Detrás de mí Cupido,
y ella, sin quererlo, me reina en la incertidumbre.
I
El tiempo se detuvo en Aconcahuac y todo es leyenda. El Baile de
Solteros es la fiesta más significativa y el acontecimiento que
invita a sus pobladores a salir del tedio. Durante 364 días las
señoras cosen vestidos con pedrerías y lienzos de colores que
recuerdan las lágrimas por los ausentes. Mujeres abandonadas a
su suerte, vidas fragmentadas por el hambre, llantos por los
ahogados en Río Bravo. Historias de soledades hechas conjuros se
han bordado en las sedas, con la esperanza de que los solterones
encuentren mejores puertos.
El baile comienza por la tarde, alrededor del quiosco. Como
ritual, las mujeres “por merecer” caminan en círculos mientras
los hombres ven el espectáculo como en plaza de toros. Al toque
de las campanas de la parroquia, las primeras mancebas salen de
sus toriles con vestidos blancos, color que delata su pureza
virginal. El cándido destello de sus ojos combina extrañamente
con el rubor natural de sus mejillas.
Al centro marchan las mujeres vestidas de amarillo. A ellas el
amor no les había favorecido. Apenas rebasaban los veinte y ya
en el pueblo se dice que son las “quedadas”. El destino de esas
niñas-mujeres está sujeto al cuidado de sus padres durante la
vejez, por eso saben que ésa es su oportunidad para subir al
último tren que, sin retorno, las lleve al fin del mundo
alejándolas del escarnio público. ¡Cuánta tristeza se asoma en
sus ojos que intentan sobrevivir a toda costa!
Por último, las mozas de rojo marchan seguras de sí,
desafiantes. El color lo dice todo. Diosas, reinas, Penélopes,
nubes de paso. Entregadas a los brazos del amor han desnudado
sus cuerpos sin equívocos. Eros les ha enseñado las caricias del
amante quien ha partido en busca de un porvenir al otro lado del
muro. Destrozadas por los escombros de un amanecer prometido,
intentan, siempre intentan acomodar el sueño de una nueva noche
que no ha llegado. Sus ojos, ¡ay sus ojos como estepas que ya es
recuerdo!
El jardín se renueva mientras el pañuelo es devuelto a su dueño
con unos labios pintados. Flores en el pelo, sonrisas y ligeros
roces, son señales para saberse el elegido por ellas.
Llegada la noche, a orillas del río, la música anima la
desértica explanada donde se celebra el encuentro con Cupido.
Las mujeres llegan poco a poco hasta completar el cuadro. Junto
a la barra del bar los hombres solteros buscan a su media
naranja para iniciar el cortejo. La fiesta comienza al primer
toque de la orquesta Monte del Valle. Los parejas abren el baile
y entonces comienza la danza como un rito al desamparo.
II
Tenía mucha ilusión pero nadie ha mostrado interés por mi
persona. Una inmensa soledad se apodera de mí en medio de tanto
barullo. El destino juega con nosotros en la incertidumbre
cuando de pronto, en el fondo, atrapada por la luz de la luna,
veo a una mujer vestida de rojo que me hace permanecer en mi
sitio. Está sola y despoblada como yo. Al contemplarla descubro
que en sus ojos se cruzan el mar y el fuego. Cuánta belleza y
perfección; es una diosa, no es mujer de este puerto, yo lo sé.
Voy a su encuentro. ― ¿Bailamos?, le digo. Separa la silla y se
ofrece toda. Al tomarla de la cintura y al contacto con su piel
me estremezco.
Imaginariamente despejamos el lugar, estamos ella y yo solos.
Bailamos acompasados por la música suave.
― ¿Cómo te llamas?
― Carmina. Carmina López.
― ¿Eres de aquí?
― No.
― ¿De dónde vienes?
― Del monte, donde nacen las jacarandas.
― ¿Y dónde queda ese lugar?
―
Donde el sol se entrega a la noche...
Carmina se acerca y dice a mi oído: ― Convócame.
Sin preámbulo me ofrece sus labios y yo respondo a ellos.
Salimos del baile y bajo el álamo, iluminada por las estrellas,
sorpresivamente y sin renuncias, desnuda su cuerpo y acerca sus
pezones a mi boca. Acaricio sus pechos erguidos y trazo mi
soledad con mis manos. Se recuesta sobre la hierba y abre sus
muslos apresando con mi cabeza el desasosiego, el que deja la
huella del león. Es profana, pero me ama por un instante. Bebo
su humedad. Cede a mi deseo y penetro en su agonía. Descubre que
nunca había tenido a una mujer en mis brazos y pide a gritos que
la nombre. La tomo para mí cuando el viento arrecia.
La mujer a mi lado desprende un frío casi sepulcral y un
escalofrío me recorre como presagio…
Amanece. Despierta en mí.
Carmina toma su vestido y pronuncia las primeras palabras:
― Hagamos un trato.
― Dime, ¿qué trato?
― Cuando callen las voces quiero que estés siempre. No lo
olvides. Veámonos hoy, por la tarde.
― ¿En dónde?
― Donde nacen las jacarandas.
― Estaré donde el sol se entrega a la noche, a tu encuentro.
III
Silenciosamente nos acompañamos a lo largo del camino. La
nostalgia me invade. Ahí estaba esa realidad opresiva que me
hace llorar. Regreso a casa, corro a mi habitación y recapitulo
la noche del baile. La culpa. Las ideas se suceden
desordenadamente. Pasadas las horas acudo a la cita. Busco las
jacarandas que nacen a la mitad de un hermoso jardín, y entonces
siento cómo arrecia una tormenta de otros tiempos. Bajo las
sombras del árbol hay una lápida de piedra en reposo con una
inscripción que dice:
Sin darme cuenta pasan las horas como en una ensoñación y al
límite salgo de prisa para acudir a la cita a la hora convenida.
Al llegar a donde el sol se alza, busco las jacarandas que nacen
a la mitad de un hermoso jardín, y entonces siento cómo arrecia
una tormenta de otros tiempos. Bajo las sombras del árbol hay
una lápida de piedra en reposo con una inscripción que dice:
Aquí descansa en paz Carmina López.
Nació en 1907- Murió en 1932.
“Cuando callen las voces quiero que estés siempre. No lo
olvides.”
A nuestra querida hija.
Sus padres.