Harol Gastelú Palomino, Perú, 1968.
Autor del libro de cuentos Historias urbanas.
Ha recibido los siguientes galardones: 1995: segundo lugar
en cuento en los Juegos Florales de La Cantuta. 1997: primer
lugar en cuento en los Juegos Florales de La Cantuta. 2004:
Premio Nacional de Educación Horacio en cuento. 2005:
finalista en novela en el Premio Nacional de Educación
Horacio. 2007: Premio Cuentos Ciudad de Trujillo; mención
especial en novela en el Premio Nacional PUCP para nuevos
talentos; mención de honor en el área de Mitos y Leyendas
Populares en el Premio Nacional de Educación Horacio. Ha
publicado sus textos en las revistas digitales Azularte,
Yoescribo.com, Remolinos, Destiempos, Palabras diversas, La
puerta azul, Letralia, Ciberayllu, Exquioc, Misioletras, Las
filigranas de perder y Literarte.

¿Qué me vas a regalar en Navidad, tío Agustín? –preguntaba a cada
rato Ximenita.
–Todavía no lo sé, Ximenita.
–Le he pedido a Papá Noel una muñequita que canta y que
baila –dijo la niña, con una luz de esperanza en sus bonitos ojos.
–Pobre Papá Noel, se va a arruinar: esa muñeca debe costar
una fortuna.
–No seas exagerado, tío Agustín, esa muñequita no cuesta
tanto.
–Eso dile al viejito pascuero.
–Ya pues, tío Agustín, dile a Papá Noel que no sea malito;
dile que por gusto no me he portado bien todo el año.
¿Portado bien todo el año? Si tuviera que contar todas las
travesuras que hizo Ximenita durante los últimos doce meses, por lo
menos necesitaría mil páginas… solo para el primer tomo.
–Eso tienes que decirle tú, Ximenita, no yo.
–Acuérdate que Navidad es perdonar y olvidar todas las
travesuritas –decía la niña, llenándome la cara de besos.
–Yo solo sé que me has dado dolores de cabeza hasta por
gusto, Ximenita.
–Anda, di que sí, tío Agustín. Cómprame esa muñequita, ¿sí?
Porfa.
–Voy a pensarlo, Ximenita. Todavía falta mucho para
Navidad.
–Ya pues, tío Agustín, di que sí. Para Navidad esa
muñequita ya no habrá. Si me lo compras, te prometo que nunca más me
portaré mal.
–¿Prometido?
–Prometido, tío Agustín.
–Bueno, te lo compraré.
–¡Yupi! –exclamó Ximenita, saltando en un pie de contenta–.
Eres el tío más bueno y más lindo del mundo.
Mi sobrina y Ximenita II (así bautizó a su muñeca) se
convirtieron en uña y mugre: jugaban juntas, veían la televisión
juntas, dormían en la misma cama, etc. Parecían siamesas, pues hasta
para ir al baño no se separaban:
–Es que Ximenita II también quiere hacer el uno y el dos
porque ha comido todo su comidita –decía la niña a favor de su
muñeca.
Ximenita II empezó a ser utilizada como chivo
expiatorio de las travesuras que perpetraba la Ximenita de carne y
hueso:
–No seas injusto conmigo, tío Agustín. ¿Por
qué me castigas a mí nomás si fue Ximenita II quien se
limpió el pompis con tus dibujos?
Hasta me convertí en tío de una muñeca:
–¿Te gustó el cuento de La caperucita roja que nos
contó el tío Agustín, Ximenita II?
–Sí, me gustó bastante –decía Ximenita II–. Ahora cuéntanos
todas las aventuras de Pinocho, porfa, tío Agustín.
–Por hoy es suficiente, niñas. Ya es hora de dormir.
–¡Queremos más cuentos, queremos más cuentos! –pedían las
Ximenitas a coro –. Sino no nos vamos a dormir, tío Agustín.
Las dos me iban a sacar canas de todos los colores.
–Pero es el último, ¿ya, niñas? Me duele la garganta de
tanto leer.
Todo marchó sobre ruedas hasta la víspera de la Navidad.
Cuando fui a buscar a las niñas para que almorzaran, las encontré
chapoteando en la piscina como si fueran las hermanas de Sirenita.
–Es que Ximenita II también sabe nadar –me respondió la
niña cuando le pregunté por qué había metido su muñeca al agua.
–Sácala inmediatamente antes de que se malogre.
–Primero juguemos al salvavidas, tío Agustín: tú ahógate y
nosotras te salvamos como en Baywacht, ¿sí? Te tomas bastante agua,
porfa.
–¡Te he dicho que saques a esa muñeca inmediatamente!
La sacó, pero demasiado tarde. Ximenita II ya no bailaba ni
cantaba. Probablemente había “muerto” ahogada al cruzársele los
circuitos internos. Le cambiamos las pilas, la exprimimos como a un
limón para sacarle hasta la última gota de agua, pero nada, la pobre
no daba señales de vida.
–¿Por qué no lo arreglas con tu alicate y con tu
desarmador, tío Agustín? –sugirió mi sobrina como último recurso.
–¿Y si lo malogro más? Yo nunca he arreglado muñecas, por
si acaso.
–Acuérdate que cada vez que se malogran la tele y la
computadora, tú los arreglas con tu alicate y con tu desarmador y
vuelven a funcionar mejor que antes.
–Bueno, ya que insistes, qué me queda.
Lo único malo es que se me olvidó pedirle a Ximenita que me
firmara un papel eximiéndome de toda responsabilidad si la
“operación” fallaba.
Y por supuesto que falló: cuando terminé de suturar a mi
paciente, me sobraban piezas y la pobre estaba peor que antes.
Ximenita y yo empezamos a culparnos mutuamente de la muerte
de Ximenita II:
–¿Por qué no me dijiste que no podías arreglarlo, tío
Agustín?
–Claro que te lo dije, pero tú me insististe. ¿O no te
acuerdas?
–No debiste de haberme hecho caso, tío Agustín. ¿Si te digo
que te tires al río, tú te tiras?
–¿Y a ti quién diablos te mandó que te metieras al agua con
todo y muñeca, ah?
–Tú, tío Agustín. Tú me dijiste, y yo solo te obedecí. ¿No
te acuerdas?
–¿Yooo? ¿Estás loca? ¿Cuándo, ah?
Según Ximenita, antes de bañarse me preguntó si Ximenita II
también podía hacerlo y yo le dije que sí.
–La verdad es que no me acuerdo, Ximenita.
–Tú me dijiste, tío Agustín. Tú tienes la culpa.
–¿Ah, sí? ¿Y por qué me obedeciste, ah? ¿O sea que si yo te
digo que te tires del techo, tú te tiras, ah?
Ximenita no supo qué replicarme.
–Bueno, una muñeca es una muñeca. Así no cante ni baile,
igualito puedes seguir jugando con ella. Y pueden bañarse todo el
tiempo que quieran.
La niña seguía callada.
–Si quieres, la otra Navidad te compro una muñeca mejor que
esa, ¿ya?
Pero Ximenita había congeniado tanto con su tocaya, que al
verla así perdió todo el espíritu navideño y se encerró en su
cuarto. Desde allí reclamaba que le devolviera sana y salva a
Ximenita II:
–Que Agustín (cuando ella se molesta conmigo me llama
Agustín a secas) me devuelva sanita a Ximenita II. Él me dijo que lo
meta al agua, él lo ha malogrado con su alicate y con su desarmador.
No cesaba de llorar a moco tendido, y viendo que no
conseguía nada con sus lágrimas, decidió endurecer su posición:
–Si Agustín no me devuelve sanita a Ximenita II, juro que
me voy a tirar de mi ventana para abajo y me voy a morir cuando me
chanque mi cabeza en el suelo.
–Déjala que se tire si quiere –dijo Karem Geraldine–. Está
haciendo puro teatro para salirse con la suya.
¿Puro teatro? Pensábamos que Ximenita estaba bromeando,
pero cuando la vimos parada en el alféizar de su ventana, nos
asustamos.
–Ximenita, te prometo que para la próxima Navidad…
–¡No quiero nada para la próxima Navidad, Agustín! ¡Yo solo
quiero que me devuelvas a Ximenita II antes de que me tire para
abajo y me muera cuando me chanque mi cabeza en el suelo!
–Ximenita, ahora estoy sin un centavo, pero te prometo que…
–Voy a contar hasta diez, Agustín, y si no me devuelves
sanita a Ximenita II, me tiro para abajo.
–Ximenita, te prometo que…
–Uno, dos, tres…
–Ximenita, te prometo que…
–Cuatro…, cinco…, seis… –Ximenita sacó un pie fuera de su
ventana.
Yo estaba a punto de sufrir un infarto.
–Siete…, siete y cuarto…, siete y medio…, siete y tres
cuartos…
–¡Ximenita, por favor! –suplicaba yo, casi de rodillas.
–Ocho…, ocho y cuarto…, ocho y medio…, ocho y tres cuartos…
–¡Ximenita, te prometo que para tu cumpleaños! –me puse de
rodillas, no tenía otra opción.
–Nueve…, nueve y cuarto… –Ximenita se balanceaba en el
aire–. Nueve y medio…, nueve y tres cuartos y…
–¡Por Dios, Ximenita, no te juegues así!
–Y…, y…
Dios mío, esta niña es capaz de cumplir sus amenazas. ¡Si
no la conociera yo!
–Está bien, Ximenita, ganaste.
Ximenita volvió a sonreír.
–¿No dije yo que era puro teatro? –dijo Karem Geraldine.
–¿Ahora sí feliz y contenta? –le pregunté a la niña cuando
tenía en sus manos a Ximenita III.
–Sí, tío Agustín. Muchas gracias.
A las doce de la noche, mientras los artefactos
pirotécnicos iluminaban el cielo de La Realidad anunciando el
nacimiento del niño Jesús, Ximenita me hizo una pregunta:
–¿Qué pasaría, tío Agustín, si a Ximenita III le pongo mil
cohetes en su cintura? ¿Crees que llegue a la Luna?
–Supongo que sí.
–¡Entonces cómprame mil cohetes, tío Agustín!
–Ni lo sueñes, Ximenita, porque si esta muñeca se te
malogra, no te compro otra así amenaces con tirarte del puente
Villena. ¿Entendido?
Ximenita se limitó a sonreír.