México, Distrito Federal I Enero- Febrero 2008 I Año 2 I Número 12 Publicación Bimestral I

 








 

Lady López Zepeda. Poeta y novelista mexicana, nacida en la Ciudad de México en el año de 1956. Ha publicado poesía en diversas revistas virtuales y en papel. Es moderadora del grupo literario El Fausto y participa activamente en diversos foros literarios. Forma parte de la Asociación Poetas del Mundo y de la Sane Society. Es integrante del grupo editor de la revista virtual Palabras Diversas. Recibió mención de honor por los poemas Después de la siembra y Tierra de nadie en el Certamen Internacional de Poesía y Cuento Mis escritos en sus versiones 2004 y 2005 y fue finalista en el Primer Certamen de Relatos Breves El País Literario 2005 con el relato El Preámbulo, mismo que se publicó en el libro Novísimos.

Detrás de mí Cupido,

y ella, sin quererlo, me reina en la incertidumbre.

 

 I

El tiempo se detuvo en Aconcahuac y todo es leyenda. El Baile de Solteros es la fiesta más significativa y el acontecimiento que invita a sus pobladores a salir del tedio. Durante 364 días las señoras cosen vestidos con pedrerías y lienzos de colores que recuerdan las lágrimas por los ausentes. Mujeres abandonadas a su suerte, vidas fragmentadas por el hambre, llantos por los ahogados en Río Bravo. Historias de soledades hechas conjuros se han bordado en las sedas, con la esperanza de que los solterones encuentren mejores puertos.

El baile comienza por la tarde, alrededor del quiosco. Como ritual, las mujeres “por merecer” caminan en círculos mientras los hombres ven el espectáculo como en plaza de toros. Al toque de las campanas de la parroquia, las primeras mancebas salen de sus toriles con vestidos blancos, color que delata su pureza virginal. El cándido destello de sus ojos combina extrañamente con el rubor natural de sus mejillas.

Al centro marchan las mujeres vestidas de amarillo. A ellas el amor no les había favorecido. Apenas rebasaban los veinte y ya en el pueblo se dice que son las “quedadas”. El destino de esas niñas-mujeres está sujeto al cuidado de sus padres durante la vejez, por eso saben que ésa es su oportunidad para subir al último tren que, sin retorno, las lleve al fin del mundo alejándolas del escarnio público. ¡Cuánta tristeza se asoma en sus ojos que intentan sobrevivir a toda costa!

Por último, las mozas de rojo marchan seguras de sí, desafiantes. El color lo dice todo. Diosas, reinas, Penélopes, nubes de paso. Entregadas a los brazos del amor han desnudado sus cuerpos sin equívocos. Eros les ha enseñado las caricias del amante quien ha partido en busca de un porvenir al otro lado del muro. Destrozadas por los escombros de un amanecer prometido, intentan, siempre intentan acomodar el sueño de una nueva noche que no ha llegado. Sus ojos, ¡ay sus ojos como estepas que ya es recuerdo!

El jardín se renueva mientras el pañuelo es devuelto a su dueño con unos labios pintados. Flores en el pelo, sonrisas y ligeros roces, son señales para saberse el elegido por ellas.

Llegada la noche, a orillas del río, la música anima la desértica explanada donde se celebra el encuentro con Cupido. Las mujeres llegan poco a poco hasta completar el cuadro. Junto a la barra del bar los hombres solteros buscan a su media naranja para iniciar el cortejo. La fiesta comienza al primer toque de la orquesta Monte del Valle. Los parejas abren el baile y entonces comienza la danza como un rito al desamparo. 

II

Tenía mucha ilusión pero nadie ha mostrado interés por mi persona. Una inmensa soledad se apodera de mí en medio de tanto barullo. El destino juega con nosotros en la incertidumbre cuando de pronto, en el fondo, atrapada por la luz de la luna, veo a una mujer vestida de rojo que me hace permanecer en mi sitio. Está sola y despoblada como yo. Al contemplarla descubro que en sus ojos se cruzan el mar y el fuego. Cuánta belleza y perfección; es una diosa, no es mujer de este puerto, yo lo sé. Voy a su encuentro. ― ¿Bailamos?, le digo. Separa la silla y se ofrece toda. Al tomarla de la cintura y al contacto con su piel me estremezco.

Imaginariamente despejamos el lugar, estamos ella y yo solos. Bailamos acompasados por la música suave.

― ¿Cómo te llamas?

― Carmina. Carmina López.

― ¿Eres de aquí?

― No.

― ¿De dónde vienes?

― Del monte, donde nacen las jacarandas.

― ¿Y dónde queda ese lugar?

Donde el sol se entrega a la noche...

Carmina se acerca y dice a mi oído: ― Convócame.

Sin preámbulo me ofrece sus labios y yo respondo a ellos.  

Salimos del baile y bajo el álamo, iluminada por las estrellas, sorpresivamente y sin renuncias, desnuda su cuerpo y acerca sus pezones a mi boca. Acaricio sus pechos erguidos y trazo mi soledad con mis manos. Se recuesta sobre la hierba y abre sus muslos apresando con mi cabeza el desasosiego, el que deja la huella del león. Es profana, pero me ama por un instante. Bebo su humedad. Cede a mi deseo y penetro en su agonía. Descubre que nunca había tenido a una mujer en mis brazos y pide a gritos que la nombre. La tomo para mí cuando el viento arrecia. La mujer a mi lado desprende un frío casi sepulcral y un escalofrío me recorre como presagio…

Amanece. Despierta en mí.

Carmina toma su vestido y pronuncia las primeras palabras:

― Hagamos un trato.

― Dime, ¿qué trato?

― Cuando callen las voces quiero que estés siempre. No lo olvides. Veámonos hoy, por la tarde.

― ¿En dónde?

― Donde nacen las jacarandas.

― Estaré donde el sol se entrega a la noche, a tu encuentro. 

III

Silenciosamente nos acompañamos a lo largo del camino. La nostalgia me invade. Ahí estaba esa realidad opresiva que me hace llorar. Regreso a casa, corro a mi habitación y recapitulo la noche del baile. La culpa. Las ideas se suceden desordenadamente. Pasadas las horas acudo a la cita. Busco las jacarandas que nacen a la mitad de un hermoso jardín, y entonces siento cómo arrecia una tormenta de otros tiempos. Bajo las sombras del árbol hay una lápida de piedra en reposo con una inscripción que dice:

Sin darme cuenta pasan las horas como en una ensoñación y al límite salgo de prisa para acudir a la cita a la hora convenida. Al llegar a donde el sol se alza, busco las jacarandas que nacen a la mitad de un hermoso jardín, y entonces siento cómo arrecia una tormenta de otros tiempos. Bajo las sombras del árbol hay una lápida de piedra en reposo con una inscripción que dice: 

Aquí descansa en paz Carmina López.

Nació en 1907- Murió en 1932.

“Cuando callen las voces quiero que estés siempre. No lo olvides.”

A nuestra querida hija.

Sus padres.

 

     

 

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