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Pedro Tejada Tello.
Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia
(España) desde 1998. Compagina la docencia en un instituto de
bachillerato de Castellón con la investigación. En el año 2004
obtuvo una beca de investigación de la Fundación Max Aub, que ha
fructificado en el trabajo todavía inédito Crímenes
ejemplares: Humor y ‘más aún’. Entre sus publicaciones
destacan las centradas en la poesía española de posguerra, tanto
individuales (La revista Cántico. “Hojas de poesía”
-1995-, La escritura poética de Mario López (poeta de
Cántico)-2003-) como en volúmenes colectivos. También ha
hecho incursiones en la lingüística (Variedades del
castellano en Castellón, 1992) y en las relaciones entre
lenguas y nuevas tecnologías. Ponente en congresos mundiales de
lengua y literatura, colabora igualmente en diversas revistas
especializadas.

Max Aub desembarcó en el puerto de Veracruz el 1 de Octubre de 1942,
y muy pronto se aclimató a su nueva tierra, quizá porque sobre ella
proyectó la que traía entrañada:
“Veracruz. El Orizaba, la bruma, el mar verde, el puerto
surgiendo de la bruma. Rancaño. Carlos Gaos. México, sucio y bien
educado; bárbaro y pulido. Veracruz: Castellón y Murcia.”cia.”[i]
Pero no se trataba de comparar o de suplantar una realidad
circundante por otra soñada o perdida, sino que, agudizando sus
dotes innatas de observación, Max tempranamente fue captando la
manera de sentir del mexicano y, sobre todo, su manera de
expresarse. Escribe Eugenia Meyer: “Aquí paso a paso, día tras día,
reconstruyó el significado de su existencia: escribió la mayor parte
de su obra literaria y, junto con Peua, consolidó su hogar y educó a
sus hijas. Fue en México donde eligió morir, un país lleno de
sorpresas y asombros en el que no sólo sería espectador, sino
protagonista. Aub no podía permanecer ajeno al constante cambio de
la vida política y social de los mexicanos. Era uno de ellos,
observaba, evaluaba y criticaba con mesura, pero siempre encontraba
la manera de hacerse presente. Sus múltiples artículos, a veces sin
precisión cronológica o de nombres, dan cuenta de su compromiso con
el devenir nacional.”[ii]
Esta doble condición del escritor, como espectador y crítico, como
observador y como actor de la realidad mexicana está presente en
Crímenes ejemplares (obra que empezó a publicar en 1949). Aunque
sólo en algunas de las ediciones sus crímenes, suicidios y
epitafios son acompañados del gentilicio “mexicanos” y
únicamente para abarcar una pequeña parte del corpus de
microrrelatos, y a pesar de que la “Confesión” preliminar a los
Crímenes diga que éstos fueran recogidos en España, Francia y
México –itinerario biográfico de Max- y que se parecen por su
universalidad (“Un siciliano, un albanés mata por lo mismo que un
dinamarqués, un noruego o un guatemalteco”, pp.13-14)[iii]
creemos que la mayoría de crímenes poseen una acentuada
mexicanidad. Dejando ahora de lado, por falta de espacio, cómo la
obra es un ejemplo de captación del ser y del habla mexicanos[iv],
y volviendo a esa doble condición del escritor a la que aludíamos en
líneas precedentes, queremos centrarnos ahora en Crímenes
ejemplares para abordarla como obra que aúna íntimamente las
esferas biográfica y sociológica. En esta obra, más allá de los
truculentos crímenes que se relatan con toda celeridad y sin
solución de continuidad por un coro de asesinos confesos, nunca
arrepentidos ni avergonzados (que en muchos casos se corresponden
con los “pelados” y “chingones” de los que hablaron Samuel Ramos y
Octavio Paz[v]),
encontramos referencias a las actividades preferidas de Max Aub,
tanto por tratarse de las que le permitían ganarse la vida, como por
ser algunas sus principales aficiones: el cine, el teatro y el
periodismo. Pero, sobre todo, y englobando todos estos quehaceres,
su condición de escritor, habitual de los cafés para conocer el
pulso de la intelectualidad mexicana y la de los españoles
exiliados. Del escritor que sólo fue académico de una academia
apócrifa, aficionado a las novelas policíacas, a los juegos de mesa
y a los toros; escritor que opinaba sobre los excesos derivados de
la afición desmedida por el fútbol, y que rendía culto al buen
yantar. Siempre muy atento a los cambios sociales y a las costumbres
de su país de adopción. Vamos a desarrollar, aunque sea someramente,
todos estos aspectos.
Antes de su llegada a México, Max ya contaba con cierta experiencia
cinematográfica (había formado parte del equipo de filmación de
Sierra de Teruel con André Malraux a principios de 1939).
Coincidiendo con el auge de la cinematografía mexicana en los años
40, Aub participó de variadas formas (argumentista, adaptador de
argumentos, guionista, dialoguista, incluso actor) en unas cuarenta
películas, aunque reconocerá la baja calidad de la mayoría de éstas
y que tuvo que aceptar esos encargos para sobrevivir. Max además fue
buen aficionado al cine, y en diversos escritos, prensa y diarios
dejó patente sus gustos. En Crímenes ejemplares también deja
pinceladas acerca de los programas que componían una sesión
cinematográfica en cualquier cine del México D.F.: “(…) Y aquella
pareja se pasó El Noticiero Universal cuchicheando (…) Estuvieron
más o menos callados durante la película de dibujos, que no era
buena y que además ya había visto. (Es una cosa a la que no hay
derecho, en un cine de estreno). Volvieron a hablar durante el
documental (…) pero cuando empezó la película ya no hubo quien los
aguantara.” (pp.58-59)
La labor teatral de Aub fue también ingente: decenas de obras
teatrales, críticas y reseñas en la prensa, colaboraciones con
compañías de actores aficionados, etc. Consiguió ver pronto
representada su obra La vida conyugal (1944), pero eso no
constituyó el presagio de que Max se fuera a prodigar en las tablas
mexicanas. Se convirtió sobre todo, como indica E. Meyer, en el
reseñista de los estrenos teatrales de sus amigos.[vi]
Sin duda, la razón fundamental por la que Max apenas vio
representada e impresa su obra en México fue el no ser mexicano,
sino un exiliado en “un país como México que buscaba su identidad
nacional” (palabras de D. Adame[vii]),
además de la carga política de sus textos, su vanguardismo, el
excesivo número de personajes en sus obras, e incluso la excesiva
importancia que otorga a la palabra en detrimento de otros
procedimientos dramáticos.[viii]
No resulta, por tanto, extraño que en algún crimen Max se
tomara cierta “revancha”: “Estaba leyéndole el segundo acto (…)
¡Aquel imbécil se moría de sueño (…) Para ayudarle lo descabecé de
un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes.”(p.26)
La prensa mexicana proporcionó a Max no solamente mayores ingresos
para subsistir, sino también la posibilidad de expresarse sobre
aquellos acontecimientos que presenciaba, fueran éstos políticos,
sociales, culturales o de cualquier otra índole, con la condición de
que fueran del interés del autor. Aunque, en ocasiones, ese interés
puede ser un tanto desmedido: “Desde que nació aquel escuincle no
hacía más que llorar (…) Cuando mamaba, cuando no mamaba, cuando le
daban su botella, cuando no le daban su botella (…) cuando lo
bañaban, cuando lo cambiaban (…) Y yo tenía que cambiar ese
artículo. Había prometido entregarlo a las doce (…) Y yo soy muy
cumplidor. Y ese escuincle llora, y llora, y llora (…) Lo tiré por
la ventana. Les aseguro que no había otro remedio.” (pp.47-48)
Max en repetidas ocasiones señaló los motivos que le empujaron a
escribir: “Escribo para pensar”[ix]
fue uno de los más reiterados. Escritura reflexiva y profunda que le
lleva siempre a ensamblar frases que son pinceladas de esa
trastienda o taller del escritor. Por una parte el café, lugar
natural del escritor del siglo XX para la charla enriquecedora, pero
también para alimentar rivalidades y envidias. Los cafés están muy
presentes en toda la obra de nuestro escritor: el café Español (La
verdadera historia de la muerte de Francisco Franco), el café
Regina (La calle de Valverde), entre otros. Lugares en los
que también se podrían comentar las dificultades para publicar, las
informalidades de los editores (“Me dijo que lo publicaría en mayo,
luego en junio, después en octubre. Pasó el invierno, con la
primavera se me resolvió la sangre, ¡era mi segundo libro! El
decisivo. Que lo fuera para el joven editor, lo siento. Pero me lo
agradecerán muchos y, seguramente, llamará la atención y será una
buena publicidad.” p.89), así como los gustos tipográficos de cada
cual (“La única duda que tuve fue a quien me cargaba: si al
linotipista o al director. Escogí al segundo, por más sonado. Lo que
va de una jota a un joto.” p.54). Por otra parte, Crímenes
ejemplares en su conjunto revela la fascinación del autor por la
muerte y su afición por las novelas policíacas, como lo demuestra
además su biblioteca personal, y su gusto por leer “la prensa roja”
y por archivar recortes de periódico de las noticias que le atraían
especialmente.
La literatura de Max Aub es en gran medida un juego: Jusep Torres
Campalans (1958) –obra en la que la broma o mentira “cuela” como
verdad-, Antología traducida (1963/1972), Juego de cartas
(1964) –hábil experimento vanguardista-… En la segunda estas obras
el lector puede tardar en darse cuenta de que se trata de una broma
–sesenta y nueve autores falsos con muestras de sus obras-, porque,
como señaló José Carlos Mainer, Aub fue un maestro en “la deliberada
confusión que practicó entre literatura y vida, imaginación e
historia.”[x]
Alguno de los Crímenes está planteado como juego enigmático:
“Lo maté por idiota, por mal pensado, por tonto, por cerrado, por
necio, por mentecato, por hipócrita, por guaje, por memo, por
farsante, por jesuita, a escoger. Una cosa es verdad: no dos.”
(pp.50-51) En ciertos crímenes contiguos el autor juega a
cambiar sólo una palabra –recalcándose así la gratuidad o sinsentido
de estos actos criminales-: “Lo maté porque era más fuerte que yo.”
(p.51) “Lo maté porque era más fuerte que él.” (p.51) “Lo maté
porque me dolía el estómago” (p.52) “Lo maté porque le dolía el
estómago.” (p.52) Es bien sabido, además, que Max era muy aficionado
a los juegos de mesa y que murió una tarde de julio, cuando el
tapete ya estaba preparado para echar unas manos de póquer. En
Crímenes ejemplares nombra el póquer, el gin rommy, la baraja
española, el ajedrez, el dominó y la lotería. Max compuso una obra
sobre el juego y las trampas, que tituló Trampas, pero que
sólo se ha publicado muy parcialmente. En Crímenes aparecen
dos piezas que tienen como víctima o victimario a un lotero.
Dos deportes aparecen en la obra que comentamos: el fútbol y el
béisbol. Sobre el primero los juicios de Aub son muy certeros, pues
vaticina en gran manera en qué se ha convertido este juego: obsesión
por ganar como sea, despreciando al rival, dejando de lado la
diversión, el espectáculo, el fair play. En “Algunas trampas”
escribió: “Las masas tienen razón cuando rugen en el estadio. Ganar
un partido depende del resultado en cifras; de lo ganado. Y va del
honor. Jugar no es deporte. Los deportes, el honor son frases. Se
juega para ganar, como sea. No hay árbitro que valga. Cualquier
trampa es buena. Las faltas no lo son jugando. Lo que importa es
vencer, el cómo tanto monta. Jugar limpio sólo puede referirse al
atuendo.”[xi]
Max era aficionado y defensor de la fiesta de los toros, y no podía
ser de otro modo, dada su fascinación por la muerte, aunque él
destaca lo que la fiesta tiene de arte y, en contra de sus
detractores, considera que sólo quienes la entiendan la pueden
disfrutar. En Crímenes ejemplares nombra al torero mexicano
Armilla, él se considera de la generación de “Joselito y
Belmonte –las dos vertientes de la poesía española…- con el
apéndice, tan importante, de Ignacio Sánchez Mejías.”[xii]
Sopas de ajo, menudo, arroz, tacos, atole con fresa, chocolate,
huevos fritos son algunas de las referencias culinarias en los
Crímenes de este gran gastrónomo que fue Max. En toda su obra
muchas fueron las páginas dedicadas a los manjares. Hace nutritivas
digresiones sobre sus platos –platillos- favoritos, sin olvidarse de
la erudición. Pueden verse en La gallina ciega las casi
cuatro páginas dedicadas a los callos (menudo) o los modos de saber
si una paella se está cociendo bien.[xiii]
En Crímenes ejemplares Max reflejará mediante una selección
de términos (variada, pero a la vez breve, dado el género textual al
que se acoge) rasgos y costumbres del país en el que vivirá los
últimos treinta años de su vida. Serán términos, que huyendo del
tópico facilón, nos sitúan inequívoca y documentalmente en México:
la toponimia (Hermosillo, Acapulco…), la moneda (pesos),
antropónimos (Panchito Contreras), marcas de tabaco (Delicados),
diarios mexicanos (El Popular), artistas mexicanos (Dolores
del Río), gastronomía (tacos), el callejero de México D.F., etc. Y,
sin duda, un Max atento a los cambios que toda sociedad moderna
lleva aparejados (no se olvide que muchos de estos crímenes
Max los compuso en las décadas 50 y 60): la incorporación de la
mujer al mundo laboral, presente en los transportes colectivos,
salvo que sea ella misma la que conduzca (o maneje) y la acentuación
de las diferencias sociales (los “pelado”s o los “machihembraditos”,
frente a esos opulentos anfitriones que administraban veneno en el c
[i]
Diarios, 1 de Octubre de 1942, p.96.
[ii]
Meyer, E.: “Los tiempos mexicanos de Max Aub”, p.46.
[iii]
Las citas corresponden a la edición de Crímenes
ejemplares (1996).
[iv]
Aspectos que tratamos en nuestro trabajo inédito Crímenes
ejemplares: humor y “más aún”, beca de investigación
“Hablo como hombre 2004” (Fundación Max Aub, Segorbe,
Castellón).
[v]
En sus respectivas obras El perfil del hombre y de la
cultura en México y El laberinto de la soledad.
[vi]
Meyer, art. cit., p.52.
[vii]
Adame, D.: “Max Aub en el contexto del teatro contemporáneo
en México”, p.139.
[viii]
Ver Moraleda, P.: “Max Aub y su visión del teatro…”, p.228
y Adame, D.: art. cit., p.140.
[ix]
Nuevos diarios inéditos, [10 de enero] de 1967,
p.319.
[x]
Mainer, J. C.: “Max Aub, entre la antiespaña y la literatura
universal”, p.6.
[xi]
“Algunas trampas”, p.6.
[xii]
La gallina ciega, p. 539.
[xiii]
Ibid., pp.493-496 y 198.
BIBLIOGRAFÍA
Adame, D.: “Max Aub en el contexto del teatro
contemporáneo en México”, en
www.uv.es/entresiglos/max/index.htm, pp.126-143.
Aub, M.: “Algunas trampas”, El Urogallo,
3, Madrid, junio-julio, 1970, pp.5-10.
-------- : Crímenes ejemplares,
Madrid, Calambur, 1996.
-------- : Diarios ( 1939-1972),
edición, estudio introductoria y notas de M. Aznar Soler,
Barcelona, Alba Editorial, 1998.
-------- : La gallina ciega. Diario
español, (edición, estudio introductorio y notas de M.
Aznar Soler), Barcelona, Alba Editorial, 1995.
-------- : Nuevos diarios inéditos
[1939-1972], edición, prólogo y notas de M. Aznar,
Sevilla, Renacimiento, Biblioteca del Exilio, Serie del
Exilio, 2003.
Mainer, J.C.: “Max Aub, entre la antiespaña y
la literatura universal”, Ínsula, Año XXVIII, nº320-321,
julio-agosto 1973, pp. 6 y 12.
Meyer, E.: “Los tiempos mexicanos de Max Aub”,
en
www.uv.es/entresiglos/max/index.htm, pp.40-70.
Moraleda, P.: “Max Aub y su visión del
teatro: entre las tablas y el ‘fantasma de papel’, en
Actas del Congreso Internacional ‘Max Aub y el laberinto
español (Valencia y Segorbe, 13-17 diciembre 1993)’.
Edición al cuidado de Cecilio Alonso, vols.I y II, Valencia,
Ayuntamiento, Col.lecció Encontres, 1996. pp.221-236.

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