México, Distrito Federal I Enero- Febrero 2008 I Año 2 I Número 12 Publicación Bimestral I

 








 

Ramón Manuel Pérez Martínez. Becario posdoctoral y miembro del grupo de investigación Clarisel de la Universidad de Zaragoza (España). Su tesis doctoral sobre el uso retórico del exemplum en textos religiosos novohispanos se encuentra en revisión en El Colegio de México. Ha publicado más de una decena de artículos en revistas especializadas o libros, una edición crítica de los Catorces romances a la Pasión de Lope de Vega, bajo los auspicios de la Universidad Autónoma de Barcelona; ha participado de una veintena de congresos internacionales, el último en la Facultad de Filológía de la Universidad de Belgrado. Recientemente ocupó un puesto de profesor visitante en el Hispanic Studies Departament de Brown University. Sus intereses académicos refieren al cuento tradicional, la literatura ejemplar, la retórica cristiana y la cultura y literatura novohispana.

Alanus de Insulis describió alguna vez una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, al saberlo yo entendía —o creía hacerlo— porqué el cielo me parece circular. Aquella mañana, tres días antes de cumplir 33 años, desperté con anhelo de montaña, me siento grande cuando voy a ella, todavía no he aprendido a traer como Mahoma la montaña hacia mí. El Ajusco me parece la antítesis de las atestadas calles de la Ciudad de México, simétricas y barrocas, grandiosas y miserables, y hacia el monte me dirigí.
 Había sol, espléndido sol que no siempre se mira en esta caverna de humo, y decidí portar como antaño en el desierto mis lentes oscuros. Siempre que los tomo pienso en ella, el momento en que los compraba para mí en alguna tienda italiana, con el mediterráneo musicalizando el horizonte, se los medía para ver si me quedaban (consciente de que de alguna oscura manera somos uno solo) y los compró finalmente más para sí que para mí. Casi tuve que quitárselos a fin de que concluyera su intención primera.
Supe que estaban chuecos porque el borde del cristal derecho sólo me cubría medio ojo, “así no se verán bien” pensé, y al momento un razonamiento contrario argumentaba que los lentes no son para verse bien sino para ver bien. En fin, que me quedaban chuecos y, ante el espejo, estuve probando maniobras para enderezarlos: ajustaba el armazón una y otra vez, sin resultado, hasta que descubrí con asombro que el problema no eran los lentes, mi nariz estaba chueca.
Ante el otro que me mira en el espejo voy mirando cómo parezco dos hombres distintos si tapo uno de los lados de mi rostro y luego lo comparo con el otro. Mi lado derecho es más violento, duro y grande, el izquierdo pareciera ser el hermano menor que no tengo; mi nariz, por tanto, se inclina a la izquierda empujada por la belicosidad del pómulo derecho ¡soy dos! Los lentes chuecos dan fe de mi portento.
Pienso en mi desaforada vida intelectual de los últimos meses, los riesgos y las batallas que he sorteado, y miro un callo en el hemisferio izquierdo del cerebro a través de mi enrojecido ojo derecho. De un salto abandono el camión que me ha traído a la montaña y decido caminar un sendero nuevo que misteriosamente me lleva al mismo sitio donde acostumbro leer a Borges cada séptimo día, “no hay remedio —pienso— el centro se impone”.
El paisaje es majestuoso, un azul profundo pinta el globo de arriba y sintoniza con el verde que alfombra el de abajo, los pinos se erigen viejos y hermosos, y algo en ellos parece evocar una sonrisa seria y eterna, paternal. Al fondo, la montaña, soberbia y contundente. Entregado estoy a la contemplación, a la quietud y al silencio, cuando una mano de viento me roza el hombro y me despeina alegre soplando a mi lado, danzan los abetos, el pasto suspira y el incienso del bosque llena mis pulmones que se inflan al unísono, equilibrados.
Me siento consentido por la belleza y deseo pedir, me sé necesitado, miro a la montaña desde mi totémica ingenuidad y entonces comprendo: nada hay que pedir, estoy completo. La intención desequilibra, me digo —o me dicen— y no me queda más que agradecer. Ya soy y soy todo, vuelve el extraño pensamiento, un hombre es todos los hombres siendo uno, y posee todo sin tener nada. Definitivamente que esto es un lugar común.
Hoy, que escribo esto, lejos del momento y vuelto al punto por el recuerdo imperfecto, me doy cuenta de la necedad de pretender escribir todo, y ser así tan inútil como los poetas que expulsó Platón de su Republica. Me doy cuenta también del extraño equilibrio que impone el círculo inverso y el centro envolvente.
Un pino —que siempre ha estado allí— se destaca ante los demás, lo singularizé y él a mí, y lo noto asimétrico, hermosamente asimétrico, su lado izquierdo (a mi derecha) carga el triple de ramas que el derecho y no le importa, se está allí sin ser un pino paradigmático, prototípico, así comprendo que eso no existe en la dimensión de lo concreto, el “pino ideal” tal vez es el más real pero no está frente a mí.
Sopla de nuevo el viento pero ahora me llena los ojos, los seca y los moja luego, y me confunde la mirada. Como en esos juegos de percepción en que es necesario bizquear para ver lo oculto en un tapiz, así yo —bizco obligado— con sorpresa descubro que el bosque es más bello si superpones planos y que, sorprendentemente, se parece más así a un bosque ideal. El pino frente a mí se ha fundido a otro a sus espaldas (¿los pinos tienen espaldas?) quien le ha dado las ramas que faltaban a su lado derecho; ahora sí es un pino de verdad, aunque sean dos.
Decidí volver cuando faltó la luz y el frío se coló a mi pecho. Tomé el camión de regreso y fui bajando a la ciudad como llanura geométrica. Llegué a casa con los lentes puestos, a pesar de que era noche ya y volví al espejo sin ninguna necesidad. Me sorprendí de verme en lentes y antes de juzgar si estaban aún chuecos me los quité con un poco de pena. Lo que vi me desconcertó. El espejo continuaba oscuro, como si un gran lente para sol cubriese su luna, apagué y prendí varias veces el foco pero fue inútil, mi reflejo continuaba en la penumbra que, finalmente, no era tanta, al menos era suficiente como para ver que mi nariz estaba derecha ya, mi mirada era firme, simétrica, y ya no parecía dos en uno sino uno solo. Me cerré un ojo coqueto y sonriente, el derecho, y no me creerías: desde su penumbra muy claro contemplé que mi reflejo no me cerró el ojo correspondiente, sino su propio ojo derecho que es mi izquierdo. Cerré ambos ojos espantado y en mi absoluta oscuridad pude ver un pino completo.
 

 

     

 

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