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Ramón Manuel
Pérez Martínez.
Becario posdoctoral y miembro del grupo de investigación
Clarisel de la Universidad de Zaragoza (España). Su tesis
doctoral sobre el uso retórico del exemplum en textos
religiosos novohispanos se encuentra en revisión en El
Colegio de México. Ha publicado más de una decena de
artículos en revistas especializadas o libros, una edición
crítica de los Catorces romances a la Pasión de Lope de
Vega, bajo los auspicios de la Universidad Autónoma de
Barcelona; ha participado de una veintena de congresos
internacionales, el último en la Facultad de Filológía de la
Universidad de Belgrado. Recientemente ocupó un puesto de
profesor visitante en el Hispanic Studies Departament de
Brown University. Sus intereses académicos refieren al
cuento tradicional, la literatura ejemplar, la retórica
cristiana y la cultura y literatura novohispana.

Alanus de Insulis describió alguna
vez una esfera cuyo centro está en todas partes y la
circunferencia en ninguna, al saberlo yo entendía —o creía
hacerlo— porqué el cielo me parece circular. Aquella mañana,
tres días antes de cumplir 33 años, desperté con anhelo de
montaña, me siento grande cuando voy a ella, todavía no he
aprendido a traer como Mahoma la montaña hacia mí. El Ajusco me
parece la antítesis de las atestadas calles de la Ciudad de
México, simétricas y barrocas, grandiosas y miserables, y hacia
el monte me dirigí.
Había sol, espléndido sol que no siempre se mira en esta caverna de humo,
y decidí portar como antaño en el desierto mis lentes oscuros.
Siempre que los tomo pienso en ella, el momento en que los
compraba para mí en alguna tienda italiana, con el mediterráneo
musicalizando el horizonte, se los medía para ver si me quedaban
(consciente de que de alguna oscura manera somos uno solo) y los
compró finalmente más para sí que para mí. Casi tuve que
quitárselos a fin de que concluyera su intención primera.
Supe que estaban chuecos porque el borde del cristal derecho
sólo me cubría medio ojo, “así no se verán bien” pensé, y al
momento un razonamiento contrario argumentaba que los lentes no
son para verse bien sino para ver bien. En fin, que me quedaban
chuecos y, ante el espejo, estuve probando maniobras para
enderezarlos: ajustaba el armazón una y otra vez, sin resultado,
hasta que descubrí con asombro que el problema no eran los
lentes, mi nariz estaba chueca.
Ante el otro que me mira en el espejo voy mirando cómo parezco
dos hombres distintos si tapo uno de los lados de mi rostro y
luego lo comparo con el otro. Mi lado derecho es más violento,
duro y grande, el izquierdo pareciera ser el hermano menor que
no tengo; mi nariz, por tanto, se inclina a la izquierda
empujada por la belicosidad del pómulo derecho ¡soy dos! Los
lentes chuecos dan fe de mi portento.
Pienso en mi desaforada vida intelectual de los últimos meses,
los riesgos y las batallas que he sorteado, y miro un callo en
el hemisferio izquierdo del cerebro a través de mi enrojecido
ojo derecho. De un salto abandono el camión que me ha traído a
la montaña y decido caminar un sendero nuevo que misteriosamente
me lleva al mismo sitio donde acostumbro leer a Borges cada
séptimo día, “no hay remedio —pienso— el centro se impone”.
El paisaje es majestuoso, un azul profundo pinta el globo de
arriba y sintoniza con el verde que alfombra el de abajo, los
pinos se erigen viejos y hermosos, y algo en ellos parece evocar
una sonrisa seria y eterna, paternal. Al fondo, la montaña,
soberbia y contundente. Entregado estoy a la contemplación, a la
quietud y al silencio, cuando una mano de viento me roza el
hombro y me despeina alegre soplando a mi lado, danzan los
abetos, el pasto suspira y el incienso del bosque llena mis
pulmones que se inflan al unísono, equilibrados.
Me siento consentido por la belleza y deseo pedir, me sé
necesitado, miro a la montaña desde mi totémica ingenuidad y
entonces comprendo: nada hay que pedir, estoy completo. La
intención desequilibra, me digo —o me dicen— y no me queda más
que agradecer. Ya soy y soy todo, vuelve el extraño pensamiento,
un hombre es todos los hombres siendo uno, y posee todo sin
tener nada. Definitivamente que esto es un lugar común.
Hoy, que escribo esto, lejos del momento y vuelto al punto por
el recuerdo imperfecto, me doy cuenta de la necedad de pretender
escribir todo, y ser así tan inútil como los poetas que expulsó
Platón de su Republica. Me doy cuenta también del extraño
equilibrio que impone el círculo inverso y el centro envolvente.
Un pino —que siempre ha estado allí— se destaca ante los demás,
lo singularizé y él a mí, y lo noto asimétrico, hermosamente
asimétrico, su lado izquierdo (a mi derecha) carga el triple de
ramas que el derecho y no le importa, se está allí sin ser un
pino paradigmático, prototípico, así comprendo que eso no existe
en la dimensión de lo concreto, el “pino ideal” tal vez es el
más real pero no está frente a mí.
Sopla de nuevo el viento pero ahora me llena los ojos, los seca
y los moja luego, y me confunde la mirada. Como en esos juegos
de percepción en que es necesario bizquear para ver lo oculto en
un tapiz, así yo —bizco obligado— con sorpresa descubro que el
bosque es más bello si superpones planos y que,
sorprendentemente, se parece más así a un bosque ideal. El pino
frente a mí se ha fundido a otro a sus espaldas (¿los pinos
tienen espaldas?) quien le ha dado las ramas que faltaban a su
lado derecho; ahora sí es un pino de verdad, aunque sean dos.
Decidí volver cuando faltó la luz y el frío se coló a mi pecho.
Tomé el camión de regreso y fui bajando a la ciudad como llanura
geométrica. Llegué a casa con los lentes puestos, a pesar de que
era noche ya y volví al espejo sin ninguna necesidad. Me
sorprendí de verme en lentes y antes de juzgar si estaban aún
chuecos me los quité con un poco de pena. Lo que vi me
desconcertó. El espejo continuaba oscuro, como si un gran lente
para sol cubriese su luna, apagué y prendí varias veces el foco
pero fue inútil, mi reflejo continuaba en la penumbra que,
finalmente, no era tanta, al menos era suficiente como para ver
que mi nariz estaba derecha ya, mi mirada era firme, simétrica,
y ya no parecía dos en uno sino uno solo. Me cerré un ojo
coqueto y sonriente, el derecho, y no me creerías: desde su
penumbra muy claro contemplé que mi reflejo no me cerró el ojo
correspondiente, sino su propio ojo derecho que es mi izquierdo.
Cerré ambos ojos espantado y en mi absoluta oscuridad pude ver
un pino completo.
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