Osvaldo
Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de
cuentos, poesías y algunos artículos, más de 25
publicaciones en revistas de literatura, universitarias y
virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la Sociedad
de poetas de la Open University, Inglaterra, del Círculo de
Escritores de la V Región Chile y de la Sociedad de
Escritores Latinoaméricanos y Europeos, SELAE.
Primeros textos publicados : Amores de tejado,
Revista de Literatura Chilena en el exilio N°6, 1978,
California. La vida a través de una reja ,
misma revista N°10, 1979. Ultimo texto publicado :
Los tallarines estaban fríos , Antología Literaria. A
30 Años del golpe militar , 2005 Milán, Italia. Primer
premio en cuento : Concurso Literario Internacional DE LA
ong Reencuentro, 2005, Chile, con el relato La Golemah

Me despertó un
olor a café recién hecho y una puerta que se cerraba de golpe, luego
oí una llave que daba dos vueltas. Me levanté tratando de reconocer
donde estaba. Me encontraba en casa. Estaba seguro que había
dormido sólo. ¿Quién había salido entonces? Me vestí con premura y
fui a la sala, el desorden que dejé estaba ahí, varios tomos de la
Británica estaban repartidos por el suelo y mis discos compactos de
jazz tradicional se encontraban apilados en la mesita enana, al lado
de las botellas vacías de grapa. Pero todo estaba dentro de mi
orden cerrado que tanta seguridad me da. No es un orden femenino y
minucioso, sino un orden lógico y masculino. Los libros no están
ordenados por colores o idiomas sino que por autores femeninos y
masculinos.
Me sentía hambriento y cansado.
Ayer, al darme cuenta que las alacenas de la cocina se encontraban
vacías, había decidido ducharme rápidamente e ir a dar una vuelta
por el supermercado para comprar algunas latas de comida y ver a
Palmira, la cajera colombiana que me pone tan nervioso, cada vez que
me aprieta la mano cuando me da el ticket de la compra.
Abrí el grifo y mientras el agua
se calentaba, fui a la sala y puse un disco de Louis Armstrong, el
gran Satchmo, el gran trompetista afro-americano con boca de cartera.
El alegre sonido de “Tin Roof Blues” llenó todo el
departamento mientras me jabonaba. De repente recordé que hacía
algunos años había leído el artículo “A la búsqueda de la eterna
juventud”, en un número de la revista París Match.
El artículo decía que en los años 60 había existido entre los
famosos de este mundo la moda de ir a inyectarse a Suiza un jugo de
testículos machacados de macho cabrío recién nacido y que Satchmo,
junto con el Papa Pio XII habían sido los pioneros en recibir el
tratamiento en sus endurecidas venas, y que no contento con eso, el
negro se practicaba con mano de cirujano militar unos lavados
intestinales cada mañana, muy temprano, y que lo dejaban tirado un
par de horas, alguien le había dicho que impidiendo que la comida se
le pudriera en las visceras, la vida se le alargaría el doble. “Mi
proposito es tocar la trompeta hasta los 120 años y luego
jubilarme” había dicho Armstrong. Mientras mi cabeza se llenaba
de dudas y de los acordes de “Cheese Cake”, me sequé con
rapidez, casi sin sacarme el jabón ecológico anti arrugas, a base de
melocotones ácidos, que tanto me recomendó Palmira.
El resto de la mañana se me pasó
buscando el maldito París Match, vestido a medias y con
hambre. A eso de las tres de la tarde lo encontré entre dos
camisetas que ya no uso y que un día de estos voy a tirar, pero no
sé cuando porque en las noches de mucho frío me las pongo igual.
Como tenía mucha hambre y nada que comer abrí una de las botellas de
grapa que compré el otro día contrariando a Palmira que me dijo muy
enojada:
- ¡Si se pone a beber sólo don Benny,
se va convertir en alcohólico!
- Entonces vaya a visitarme Palmirita
y la beberemos juntos.
La cajera me miró con tristeza y no
dijo nada.
No sé si hablaba en serio, pero la
juventud de la morocha me daba miedo y no me atrevía a decirle que
aceptaba, pero hay veces que pienso que solo son juegos de palabras.
Además si se instala en casa, me va cambiar todo de lugar,
instaurando un orden colombiano y mujeril, que no entenderé jamás y
perderé libros y calcetines en la aventura.
Me serví un gran vaso de grapa para
olvidarme de Palmira, al menos por un rato y comencé la lectura
sobre Louis Armstrong y su muerte, a pesar del jugo de testículos y
de las manipulaciones intestinales, pero esta vez escuchando “Tiger
Rag”. En realidad todos los que se habían inyectado el jugo
aquel, estaban enterrados hacia años, y los médicos suizos que se
habían enriquecidos con las inyecciones estaban enterrados también..
Como no quedé conforme con la lectura, busqué en la Británica la
historia del músico, pero no había nada de las manipulaciones
médicas. Después cogí el tomo ocho y me entretuve releyendo la vida
del viejo Henry Miller, a quién visité en Nueva York algunos años
antes de su muerte. El escritor me mostró con orgullo las cartas de
su correspondencia con Anaïs Nin. Después de leer algunas, y
aprovechando que Miller miraba por la ventana a unos negros que
jugaban baloncesto en la plaza enrejada de la esquina, le sustraje
la carta donde Anaïs habla de sus amores incestuosos con su padre y
que es la carta que tengo enmarcada en la salita al lado de la
magnífica foto de Marilyn Miller, esa desconocida actriz de comedia
musical del Broadway de los años 20 y que se veía tan hermosa en
Sunny and Sally.
El final del día se me pasó tomando grapa con hielo,
releyendo el artículo sobre la vida del trompetista, la muerte del
escritor y la carta de la descarada Anaïs, claro que para matizar la
lectura efectuaba algunas comprobaciones en la Británica. Estaba
oscuro ya cuando me fui a dormir titubeando para no caer.
El visitante que me había dejado
encerrado y que se había bebido mi café, parece que también se había
llevado mi camisa verde botella, la más hermosa que tengo, me ha
dicho Palmira. A pesar de que todavía estaba muy mareado por tanta
lectura, debía irme de compras pues no tenía ni comida ni grapa.
Saqué la copia de la llave que guardo detrás de la carta enmarcada y
abrí la puerta.
El vecino se extraño al verme salir de
casa.
- ¡Oh me estoy volviendo loco o qué! Me
parece que usted salió hace cinco minutos y no lo he visto entrar.
¿Como lo hizo?
- Debe de estarlo, pues acabo de
levantarme y recién salgo - le respondí con una voz aguardentosa que
lo hizo retroceder.
Dejé al vecino ensimismado en su
perturbación y me dirigí rápidamente al supermercado. Llevaba casi
tres días sin comer. Mirando a través de la vitrina del almacén, lo
primero que llamó fuertemente mi atención fue el reflejo de mi
propio cuerpo y de mi camisa verde botella, luego mirando hacia
adentro pude observar a un tipo que usaba una camisa igual a la mía,
conversando con la colombiana. Hasta se me parecía un poco. Mirando
con más atención lo encontré casi idéntico a mí. Di la vuelta a la
esquina casi corriendo, deseaba enfrentar al tipo que ya iba
saliendo con sus bolsas de comida; jadeando con desesperación,
llegué a la caja de Palmira, ella se asustó al verme y casi gritando
exclamó:
-¡Pero acaso usted no acaba de salir don
Benny!
- No Palmira, no era yo, es otro, es otro -
dije con voz entrecortada mientras caminaba velozmente, porque ya no
podía correr. De nuevo en la calle observé las espaldas color verde
botella que se alejaban, el tipo iba caminando con apuro. Tan
apurado iba que no respetó la luz roja y no vio el enorme camión que
lo lanzó contra el muro del café del irlandés O’Casey al del otro
lado de la calle. Cuando llegué a su lado, observé su cadáver
quebrado, mi camisa verde botella manchada de rojo y su cara, donde
se encontraba la mía. Respiré hondo y me di vuelta en dirección al
supermercado. Ya no tenía hambre, solo sed. El cuerpo me pedía un
vaso de grapa con urgencia.
Compraré algunas latas de ravioles y
algunas botellas de licor. De regreso a casa caminaré por otras
calles. Con sumo cuidado esperaré la luz verde antes de cruzar y me
alejaré de los camiones. Si tengo suerte, puede que alcance a volver
a mi orden cerrado pero seguro de escritor algo ladrón. Tengo que
colocar la Británica en el armario y los discos de Louis Satchmo en
su lugar, detrás de las revistas de cuentos góticos. Debo dejar todo
en su lugar antes que mis hijos vengan a repartirse mis cosas.