México, país de enormes contrastes
en el que los caudalosos ríos que albergan a un sinfín de
especies acuáticas limitan con la aridez de las barrancas y
cañones y con la exuberante región selvática en la que conviven
un sinnúmero de coníferas, está poblado, igualmente, por una
gran variedad de grupos humanos, herederos de culturas ancestrales.
Como la riqueza de su biodiversidad, la de sus etnias confluye
en un intenso diálogo con esa naturaleza que impone a sus
habitantes su forma de vivir, su forma de pensar y su forma de
expresarse lingüísticamente.
En el atractivo
volumen, México: Muchas lenguas y culturas publicado por
Santillana, Miguel León-Portilla, su autor, explica las
actividades que dentro de su ecosistema y modo de sustento lleva
a cabo cada una de las sociedades que pueblan el extenso mosaico
que compone la República Mexicana; entre ellas figuran los
purépechas de Michoacán, artífices del metal, la madera y las
lacas; los totonacos, ocupados en el cultivo de la vainilla, y
los otomíes y mazahuas en la ganadería en pequeña escala y en
los trabajos de la construcción y del servicio doméstico; dignas
de mención son también la pequeña comunidad ixcateca,
actualmente en peligro de extinción, que se dedica a la
fabricación de huipiles y vistosos rebozos así como a la
recolección de plantas medicinales, y la mazateca, que
constituye un grupo relativamente más amplio, y que se encarga
de la siembra del café, maíz, ajonjolí, cacahuate y tabaco. No
obstante, las tareas que realizan estas y otras colectividades
que habitan en diferentes partes del territorio nacional no les
reportan los mínimos satisfactores requeridos para una digna
subsistencia, por lo que se han visto en la necesidad de emigrar
de su región nativa a centros urbanos, como es el caso de los
cuicatecos, triques y mixtecos; estos últimos se han
establecido en Puebla y Oaxaca, en tanto que los mazatecos,
originarios de la zona occidental del Alto Papaloapan, han
tenido que reubicarse al norte de Oaxaca y al sur de Veracruz.
Destaca Miguel
León-Portilla en este libro, así mismo, el relieve que en el
ámbito cultural han logrado a lo largo de su historia algunos
pueblos originarios de México, como los mayas quienes
descubrieron el concepto del cero, que representaron a manera
de pequeña concha en su sistema de numeración vigesimal y
llegaron a alcanzar una mayor precisión de su cómputo
calendárico respecto al europeo, después del ajuste gregoriano.
Por su parte, los zapotecos fundaron importantes centros de
población como Monte Albán, Zaachila, Dainzú y Mitla que hoy
afortunadamente todavía podemos visitar y establecieron los
primeros caracteres de representación escritural, los cuales
quedaron plasmados en estelas, piezas de cerámica y otros
materiales.
Pueblos de muy diversa
procedencia étnica y lingüística, que han podido sobrevivir ante
los embates de políticas sociales y educativas orientadas más a
su asimilación con el grupo mayoritario de la población y no al
respeto de sus peculiaridades, son, sin embargo, el rostro de
México. Sus costumbres ancestrales y la riqueza y variedad
tipológica de sus lenguas, espejos de sus formas propias de
concebir el universo, siguen siendo, objeto de admiración y
estudio. Desde los contactos iniciales entre los del viejo y
nuevo mundos, dice el autor del volumen que en esta ocasión nos
ocupa, sus lenguas y culturas fueron registradas en
impresionantes obras gramaticales y antropológicas. El idioma
mexicano, que constituye junto con el huichol, cora, tarahumara
y yaqui el amplio grupo yutoazteca y que llegó a convertirse en
lingua franca por ser el medio de expresión empleado por
el pueblo más poderoso, recibió una descripción gramatical
gracias al empeño del franciscano Andrés de Olmos. Valiéndose de
los modelos de la tradición grecolatina retomados, por el
sevillano Antonio de Nebrija en sus Artes, Olmos dotó,
por primera vez, a una lengua indígena del continente americano,
gracias al alfabeto importado de Europa, de una codificación
fonológica y morfosintáctica; las consecuencias que tal hecho
entrañó van más allá de una aportación lingüística sin
precedentes, pues se reconocía que la expresión de ese “otro”
portaba elementos equivalentes con la propia, y que esa
manifestación de la forma de su pensamiento a través de
peculiares sonidos y estructuras era susceptible de ser
analizada de la misma manera que lo habían apenas comenzado a
ser con otros idiomas vulgares en el viejo mundo. Los
misioneros humanistas descubrieron, además, que los contenidos
semánticos, revestidos con significantes de no siempre fácil
pronunciación para ellos, reflejaban el modo de parcelar y
jerarquizar su ecosistema y cultura, adelantándose con esto a la
formulación que siglos después plantearían Sapir y Whorf sobre
el “relativismo lingüístico”. Al respecto resultan ilustrativas
las palabras de Dorotea Leighton extraídas de su monografía
sobre el navajo:
Lo que los hombres piensan y
sienten, y cómo comunican aquello que piensan y sienten, viene
determinado, sin duda alguna, por su situación psicológica
individual, su historia personal y aquello que ocurre de hecho
en el mundo exterior. Pero, además también viene determinado por
otro factor que a menudo se pasa por alto a saber, por la
estructura de las costumbres lingüísticas que han adoptado los
hombres como miembros de una sociedad particular…Cada lenguaje
ejerce su influencia sobre aquello que ven los hombres que lo
emplean, sobre lo que sienten, la forma en que piensan, las
cosas de que puedan hablar.
La íntima relación entre lenguaje
y pensamiento fue una preocupación que se intensificó entre los
pensadores del siglo XVIII hasta el extremo de instituir un
premio para aquél que pudiera explicarla con mayor claridad. Se
intentaba dilucidar, así, las interrogantes: ¿Puede existir
pensamiento sin lenguaje? ¿Es el lenguaje el que modela el
pensamiento? ¿Puede encontrarse una simétrica correlación entre
los conceptos y la forma lingüística que los recubre?
Sin duda las diversas
realidades que circundan el universo de los pueblos y sus
posibles imaginarios determinan el modo de su denominación; un
ejemplo de ello, como lo advierte Miguel León-Portilla en este
espléndido libro, es el diverso repertorio acuñado por los
huaves establecidos en las lagunas cercanas al Golfo de
Tehuantepec para designar el particular mundo marítimo que los
rodea; también los purépechas y los nahuas han dejado huella de
los objetos propios de su medio ambiente y sociedad en el
español que se habla en nuestro país; de los primeros provienen:
chacuaco “horno pequeño”, corunda “tamal” ,
guarache “cierta clase de calzado” y tambache “hato
en que se llevan diversas cosas”; mientras que a los segundos
pertenece el más nutrido número de voces indoamexicanas que
continúan empleándose en México. Ese es el caso de los
sustantivos aguacate, atole, jitomate, tepache, machote,
pilote, mezcalero, milpa, mecapal, mecate, papalote, piocha,
coyote, escuincle y tlacuache; de los adjetivos
chamagoso y tatemado, y de los verbos pepenar y
petatearse, por mencionar sólo algunos.
A algunos misioneros y
conquistadores españoles que fueron testigos de aquel violento
encuentro que cambió el rumbo de la historia corresponden
también pormenorizados relatos sobre los anales y las costumbres
de los antiguos mexicanos, y sobre los embates y las
consecuencias de las luchas que tuvieron que entablar hasta ser
sometidos. Un ejemplo emblemático al respecto, como asegura
Miguel León-Portilla, lo representa el franciscano Bernardino de
Sahagún, quien con sus colaboradores indígenas realizó, por
espacio de treinta años, la que ha sido calificada como
“enciclopedia de los nahuas del altiplano central” debido a su
diversidad temática y estructura. El método utilizado por el
fraile humanista en la recopilación de materiales orales y
pictóricos lo ha hecho ser considerado como el “Padre de la
Antropología del nuevo mundo”, aunque los fines de la empresa
deban enmarcarse necesariamente, pues no podía ser de otro modo,
en el ámbito de la misión evangelizadora.
León-Portilla hace
referencia, así mismo, a los importantes estudios antropológicos
sobre los pueblos indios efectuados hace ya varias décadas.
Destaca al insigne investigador Manuel Gamio, quien consideró
que estos trabajos deben contemplar tanto los diversos rasgos
culturales como aquellos componentes relativos al entorno
natural que los rodea. Menciona el autor en su repaso,
igualmente, a Alfonso Caso, Ricardo Pozas, Gonzalo Aguirre
Beltrán y Alfonso Villa Rojas quienes fomentaron el desarrollo
de las comunicaciones, educación, economía y salud, respetando
su idiosincrasia, pero sin promover, como hoy en día lo hacen
los defensores indigenistas, el reconocimiento jurídico de las
autonomías en el régimen interno de sus comunidades.
Pero Miguel
León-Portilla no sólo hace referencia en este volumen a la
minoría de pueblos indomexicanos que, cabe señalar, resulta
comparable por sí misma a la totalidad de los habitantes de
países como Cuba y Portugal; también alude a los africanos
quienes desde fechas tempranas de la Colonia llegaron a las
Indias Occidentales. Advierte el notable incremento de los
afromestizos a mediados del siglo XVIII y señala la pervivencia
de sus cantos y bailes, así como de sus formas propias de
vivienda y comida. En cuanto a su relación con los indígenas
tenemos, por ejemplo, que en algunas zonas de la Costa Chica de
Guerrero y otras cercanas de Oaxaca hasta Pinotepa Nacional,
“los mulatos”, quienes se distinguen claramente por sus rasgos
físicos, han establecido contactos comerciales con grupos
mixtecos, aunque viven separados de ellos; han asimilado algunas
creencias de los pueblos indios como la relativa al nahual,
brujo que tiene la facultad de transformarse en diferentes
animales, y aseguran profesar la religión cristiana, pero
conservan ciertas creencias de origen africano.
México debe concebirse
como una nación multicultural, rica por su biodiversidad y
portadora todavía de más de sesenta lenguas originarias
procedentes, a su vez, de milenarias protolenguas que son, como
ya se ha dicho, reflejos de muy particulares realidades
naturales y étnicas. Su conservación y cultivo en la actualidad
quedan garantizados hasta cierto punto con los convenios
celebrados en Río de Janeiro y en Barcelona en los años de 1992
y 1996, respectivamente; en ambos se declaró que es inalienable,
como bien personal y colectivo, el derecho a preservar y emplear
su lengua nativa, y a ser educado y atendido en los contextos
jurídicos y sociales en ella. Queda, sin embargo, la difícil
tarea de articular, con mayor eficacia de lo que hasta ahora se
ha logrado, las acciones conducentes para que estos mexicanos,
que integran también nuestra nación, vivan y se desarrollen en
toda su plenitud, otorgándoles los beneficios del progreso, pero
respetando sus raíces y singularidades.
El libro que aquí hemos comentado
de Miguel León-Portilla nos permite conocer más a este México
plural y privilegiado de forma ilustrativa y amena.