Juan
Carlos Hernández Cuevas (México, D.F., 1959) es profesor
en educación primaria egresado de la Escuela Nacional de
Maestros de la ciudad de México (1977). Licenciado en artes
y letras (1995), y maestro de artes (1997) por la
Portland State University. Doctor en filología hispánica
por la Universidad de Alicante (2007). Becario de la
Fundación Max Aub (2000-2001). Ha trabajado como instructor
de español para Emporia State University (2002-2005)
y otras universidades norteamericanas. Sus publicaciones
incluyen cuentos y ensayos.

A don Ignacio Soldevila Durante
I
Las praderas de Kansas son un inmenso mar poblado de fantasmas
indígenas, cuyos gritos desgarradores se confunden con el eco del
viento y los incesantes gemidos de trenes repletos de mercancías y
pasajeros que tratan de cruzar rápidamente sus temibles pueblos y
ciudades semidesérticos. Sólo aquí, en Emporia City, perjura
el maquinista haber sobrevivido torbellinos peores, los cuales
suelen abortar por doquier algunas de las cosas atrapadas en cada
abrupto e inesperado recorrido. Asimismo y con la intención de
entretenerme, refiere que hace años, antes de haber sido calcinada
la última estación de Emporia, los citados Odilón Pérez y
Pancracio Ramírez empeñaron sus exiguas pertenencias con la idea de
emigrar a California. Así, las dos parcelitas heredadas, un
refrigerador General Electric y la Juana, engrosaron el arca
del cacique. Sin embargo, él también se largaría, dizque para
olvidar a su última adquisición, quien a los pocos meses de
tratarlo, huyó muy desilusionada para adentrarse en el barrio de La
Merced. Desde entonces y aunque la ranchería haya sido borrada en
los mapas gubernamentales, ésta ha logrado sobrevivir en la memoria
de los viejos que agradecen a la Juana una tranquilidad rodeada por
la presencia económica de familiares ausentes, polvaredas e imágenes
oxidadas de los últimos candidatos, quienes y no obstante al
transcurso demoledor del tiempo, continúan sonriendo, como si
verdaderamente desearan alegrar tanta melancolía
-¿Y cómo los conoció? Indagué con la explícita morbosidad que los
recorridos largos producen en el viajero inexperto, cargado de
aburrimiento, libros, notas y periódicos
-Solíamos emborracharnos en una barra de la Commercial Por
allá, pasé mis últimos cuatro años de estudiante en ESU
Además, me he enterado por esta crónica del Emporia Gazzete.
-¿Cómo eran y qué le contaron?, insistió por última vez el
intelectual que se dirigía a Missouri para ofrecer una
conferencia en la Universidad de Columbia
-Odilón era bajito, ligero como una pluma, poco hablador y
antipático; la vasta soledad de su cuero cabelludo contribuía a
exacerbar la aspereza del rostro. El vientre de Pancracio fue otro
cantar: resaltaba desde la distancia y continúa siendo, al final de
cuentas, la mejor inversión ante la adversidad latente de su vida
actual.
En Tijuana, entablaron amistad con un coyote que consintió llevarlos
a trabajar a Los Ángeles. El trato excluía la labor del agro.
−El mejor jale está en las fábricas, les confesó el pollero con
chasquidos y gestos ininteligibles. Fue una noche de palabras ebrias
que reflejaban toda la razón del mundo, pues la friega del campo
está muy mal pagada. ¡Mire mis manos! La ventaja de trabajar
encerrado −continuó explicándoles − radica en estar alejado de los
drásticos cambios de temperatura.
A partir de esa noche, despilfarraron paulatinamente hasta el último
centavo en un tendejón del barrio, ya que su traslado y empleo
inmediato estaban garantizados por la nueva amistad, y la comisión
que los gringos pagaron al coyote. Durmieron las borracheras encima
de unos petates acomodados en el interior de un barracón recubierto
con láminas de asbesto, cartón, plásticos y hermosas corcholatas de
Titán, Jarritos, Pepsi, Orange Crush, Squirt y
Coca- Cola. ¿Se acuerda de ellas? Afuera de la suite,
los custodiaba un teporocho expatriado que al lado de su perro y un
carrito de Safeway, portador de toda su hacienda, vislumbraba
con desdén el seductivo resplandor de las luces de San Diego, las
cuales y desde cualquier ángulo, aparecen como si fuesen foquitos
adheridos a la sombra de un pernicioso árbol de Navidad, rodeado por
una obscura hilera de bultos silenciosos que esperan el momento
idóneo para trepar el muro de alambre, descender e internarse con
vehemencia en las entrañas de la tierra prometida.
Los primeros días, les ayudaron gente de Michoacán; los de
Guanajuato y Jalisco hablaron también con el mayordomo de la
fábrica, quien convencido del ahorro que representaba deshacerse de
los perros guardianes, consintió que ambos durmieran en el almacén.
Después de tres prolongados meses, el negocio de muebles se declaró
en bancarrota, y tuvieron que desplazarse más al norte. Aprendieron
a vagar entre la Burnside y el Barrio Chino, pernoctando
debajo de puentes con la finalidad de estar cerca de las esquinas
donde se selecciona la mano de obra que coadyuva a la prosperidad de
los ranchos aledaños y el ensanche urbano que cada día se aproxima
más hacia Beaverton,Oregon City o Hood River.
−I need four strong men!, vociferaba ese día, con enfado, un
bato desde una camioneta Ford. Y después de escupir una
mezcla espesa de tabaco encima del pavimento, prosiguió con el dedo
índice: You, you and the other two guys!
¡Patrón, mister!, gritaron con desesperación varios paisanos
expuestos a los amenazantes cúmulos que ensombrecían El Edén por
enésima ocasión. En la esquina, un autobús desapareció entre el
embotellamiento de la mañana; el conductor sonriente saludó, a
usanza militar, al compañero que aproximaba otro vehículo hacia la
agitada multitud, sobre la cual empezó a caer llovizna gélida que se
transmutaba en una violenta granizada que obligó a todos los
rezagados a cobijarse debajo de marquesinas de restaurantes y bares,
llenos de oficinistas y burócratas indiferentes a la desgracia ajena
-What´s up man?
-Nothing much, respondió el otro chofer.
Al llegar la noche, las débiles flamas de una hoguera improvisada
cubrieron con más hollín las inmortales capas de grafito multicolor
adherido a la parte inferior del puente Rose Island. Odilón y
Pancracio acomodaron los improvisados colchones de cartón, e
introdujeron al mismo tiempo hojas de papel periódico por debajo de
sus camisas y pantalones de mezclilla. Observaron con cierta envidia
a los vagos que acomodaban sus escuálidos cuerpos dentro de sacos de
dormir. Cuando arreció el frío, cenaron tragos de Mad Dog 20/20,
cortesía de los mendigos profesionales que, después de haber
trabajado por muchas horas en las calles del centro, compartían con
sus colegas e invitados el producto de su faena.
-Welcome to America amigos, balbuceó uno de ellos, al
extender su brazo tatuado a los dos huéspedes que recibieron la
botella con regocijo, pues ya empezaban a entender al país de
acogida. ¡Todo era Rock & Roll!, usar y desechar, aseveró el
anfitrión beatneak Lo que en realidad importaba a las masas,
concluía en un español aprendido en México, era la acumulación de
cosas y alimentos que envejecían también en amplias cocheras, y
frigoríficos colocados en sótanos. La ralea al campo, fábricas,
cocinas, hoteles, las guerras y puentes…continuó explicando a sí
mismo durante toda la noche.
Los días de mala racha, hicieron cola en las misiones protestantes
donde y después del rezo obligatorio, engañaban al estómago con
caldos o sopas de lata, café de calcetín y pan blanco de molde
relleno de fiambre Oscar Mayer Casi siempre, descansaban en
la Salvation Army, considerada el Holiday Inn de las
misiones del rumbo, y aunque no hablaban inglés, ya habían aprendido
a compartir letrinas y literas con drogadictos, alcohólicos, ex
convictos y veteranos de guerras, con los cuales fingían estar
interesados en los sermones cotidianos.
II
Sin embargo, pudieron observar que con la llegada del buen clima, el
peso de la fruta doblega los brazos de los árboles La tierra parece
sangrar entre los arroyos morenos, adyacentes a corredores verduzcos
que desvanecen por debajo de la bóveda diáfana que cubre el campo
abierto, atrapado entre montañas, pobladas con majestuosos pinos,
helechos, osos, ardillas y venados que huyen despavoridos ante la
presencia de sierras eléctricas y tráileres que se desplazan cuesta
abajo, por el camino de la costa. Pese al intenso calor veraniego,
incorporaron su trabajo a infinidad de hábiles e incansables manos
de hombres, mujeres y niños que arrancan los frutos con
desesperación, ligereza, desconfianza y miedo que sólo el color del
dólar logra disipar. Soñaron despiertos, y sonreían al imaginar un
futuro tan abstracto como el color, la forma o proporción de los
elementos que les rodeaban
No quisieron ir a recoger papas a Idaho, pues deseaban un empleo
estable y mejor pagado.
−En Emporia, dijo un hombrón de Yakima, sobra el
trabajo.
Sin pensarlo, se sumaron al heterogéneo grupo de indigentes
aposentados en el interior de un vagón y sobre las escalerillas del
tren que se dirigía a Chicago Intuyeron que en aquel lugar
podrían ahorrar el dinero necesario para comprar una tarjeta de
residente y el número de seguro social.
Vagaron a placer por el barrio Pilsner, hasta el día en que
encontraron empleo de lavaplatos en un diner del lago
Michigan. Las conversaciones siempre giraban en torno al mismo tema.
−Chicago tiene la ventaja de ser una fuente de jale mal
pagado, pero seguro, opinó un huichol, ante el reducido grupo que
asentía en silencio, moviendo la cabeza de atrás hacia delante y
viceversa, mientras miraba de reojo la torre Sears para soñar
en purépecha, náhuatl, quechua y hasta en sioux.
Llegaron a Emporia en el tren de las 8:00 p.m., y se
hospedaron en la misión de la calle doce y Merchant, rodeada
en ese momento por árboles de cristal que producían tañidos
cautivadores.
−Una de las ventajas de estos lugares, les expliqué, consiste en la
enorme demanda de mano de obra ilegal. Sin inmutarse, continuaron
embelesados por el resplandor de la nieve, los carámbanos adheridos
a techos, y el tendido recubierto por una capa invisible de agua
congelada El sonido del hielo, intensificado por el roce del
finísimo viento blanco, se perdía en la desmesurada oscuridad de
parques y bocacalles.
La entrevista fue rigurosa, pero consiguieron trabajo fijo en un
matadero enorme y lúgubre. Por varios años y sin chistar, Odilón se
encargó de transportar tripas y pezuñas fétidas de bóvidos a la
planta procesadora de alimento para perros y gatos. Walter
–de esta manera habían apodado a Pancracio en Chicago- separó
las entrañas de los corpachones Impertérrito y quizá animado por
aquel hedor infernal, soñaba con la fundación de un sindicato.
Los caciques de Kansas son invisibles, pensaba Odilón cada noche,
frente a esa fuerza extraña que emana de las corporaciones, y
despierta zozobra inconsciente. Los dueños del matadero son seres
anónimos con miles de ojos sigilosos, respondía la inquieta y
silenciosa mirada de Walter, cuya imagen era reproducida
simultáneamente en pantallas de televisor ubicadas en la oficina
central y la única retina del capataz ojienjuto, cuyo ojo izquierdo
había quedado extraviado en el paralelo 38.
La vida en Emporia y sus alrededores es muy distinta.
Cada amanecer, el ganado reaparece desperdigado en los llanos, junto
a pozos petrolíferos y enormes letreros de propaganda religiosa que
exhorta a los automovilistas al arrepentimiento, a cambio de la
salvación eterna del alma. Desde las vías, Odilón y Walter
divisaban al igual que nosotros, pero con una perspectiva distinta,
el edificio que alberga la cárcel, el Granada, los negros cimborios
de la iglesia y, al fondo de la calle, el campus universitario. La
sobria atmósfera de la Commercial aparecía acompañada de
miradas furtivas que exteriorizan todavía una absurda asociación de
ideas preconcebidas en la estrechez del hogar y las instituciones La
discriminación y el racismo eran una realidad que aprendieron a
sopesar e ignorar, ya que ambas situaciones representaban una
prolongación de lo vivido en México. A pesar de ser tarascos, fueron
clasificados legal y socialmente como Hispanics y, a
diferencia de México, hasta los paisanos mestizos o güeros, quedaban
etiquetados también en una sola casta que los hacía partícipes del
mismo desprecio. Les habían gustado los dólares, y se acostumbraron
a vivir confinados en un mundo asignado que permite estar sin ser.
El sistema los convirtió en obreros cualificados y les asignó la
comunidad ubicada al otro lado de las vías del tren. Apartados de
los anglosajones.
Gracias al influjo y ayuda de algunos religiosos del área, Odilón
decidió ser abstemio y tuvo ánimo para establecer una licorería en
el centro de Emporia. Walter se asoció con unos
restauranteros de Topeka. Deseaba huir del pueblo y volver a
empezar.
Un miércoles por la mañana, atracaron a Odilón. Durante el funesto
acontecimiento le propinaron una paliza, y el cuerpo, fue colocado
deliberadamente encima de una amplia banqueta, para no volver a ser
visto jamás. Esa tarde, el sombrero intacto de la víctima reapareció
encallado en la chimenea del hogar de Walter, quien y sin
comprender el por qué, está por conocer la edad dorada en una celda
de la prisión federal de Walla Walla.
-¡Pero qué crónica tan despiadada y mal escrita!
-Si llegamos a Kansas City, contesta de repente el
maquinista, allí tendrá que tomar el expreso a Saint Louis
El tren continúa su diligente e instantáneo trayecto circular, y mis
párpados, cegados por el anaranjado violento del horizonte y el
impetuoso viento del sur, que continúa creciendo, se cierran como
dos ligerísimas cortinas de hierro candente.