México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

 

Entrevista al escritor filipino

Don Edmundo Farolán Romero 

 

Edmundo Farolán Romero (Manila, 30 diciembre 1943) es un escritor hispanofilipino. Estudió en la Universidad de los Jesuitas, el Ateneo de Manila y, posteriormente, se especializó en el extranjero (España, Canadá, Estados Unidos). Profesor de español del Ateneo de Manila y de la Universidad de Filipinas, vivió y trabajó durante muchos años en Canadá, país en el que todavía suele pasar parte del año, ya que vive entre Manila y Vancouver. Se ha dedicado a la literatura componiendo varias obras bien en español, bien en inglés y una recopilación de poemas bilingüe en inglés/francés. Su primera colección poética en español es Lluvias filipinas (Madrid 1967); con el segundo libro Terecera Primavera (Bogotá 1981) ganó el Premio Zóbel (prestigioso galardón filipino de las letras hispánicas). En 1983 fue admitido como miembro de número en la Academia Filipina de la Lengua Española, correspondiente de la R.A.E.; es el segundo miembro de la misma “por antigüedad”.

 

A.G.: Es, por lo menos, inusual que un filipino escriba en español hoy en día, ¿cuál ha sido su formación familiar, su educación escolar, sus estudios para orientarle hasta esta elección artística?

                                                                                                       

E.F.R.: Mi lengua materna era el español. Mi mamá hablaba en español, porque su padre era español de Ronda, en la provincia de Málaga, y durante mi infancia todo el mundo hablaba español. Sin embargo, en los años 50 y 60 ya estábamos en la transición hacia el inglés y el sistema educativo filipino estaba organizado ya completamente en inglés. Me acuerdo de los ancianos, de mis abuelos que todavía hablaban español. Mi padre no habla mucho español. Se educó en la Academia Militar (PMA), que era un instituto creado por los norteamericanos basado en la escuela militar West Point de E.E.U.U. y, por eso, asumió el inglés como lengua principal. Me acuerdo de la generación de mis abuelos, es decir la del senador e intelectual Mayo Recto, en esa época todo el mundo hablaba español. De mí tengo que confesar que era ya mitad y mitad: hablaba español en casa, pero inglés en la escuela; eramos cinco hermanos, con mi madre usabamos el castellano, a nuestro padre nos solíamos dirigir en inglés y entre nosotros hablabamos tagalo. Me eduqué en Ateneo desde la primaria hasta la carrera y, los Jesuitas de aquel tiempo, eran ya norteamericanos y no españoles. Claro que el español era lengua oficial, pero por la mayoría lo hablaban las familias de origen o cultura hispana. Mi formación y mi educación escolástica fue en inglés. En aquel tiempo se estudiaban 24 unidades de español en la universidad; se estudiaba lengua y literatura española e hispanofilipina, y los textos se leían en original. El estudio sobre Cervantes era un curso entero, y los otros cursos trataban de los autores de la independencia como Mabini y Rizal; casi nada se estudiaba de literatura y cultura hispanoamericana. Yo, durante mis estudios, me interesé más bien por el aspecto teatral, lo que me llevó a participar como actor en varias obras teatrales que se organizaban en secundaria y en la universidad, y gané algunos premios. Durante ese tiempo hubo mucho énfasis por el estudio de la declamación y recitación. Pero todo esto se hacía en inglés, no en español. También el latín tenía un papel importante en nuestra formación. Estudié 4 años en secundaria y 2 en la universidad.

 

A.G.: ¿Cuándo empezó a plantearse la idea de escribir y por qué empezó a publicar versos?

 

E.F.R.: Después de mis estudios en Ateneo, me dieron una beca para ir a España. En Europa me interesé por la filosofía existencialista (Sartre, Camus, Ortega y Gasset...) y estudié filosofía en la Universidad Central de Madrid (ahora Complutense). Vivía en el Colegio Mayor de Guadalupe, institución que hospedaba a muchos latinoamericanos y ahi conocí a muchos escritores como el nicaragüense Simón Rizo y artistas visuales, como Eugenio Dittborn. Este clima un poco bohemio de mediados de los 60, despertó en mí ese aspecto artístico y allí empecé a escribir poesía, porque estaba en medio de artístas, escritores, poetas y con ellos participaba de este fermento cultural. En España era la época de Franco y los españoles eran bastante conservadores, pero los extranjeros nos sentíamos muy libres y deseosos de crear obras inovativas.

 

A.G.: Y ¿por qué usted escribe, principalmente, en español?

 

E.F.R.: Porque yo siempre he estado muy metido ahí en medio de la lengua española; porque pensaba en español; además pienso que la lengua española es muy poética y era normal escribir versos en castellano. Después de mi primer año de filosofía, me matriculé en el Instituto de Cultura Hispánica en un curso especial para profesores de español.

 

A.G.: Vivir fuera de Filipinas ¿se debe al deseo de dejar su país o es una casualidad de la vida? ¿Ha seguido manteniendo vínculos con Filipinas?

 

Fueron las circunstancias que me alejaron de Filipinas, aunque he vuelto a mi país, siempre que he podido y, además, aquí he vivido alternativamente. Vivía en Manila hasta terminar mi carrera, luego tuve la posibilidad de salir para formarme fuera, en Europa y Norteamérica. Mi padre era un militar, un aviador, pero ya jubilado y le designaron como representante de OACI en Montreal. El mismo año que terminé, el 67, fue cuando mi padre fue destinado a Canadá y yo también me fui a Canadá pero por mi cuenta. Me dieron un “teaching assistantship” para hacer mi MA (Licenciatura) en la Universidad de Alberta y luego en la de Toronto; allí terminé mi MA en Lengua y Literatura Hispánica. Cuando mis padres y hermanos se marcharon a Filipinas, yo me quedé en Norteamérica para terminar mis estudios de doctorado en la Universidad de Bowling Green en EEUU (Ohio) con un “university fellowship”. Luego volví a Filipinas, enseñé español y tagalo en el Ateneo por dos años, y después regresé a Canadá; del 76 al 78 participé en varias actividades culturales, y estuve ayudando a un amigo, el periodista Antonio Fernández, director de un periódico filipino en Canadá. Enseñé inglés en una escuela secundaria de Quebec. En 1978 volví a Filipinas, y enseñé español en la Universidad de la Ciudad de Manila (PLM). Era jefe del Departamento de español ahí, y me gustaba trabajar en este instituto porque los estudiantes eran becarios, los mejores estudiantes graduados de las escuelas secundarias de Manila. Durante este periodo (1978-81), publiqué dos libros que utilicé en mis clases, Gramática y Práctica, y Antología de la Literatura Filhispana. Después me dieron una beca para un post-doctorado en Bogotá. En el prestigioso “Instituto Caro y Cuervo” para hacer investigaciones lingüísticas y preparar un libro que luego se publicó bajo el título de Español intermedio para universitarios filipinos. En la capital colombiana publiqué también un libro de versos, Tercera primavera, en 1981, y cuando volví a Manila, me otorgaron el Premio Zóbel por esta publicación. Dos años después, en 1983, fui admitido en la Academia Filipina de la Lengua Española. En esos años seguí viviendo en mi país; entre 1982 y 1984 enseñé en la Universidad de Filipinas (UP). Decidí volver a Canadá por la inestabilidad económica que se creó después del asesinato de Aquino; a partir de 1984 vivía en Canadá. Enseñé español en centros para adultos, pero era también consejero en centros para desempleados del gobierno federal canadiense, hasta que me jubilé en 1999; ya a partir de 1997 había vuelto a la docencia, enseñé en el “Colegio Corpus Christi” de Vancouver, y desde 1999 me dediqué a enseñar en diferentes universidades extranjeras: en China, en la Universidad Politécnica de Tianjin y la de Dalian; en la Universidad de Silesia en la República Checa, en la Webster University de Tailandia y en el Colegio de Micronesia en Pohnapé (Islas Carolinas).

 

A.G.: ¿Cuál es la visión estética que anima su poesía? 

 

E.F.R.: Escribo en ambas lenguas, pero el español, a mi parecer, es más poético que el inglés. La influencia del verso libre en mi poesía viene del inglés, aunque en español se haya escrito gran poesía en esta forma métrica. Mi idea era alejarme de lo tradicional, imitando en poesía la experiencia del teatro del absurdo. En los años 60, cuando estaba en Madrid, en los ambientes bohemios de estudiantes-literatos, ya se notaba que la poesía arriesgaba en nuevos experimentos, reclamando más libertad, en vez de la idea de meterse en los cubículos de una tradición agotada. Yo pertenecía ya a ese “movimiento” y en Lluvias filipinas traté de desarrollar esa idea. Sin embargo, más tarde, me cansé y con la segunda colección en castellano, Tercera primavera, como explico en la introduccion, traté de volver a las formas tradicionales y, por ello, tengo sonetos y romances con el intento de volver a la disciplina métrica, a lo tradicional, a los versos clásicos. Para mí es bueno tener un balance, un término medio, hay que poder oir la musicalidad de la lengua. El español es sangre mía, o como decía Recto, “es sangre de nuestra sangre”, en fin, es algo filipino. Cuando se recitan versos en tagalo sale lo hispánico, toda la musicalidad de la lengua y del alma española, y para mí es más natural escribir en español. Hay un chiste que dice: se habla inglés con los caballos, pero español con Dios. La prosa, quizá, en inglés sale como algo más natural, pero el verso en español. Cuando enseñaba en Ateneo (1974-76) mis colegas me empujaron a publicar y fue así que salió mi primera colección poética en inglés, The Rhythm of Despair, en 1975. En Ateneo, enseñaba inglés, español y tagalo. Cuando escribo versos en inglés, son poemas negros, pesados, estancados, es decir, temas negativos y confusos; no tienen música, no tienen esa luz y optimismo que expreso a través de mis versos en español. Mi colección The Rhythm of Despair (1975) son versos sin ritmo, sin música, sin esperanza. Mientras que, con el español, consigo expresar mi alma; para mí son versos de esperanza de luz, de música y de libertad. Por supuesto la lengua del ambiente en que uno vive influye mucho, así que tantos años en Canadá me han condicionado y compuse una colección bilingüe con el título Oh Canada! (1994), recopliando poemas escritos en Canadá entre el 67 y el 94. La parte en francés son poesías que escribí durante mi estancia en Montreal entre 1984 y 1986.

 

A.G.: ¿Por qué cree que es importante para los filipinos, o para usted, seguir escribiendo en español?

 

E.F.R.: Hubo personas, literatos filipinos, en particular, los académicos Padre Ángel Hidalgo, D. Francisco Zaragoza Carrillo, Guillermo Gómez Rivera, el poeta Federico Espino Licsi, y otros, que me inspiraron a continuar con mi empeño en escribir. Como miembro de la Academia Filipina, fue un deber mío el de escribir y difundir el español en Filipinas. Por esta razón empecé la publicación en web de “Revista Filipina”, como mi contribución para difundir la lengua y la literatura de mi país. La literatura hispanofilipina, por ejemplo, bien ejemplifica el mudar del tiempo: pasamos por muchas etapas, períodos de decadencia se alternan a otros de florecimiento y desarrollo; la literatura en esto no es una excepción, sino que es un organismo vivo que evoluciona, alguna vez decae, luego resurge. Algunos dicen que soy el último poeta filipino “cantando” en español, sin embargo, van surgiendo otras voces como Lozada, Medina, Constancia, etc... pero, también dentro de Filipinas, hay gente que sigue escribiendo en español. Aunque en Filipinas el español seguirá siendo minoritario, creo que siempre habrá alguién en mi país que se interesará por la lengua castellana y la sentirá como un legado de nuestros antepasados, como algo propio.   

 

A.G.: ¿Quién fue para usted un ejemplo y modelo en esta labor de defensa de la tradición?

 

E.F.R.: Habían muchos, pero hubo cuatro, en particular, que me han empujado e inspirado. Fueron Padre Ángel Hidalgo, Francisco Zaragoza, Antonio Fernández y Guillermo Gómez Rivera. A Antonio le conocí en Madrid en el 67 y fue quien me introdujo en el mundo literario de Filipinas, publicando en El Debate una foto mía, un artículo sobre Lluvias filipinas y una entrevista. Guillermo Rivera en su revista “El Maestro” también publicó otros artículos. Él me presentó a Francisco Zaragoza que en el 78 era el secretario de la Academia Filipina; recuerdo que los tres éramos inseparables, solíamos ir a ver películas, frecuentar el casino español; el director de la Academia en la época era el padre Hidalgo, siempre hubo un gran respeto mutuo entre yo y este jesuita español, igual que Rizal y los jesuitas. Fue un privilegio para mí tratar con estas ilustres y cultas personas; ellos me animaron a comprometerme en la causa del español y a la vez, siendo yo el más joven, me veían como una esperanza. En 1981 me ofrecieron la beca para ir a Colombia y, cuando volví, Hidalgo y Zaragoza me recomendaron para el Premio Zóbel y dos años después también para la Academia. Fueron ellos, Hidalgo, Zaragoza, Fernández y Rivera, quienes me ayudaron a tomar conciencia de la importancia del español y de continuar en este esfuerzo.

El haber creado y el seguir dirigiendo “Revista Filipina” es, por mi parte, una manera de responder a esta herencia que siento que tengo que mantener y transmitir. Hay muchas dificultades en animar a los filipinos para que colaboren en la revista; sin embargo, a pesar de la poca participación, igualmente recibo agradecimientos, muestras de interés, ofertas de colaboración de algunos españoles e hispanoamericanos y esto me alegra y me demuestra que nuestro empeño no es inútil. Un proyecto que por ejemplo me gustaría desarrollar sería la creación de una bibliografía digital, con grabaciones sonoras de la variedad del español de Filipinas (la de los pocos nativos parlantes que aún quedan) y del chabacano, el único criollo español en Oriente.

 

A.G.: ¿Cuáles son sus futuros proyectos artísticos?

 

E.F.R.: Me gustaría recopilar todas mis obras en forma digital y luego buscar a un editor que, si no todo, por lo menos publicara parte. Este deseo no es nada comercial, lo importante para mí es difundir nuestra tradición y que se sepa que alguien sigue escribiendo. Otra cosa que desearía, sería que algunos filipinos se animaran a participar en la “Revista Filipina” y siguieran con la labor, porque lo he empezado yo, pero no es mío, es, en mis intenciones, un patrimonio para los filipinos.  

Andrea Gallo, Mirano-Venezia (Italia), 02/01/1974. Licenciaturas en Lingue e Letterature Moderne Euroamericane (2004) y Lingue e Letterature Straniere (1999) en la Università Ca’ Foscari di Venezia. Alumno de doctorado en “Studi Iberici” Università Ca’ Foscari” di Venezia y de doctorado “Tradición e innovación en la literatura española del siglo XX” Universidad de Valladolid. Publicación de reseñas, artículos, ensayos sobre literaturas hispánicas e italiana en: Rassegna Iberistica, Cuaderno Internacional de Estudios Humanísticos y Literatura, Humanities, Tonos Digital, Revista Filipina, Critica letteraria, Otto/Novecento, Archivi del Nuovo, Forum Italicum, Studi Medievali e Moderni, Igitur, Padova e il suo territorio, Notiziario Bibliografico, Il Gazzettino, La Repubblica Letteraria Italiana, www.escritorasypensadoras.es.  

 

 

 

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