México, Distrito Federal I Enero- Febrero 2008 I Año 2 I Número 12 Publicación Bimestral I

 








 

Manuel Aguirre, nacido en Arequipa, 1940. Ha sido oficial de caballería del ejército peruano y es retirado desde 1972. Publica un solitario libro de poemas en 1972, Razón de silencio En 2006 publica su primer libro de cuentos: Una bala en la frente y en 2007 un segundo libro de cuentos: Reyertas y desafíos  Tiene dos novelas inéditas: Dudas y murmuraciones y Taxi. Actualmente está escribiendo una novela, Tanto Nadar,  que espera publicar en el 2009. Los cuentos Como un niño dormido y El hermano han sido ganadores de las medallas de oro y de plata en los juegos florales 2007 del Círculo Militar del Perú.

 

Baranda comprobó que eran las tres de la mañana y continuó su marcha forzada. El corte que tenía en el antebrazo no lo iba a detener. La herida en el bajo vientre de Chimpún era lo que le preocupaba. El grandulón sangraba tanto que estaba dejando un trazo fácil de seguir. ¿Cargarlo?; imposible. Hubiera colapsado bajo ese peso muerto. “Puta, qué salado soy; me tocó este gigantón al que no puedo cargar”, pensó Baranda.

Fueron cinco los compañeros perdidos en esa operación, pero al menos le habían dado vuelta a Daniel, líder terrorista de la provincia en que ellos actuaban. Estaba seguro de haberlo eliminado. “Lo siento, hermano”, susurró Baranda al oído de Daniel con una mano sobre su boca y la otra introduciendo el puñal a la altura de los riñones, “no te puedo llevar conmigo, causita, y si te dejo vivo nos matas”. Luego de unos segundos en ese abrazo compulsivo, cogió los anteojos de aquel cuerpo flácido y los colocó en su morral. 

            Habían sido rodeados por los terroristas a las once de la noche. Todos sudaban, pero respiraban profundo a fin de mantenerse en control. Una mina voló a tres. Un cuarto murió de un tiro al corazón. Conejo, el líder del grupo, fue el quinto en caer. El tiro le entró por el ojo y la bala, “seguro tenía la punta perforada”, pensó Baranda, se llevó la parte trasera del cráneo. Fue un impacto brutal descubrir que tenía la cara cubierta con grumos del cerebro de su jefe, pero apreció su entrenamiento en la escuela de comandos porque su corazón continuó latiendo al mismo ritmo y su cuerpo cambió de dirección para caminar raudo –sin pensar en los compañeros muertos– en la dirección que lo llevaría directo a la retaguardia del que había matado a Conejo.

Cuando pudo oír con claridad el tenue susurro de su respiración, tenía delante de sí la espalda de un terrorista en la posición de rodillas,  escudriñando con su rifle el panorama frente a él. El hombre, ebrio de confianza, calzaba anteojos que le permitían visión nocturna. Baranda supo, por ese simple detalle, que aquel individuo al alcance de sus manos era el escurridizo y legendario Daniel.

Chimpún caminaba apoyado en el hombro de Baranda, con gran dificultad. Odiaban el roce de las hojas en la oscuridad. Tenían las mejillas y las manos cortadas por doquier. Mientras atravesaban el bosque cerrado Baranda habló, intercalando su respiración cansada, sobre la intensidad con que extrañaba a su madre y a su hermanita menor. Chimpún murmuró dos veces, entre dientes, que daría cualquier cosa por ver a su hijito de tres años que se encontraba en Lima. Baranda no entendió lo qué le decía el grandulón, pero asintió: “Sí, sí”, pensando en la gravedad de la herida de su compañero.

De pronto, Chimpún se detuvo. Respiró con fruición y dijo: “Si nos salvamos de ésta, enano, ¿qué te gustaría que pasara?” Baranda respondió: “Quisiera que venga mi papá y me lleve cargado, como cuando yo era niño y me quedaba dormido, echadito frente a su pecho, desde el lugar en que nos encuentren hasta el helicóptero”, y rieron silenciosamente los dos.

Chimpún cae de rodillas y cogiéndose el bajo vientre, con las dos manos, comienza a toser. Baranda nota que al final de cada tos nace un gemido profundo y desgarrador. Chimpún toma su pasamontaña y lo coloca sobre la herida, como si ese tejido sucio y sudado pudiera hacerle algún bien.

Baranda vomitó. No sabía si era por el esfuerzo realizado o porque había matado a Daniel. Se contrajo varias veces hasta que el vómito se convirtió en unas arcadas horribles que lo dejaron sin respiración y allí, por un segundo, pensó que sería mejor dejar a Chimpún y salir corriendo hasta desaparecer. 

Baranda cree haber escuchado oculto entre la brisa, las copas de los árboles y la angustia de la noche, el suave tableteo del helicóptero. Aguza el oído y deja de respirar, pero no puede ubicar ese sonido mecánico que se halla sumergido dentro de la conversación enfermiza que sostienen las hojas en los árboles. Chimpún le dice que se vaya. “Vete, enano de mierda”, le dice entre dientes, “sálvate, ahora que aún puedes”, mientras lo empuja con una mano. Baranda recupera su identidad de soldado. Ajusta su cinturón, se calza el arnés con el radio, en la espalda, y se cubre toda la cabeza con el pasamontaña. Acomoda los dos orificios pequeños sobre los ojos, el más grande sobre la boca y le dice a su compañero que es hora de partir. 

El monótono ruido del helicóptero se escucha como un eco lejano. La noche empieza a perder su dominio del escenario y los dos soldados se desploman sobre el follaje en un claro del bosque. “Ya no doy más”, dice el grandote tendido sobre la yerba, con la mejilla apoyada en el rocío, semioculto por las hojas largas de la vegetación en el piso. “Yo tampoco”, replica acezando el pequeñito de rodillas a su costado, auscultando con miradas rápidas el círculo de árboles que los rodea, tratando de encontrar el origen de los disparos que escucha. 

Cuando Baranda siente con claridad el aleteo grotesco de la nave que viene en su búsqueda, percibe las siluetas de sus atacantes en el borde del claro. Salta hacia la derecha, entre zumbidos de bala, y enciende la bengala. Retorna rápidamente a su posición y cubre con su pequeño cuerpo la cabeza y el torso de su compañero. Yergue el cuello y dispara su metralleta apuntando a toda la extensión del círculo hasta quemar el último cartucho. Al llegar los soldados que vienen a rescatarlos, encuentran su cuerpo –con muchos orificios de bala– ocultando el quejido de otro soldado debajo de él.

La ametralladora de la nave dispara balas trazadoras hacia las figuras negras que corriendo y arrastrando heridos se ocultan dentro del bosque. Al mismo tiempo los enfermeros retiran el cuerpo perforado del pequeño soldado, para colocarlo a un lado –como algo que ya no merece dedicada atención– y se lanzan a revisar al herido que se queja.

   El gigantón levanta su pistola y coloca la boca del cañón sobre la nariz del sujeto que le toma el pulso con los dedos sobre su carótida. “¡Carga a ese hombre con tus dos manos, el cuello  sobre uno de tus brazos y las rodillas sobre el otro y llévalo así hasta el helicóptero! ¡En su morral están los anteojos de Daniel!”, le grita con autoridad. El sargento le dice que así se hará y se deja relevar por los enfermeros que vienen a recoger al herido.

Chimpún, sobre la camilla que lo transporta hacia el helicóptero, contempla al sargento que corre frente a ellos llevando a un hombre en los brazos, como si fuese su hijito que se hubiera quedado dormido.

 

La noche cerraba los ojos de los combatientes. Era tan oscura que ya nadie se preocupaba de otear en busca de enemigos, caminábamos con los brazos estirados para tantear el camino. De pronto se oyó un lejano murmullo flotando sobre un resplandor. Nos abrimos en media luna y avanzamos en silencio hasta que, estando muy cerca del que hablaba en voz baja, uno de los nuestros tropezó con una cuerda atada a una granada de mano. El clic se escuchó, pero como éramos incapaces de ver nada nos arrojamos al piso para tratar de salvar el pellejo. Los que conversaban al calor de la mortecina luz empezaron a disparar alrededor del círculo, pero a la altura de la cintura. Nosotros, desde el suelo, contestamos el fuego hasta que el silencio se posesionó del lugar. No más tiros de regreso, murmullos o leve resplandor.

 “Elías, ¿estás bien?”, dije yo, a media voz, para cerciorarme de que el hombre a mi derecha, mi segundo, se encontraba sano y salvo. “Contéstame, Elías”, susurré por segunda vez, pero no pude obtener respuesta. Sentí que algo me bajaba por el centro del pecho; algo como un manojo de lombrices ondulando para caminar hacia mi barriga, hacia los huevos, para morderlos, babosearlos; nadie me había contestado tampoco del lado izquierdo. Me quedé callado e inmóvil a fin de ver si alguien se manifestaba, de mi gente o la del enemigo. Al momento de la explosión ellos estarían a cinco metros de nosotros, si alguien hubiera hablado o se hubiera movido yo lo hubiese notado de inmediato.

         Un par de minutos más tarde, tiempo en el que irresponsablemente cerré los ojos y me concentré en respirar profundo, escuché una voz lastimera llamando a sus compañeros. No era uno de los nuestros. El silencio, que al parecer era dueño de la situación, ocupó todos los espacios entre los oídos del que gritaba y los míos. Palpé mi cuerpo en forma prolija, de la cabeza a los pies. No estaba herido. ido.

El hombre que hablaba volvió a quejarse de que lo habían dejado solo. Me arrastré hacia Elías y lo palpé con sumo cuidado: tenía el vientre abierto y las entrañas regadas sobre el pasto del piso. Me llené de rabia y comencé a planear la forma en que le daría muerte al que hablaba. Cambié de dirección, siempre sobre mi barriga,  y principié a tantear como los ciegos, con mis dos brazos estirados, en medio círculo, a fin de encontrar a los camaradas de la izquierda. Los hallé a los dos, pero ambos estaban muertos. Sólo quedaba yo.

         El que hablaba pensó lo mismo y encendió su pequeña fogata. Era un soldado muy joven. Un blanquito; seguro venía de la costa, de lima, tal vez, como yo. Se hallaba sentado frente a la luz, los dos brazos cruzados abrazando su propio cuerpo. Tal vez tenía mucho frío o de repente se estaba cagando de miedo. No le pude disparar, no sé por qué, y me acerqué, pistola en mano, hasta sentarme frente a él. El hombre me contemplaba en silencio con los ojos vacíos, meciendo su cuerpo de lado a lado, como si estuviera mirando muy lejos. No se me ocurrió otra cosa que invitarle un cigarro. Al verlo tan disperso, se lo entregué prendido. Dio varias pitadas seguidas y de pronto irrumpió a decir: “Me vas a matar”. Yo le respondí que nosotros no tomábamos prisioneros. Eso era conocido, nosotros vivíamos del monte, no teníamos cuarteles ni camiones ni helicópteros, “¿me entiendes?”, le pregunté. Con un canto de niño, me contestó para hacer una demanda: “no me mates por favor; te puedes ir y yo también me iré”.

         Me dio risa su proposición. Le expliqué que yo tenía tres muertos, ahí nomás, unos metros más allá. El, levantando las manos bien alto, se puso de pie y mirando el suelo comenzó a contar: ahí, cerca de sus pies, tenía cinco muertos a su alrededor. “No puedo dejarte vivo. Si me voy, me dispararás por la espalda. No te puedo salvar”, le dije y acomodé mi pistola para disparar. “¡Espera”, gritó y yo le dije: “calla, mierda, que nos vas a descubrir”. El soldadito abrió el bolsillo de su polaca y me alcanzó una foto que dijo era de su mujer. “Hazlo por ella”, imploró, “no me mates, hermano, ¿no te das cuenta de que ni tú ni yo vamos a ganar?” Me quedé pensativo y él aprovechó la calma para arremeter: “Cuando esto termine, si es que quedas vivo, seguirás siendo un soldado. Lo mismo yo. Trabajaremos por un pequeño salario y tendremos una vida de mierda, porque este país no tiene salvación. Yo soy muy joven, tú dirás, pero mi padre que tiene ochenta años me ha dicho que el Perú siempre ha sido así. ¡Déjame ir, por favor, hermano”.

         Me puse de pié, guardé mi pistola y le dije al soldadito: “Has tenido suerte, hermano; encontrarte conmigo aquí en la selva, en medio de la noche, y haber quedado vivos los dos, con tres muerto de mi lado y cinco del tuyo, ha sido mucha suerte, hermano. Márchate, anda derecho hasta que encuentres a tu gente y si algún día ves a tu padre, dile que encontraste a tu hermano en medio de la selva y que él te salvó de una muerte segura.”    

 

     

 

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