Alicia
Kozameh. Nació en
Rosario, Argentina, en marzo de 1953. Comenzó a escribir siendo
muy niña. Estudió Letras y Filosofía. Militó en el PRT-ERP. Fue
prisionera política desde setiembre de 1975 hasta diciembre de
1978. Estuvo exiliada en California y en México. Volvió a
Argentina en 1984, y después de amenazas a ella y a su hija como
consecuencia de la publicación de la novela Pasos bajo el
agua regresó a California en 1988. Estableció en Los Ángeles
el Taller Hispanoamericano de Cultura, que dirigió hasta 1994.
Fundó y dirigió la revista literaria Monóculo y el taller
literario del mismo nombre. Participa activamente en congresos
literarios y es invitada a universidades de Estados Unidos,
Europa y Latinoamérica a hablar sobre su obra literaria y sobre
su experiencia como prisionera política, reflejada en varias de
sus obras de ficción. Sus libros están publicados en varios
idiomas, y su producción abarca novela, cuento, ensayo, poesía,
antología y guión cinematográfico. Alicia vive en Los Ángeles,
donde escribe y da clases de literatura y de escritura creativa
en Chapman University y en Santa Monica College. Algunas
publicaciones: Novelas: Pasos bajo el agua, Patas de
avestruz, 259 saltos, uno inmortal, Basse danse,
Fragmento de CANTATA. Colección de cuentos: OFRENDA de
propia piel.Antologías:
Caleidoscopio: la mujer en la mira y
Caleidoscopio: inmigrantes en la mira.

Introducción
Cada una de las
compañeras presas políticas que habitábamos la cárcel de Villa
Devoto en los días y noches de fines de octubre, inicios de
noviembre de 1977 utilizaríamos, sin duda, en parte similares, en
parte diferentes palabras para expresar los mismos sentimientos, sensaciones, que a todas nos conmocionaron durante la sucesión de
hechos que desencadenaron en la muerte/asesinato de una de nosotras:
Alicia País.
En 1983, todavía
exiliada (en ese momento en la ciudad de México), yo me planteaba y
comenzaba la escritura de la novela Pasos bajo el agua, de la
que este capítulo, “Del diario de Sara”, es parte.
Cada instante
vivido durante las horas en que se desarrollaron la agonía y la
muerte de Alicia, ya en el ’83, cinco años después de los
acontecimientos mismos, se mantenía tan vívido como entonces, y como
los experimento en este momento, a las 6:15 de la mañana del domingo
20 de enero de 2008, en que vuelvo a aproximarme, sentada a la mesa
de la cocina del departamento que alquilo en Los Ángeles y frente a
este texto, a la emoción, nunca abandonada.
Llevados a la
instancia ficcional –desconfiando de la recientemente recuperada
democracia en tiempos en que el aparato represivo se mantenía
intacto, además de por una necesidad personal de establecer algún
tipo de mediación que me facilitara, permitiera, la escritura sobre
el tema-, transformé los datos de la realidad, aunque tratando de
evitar, sin embargo, vaciarlos de sustancia, de carácter
testimonial, de la fuerza que representara lo vivido.
En la primera
edición de la novela (Buenos Aires, Contrapunto, 1987), mientras
vivía ya en Buenos Aires, le doy a Alicia País el nombre de Patricia
del Campo, y relato su problema de salud como una hepatitis con
complicaciones. A la médica que se negó a resolver la crisis, cuyo
verdadero apellido era González, la convierto en doctora Cramer. Y
también introduzco variantes a la historia. Y a las fechas.
Por una amenaza muy
específica ocasionada en la publicación del libro decido, en 1988,
volver a salir de Argentina: mi hija, por entonces de casi cuatro
años, estaba incluida en la amenaza. Fuera ya del área concreta de
peligro, la novela se publica en inglés. Entonces, con más acceso a
lo frontal, a lo explícito, dedico el capítulo “A Alicia País,
asesinada”. En las posteriores ediciones en español mantengo esta
dedicatoria, y lo mismo hago en la traducción al alemán. Y allí,
claro, permanecerá.
La hepatitis fue,
en realidad, una crisis de asma que se convirtió en fatal por
desaprensión médica y por la aplicación del medicamento en ese
momento más inadecuado: valium inyectable; esto a pesar de la
explícita y reiterada advertencia por parte de la misma Alicia y de
las compañeras que la rodeaban para que no le fuera suministrado.
Pero, sobre todo, por la irreversible voluntad asesina de los
protagonistas de la dictadura militar de destruirnos de una manera u
otra.
Alicia País de
Juárez murió el 1ro de noviembre de 1977 en el “hospital” de la
cárcel de Villa Devoto, ciudad de Buenos Aires, República Argentina,
en manos de los representantes de la represión política más salvaje
de la historia del país, y rodeada de compañeras que hicieron todo
lo que estaba a su alcance como presas para procurar salvarle la
vida.
Alicia País, con
cada uno de los compañeros y de las compañeras muertos y
desaparecidos, brilla más viva a cada día que avanza la Historia. La
Historia, así, con “H”, mayúscula, muy mayúscula. La Historia
escrita, con la tinta de la propia vida, por los que optaron por el
intento de transformar el mundo en un espacio compartido
equitativamente por todos los que habitamos en él. A ellos dedico
esta contribución en pos de la memoria. La memoria, productora,
protectora de la vida.
Del diario de
Sara
A Alicia País, asesinada.
17 de mayo,
mediatarde.
Imperiosamente:
ya mismo necesito lograr que el animal que me remueve el
estómago se envenene y se muera. (Pero que después no quiera
asomar por mi ombligo esos ojos cadavéricos.) Trabaja en
silencio, como si escarbara en el hielo.
¿Variantes en
el panorama? A quién se le ocurre: la ventanita allá arriba, la
proyección del metal alargado sobre el techo, el sol anaranjado
pegado a la pared intentando mantener, conseguir, una de esas
ciertas formas de dignidad tan manipulables y codiciadas por la
supervivencia. Veo las cuchetas a mis costados: Silvina se
aboca, insiste en la tarea de convencer al resto de que puede
concentrarse y escribir una carta. Y tan convencional, mueve la
cadera izquierda y se chupa el índice derecho para repetir: "Y
si no, expónganme el argumento en contra; pero muy bien
fundamentado." Leticia escudriña la cascarilla con un asco más
explícito y menos elegante que el conveniente al estómago del
pabellón; empieza a repartirla. Griselda lee La peste;
aunque no creo: retrocede en el tiempo al momento en que el hijo
tenía la edad que muestra en esa foto que esconde en la solapa.
Algo así como la vuelta al mundo, todo esto. Me pregunto qué
hago aquí, por qué no atravieso las paredes con la más calma y
risueña de las fuerzas. Te pregunto eso, Sara. Sí. Dije bien:
calma, risueña.
Mismo día.
De noche.
Ya van a apagar
las luces. Nada que decir. Sólo que; ufa. No tengo ganas de
incursionar. Las investigaciones, las referencias a los
mecanismos en que nos apoyamos, me inmovilizan. Me enfrentan al
panorama completo. Me ahogan con los detalles. Me transfieren
todo el abismo junto. Pero bueno. Eso: que la costumbre, en este
caso la rutina, lo que es intolerable de ser vivido en días
humanos, acá distancia de la muerte. Una novedad es un peligro.
Siempre. La desproporción, un gigantesco hematoma muy morado que
abarca cientos, miles de cuerpos.
Dormir me va a
beneficiar esta noche más que otras. Y sin embargo se lo siente
así; como que es una porquería no tener nada que decir.
18 de mayo.
Tres, tres y media de la tarde. Recreo interno.
Acaba de entrar
nuestra convulsiva Andrea con sus hombros en constante ascenso.
No entiende que los únicos vuelos que le están reservados son
los metafísicos. Y con la novedad del día: una compañera del
segundo piso de celulares fue llevada de urgencia al hospital
del Penal. Patricia Del Campo. No la conozco. Lo visible es el
desorden de angustias generado alrededor de las hélices de
Andrea, que cada tanto recuerdan brazos humanos. Dora y
Elizabeth recorren en varias direcciones y a gran velocidad esta
estrechez de cinco por ocho. Dora está pálida. Dora me asusta.
Me sintetiza una rebanada considerable de existencia. Sus
proyectos. El problema no es lo que se propone como militante,
con esa eficaz historia de que hay tantas formas de contribuir,
sino lo que se le atasca en el intento. Tan clínica para
encontrar los porqués, tan adversa para solicitar a su propia
nariz una prolongación que se introduzca en los hechos. Acción,
y en qué baño está meando Dora. Ésa es la libertad que no todos
nos damos: mear espiando por la ventana del baño. Con vidrios
esterilizados y cortinas inmaculadas, de finos encajes. Y
después los encajes que sobrevengan. Los de los milicos en
nuestras bocas, sobre todo. Además ayer logró paralizarme cuando
habló de poner una fábrica de fideos cuando salga. ¿Habrá sido
literal, esta revirada?
Y prestar
atención a los dibujitos móviles que marca hoy el sol sobre la
pared del pabellón. Redondos, ovalados. Como hojas. (Estos dos
últimos renglones me martillaron alguna tecla. Se me mojaron las
palmas de las manos y me ardieron las orejas. Habría que ver la
causa.)
Mismo día,
tarde avanzada.
Hubo que vaciar
de agua la primera letrina de este lado para que funcionara el
teléfono. Más información: Patricia Del Campo, muy amiga de
la meadora profesional. Hepatitis con complicaciones. Nadie que
la atienda. La médica de turno no entra al hospital, dice que
está lleno de terroristas. Y no se ríe. Deben pegársele los
labios cuando pronuncia la palabra. Los dientes deben
aflojársele. Degenerada. Algún miedito debe movérsele en algún
rincón, perturbándole ese aire pesadón que balancea haciéndose
la natural. Las celadoras entran y salen del pabellón-hospital
pidiéndoles a las compañeras enfermas que les den garantías de
que no van a agredir a la doctora Cramer si entra a ver a
Patricia. Las compañeras empiezan a inquietarse; a sentir en los
ombligos las uñas sucias y sin cortar del Jefe de Seguridad:
jamás fue agredida médica ni médico ni un carajo; les explican
eso a las vichas, que responden con mirada de vaca y dicen "no
sé, eso es lo que manda a decir la doctora Cramer". Y se van. Y
vuelven con el mismo rollo. Las compañeras preguntan qué clase
de garantías quiere, las celadoras contestan que no saben y
vuelven a hablar con la médica. Y otra vez: que la doctora no
especifica; sólo pide seguridad. "Qué seguridad", insisten las
chicas, y las caras de degolladas, con tono de venir con la gran
primicia: "Seguridad. Es todo."
En eso ya han
pasado dos horas. Las compañeras proponen ser trasladadas a sus
pabellones para que se atienda a Patricia, y ni bien las vichas
salen llevándose la propuesta se las ve volver abriendo esas
bocas de boas que tienen para decir que imposible, porque el
Penal no puede arbitrar traslados así, sin orden superior. Y que
además hay tres que están con suero, imposible transportarlas.
Las compañeras dicen: "¿A quién van a molestar si están
postradas en las camas?", a lo que contestan que nosotras somos
guerrilleras, y que siempre encontramos la forma, "por eso de la
guerra de guerrillas". "Y además -dicen las mercenarias-,
ustedes, señoras, no saben lo que es estar en el medio, haciendo
de mensajeras." Una de las chicas se enfurece: "En el medio de
qué, celadora. Usted todavía no probó estar entre la espada y la
pared. Ni entre el fierro y el paredón. Pero la historia
indica... ¿usted sabe lo que es la historia?" Y ante una seña
impaciente de otra: "Y nosotras no queremos molestar a nadie.
Todo lo que queremos es que atiendan a la compañera."
Este mes veré
en qué agujero meterme este cuaderno. En cualquier momento nos
cae una requisa.
19 de mayo.
En la mañana, después del desayuno.
Me aparto por
cinco minutos de la sopa de verdura que es hoy este cajón
infame.
Se supone que
lo único que nos mantiene despiertas durante la noche es el
pleno verano, cuando el límite hacia la asfixia sólo se extiende
transgrediendo la orden de silencio, y enciendo algún cigarrillo
prohibido después de las diez. Es notable. Pero se conversa y se
transpira menos, se le contesta a una celadora con tono de
bronca acumulada en los intestinos y enero no sofoca tanto. Pero
estamos en otoño.
Anoche: al rato
de habernos dormido nos despertamos como en un barco que se
hundía. En el techo sonaban los golpes para que atendiéramos el
teléfono. Nos contaron lo de ese momento: Patricia con las
piernas rígidas, la doctora Cramer sin variar su posición, el
penal entero organizándose para presionar. Quien va informando
sobre los avances de la enfermedad de Patricia es otra
compañera, Amanda Sierra, neuróloga, que está internada pero no
tan enferma como para no poder ocuparse. Así que más o menos una
hora después, novecientas de las mil y pico que somos, jarros en
mano pero sin golpearlos todavía, empezamos con gritos. Llamamos
a las celadoras, pedimos hablar con el Jefe de Seguridad. Ningún
resultado. Entonces los golpes. Los jarros terminaron en
chatarra. Dora estuvo callada y ojerosa en la retaguardia, con
un jarro en la mano izquierda y sin golpear. Iba al baño,
orinaba y volvía a la zona de los hechos, parada con las
rodillas tocándose y apretando los dientes que debían rechinarle
como cuando duerme. Meó como diez veces en tres horas. Yo no
quedo disculpada: la verdad, la vigilé.
Tampoco pasó
nada. Le dimos y le dimos, siempre sin respuesta. Después hubo
decisión general de parar la jarreada, muy avanzada la noche. Y
no tuvimos más noticias que las que llegaron a esa hora:
Patricia empezaba a sentir rigidez en los brazos, y lloraba. A
Amanda se le habían agotado los recursos para entender lo que
sucedía en el cuerpo de la compañera
-mencionó otra
enfermedad mezclada con la hepatitis-, y la doctora se había
ido. La guardia cambió por un médico que de inmediato de hacerse
cargo envió mensaje con las celadoras, que reprodujeron: "Yo sé
que hay una médica entre las presas del hospital. Que no sea
individualista y atienda a la compañera." Las chicas, sacando no
sé de dónde la paciencia, le mandaron a preguntar si realmente
él trataba de decir que sin instrumental ni medicamentos Amanda
podía hacer algo más de lo que había hecho. El tipo envió un
segundo mensaje de extensión, contenido y gracia idénticos al
primero. Las celadoras desaparecieron.
Escribí más de
lo que pensé que podría.
Cerca del
mediodía, misma fecha.
Llamaron del
segundo piso. Patricia está grave. El Jefe de Seguridad no
atiende pedidos de audiencia y las celadoras no se acercaron al
hospital después del recuento de las siete de la mañana. Un
enfermero entró y controló a las compañeras con suero. Se le
pidió atención para Patricia y ni siquiera levantó la vista.
Amanda dice que si no recibe atención de suma urgencia, o sea ya
mismo, en unas horas va a entrar en coma. Ahora nadie golpea
jarros contra ninguna reja, nadie grita, sólo se pide, con
firmeza. Las autoridades del Penal la están dejando morir.
Cuando las celadoras terminaron el recuento en el hospital
Amanda habló con una y le explicó el estado de Patricia. Ella la
miró de reojo y se fue rápido y sin emitir sonido. En realidad
no le explicó nada. Le dijo: "La compañera se muere, celadora."
20 de mayo.
Más o menos una hora después del recuento de la mañana.
Me imagino que
entre las dos y las tres de la mañana: nos despertamos con la
voz de una de las compañeras que gritaba dirigiéndose al Penal y
a los vecinos del barrio, diciendo que Patricia Del Campo se
moría sin alternativas por falta de atención médica. La voz caía
seca en medio de la noche.
Algunas
compañeras volvieron a dormirse. Yo tuve ganas de un vómito que
nunca se produjo y me quedé despierta. Empezaba a amanecer
cuando volví a dormirme, y al rato las celadoras nos despertaron
para el recuento.
Abrimos los ojos.
Alguien levantó la vista y miró por la ventana. Creo que fue Telma.
Dijo "qué es eso" señalando hacia los celulares. Otras nos acercamos
y vimos ropas oscuras, negras, azules, asomándose por las rejas.
Alguien dijo: "Crespones. Murió Patricia." Y tres o cuatro
sacudieron manos y pelo diciendo que no podía ser, no podía ser. Qué
mierda es lo que no puede ser. Hace un rato, enseguida del recuento,
la misma voz de la madrugada, alternándose con otra, comunicaba la
muerte de Patricia. Había sido entre las cuatro y las cinco. Volaba
de fiebre, deliraba y se ahogaba. Las compañeras del hospital
gritaron, insistieron, dijeron por favor, celadora. Cuando
Patricia murió, avisaron.
Entonces sí
aparecieron dos enfermeros y una celadora, charlando entre ellos,
arrastrando una camilla. Abrieron la reja, entraron al
pabellón-hospital como al almacén, riéndose, hablando de los pies
chuecos de otra celadora. La subieron a la camilla y sin mirar al
resto fueron empujándola.
Unos pocos días
atrás me lamentaba de no tener nada que decir en este cuaderno. "Qué
porquería", había anotado: "nada que decir". O algo por el estilo.
Capítulo
extraído de la novela Pasos bajo el agua. Buenos Aires: Contrapunto 1987.
Córdoba: Alción, reeditada en 2006, traducida al inglés como Steps
Under Water y al alemán como Schritte unter Wasser.