México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

   
 








 

Baglietto-Mestre-Carballo-Por qué cantamos  (YouTube) letra: Mario Benedetti

 

Alicia Kozameh. Nació en Rosario, Argentina, en marzo de 1953. Comenzó a escribir siendo muy niña. Estudió Letras y Filosofía. Militó en el PRT-ERP. Fue prisionera política desde setiembre de 1975 hasta diciembre de 1978. Estuvo exiliada en California y en México. Volvió a Argentina en 1984, y después de amenazas a ella y a su hija como consecuencia de la publicación de la novela Pasos bajo el agua regresó a California en 1988. Estableció en Los Ángeles el Taller Hispanoamericano de Cultura, que dirigió hasta 1994. Fundó y dirigió la revista literaria Monóculo y el taller literario del mismo nombre. Participa activamente en congresos literarios y es invitada a universidades de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica a hablar sobre su obra literaria y sobre su experiencia como prisionera política, reflejada en varias de sus obras de ficción. Sus libros están publicados en varios idiomas, y su producción abarca novela, cuento, ensayo, poesía, antología y guión cinematográfico. Alicia vive en Los Ángeles, donde escribe y da clases de literatura y de escritura creativa en Chapman University y en Santa Monica College. Algunas publicaciones: Novelas: Pasos bajo el agua, Patas de avestruz, 259 saltos, uno inmortal, Basse danse, Fragmento de CANTATA. Colección de cuentos: OFRENDA de propia piel.Antologías: Caleidoscopio: la mujer en la mira y Caleidoscopio: inmigrantes en la mira.

Introducción

 

Cada una de las compañeras presas políticas que habitábamos la cárcel de Villa Devoto en los días y noches de fines de octubre, inicios de noviembre de 1977 utilizaríamos, sin duda, en parte similares, en parte diferentes palabras para expresar los mismos sentimientos, sensaciones, que a todas nos conmocionaron durante la sucesión de hechos que desencadenaron en la muerte/asesinato de una de nosotras: Alicia País.

En 1983, todavía exiliada (en ese momento en la ciudad de México), yo me planteaba y comenzaba la escritura de la novela Pasos bajo el agua, de la que este capítulo, “Del diario de Sara”, es parte.

Cada instante vivido durante las horas en que se desarrollaron la agonía y la muerte de Alicia, ya en el ’83, cinco años después de los acontecimientos mismos, se mantenía tan vívido como entonces, y como los experimento en este momento, a las 6:15 de la mañana del domingo 20 de enero de 2008, en que vuelvo a aproximarme, sentada a la mesa de la cocina del departamento que alquilo en Los Ángeles y frente a este texto, a la emoción, nunca abandonada.

Llevados a la instancia ficcional –desconfiando de la recientemente recuperada democracia en tiempos en que el aparato represivo se mantenía intacto, además de por una necesidad personal de establecer algún tipo de mediación que me facilitara, permitiera, la escritura sobre el tema-,  transformé los datos de la realidad, aunque tratando de evitar, sin embargo, vaciarlos de sustancia, de carácter testimonial, de la fuerza que representara lo vivido.

En la primera edición de la novela (Buenos Aires, Contrapunto, 1987), mientras vivía ya en Buenos Aires, le doy a Alicia País el nombre de Patricia del Campo, y relato su problema de salud como una hepatitis con complicaciones. A la médica que se negó a resolver la crisis, cuyo verdadero apellido era González, la convierto en doctora Cramer. Y también introduzco variantes a la historia. Y a las fechas.

Por una amenaza muy específica ocasionada en la publicación del libro decido, en 1988, volver a salir de Argentina: mi hija, por entonces de casi cuatro años, estaba incluida en la amenaza. Fuera ya del área concreta de peligro, la novela se publica en inglés. Entonces, con más acceso a lo frontal, a lo explícito, dedico el capítulo “A Alicia País, asesinada”. En las posteriores ediciones en español mantengo esta dedicatoria, y lo mismo hago en la traducción al alemán. Y allí, claro, permanecerá.

La hepatitis fue, en realidad, una crisis de asma que se convirtió en fatal por desaprensión médica y por la aplicación del medicamento en ese momento más inadecuado: valium inyectable; esto a pesar de la explícita y reiterada advertencia por parte de la misma Alicia y de las compañeras que la rodeaban para que no le fuera suministrado. Pero, sobre todo, por la irreversible voluntad asesina de los protagonistas de la dictadura militar de destruirnos de una manera u otra.

Alicia País de Juárez murió el 1ro de noviembre de 1977 en el “hospital” de la cárcel de Villa Devoto, ciudad de Buenos Aires, República Argentina, en manos de los representantes de la represión política más salvaje de la historia del país, y rodeada de compañeras que hicieron todo lo que estaba a su alcance como presas para procurar salvarle la vida.

Alicia País, con cada uno de los compañeros y de las compañeras muertos y desaparecidos, brilla más viva a cada día que avanza la Historia. La Historia, así, con “H”, mayúscula, muy mayúscula. La Historia escrita, con la tinta de la propia vida, por los que optaron por el intento de transformar el mundo en un espacio compartido equitativamente por todos los que habitamos en él. A ellos dedico esta contribución en pos de la memoria. La memoria, productora, protectora de la vida.

 

Del diario de Sara

A Alicia País, asesinada.

 

17 de mayo, mediatarde.

Imperiosamente: ya mismo necesito lograr que el animal que me remueve el estómago se envenene y se muera. (Pero que después no quiera asomar por mi ombligo esos ojos cadavéricos.) Trabaja en silencio, como si escarbara en el hielo.

¿Variantes en el panorama? A quién se le ocurre: la ventanita allá arriba, la proyección del metal alargado sobre el techo, el sol anaranjado pegado a la pared intentando mantener, conseguir, una de esas ciertas formas de dignidad tan manipulables y codiciadas por la supervivencia. Veo las cuchetas a mis costados: Silvina se aboca, insiste en la tarea de convencer al resto de que puede concentrarse y escribir una carta. Y tan convencional, mueve la cadera izquierda y se chupa el índice derecho para repetir: "Y si no, expónganme el argumento en contra; pero muy bien fundamentado." Leticia escudriña la cascarilla con un asco más explícito y menos elegante que el conveniente al estómago del pabellón; empieza a repartirla. Griselda lee La peste; aunque no creo: retrocede en el tiempo al momento en que el hijo tenía la edad que muestra en esa foto que esconde en la solapa. Algo así como la vuelta al mundo, todo esto. Me pregunto qué hago aquí, por qué no atravieso las paredes con la más calma y risueña de las fuerzas. Te pregunto eso, Sara. Sí. Dije bien: calma, risueña. 

Mismo día. De noche.

Ya van a apagar las luces. Nada que decir. Sólo que; ufa. No tengo ganas de incursionar. Las investigaciones, las referencias a los mecanismos en que nos apoyamos, me inmovilizan. Me enfrentan al panorama completo. Me ahogan con los detalles. Me transfieren todo el abismo junto. Pero bueno. Eso: que la costumbre, en este caso la rutina, lo que es intolerable de ser vivido en días humanos, acá distancia de la muerte. Una novedad es un peligro. Siempre. La desproporción, un gigantesco hematoma muy morado que abarca cientos, miles de cuerpos.

Dormir me va a beneficiar esta noche más que otras. Y sin embargo se lo siente así; como que es una porquería no tener nada que decir. 

18 de mayo. Tres, tres y media de la tarde. Recreo interno.

Acaba de entrar nuestra convulsiva Andrea con sus hombros en constante ascenso. No entiende que los únicos vuelos que le están reservados son los metafísicos. Y con la novedad del día: una compañera del segundo piso de celulares fue llevada de urgencia al hospital del Penal. Patricia Del Campo. No la conozco. Lo visible es el desorden de angustias generado alrededor de las hélices de Andrea, que cada tanto recuerdan brazos humanos. Dora y Elizabeth recorren en varias direcciones y a gran velocidad esta estrechez de cinco por ocho. Dora está pálida. Dora me asusta. Me sintetiza una rebanada considerable de existencia. Sus proyectos. El problema no es lo que se propone como militante, con esa eficaz historia de que hay tantas formas de contribuir, sino lo que se le atasca en el intento. Tan clínica para encontrar los porqués, tan adversa para solicitar a su propia nariz una prolongación que se introduzca en los hechos. Acción, y en qué baño está meando Dora. Ésa es la libertad que no todos nos damos: mear espiando por la ventana del baño. Con vidrios esterilizados y cortinas inmaculadas, de finos encajes. Y después los encajes que sobrevengan. Los de los milicos en nuestras bocas, sobre todo. Además ayer logró paralizarme cuando habló de poner una fábrica de fideos cuando salga. ¿Habrá sido literal, esta revirada?

Y prestar atención a los dibujitos móviles que marca hoy el sol sobre la pared del pabellón. Redondos, ovalados. Como hojas. (Estos dos últimos renglones me martillaron alguna tecla. Se me mojaron las palmas de las manos y me ardieron las orejas. Habría que ver la causa.) 

Mismo día, tarde avanzada.

Hubo que vaciar de agua la primera letrina de este lado para que funcionara el teléfono. Más información: Patricia Del Campo, muy amiga de la meadora profesional. Hepatitis con complicaciones. Nadie que la atienda. La médica de turno no entra al hospital, dice que está lleno de terroristas. Y no se ríe. Deben pegársele los labios cuando pronuncia la palabra. Los dientes deben aflojársele. Degenerada. Algún miedito debe movérsele en algún rincón, perturbándole ese aire pesadón que balancea haciéndose la natural. Las celadoras entran y salen del pabellón-hospital pidiéndoles a las compañeras enfermas que les den garantías de que no van a agredir a la doctora Cramer si entra a ver a Patricia. Las compañeras empiezan a inquietarse; a sentir en los ombligos las uñas sucias y sin cortar del Jefe de Seguridad: jamás fue agredida médica ni médico ni un carajo; les explican eso a las vichas, que responden con mirada de vaca y dicen "no sé, eso es lo que manda a decir la doctora Cramer". Y se van. Y vuelven con el mismo rollo. Las compañeras preguntan qué clase de garantías quiere, las celadoras contestan que no saben y vuelven a hablar con la médica. Y otra vez: que la doctora no especifica; sólo pide seguridad. "Qué seguridad", insisten las chicas, y las caras de degolladas, con tono de venir con la gran primicia: "Seguridad. Es todo."

En eso ya han pasado dos horas. Las compañeras proponen ser trasladadas a sus pabellones para que se atienda a Patricia, y ni bien las vichas salen llevándose la propuesta se las ve volver abriendo esas bocas de boas que tienen para decir que imposible, porque el Penal no puede arbitrar traslados así, sin orden superior. Y que además hay tres que están con suero, imposible transportarlas. Las compañeras dicen: "¿A quién van a molestar si están postradas en las camas?", a lo que contestan que nosotras somos guerrilleras, y que siempre encontramos la forma, "por eso de la guerra de guerrillas". "Y además -dicen las mercenarias-, ustedes, señoras, no saben lo que es estar en el medio, haciendo de mensajeras." Una de las chicas se enfurece: "En el medio de qué, celadora. Usted todavía no probó estar entre la espada y la pared. Ni entre el fierro y el paredón. Pero la historia indica... ¿usted sabe lo que es la historia?" Y ante una seña impaciente de otra: "Y nosotras no queremos molestar a nadie. Todo lo que queremos es que atiendan a la compañera."

Este mes veré en qué agujero meterme este cuaderno. En cualquier momento nos cae una requisa. 

19 de mayo. En la mañana, después del desayuno.

Me aparto por cinco minutos de la sopa de verdura que es hoy este cajón infame.

Se supone que lo único que nos mantiene despiertas durante la noche es el pleno verano, cuando el límite hacia la asfixia sólo se extiende transgrediendo la orden de silencio, y enciendo algún cigarrillo prohibido después de las diez. Es notable. Pero se conversa y se transpira menos, se le contesta a una celadora con tono de bronca acumulada en los intestinos y enero no sofoca tanto. Pero estamos en otoño.

Anoche: al rato de habernos dormido nos despertamos como en un barco que se hundía. En el techo sonaban los golpes para que atendiéramos el teléfono. Nos contaron lo de ese momento: Patricia con las piernas rígidas, la doctora Cramer sin variar su posición, el penal entero organizándose para presionar. Quien va informando sobre los avances de la enfermedad de Patricia es otra compañera, Amanda Sierra, neuróloga, que está internada pero no tan enferma como para no poder ocuparse. Así que más o menos una hora después, novecientas de las mil y pico que somos, jarros en mano pero sin golpearlos todavía, empezamos con gritos. Llamamos a las celadoras, pedimos hablar con el Jefe de Seguridad. Ningún resultado. Entonces los golpes. Los jarros terminaron en chatarra. Dora estuvo callada y ojerosa en la retaguardia, con un jarro en la mano izquierda y sin golpear. Iba al baño, orinaba y volvía a la zona de los hechos, parada con las rodillas tocándose y apretando los dientes que debían rechinarle como cuando duerme. Meó como diez veces en tres horas. Yo no quedo disculpada: la verdad, la vigilé.

Tampoco pasó nada. Le dimos y le dimos, siempre sin respuesta. Después hubo decisión general de parar la jarreada, muy avanzada la noche. Y no tuvimos más noticias que las que llegaron a esa hora: Patricia empezaba a sentir rigidez en los brazos, y lloraba. A Amanda se le habían agotado los recursos para entender lo que sucedía en el cuerpo de la compañera          

-mencionó otra enfermedad mezclada con la hepatitis-, y la doctora se había ido. La guardia cambió por un médico que de inmediato de hacerse cargo envió mensaje con las celadoras, que reprodujeron: "Yo sé que hay una médica entre las presas del hospital. Que no sea individualista y atienda a la compañera." Las chicas, sacando no sé de dónde la paciencia, le mandaron a preguntar si realmente él trataba de decir que sin instrumental ni medicamentos Amanda podía hacer algo más de lo que había hecho. El tipo envió un segundo mensaje de extensión, contenido y gracia idénticos al primero. Las celadoras desaparecieron.

Escribí más de lo que pensé que podría.

Cerca del mediodía, misma fecha.

Llamaron del segundo piso. Patricia está grave. El Jefe de Seguridad no atiende pedidos de audiencia y las celadoras no se acercaron al hospital después del recuento de las siete de la mañana. Un enfermero entró y controló a las compañeras con suero. Se le pidió atención para Patricia y ni siquiera levantó la vista. Amanda dice que si no recibe atención de suma urgencia, o sea ya mismo, en unas horas va a entrar en coma. Ahora nadie golpea jarros contra ninguna reja, nadie grita, sólo se pide, con firmeza. Las autoridades del Penal la están dejando morir. Cuando las celadoras terminaron el recuento en el hospital Amanda habló con una y le explicó el estado de Patricia. Ella la miró de reojo y se fue rápido y sin emitir sonido. En realidad no le explicó nada. Le dijo: "La compañera se muere, celadora."

 20 de mayo. Más o menos una hora después del recuento de la mañana.

Me imagino que entre las dos y las tres de la mañana: nos despertamos con la voz de una de las compañeras que gritaba dirigiéndose al Penal y a los vecinos del barrio, diciendo que Patricia Del Campo se moría sin alternativas por falta de atención médica. La voz caía seca en medio de la noche.

Algunas compañeras volvieron a dormirse. Yo tuve ganas de un vómito que nunca se produjo y me quedé despierta. Empezaba a amanecer cuando volví a dormirme, y al rato las celadoras nos despertaron para el recuento.

Abrimos los ojos. Alguien levantó la vista y miró por la ventana. Creo que fue Telma. Dijo "qué es eso" señalando hacia los celulares. Otras nos acercamos y vimos ropas oscuras, negras, azules, asomándose por las rejas. Alguien dijo: "Crespones. Murió Patricia." Y tres o cuatro sacudieron manos y pelo diciendo que no podía ser, no podía ser. Qué mierda es lo que no puede ser. Hace un rato, enseguida del recuento, la misma voz de la madrugada, alternándose con otra, comunicaba la muerte de Patricia. Había sido entre las cuatro y las cinco. Volaba de fiebre, deliraba y se ahogaba. Las compañeras del hospital gritaron, insistieron, dijeron por favor, celadora. Cuando Patricia murió, avisaron.

Entonces sí aparecieron dos enfermeros y una celadora, charlando entre ellos, arrastrando una camilla. Abrieron la reja, entraron al pabellón-hospital como al almacén, riéndose, hablando de los pies chuecos de otra celadora. La subieron a la camilla y sin mirar al resto fueron empujándola.

Unos pocos días atrás me lamentaba de no tener nada que decir en este cuaderno. "Qué porquería", había anotado: "nada que decir". O algo por el estilo.

Capítulo extraído de la novela Pasos bajo el agua. Buenos Aires: Contrapunto 1987. Córdoba: Alción, reeditada en 2006, traducida al inglés como Steps Under Water y al alemán como Schritte unter Wasser.

 

 

 

 

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