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“Lo único que nos permite entender algo es el lenguaje”
Entrevista a la
escritora Luisa Valenzuela
Entrevista y foto realizadas por Gianmarco
Farfán Cerdán
Luisa
Valenzuela (Buenos Aires, 1938) es una de las escritoras
argentinas más importantes de la actualidad. Una minuciosa
artista de la palabra escrita, una mujer que puede sonreír con
facilidad mientras conversa a pesar que en su literatura y sus
artículos periodísticos escribe sobre temas muy duros -como la
dictadura en Argentina y el exilio-. A los diecisiete años ya
publicaba en periódicos, y ha escrito para La Nación, Página 12,
la revista Crisis, y otros. Ha trabajado en Amnistía
Internacional y vivió en México, París, Barcelona y Nueva York,
lo que le ha dado una visión profunda del mundo. Ha dictado
seminarios y talleres de escritura en las Universidades de Nueva
York y Columbia. Obtuvo las becas Fulbright (1969) y Guggenheim
(1983). Escribió las novelas Hay que sonreír (1966),
El gato eficaz (1972), Como en la guerra (1977),
Cola de lagartija (1983), Realidad nacional desde la
cama (1990), Novela negra con argentinos (1990) y
La travesía (2001). También libros de cuentos como Los
heréticos (1967), Aquí pasan cosas raras (1976),
Cambio de armas (1982) y cinco títulos más. Además de
ensayos como Peligrosas palabras (2001), Escritura y
Secreto (2002) y otros. Es Doctora Honoris Causa por la
Universidad de Knox, en Illinois (Estados Unidos). En 1997
recibió la Medalla Machado de Assis de la Academia Brasilera de
Letras, y el 2001 la reconocida institucional cultural Casa de
las Américas (Cuba) le dedicó una Semana de Autor. Igualmente,
toda su obra se ha traducido al inglés, y parte al francés,
alemán, portugués, japonés, holandés, serbio, entre otros
idiomas. Con la amable Luisa conversamos sobre su talentosa
literatura, su intensa vida, y el poder –un tema fundamental en
su trabajo-.
En una entrevista con (el periodista) Guillermo Saavedra en La
Nación el año 2001 usted dice que cuando empieza a escribir, no
sabe a dónde va. ¿Le ha pasado eso con todas sus novelas o sólo
con algunas?
No me pasó al principio, con la primera novela Hay que
sonreír: ya sabía cómo iba a terminar. En realidad no sabía
qué pasaba en el medio porque creí que iba a escribir un cuento
-tenía la idea del principio y el final-. Después, de alguna
extraña manera empezó a crecer ese personaje en mí, a tomar
posesión de su personalidad y entonces se fue desarrollando la
novela. Creo que es la única vez -tengo siete novelas escritas,
cuentos y todo- que supe cómo terminar. Algún cuento quizás, sí,
porque a veces me cuentan una anécdota y trato de escarbar
dentro y ver qué se está diciendo detrás de los sucesos;
entonces sé más o menos cómo va a culminar. Pero con las novelas
no, y es un riesgo grande porque a veces uno piensa que habrá
que tirarla a la basura porque no tiene final, pero siempre
aparece cuando uno sostiene ese hilo bien.
¿Cómo definiría su evolución como novelista desde Hay que
sonreír en al año 1966 hasta La travesía del año
2001? Ya van siete novelas.
Sí. Y van un montón de libros de cuentos, acabo de terminar uno.
Lo de “evolución” es una palabra muy extraña porque no sé
cuántos pasos adelante y cuántos atrás se van dando en la labor
literaria, pero sí es una constante búsqueda de derivar un
sentido a este sinsentido que es la vida. Lo único que nos
permite entender algo es el lenguaje. Entonces, quiero mirar
así, a trasluz, palabras y frases; cómo se van contando las
historias para ir más allá de lo que ya sabemos. Toda novela es
un pasito más en esa búsqueda, pero a veces son pasos laterales,
no siempre de avance.
Su trabajo como periodista en el diario La Nación y la revista
Crisis ¿le dio conciencia política?, ¿han sido fundamentales
para ser escritora?
Separo mucho el periodismo de la literatura, pero creo que en
alguna medida sí fueron fundamentales para mí. Quizá no tanto en
lo político. Los temas que tocaba en La Nación no eran
políticos, y en Crisis escribía menos de lo que hacía otras
labores de organización de cosas. Desde el periodismo tenemos
generalmente algo que decir, creemos que hay una idea que
queremos compartir, una opinión. He sido columnista también.
Trabajé en varios diarios. Publico bastante en Página 12 ahora,
que es un diario más de izquierda, argentino. Y ahí sí opino,
pero en las novelas no quiero opinar. Quiero dejar que la cosa
se vaya desarrollando sola y el lector vaya descifrando ese
posible sustrato que está diciendo algo. Tanto es así que en
Cola de lagartija, una novela que me reedita ahora
(Editorial) Norma -es la historia secreta de José López Rega,
nuestro (Vladimiro) Montesinos-, (Rega) habla en primera persona
y crece mucho como personaje, más de lo que hubiera querido:
toma control de la situación. Me parece importante dejar esa
libertad en la ficción, no así en el periodismo.
Su trabajo en Amnistía Internacional, ¿cuánto ha influido en su
desarrollo como escritora o en su personalidad?
Amnistía Internacional y el Comité para la libertad de escritura
del PEN (única sociedad mundial de escritores) aguzaron mi
percepción de los males de este mundo y los males políticos.
Como persona hay un desarrollo interesante y además una
sensación de estar haciendo algo, aunque sea mínimamente, porque
con la literatura siempre está la duda de para qué sirve en
momentos de tensión política y necesidad de alguna acción para
salvar vidas. Pero a la larga, creo que es más útil la
literatura. A la larga.
¿Cómo se definiría usted como escritora, en breves palabras?
No creo en las definiciones, Gianmarco. Sí en las breves
palabras. Soy alguien muy abierta al cambio y al fluir de las
situaciones. No creo en una verdad monolítica en absoluto, no
creo en nada monolítico. Me interesa la corriente de búsqueda.
¿Cuál considera que es su libro más logrado?
Todos son logrados en la medida en que no me propongo nada. Vas
a escuchar muchos escritores que dicen “yo, ¿el libro que tenía
pensado? No, nunca se alcanza”. Yo no tengo un libro pensado.
Cuando termino uno, me sorprendo. Mi libro más barroco, más rico
en muchos aspectos es Cola de lagartija. Quizá mi libro
más fuerte y tremendo es Cambio de Armas. Pero aún mi
primera novela, con todas sus cuestiones de candidez, tiene
cosas que para mí fueron muy logradas en sí. Cada historia en sí
logró algún cometido.
¿Qué recuerdos tiene de aquel año lectivo 1969 que pasó en el
Programa Internacional de Escritores (en la Universidad de Iowa,
gracias a la Beca Fulbright)? Aquel “conventillo de escritores”
como usted describía.
Claro, 69-70. Tengo un excelente recuerdo, con todas las peleas
que había allá. Porque me encontré con escritores
extraordinarios, me sentí latinoamericana por primera vez.
Profundamente latinoamericana. Los argentinos tenemos una
tendencia a creer que estamos en la punta del continente, que
pertenecemos a la deriva o somos más europeos. Eso nunca me
interesó. (Carlos) Fuentes dice que los mexicanos descienden de
los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los
barcos, ja ja ja…
Que es cierto en muchos aspectos pero también hay una influencia
de la cosa telúrica que no reconocemos, y ahí la viví de cerca.
Había escritores latinoamericanos maravillosos.
¿Como cuáles?
Como Fernando del Paso, el mexicano; Antonieta Madis, la
madrileña; Carmen Naranjo de Costa Rica. Estaba Néstor Sánchez,
otro argentino; Carlos German Belli (poeta peruano, Premio
Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2006) no en la beca pero
estaba en Iowa en ese momento. Había gente extraordinaria, de un
valor intelectual, literario, de primerísima línea. Para mí fue
un placer enorme. Al mismo tiempo eran discusiones apasionadas
sobre literatura. Ahí surgió El gato eficaz, mi novela
quizá más de ruptura… Los escritores son neuróticos por
naturaleza. Es gente que trabaja en soledad. Entonces, estar
allí en conjunto, en un lugar aislado, tapados de nieve durante
meses, era muy extraño. Era un mundo casi infantil porque era
universitario -el medio norteamericano es muy cándido, habían
universitarios que parecían más jóvenes de lo que eran-. Nos
sentíamos viejos, teníamos treinta, treinta y dos años, y ya nos
sentíamos viejos… Y hablaban de la muerte. Sobre todo Néstor
Sánchez, que era un tipo muy neurótico. Yo les dije: “a mí la
muerte no me interesa para nada, no pienso nunca en la muerte,
¿qué están hablando?”. Y empezó a fluir este texto (El gato
eficaz) sobre los gatos de la muerte. Un texto muy largo
sobre la muerte pero en sorna, claves ocultas, de manera muy
extraña, rítmica, poética. Me dio mucha excitación creadora eso,
una posibilidad de enfocar otro aspecto de mi psiquis que no
tenía previsto para nada.
¿Cuánto ha escrito usted contra las dictaduras, como la de
Rafael Videla en Argentina por ejemplo?
He escrito mucho. Dentro del periodismo he escrito también
contra la cosa menemista, esta pretensión de ser una Argentina
del primer mundo cuando era una idea loca. De eso he escrito
mucho. Contra Videla en el periodismo no se podía hacer nada,
pero el 79 cuando me fui (a los Estados Unidos, por diez años)
tuve una cierta actuación política como francotiradora -además
no pertenezco a ningún partido-. Estaba cerca de gente de
izquierda y de escritores que desaparecían como Haroldo Conti
(Premio Casa de las Américas en 1975 por la novela Mascaró),
Rodolfo Walsh (autor de Operación Masacre) -que eran
grandes amigos-, entonces trataba de ayudar. Y ahí escribí una
literatura que no se podía mostrar en ese momento, como
Cambio de Armas.
¿Por qué Argentina se dejó vencer por el “terror que enceguece”,
durante la dictadura de Videla?, ¿se pudo haber evitado dejarse
vencer?
Es una muy buena pregunta y difícil de contestar. Porque está
llena de respuestas, porque las respuestas son múltiples, no hay
una sola razón. Una cosa básica de los argentinos es que somos
triunfalistas y nos dejamos engañar por una gratificación
inmediata. Veníamos de una persecución muy tenaz que era la
Triple A (el grupo paramilitar Alianza Anticomunista Argentina)
de López Rega (ministro de Bienestar Social de Juan Domingo
Perón y luego de su esposa María Estela Martínez de Perón), al
final de ese peronismo tan desastroso. Y todo ese terrorismo de
Estado... Gente en Argentina -dentro de la que no me incluyo ni
a todos los que conozco- quería que los militares tomaran el
poder para poner orden. Los militares siguieron con la misma
historia de una manera más solapada y oculta. Tiene que ver esa
necesidad de gratificación inmediata de los argentinos. ¿La
culpa la tendrá el fútbol? Je je…
Es una pregunta.
De repente. Ha dicho alguna vez que escribe contra aquellos que
creen tener todas las respuestas. ¿De dónde le nace esta actitud
siempre cuestionadora?
No creo que el artista pueda tener respuestas. Todo aquel que
tiene respuestas te las quiere imponer. Es una situación de
dominio. A mí lo que me gusta mucho es investigar dentro del
tema del poder. El que tiene las respuestas va a querer dominar
al otro porque “yo tengo la razón y vos no la tenés”.
¿El poder es su tema preferido entonces?
No sé si mi tema preferido pero es muy importante dentro de mi
trabajo. En todos los niveles: la cosa doméstica, social,
política. Por eso también lo es el lenguaje -que es un
instrumento de poder muy importante-, ver cómo desarticular el
arma que es el lenguaje para que el otro no te domine desde las
palabras… Toda sensación del que tiene la razón y los demás
están equivocados, o de los que no están de acuerdo están
equivocados, es atroz. Los monoteísmos son atroces. Todo aquel
que cree tener razón, aunque sea buena la causa, aunque su
posición sea positiva, estigmatiza al otro. Es tremendo. La
literatura -el arte en general, pero la literatura en
particular, porque trabaja con un instrumento de poder que es la
palabra- tiene necesidad de señalar la duda, dejar que las
opciones sean abiertas.
¿Toda buena literatura debe tener un “secreto”, algo que no se
dice pero se lee entre líneas?
Sí, absolutamente. Porque toda buena literatura está tratando de
rozar lo inefable, de tocar con la punta de los dedos aquello
que no puede ser dicho.
“Clara en cambio se despertó bastante tarde con un fuerte dolor
de cabeza y un extraño sabor pastoso en la boca, empezó a
acordarse de lo que había pasado pero la plata que encontró bajo
el velador sirvió para ahorrarle vergüenzas ya inútiles”. ¿Le
sigue diciendo Clara lo mismo hoy que cuando escribió la novela
Hay que sonreír en 1966?
Es un ejemplo perfecto del pragmatismo político, ja ja…
No lo pensé en ese momento, no sabía ni que existía el concepto,
pero evidentemente es una situación pragmática: como se va
dejando llevar ella. También es un error irse dejando llevar por
las circunstancias. No aplaudo eso. Lo cuento de este personaje,
pero cuánto político se encuentra con la plata ahí… Y puntos
suspensivos.
Su microrrelato “El abecedario”, donde un hombre hace cosas de
acuerdo al orden del abecedario, es muy creativo, divertido, un
juego con las palabras. ¿Es difícil para usted conjugar esas
cualidades a menudo en su literatura o le resulta fácil?
Me resulta demasiado fácil, peligrosamente fácil. Me dejo llevar
por los juegos y pierdo de vista a veces el horizonte de lo
tremendo. Tengo una tendencia un poco morbosa a hacer bromas
dentro de las situaciones más horribles que estoy narrando. Creo
que es una buena medida para poder decir las cosas tremendas,
pero a veces exagero. Ese microrrelato: cuando lo escribí ni
sabía que existía el concepto. Escribí microrrelatos mucho antes
de tener esa noción. Pero es cierto que son maravillosas
maquinitas de pensar. Ese es del 67, de mi primer libro de
cuentos.
Guillermo Pira en el prólogo a su libro del año 2004 Trilogía
de los bajos fondos, dice algo muy interesante sobre
usted: “ella es a la literatura lo que los anticuerpos a la
medicina: si es literatura lo es, ante todo, porque es
antiliteratura”. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?
Mi literatura es cuerpo, pero los anticuerpos defienden el
cuerpo, así que quizá la antiliteratura también defiende la
literatura (ríe).
Cuando escribió la colección de cuentos Aquí pasan cosas
raras, escribió treinta cuentos en treinta días. ¿Fue un
proceso intelectual agotador o era inevitable escribir así por
todo lo que sentía en esos momentos?
Era inevitable escribir así porque me encontraba totalmente
fuera de ese país que era mío pero no era más el mío. Acababa de
volver de un viaje y encontré esa realidad tremenda, ese
terrorismo de Estado. Fue absolutamente agotador. Nunca estuve
tan agotada en mi vida. Creía que había corrido la maratón de
los cien barrios. Raro, porque era un esfuerzo intelectual y,
sin embargo, físicamente estuve exhausta.
¿Le agrada que en los Estados Unidos la conozcan como escritora
política?
Me conocen en varios aspectos y en muchos me desconocen, pero como
escritora política me pusieron en un museo. En uno muy importante de
arte estadounidense, hicieron una retrospectiva para el año 2000 del
siglo XX -los primeros 50 años y después los segundos 50 años, pero
del arte, porque es un museo de arte pictórico, de pintores-,
alguien decidió poner los libros que habían influenciado el arte
norteamericano. Y en los años setenta estaba mi libro, yo era la
única latinoamericana ahí, en toda esta historia. Nunca me
preguntaron, nadie me consultó nada. Estaba puesto ahí Aquí pasan
cosas raras, este libro de la política. Era esa
percepción de algo que está en el otro lado, en el imaginario
político de la gente. Nunca supe por qué.
¿Pero está orgullosa de eso o no?
Pero era un libro político. Político de refilón, como decimos,
de costado. La cosa política se disfraza de otra cosa. Como toda
política que es un gran disfraz.
Cambiando de tema, su madre fue amiga de Ernesto Sábato.
Fue amiga de Ernesto Sábato, sí.
¿Cómo fue la relación de su familia con ese gran escritor no
sólo argentino sino latinoamericano?
Mi madre era amiga de grandes escritores. Era una escritora
estupenda que se llamaba Luisa Mercedes Levinson, a quien yo
admiraba mucho. Escribió un cuento en colaboración con Borges
que se llama “La hermana de Eloísa”. La relación con Sábato fue
muy linda. Sábato es un tipo depresivo y triste, pero era un
hombre maravilloso y tenía una forma de humor muy particular. Yo
era muy amiga de su hijo, Jorge Sábato –que murió hace tiempo
(1995)-, y cuando Jorge cumplía años, en una fiesta patria, el
único lugar donde se podía ir en el cumpleaños de Jorge era a su
casa: todo estaba cerrado en Argentina. Entonces, íbamos todos
los jóvenes ahí y Ernesto nos sentaba y nos leía sus cosas. Al
principio nos leía cosas divertidas y nos sentíamos orgullosos
de que nos prestara atención. Ya cuando estábamos bastante
avanzados en la adolescencia nos parecía insoportable: porque
era ocupar el espacio del hijo en vez de la fiesta. Nos leía
Sobre héroes y tumbas (1961), nos preguntaba una opinión,
todo eso… Me alejé de esas fiestas porque me resultaban
intolerables, pero fui a visitar a Ernesto cuando murió su mujer
(1998) que era un ser muy adorable -Matilde- y él estaba muy
triste. Le dije: “Ernesto, ¿te acordás cuando nos leías esas
cosas y eran tan graciosas?” -nos hacía parodias y pastiches de
otros-, entonces él sacó todo eso y lo empezó a leer. Fue tan
linda esa reunión. Era un hombre absolutamente tierno que
ocultaba esa ternura tras este barniz de existencialismo que
siempre se impuso.

Gianmarco Farfán Cerdán
(Lima, 1978). Egresado de Comunicación Social de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). También tiene estudios de
Psicología en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP).
Ha transitado por diversos medios de comunicación: boletín
semanal Católica Deportes de la PUCP, Radio Santa Rosa, Radio
Cadena, diario El Comercio, semanario Milenios, revista
Universidad y Business. Además ha sido editor de la revista Bar
News durante los años 2005 y 2006, y realizó algunos trabajos
como periodista freelance. El 2006 obtuvo una Mención Honrosa en
el concurso de cuentos “Horas de Ágora” de la UNMSM. Ha
publicado poemas y reseñas en las revistas virtuales Miríada,
Remolinos y Bocanada (y han seleccionado uno de sus cuentos para
publicarlo en la 5ta edición de su versión impresa), y tres
poemas en la publicación impresa Punto Edu (ediciones 62 y 73)
de la PUCP. También ha publicado entrevistas en la revista
cultural virtual Destiempos (México) números 9, 10 y 11, un
cuento en la revista virtual Letralia (Venezuela), y poemas en
la revista virtual Voces (España). Igualmente, pertenece a la
Red Mundial de Escritores en Español (REMES).

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