México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

 

Pedro Tejada Tello. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia (España) desde 1998. Compagina la docencia en un instituto de bachillerato de Castellón con la investigación. En el año 2004 obtuvo una beca de investigación de la Fundación Max Aub, que ha fructificado en el trabajo todavía inédito Crímenes ejemplares: Humor y ‘más aún’. Entre sus publicaciones destacan las centradas en la poesía española de posguerra, tanto individuales (La revista Cántico. “Hojas de poesía” -1995-, La escritura poética de Mario López (poeta de Cántico)-2003-) como en volúmenes colectivos. También ha hecho incursiones en la lingüística (Variedades del castellano en Castellón, 1992) y en las relaciones entre lenguas y nuevas tecnologías. Ponente en congresos mundiales de lengua y literatura, colabora igualmente en diversas revistas especializadas.

 

Max Aub desembarcó en el puerto de Veracruz el 1 de Octubre de 1942, y muy pronto se aclimató a su nueva tierra, quizá porque sobre ella proyectó la que traía entrañada:

         “Veracruz. El Orizaba, la bruma, el mar verde, el puerto surgiendo de la bruma. Rancaño. Carlos Gaos. México, sucio y bien educado; bárbaro y pulido.   Veracruz: Castellón y Murcia.”cia.”[i]

Pero no se trataba de comparar o de suplantar una realidad circundante por otra soñada o perdida, sino que, agudizando sus dotes innatas de observación, Max tempranamente fue captando la manera de sentir del mexicano y, sobre todo, su manera de expresarse. Escribe Eugenia Meyer: “Aquí paso a paso, día tras día, reconstruyó el significado de su existencia: escribió la mayor parte de su obra literaria y, junto con Peua, consolidó su hogar y educó a sus hijas. Fue en México donde eligió morir, un país lleno de sorpresas y asombros en el que no sólo sería espectador, sino protagonista. Aub no podía permanecer ajeno al constante cambio de la vida política y social de los mexicanos. Era uno de ellos, observaba, evaluaba y criticaba con mesura, pero siempre encontraba la manera de hacerse presente. Sus múltiples artículos, a veces sin precisión cronológica o de nombres, dan cuenta de su compromiso con el devenir nacional.”[ii] Esta doble condición del escritor, como espectador y crítico, como observador y como actor de la realidad mexicana está presente en Crímenes ejemplares (obra que empezó a publicar en 1949). Aunque sólo en algunas de las ediciones sus crímenes, suicidios y epitafios son acompañados del gentilicio “mexicanos” y únicamente para abarcar una pequeña parte del corpus de microrrelatos, y a pesar de que la “Confesión” preliminar a los Crímenes diga que éstos fueran recogidos en España, Francia y México –itinerario biográfico de Max- y que se parecen por su universalidad (“Un siciliano, un albanés mata por lo mismo que un dinamarqués, un noruego o un guatemalteco”, pp.13-14)[iii] creemos que la mayoría de crímenes poseen una acentuada mexicanidad. Dejando ahora de lado, por falta de espacio, cómo la obra es un ejemplo de captación del ser y del habla mexicanos[iv], y volviendo a esa doble condición del escritor a la que aludíamos en líneas precedentes, queremos centrarnos ahora en Crímenes ejemplares para abordarla como obra que aúna íntimamente las esferas biográfica y sociológica. En esta obra, más allá de los truculentos crímenes que se relatan con toda celeridad y sin solución de continuidad por un coro de asesinos confesos, nunca arrepentidos ni avergonzados (que en muchos casos se corresponden con los “pelados” y “chingones” de los que hablaron Samuel Ramos y Octavio Paz[v]), encontramos referencias a las actividades preferidas de Max Aub, tanto por tratarse de las que le permitían ganarse la vida, como por ser algunas sus principales aficiones: el cine, el teatro y el periodismo. Pero, sobre todo, y englobando todos estos quehaceres, su condición de escritor, habitual de los cafés para conocer el pulso de la intelectualidad mexicana y la de los españoles exiliados. Del escritor que sólo fue académico de una academia apócrifa, aficionado a las novelas policíacas, a los juegos de mesa y a los toros; escritor que opinaba sobre los excesos derivados de la afición desmedida por el fútbol, y que rendía culto al buen yantar. Siempre muy atento a los cambios sociales y a las costumbres de su país de adopción. Vamos a desarrollar, aunque sea someramente, todos estos aspectos.

Antes de su llegada a México, Max ya contaba con cierta experiencia cinematográfica (había formado parte del equipo de filmación de Sierra de Teruel con André Malraux a principios de 1939). Coincidiendo con el auge de la cinematografía mexicana en los años 40, Aub participó de variadas formas (argumentista, adaptador de argumentos, guionista, dialoguista, incluso actor) en unas cuarenta películas, aunque reconocerá la baja calidad de la mayoría de éstas y que tuvo que aceptar esos encargos para sobrevivir. Max además fue buen aficionado al cine, y en diversos escritos, prensa y diarios dejó patente sus gustos. En Crímenes ejemplares también deja pinceladas acerca de los programas que componían una sesión cinematográfica en cualquier cine del México D.F.: “(…) Y aquella pareja se pasó El Noticiero Universal cuchicheando (…) Estuvieron más o menos callados durante la película de dibujos, que no era buena y que además ya había visto. (Es una cosa a la que no hay derecho, en un cine de estreno). Volvieron a hablar durante el documental (…) pero cuando empezó la película ya no hubo quien los aguantara.” (pp.58-59)

La labor teatral de Aub fue también ingente: decenas de obras teatrales, críticas y reseñas en la prensa, colaboraciones con compañías de actores aficionados, etc. Consiguió ver pronto representada su obra La vida conyugal (1944), pero eso no constituyó el presagio de que Max se fuera a prodigar en las tablas mexicanas. Se convirtió sobre todo, como indica E. Meyer, en el reseñista de los estrenos teatrales de sus amigos.[vi] Sin duda, la razón fundamental por la que Max apenas vio representada e impresa su obra en México fue el no ser mexicano, sino un exiliado en “un país como México que buscaba su identidad nacional” (palabras de D. Adame[vii]), además de la carga política de sus textos, su vanguardismo, el excesivo número de personajes en sus obras, e incluso la excesiva importancia que otorga a la palabra en detrimento de otros procedimientos dramáticos.[viii] No resulta, por tanto, extraño que en algún crimen Max se tomara cierta “revancha”: “Estaba leyéndole el segundo acto (…) ¡Aquel imbécil se moría de sueño (…) Para ayudarle lo descabecé de un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes.”(p.26)

La prensa mexicana proporcionó a Max no solamente mayores ingresos para subsistir, sino también la posibilidad de expresarse sobre aquellos acontecimientos que presenciaba, fueran éstos políticos, sociales, culturales o de cualquier otra índole, con la condición de que fueran del interés del autor. Aunque, en ocasiones, ese interés puede ser un tanto desmedido: “Desde que nació aquel escuincle no hacía más que llorar (…) Cuando mamaba, cuando no mamaba, cuando le daban su botella, cuando no le daban su botella (…) cuando lo bañaban, cuando lo cambiaban (…) Y yo tenía que cambiar ese artículo. Había prometido entregarlo a las doce (…) Y yo soy muy cumplidor. Y ese escuincle llora, y llora, y llora (…) Lo tiré por la ventana. Les aseguro que no había otro remedio.” (pp.47-48)

Max en repetidas ocasiones señaló los motivos que le empujaron a escribir: “Escribo para pensar”[ix] fue uno de los más reiterados. Escritura reflexiva y profunda que le lleva siempre a ensamblar frases que son pinceladas de esa trastienda o taller del escritor. Por una parte el café, lugar natural del escritor del siglo XX para la charla enriquecedora, pero también para alimentar rivalidades y envidias. Los cafés están muy presentes en toda la obra de nuestro escritor: el café Español (La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco), el café Regina (La calle de Valverde), entre otros. Lugares en los que también se podrían comentar las dificultades para publicar, las informalidades de los editores (“Me dijo que lo publicaría en mayo, luego en junio, después en octubre. Pasó el invierno, con la primavera se me resolvió la sangre, ¡era mi segundo libro! El decisivo. Que lo fuera para el joven editor, lo siento. Pero me lo agradecerán muchos y, seguramente, llamará la atención y será una buena publicidad.” p.89), así como los gustos tipográficos de cada cual (“La única duda que tuve fue a quien me cargaba: si al linotipista o al director. Escogí al segundo, por más sonado. Lo que va de una jota a un joto.” p.54). Por otra parte, Crímenes ejemplares en su conjunto revela la fascinación del autor por la muerte y su afición por las novelas policíacas, como lo demuestra además su biblioteca personal, y su gusto por leer “la prensa roja” y por archivar recortes de periódico de las noticias que le atraían especialmente.

La literatura de Max Aub es en gran medida un juego: Jusep Torres Campalans (1958) –obra en la que la broma o mentira “cuela” como verdad-, Antología traducida (1963/1972), Juego de cartas (1964) –hábil experimento vanguardista-… En la segunda estas obras el lector puede tardar en darse cuenta de que se trata de una broma –sesenta y nueve autores falsos con muestras de sus obras-, porque, como señaló José Carlos Mainer, Aub fue un maestro en “la deliberada confusión que practicó entre literatura y vida, imaginación e historia.”[x] Alguno de los Crímenes está planteado como juego enigmático: “Lo maté por idiota, por mal pensado, por tonto, por cerrado, por necio, por mentecato, por hipócrita, por guaje, por memo, por farsante, por jesuita, a escoger. Una cosa es verdad: no dos.” (pp.50-51) En ciertos crímenes contiguos el autor juega a cambiar sólo una palabra –recalcándose así la gratuidad o sinsentido de estos actos criminales-: “Lo maté porque era más fuerte que yo.” (p.51) “Lo maté porque era más fuerte que él.” (p.51) “Lo maté porque me dolía el estómago” (p.52) “Lo maté porque le dolía el estómago.” (p.52) Es bien sabido, además, que Max era muy aficionado a los juegos de mesa y que murió una tarde de julio, cuando el tapete ya estaba preparado para echar unas manos de póquer. En Crímenes ejemplares nombra el póquer, el gin rommy, la baraja española, el ajedrez, el dominó y la lotería. Max compuso una obra sobre el juego y las trampas, que tituló Trampas, pero que sólo se ha publicado muy parcialmente. En Crímenes aparecen dos piezas que tienen como víctima o victimario a un lotero.

Dos deportes aparecen en la obra que comentamos: el fútbol y el béisbol. Sobre el primero los juicios de Aub son muy certeros, pues vaticina en gran manera en qué se ha convertido este juego: obsesión por ganar como sea, despreciando al rival, dejando de lado la diversión, el espectáculo, el fair play. En “Algunas trampas” escribió: “Las masas tienen razón cuando rugen en el estadio. Ganar un partido depende del resultado en cifras; de lo ganado. Y va del honor. Jugar no es deporte. Los deportes, el honor son frases. Se juega para ganar, como sea. No hay árbitro que valga. Cualquier trampa es buena. Las faltas no lo son jugando. Lo que importa es vencer, el cómo tanto monta. Jugar limpio sólo puede referirse al atuendo.”[xi]

Max era aficionado y defensor de la fiesta de los toros, y no podía ser de otro modo, dada su fascinación por la muerte, aunque él destaca lo que la fiesta tiene de arte y, en contra de sus detractores, considera que sólo quienes la entiendan la pueden disfrutar. En Crímenes ejemplares nombra al torero mexicano Armilla, él se considera de la generación de “Joselito y Belmonte –las dos vertientes de la poesía española…- con el apéndice, tan importante, de Ignacio Sánchez Mejías.”[xii]

Sopas de ajo, menudo, arroz, tacos, atole con fresa, chocolate, huevos fritos son algunas de las referencias culinarias en los Crímenes de este gran gastrónomo que fue Max. En toda su obra muchas fueron las páginas dedicadas a los manjares. Hace nutritivas digresiones sobre sus platos –platillos- favoritos, sin olvidarse de la erudición. Pueden verse en La gallina ciega las casi cuatro páginas dedicadas a los callos (menudo) o los modos de saber si una paella se está cociendo bien.[xiii]

En Crímenes ejemplares Max reflejará mediante una selección de términos (variada, pero a la vez breve, dado el género textual al que se acoge) rasgos y costumbres del país en el que vivirá los últimos treinta años de su vida. Serán términos, que huyendo del tópico facilón, nos sitúan inequívoca y documentalmente en México: la toponimia (Hermosillo, Acapulco…), la moneda (pesos), antropónimos (Panchito Contreras), marcas de tabaco (Delicados), diarios mexicanos (El Popular), artistas mexicanos (Dolores del Río), gastronomía (tacos), el callejero de México D.F., etc. Y, sin duda, un Max atento a los cambios que toda sociedad moderna lleva aparejados (no se olvide que muchos de estos crímenes Max los compuso en las décadas 50 y 60): la incorporación de la mujer al mundo laboral, presente en los transportes colectivos, salvo que sea ella misma la que conduzca (o maneje) y la acentuación de las diferencias sociales (los “pelado”s o los “machihembraditos”, frente a esos opulentos anfitriones que administraban veneno en el c

 

[i]  Diarios, 1 de Octubre de 1942, p.96.

[ii] Meyer, E.: “Los tiempos mexicanos de Max Aub”, p.46.

[iii] Las citas corresponden a la edición de Crímenes ejemplares (1996).

[iv] Aspectos que tratamos en nuestro trabajo inédito Crímenes ejemplares: humor y “más aún”, beca de investigación “Hablo como hombre 2004” (Fundación Max Aub, Segorbe, Castellón).

[v] En sus respectivas obras El perfil del hombre y de la cultura en México y El laberinto de la soledad.

[vi] Meyer, art. cit., p.52.

[vii] Adame, D.: “Max Aub en el contexto del teatro contemporáneo en México”, p.139.

[viii] Ver Moraleda, P.: “Max Aub y su visión del teatro…”, p.228  y Adame, D.: art. cit.,  p.140.

[ix] Nuevos diarios inéditos, [10 de enero] de 1967, p.319.

[x] Mainer, J. C.: “Max Aub, entre la antiespaña y la literatura universal”, p.6.

[xi] “Algunas trampas”, p.6.

[xii] La gallina ciega, p. 539.

[xiii] Ibid.,  pp.493-496 y 198.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Adame, D.: “Max Aub en el contexto del teatro contemporáneo en México”, en www.uv.es/entresiglos/max/index.htm, pp.126-143.

Aub, M.: “Algunas trampas”, El Urogallo, 3, Madrid, junio-julio, 1970, pp.5-10.

-------- : Crímenes ejemplares, Madrid, Calambur, 1996.

-------- : Diarios ( 1939-1972), edición, estudio introductoria y notas de M. Aznar Soler, Barcelona, Alba Editorial, 1998.

-------- : La gallina ciega. Diario español, (edición, estudio introductorio y notas de M. Aznar Soler), Barcelona, Alba Editorial, 1995.

-------- : Nuevos diarios inéditos [1939-1972], edición, prólogo y notas de M. Aznar, Sevilla, Renacimiento, Biblioteca del Exilio, Serie del Exilio, 2003.

Mainer, J.C.: “Max Aub, entre la antiespaña y la literatura universal”, Ínsula, Año XXVIII, nº320-321, julio-agosto 1973, pp. 6 y 12.

Meyer, E.: “Los tiempos mexicanos de Max Aub”, en www.uv.es/entresiglos/max/index.htm, pp.40-70.

Moraleda, P.: “Max Aub y su visión del teatro: entre las tablas y el ‘fantasma de papel’, en  Actas del Congreso Internacional ‘Max Aub y el laberinto español (Valencia y Segorbe, 13-17 diciembre 1993)’. Edición al cuidado de Cecilio Alonso, vols.I y II, Valencia, Ayuntamiento, Col.lecció Encontres, 1996. pp.221-236.

 

 

 

 

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