
impedir su olvido y esto podría lograrse haciendo una cadena, es
decir, aproximarlas al presente de otros (no sólo de uno mismo),
para que esos otros las actualicen en un futuro ante quienes se
constituyan en su presente, y así sucesivamente... Se trata de
que el recuerdo se convierta en memoria; que se haga una
tradición de los memorables, de aquellos cuyas enseñanzas
siguen vigentes por su modernidad, por su “justicia”.
Ahora bien,
dejando la corteza y entrando al meollo he de
decir que Luis Ríus entendía la lectura –a la manera de
Hugo de San Víctor- como “camino hacia la sabiduría”,
pues afirmaba que la sabiduría que sólo se puede llevar a la
práctica en el presente deviene de la acumulación de
conocimientos, que es el necesario estadio teórico que conduce a
la “meditación” que, a su vez, es la que permite la
incorporación de la memoria. En otras palabras, la lectura
mantiene la memoria en actividad.
Cuando Ríus
leía –en voz alta- poesía, ponía en actividad el significado de
la palabra latina LEGERE, que connota –como dice Illich-
escoger, reunir, cosechar, recoger.
En efecto, escuchar las lecturas que hacía Ríus era un verdadero
conjuro mágico.
A propósito,
recuerdo que nos alertaba y aconsejaba que nunca leyéramos
completo en clase –en voz alta- el conjuro a Plutón que
pronuncia Celestina en la obra de Rojas. ¿Tal es el poder
evocador de la palabra?
La memoria
sirve para recobrar, restaurar y hacer justicia, pero también
para eliminar cosas que no hay que recordar o, dicho de otro
modo, la memoria sirve para estructurar, ordenar y también
renovar los recuerdos.
La memoria
también es curativa, decía Ríus cuando leía en clase a sus
poetas entrañables: Berceo, por ejemplo, de quien decía: “¿Cómo
es posible que a este clérigo, desconocido por los escritores
hasta fines del siglo XVIII, no lo estimase la crítica de
aquellos años y la del siglo XIX como un gran poeta? [...]
Afortunado Gonzalo de Berceo: la eternidad de sus versos la han
descubierto lo poetas, no los eruditos. Ese ha sido su mejor
premio a su dulce humildad”.
O bien Jorge
Manrique, quien le hacía evocar lo siguiente: “El poeta, merced
a un extraño rapto de su sensibilidad, vivió, o mejor dicho,
sintió vivir dentro de sí, como en un río que le corriese por
dentro, esas realidades (el efímero tránsito de la vida, las
mudanzas de la fortuna, el dolor de la ausencia definitiva, el
consuelo del recuerdo bueno), armonizadas a un mismo son: el del
fluir del agua de ese río [...]. Y arrastrado por su corriente
turbulenta, el poeta distingue el cuerpo del maestre don
Rodrigo, su padre [...]. Palabra y tiempo han entrado en
conjunción perfecta en unidad indivisible”.
A fuerza de
rememorar y pronunciar los hechos, éstos logran perdurar y, de
alguna manera, detener el olvido, hacer presente el pasado:
como las vivencias en el aula con Luis Ríus, que al volverse
actuales permanecen en la memoria y la historia se transforma en
tradición.
Y tampoco
faltaba en sus cátedras la mención de San Juan de la Cruz,
Quevedo, García Lorca, Machado, Daniel Sueiro, Ángel González,
León Felipe... Con talento de poeta ejercía la docencia; de éste
último escribió en Canciones de amor y sombra:
El león viejo,
siempre
caminando sin
tregua, solo, acecha
en torno a sí,
de día;
de noche,
cara al cielo.
Errante
majestad, centro moviente,
Inestable, de un mundo
Cambiante
como él, sin equilibrio...
(p.55)
Pero de pronto
recordaba a Kafka, y con un rictus en el rostro, imprecaba: “Un
libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado
que tenemos dentro”.
Para Luis Ríus, como para Hugo de
San Victor, lo más importante “eran las virtudes que se
necesitaban para la `lectura´ y que se desarrollaban por ella”.
Y sin dejar
de darle el lugar que correspondía a lo intelectual y a lo
espiritual, con voz cálida pronunciaba: “Yo no soy mal lector de
poesía. Y lo único que me tiene contento en esta vida es
precisamente eso..., que entiendo de poesía. Creo que leer bien
poesía es entender de poesía. Si no vuelvan a oír a Neruda”.
Como digo en
otro lugar, el tiempo y la memoria de Ríus no ha caducado, por
eso podemos seguir siendo sus aprendices; todo aquel que quiera
puede serlo gracias a las voces que él dejó para que su herencia
poética y magisterial continuara.
Ivan Illich
afirma que quizá toda la historia rectifique `tendenciosamente´
el pasado. Y la memoria hecha de testimonios directos también.
Así que esa precisión que hace Freud sobre que el recuerdo no
consciente puede ser tan importante o más que el consciente, nos
sirve por ahora.
En uno de sus
poemas apunta Ríus:
...y nunca
olvida nada el inconsciente
dicen que
dijo Freud, digo que dicen.
(Canciones de amor y sombra )
O en
Cuestión de amor nos deja lo siguiente:
Yo fui, no
soy, y mi verdad es ésta,
Mi presencia
conmigo, la más mía:
Ser tan sólo
memoria y lejanía,
Jugador ya
sin carta y sin apuesta.
Si ahora digo
que fui, que tuve puesta
La vida en
ejercicio, que vivía,
Muy bien me
sé que igual melancolía
Me daba
entonces similar respuesta.
Entonces ya
también había vivido
Sin vivir ni
esperar un venidero
Instante, un
presente no cumplido.
Siempre he
sido pasado. Así me muero:
No recordando
ser, sino haber sido,
Sin tampoco
haber sido antes primero.
(p. 68)
En la poesía
y en la docencia de Ríus siempre han estado el pasado, el
presente y el futuro. Pues, como dice Silvana Rabinovich, “la
memoria circula, se transmite más allá de nuestra intención de
hacerlo”.
Recuerdo unos
versos del poeta en Canciones de amor y sombra:
Siempre olvido olvidar, recuerdo siempre
por esta horrible falta de memoria.
En otro
tenor, Arcelia Lara nos ilumina al comentar las etapas de la
poesía de Ríus, definidas por temas y preferencias de
versificación:
“La primera
podría identificarse por el aliento de cierta dulce melancolía [pasado];
por la segunda asoma un existencialismo incipiente [¿presente?]
y en la última se identifica una creciente angustia existencial
[¿futuro?].
Y es que a
Luis Ríus siempre lo acompañó la memoria del exilio,
pero también –en sus entrañables recuerdos- los versos
medievales y áureos, a los que siempre actualizaba, “porque
nunca olvida nada el inconsciente”.
Siempre será
la primera
la más
hermosa ilusión:
aquella que
no llegaba
y que, sin
llegar, pasó.
(Canciones de vela,
p. 53)
¿Podemos
interpretar en estos versos que el presente no fijó nada en la
memoria; que no existió vivencia posible de ser actualizada?
...mas hoy ya
no hay lágrimas
que alivien
la pena,
ni vagos
recuerdos
que nos
adormezcan.
(Canciones de vela, p.69)
Tal parece
que lo único presente es la compañía de la “triste amiga vieja”,
que es la soledad (el pasado no alivia, el futuro no promete).
Sin embargo,
para Ríus la memoria es circular, implica los tres tiempos:
...la noche
quedará esperando,
eternamente
viva para poder recordarnos.
(Canciones de ausencia, p.40)
Me pregunto
si el presente es siempre eterno, pues en otro poema escribe:
Sueño de ayer,
sueño errante
de mañana,
siempre sueño,
mi corazón es
camino
sin final y
sin conmigo.
(Canciones de ausencia, p.4)
Luis Ríus,
“como juglar ... de tiempos olvidados” nos trae a la memoria al
poeta del Mio Cid, dejando huella, recurriendo a la
esperanza, al recuerdo y a la tradición: “en un estilo breve,
conciso, diáfano..., escribiendo lenta, prudente, esforzadamente...,
capturando lo huidizo”.
En otro lugar
dice el maestro-poeta:
Como el
juglar galante de tiempos olvidados
-el laúd a la
espalda, en la mano un adiós-
al tiempo que
de flores se cubran estos prados
partiré por
la senda que nos unió a los dos.
(Canciones de vela, p.33)
Y viene a mi
memoria el verso sublime del juglar del Cantar de Mio Cid:
“¡Qué ventura
sería si assomase essora Mio Cid, el Campeador”.
Que a su vez
trae a la memoria versos anteriores del Cantar, cuando el Cid se
despide de su familia en Cardeña y profiere:
“A Dios vos
acomiendo, fijas e a la mugier e al padre espiritual;
agora nos
partimos, Dios sabe el ayuntar.
Llorando de
los ojos, que non viestes atal,
Asís´
parten unos d´otros como la uña de la carne”
(vv.
372-375).
Sí, el
exhilio a Ríus, como al Cid, “ le cala hasta lo más profundo de
las entretelas del alma”:
esa herida tan honda/ sin sangre y sin lágrimas (Canciones de
vela, p.67-68).
El maestro,
el amigo, ¡el cómplice! traía a la memoria a sus allegados,
aquellos autores que admiraba: Juan Ruiz, Santillana, Pérez de
Guzmán; y los regalaba “de cuerpo presente”, como el poeta del
Mio Cid: se asomaba entre las cuerdas de las respectivas obras
para explicar el estilo, el contenido, la maestría de aquellos
versos que nos ayudan a explicar nuestro presente.
El magisterio
ejemplar de Ríus legó a nuestra memoria la presencia eterna del
poeta épico, juglar que se erige como testigo de lo que cuenta;
pero también cuya prudencia y mesura se postulan como cualidades
del propio protagonista.. Y gracias a su violenta contención –decía
el maestro Ríus-, el poeta intercalaba “...exclamaciones,
imprecaciones, gritos belicosos para incitar al combate,
llamadas de atención del Cid a los suyos, y también, a la par
que las del Cid, llamadas de atención del poeta a sus oyentes”.
El don
de palabra de Ríus dejó en nuestras mentes la reminscencia de la
función didáctica de un juglar a lo divino:
clérigo que se presenta como testigo de sus escritos –aunque se
trate de leyendas anteriores en el tiempo-. Paradójicamente, la
poesía de Berceo “...el más viejo de nuestros poetas
...[fructificó]... siete siglos después de haber sido creada.
Esto, lejos de disminuir el valor de la obra tal vez la ha
liberado para siempre del polvo con que la erudición suele, en
algunas ocasiones y como por obra de magia, transformar las
obras de arte en piezas arqueológicas”.
Su profundo,
a la vez que paladino conocimiento, inmortalizó en nuestros
corazones la
impudicia autoral de un clérigo juguetón:
Lo primero que
llama la atención al abrir el Libro de Buen Amor “es
precisamente la súbita presencia del autor mismo en los versos
que escribe; su deseo, hasta violento de entrársenos en el
cuerpo y alma por los ojos desde la primera línea [...]. Nunca
hasta ahora habíamos encontrado en nuestra literatura un libro
tan personal que nos ofreciera al desnudo, sin recato,
sensaciones, afectos, episodios vividos por el poeta”.
Curiosamente
estos tres autores se asoman en sus obras como protagonistas,
como testigos de lo que cuentan o narran. Se trata de textos
donde el presente del autor se “asoma” en el pasado de la
narración, y también al futuro de una colectividad oyente o
lectora.
Y Ríus dejó
también su poesía, donde él se “asoma” de cuerpo presente,
legando como tradición que el poeta es también maestro y que,
como pico de hielo, rompe nuestros mares congelados
Él, como el
Arcipreste, se mete en su obra con todo impudor, quizá para
desasirse de aquella prisión –el exilio-. Porque “volver a vivir
lo vivido, transformándolo en poesía –decía Ríus del de Hita-
era salvar para siempre su existencia y burlar la soledad de la
prisión”.
Y no por ello
deja de hacer énfasis en la “meditación”. En efecto, dice el
intermediario Luis Ríus: “Citas, sentencias de sabios no le
faltan, es cierto, al Arcipreste. Pero es que las tiene en la
memoria [...], las transcribe para apuntalar de ese modo su
propia reflexión, con el nombre intocable de alguna autoridad de
la talla de Salomón o Aristóteles”.
Termino con
unos versos de Luis Ríus. En este momento se trata de dar carta
de presencia a ese poeta cercano (en el tiempo), pero a la vez
maestro lejano (en la memoria):
Llegó aquí. Y
ha muerto
un día
cualquiera,
en cualquier
momento,
antes o
después,
pero no a su
tiempo.
(Cuestión de amor y otros poemas, p. 60)
¿Cuál es el
tiempo adecuado para la muerte? Para algunos debió ser antes,
para otros debía haber sido después. Creo que la muerte logra
prolongar el presente porque tiene, ella sí, visos de eternidad.
Yo te
plantaría, muerte,
Por ver si
verdeabas.
Árbol serías
tú, muerte,
con hojas en
las ramas
y darías
fresca sombra
en las altas
montañas
y mejor aire
tus bellas
flores blancas.
Muerte, ¡te
plantaría
Por ver si
verdeabas!
(Canciones a Pilar Rioja, p. 32)
Luis Ríus
logra unir el ayer y el hoy en el constante recuerdo..., y en la
memoria permanece ese futuro que “sin llegar pasó”.
BIBLIOGRAFÍA
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