Roldan
Peniche Barrera.(Mérida,
México, 1935) Narrador, ensayista y crítico de arte y letras.
autor de más de veinte libros, escribe cuentos y ensayos
para periódicos y revistas regionales y nacionales. en 1992
le fue otorgado el Premio de Literatura "Antonio Mediz Bolio"
por el conjunto de su obra

La literatura contemporánea, bastión
de narradores que se andan en todos los ismos literarios, se
abre a un horizonte ilimitado. Yucatán, padre de los fabulistas
mayas y del Chilam Balam, nos ha dado las novelas de Justo Sierra
O’Reilly, y una legión de narradores en los últimos siglos. De entre
ellos, hay quienes merecen serlo y, fuerza es decirlo, aquellos que
no rebasaron la anécdota pueril o simplemente les ha sido vedada la
inventiva, el toque mágico de la ficción.
La narrativa joven (o de espíritu
joven) rastrea aquí y allá, y se influye de lo que será provechoso.
Desde Apuleyo hay una búsqueda incesante y, en feliz simbiosis, la
historia y la fantasía acaban por entreverarse. Hoy, en Yucatán,
pocos narradores me entusiasman. Dos excepciones serían Carlos
Martín y Will Rodríguez, creadores de gran horizonte. Ambos, como
quiere Unamuno, usan de su propio lenguaje y de su propio estilo
vocablos (que, a la larga son lo mismo) y producen historias que nos
cautivan y nos hacen reflexionar por su propuesta siempre original,
si todavía algo puede ser original.
Conocí a Will Rodríguez por 1992,
cuando yo jefaturaba la Dirección de Literatura del Instituto de
Cultura de Yucatán. Por entonces desconocía sus aficiones literarias.
Creo que, a poco, empieza a colaborar con algunos suplementos
culturales y hacia 1998 escuchamos que se ha marchado a vivir a la
ciudad de México. Le perdimos el rastro por un tiempo. Sabemos, de
acuerdo con la currícula, que publica ciertos libros de narrativa.
Lamentablemente no tuvimos acceso a esos textos y es hasta hoy que
hemos leído, de una sentada, este delicioso Pulpo en su tinta y
otras formas de morir, en el que Will Rodríguez es el gran chef,
el ingenioso guisandero. Lo respaldan con verdadero gusto el
Gobierno de Yucatán, el Instituto de Cultura de Yucatán y la
Editorial Ficticia en una atractiva edición de este año 2007.
Ficticia, que impulsa al nuevo talento, también ha publicado a
Carlos Martín.
Y si he dicho que Pulpo en su tinta
es o sabe delicioso, no sólo quiero significar que ese platillo es
uno de los más celebrados en Yucatán, sino que el propio contenido
del libro deviene delicioso, adjetivo muy del gusto de Will.
Las constantes de Will son el erotismo,
la síntesis expresiva (en buen número de sus cuentos), lo inesperado
y una suerte de humor que suele ser negro como la misma tinta de su
Pulpo. Qué felicidad para nuestro autor el reducir a unos
pocos renglones la sustancia de ficciones como Del juicio,
Nueva York, Consejo, De la vida real, Narciso y
la muerta...
“Le amaneció velando el cuerpo que
siempre deseó y que nunca fue suyo. Era la única mujer que se le fue
viva, algo imperdonable para un seductor de primera. Luego de
pensarlo un rato, decidió meterse al ataúd.” (Narciso y la muerta).
Leamos otro ejemplo de micro-relato,
género que cultivó Monterroso:
“Fue una isla saturada de búfalos,
aquel martes; un mar con megalodontes al ataque; fangoso camino
entre sol y bosque —ruta principal del alosaurio—, donde los pies
del que soñaba, encarrilados hacia la aldea de metal, no avanzaron
como el destino del vuelo suicida.” (Nueva York).
Y en Asesinato de una cebolla,
con sólo dos líneas y media, Will nos impone su peculiar forma de
humor y resume con claridad el verdadero arte de narrar:
“El cocinero partió en dos a la pobre
cebolla, pero ésta no sintió pesar; murió satisfecha porque al ser
descuartizada hizo llorar al asesino.”
Unamuno, que no se va con rodeos,
sentencia: “No sirve darle vueltas, escribe claro quien piensa claro...”
A mí me molesta bastante aquel estilo recargado, así como la manía
exclamativa que dice Reyes. Lo que pretende ser oscuro para parecer
profundo. No comulgo con la mentirosa retórica de los iluminados,
con la frase ampulosa y la parrafada soporífera que no sirve para
nada. Con Borges, descreo la “metáfora barata”.
Will Rodríguez camina en otra
dirección y conoce a pie juntillas su papel de narrador, de relator,
de fabulador. Porque es cierto que sabe fabular en corto y en largo.
Con igual destreza nos da un briefing de un asunto o
magnifica los círculos concéntricos de su exposición. Además, asume
con brillantez la contraparte del lector. Y la verdad, las palabras
de sus textos buscan sus formas y nos saltan a los ojos.
Un leit motiv funerario impera
a través de la lectura de estas páginas. Pero en veces, como la
plasmó Posada, la muerte en estos asuntos nos alegra la vida, nos es
motivo de burla. El más largo, Reynalda y la diosa de ébano,
juega a dos espacios donde se inscriben los destinos de dos
personajes distintos: la mulata Berenice, reina del table dance,
y la liberada Reynalda, chica burguesa que vive la vida loca. Pero
sin desdoro de la anécdota de las dos mujeres, capta nuestra
atención el magistral entramado de la historia, ese doble juego que
nos va dando y que enmascara el clímax que será, obviamente,
inesperado.
El autor deja correr sus dos historias
sobre las rieles de su imaginación. Ya llegará el momento en que, de
alguna manera, las historias se entreveren y marquen su final. El
cuento se enriquece con todos los elementos de la narrativa de
nuestro tiempo y nos lleva a pensar que Will Rodríguez está maduro
para escribir una novela.
Dominado por la querencia de su tierra,
Will hospeda en sus páginas asuntos y criaturas que algo tienen que
ver con lo maya o con el Yucatán contemporáneo. Mas cuida de las
situaciones con tal eficacia que no incurren en la exaltación del
color local y sí, en cambio, trascienden a lo meramente regional. El
empleo del Balam, el altivo jaguar de las selvas peninsulares,
como figura central del relato Felis Bernandesii, Panthera Onca,
es de antología. Aquí, se está a distancia de caer en lo truculento,
hecho que frustran el talento y la vocación literaria del autor.
Sólo a guisa de curiosidad anecdótica recordemos que Balzac toca el
tema de la convivencia con una pantera en su cuento Una pasión en
el desierto. Claro, en otro tiempo y en otro registro.
En Noches de luna descendente
el relator nos lanza hacia un escenario brutal donde los hechos son
reales y las acciones intimidantes. Pesadilla de la ciudad de Mérida
por años, ciertos arquetipos lombrosianos que van y vienen con las
manos llenas de sangre, “la gran lámpara cenital del Teatro Peón
Contreras”, el inmenso telón abriéndose y cerrándose, el Opus 64
y el Grande Valse Brillante de Chopin, los delicados trazos
de la bailarina... “Fue —dirá el autor— como si la luna hubiera
aterrizado para compartir su magia”.
Este cuento postrero de Will Rodríguez
tiene, claro, también que ver con la muerte. Pero el tamiz de la
literatura le da la altura que requiere para dejar de ser apenas una
realidad grotesca y convertirse en arte. Ya no es más una nota
periodística de la crónica negra de la ciudad, sino una perspectiva
estética de amplias lecturas lograda en plenitud.
Un conjunto de sugerentes relatos este
Pulpo en su tinta y otras formas de morir. Una narrativa que
nos atrapa y nos es amena. Un estilo de contar que nos devuelve el
regusto por la lectura en dos de sus vertientes: como transmutadora
del lenguaje y como catarsis salvadora. Podríamos alargarnos en esta
sencilla disertación del libro de Will Rodríguez, mas no queremos
privar al lector del placer de leerlo y opinar por sí mismo: el
lector, que es al fin y a la postre quien tiene la última palabra.
Texto
leído en la presentación de Pulpo en su tinta y otras formas de
morir, el 19 de noviembre de 2007 en la Cineteca Nacional Manuel
Barbachano Ponce del Teatro Mérida (Yucatán).
