Entrevista al escritor filipino
Don Edmundo Farolán Romero
Edmundo Farolán Romero
(Manila, 30 diciembre 1943) es un escritor
hispanofilipino. Estudió en la Universidad de los Jesuitas,
el Ateneo de Manila y, posteriormente, se especializó en el
extranjero (España, Canadá, Estados Unidos). Profesor de español del
Ateneo de Manila y de la Universidad de Filipinas, vivió y trabajó
durante muchos años en Canadá, país en el que todavía suele pasar
parte del año, ya que vive entre Manila y Vancouver. Se ha dedicado
a la literatura componiendo varias obras bien en español, bien en
inglés y una recopilación de poemas bilingüe en inglés/francés. Su
primera colección poética en español es Lluvias filipinas
(Madrid 1967); con el segundo libro Terecera Primavera
(Bogotá 1981) ganó el Premio Zóbel (prestigioso galardón filipino de
las letras hispánicas). En 1983 fue admitido como miembro de número
en la Academia Filipina de la Lengua Española, correspondiente de la
R.A.E.; es el segundo miembro de la misma “por
antigüedad”.
A.G.: Es, por lo menos, inusual que un filipino escriba en español
hoy en día, ¿cuál ha sido su formación familiar, su educación
escolar, sus estudios para orientarle hasta esta elección artística?
E.F.R.: Mi lengua materna era el español. Mi mamá hablaba en
español, porque su padre era español de Ronda, en la provincia de
Málaga, y durante mi infancia todo el mundo hablaba español. Sin
embargo, en los años 50 y 60 ya estábamos en la transición hacia el
inglés y el sistema educativo filipino estaba organizado ya
completamente en inglés. Me acuerdo de los ancianos, de mis abuelos
que todavía hablaban español. Mi padre no habla mucho español. Se
educó en la Academia Militar (PMA), que era un instituto creado por
los norteamericanos basado en la escuela militar West Point de
E.E.U.U. y, por eso, asumió el inglés como lengua principal. Me
acuerdo de la generación de mis abuelos, es decir la del senador e
intelectual Mayo Recto, en esa época todo el mundo hablaba español.
De mí tengo que confesar que era ya mitad y mitad: hablaba español
en casa, pero inglés en la escuela; eramos cinco hermanos, con mi
madre usabamos el castellano, a nuestro padre nos solíamos dirigir
en inglés y entre nosotros hablabamos tagalo. Me eduqué en Ateneo
desde la primaria hasta la carrera y, los Jesuitas de aquel
tiempo, eran ya norteamericanos y no españoles. Claro que el español
era lengua oficial, pero por la mayoría lo hablaban las familias de
origen o cultura hispana. Mi formación y mi educación escolástica
fue en inglés. En aquel tiempo se estudiaban 24 unidades de español
en la universidad; se estudiaba lengua y literatura española e
hispanofilipina, y los textos se leían en original. El estudio sobre
Cervantes era un curso entero, y los otros cursos trataban de los
autores de la independencia como Mabini y Rizal; casi nada se
estudiaba de literatura y cultura hispanoamericana. Yo, durante mis
estudios, me interesé más bien por el aspecto teatral, lo que me
llevó a participar como actor en varias obras teatrales que se
organizaban en secundaria y en la universidad, y gané algunos
premios. Durante ese tiempo hubo mucho énfasis por el estudio de la
declamación y recitación. Pero todo esto se hacía en inglés, no en
español. También el latín tenía un papel importante en nuestra
formación. Estudié 4 años en secundaria y 2 en la universidad.
A.G.: ¿Cuándo empezó a plantearse la idea de escribir y por qué
empezó a publicar versos?
E.F.R.: Después de mis estudios en Ateneo, me dieron una beca para
ir a España. En Europa me interesé por la filosofía existencialista
(Sartre, Camus, Ortega y Gasset...) y estudié filosofía en la
Universidad Central de Madrid (ahora Complutense). Vivía en el
Colegio Mayor de Guadalupe, institución que hospedaba a muchos
latinoamericanos y ahi conocí a muchos escritores como el
nicaragüense Simón Rizo y artistas visuales, como Eugenio Dittborn.
Este clima un poco bohemio de mediados de los 60, despertó en mí ese
aspecto artístico y allí empecé a escribir poesía, porque estaba en
medio de artístas, escritores, poetas y con ellos participaba de
este fermento cultural. En España era la época de Franco y los
españoles eran bastante conservadores, pero los extranjeros nos
sentíamos muy libres y deseosos de crear obras inovativas.
A.G.: Y ¿por qué usted escribe, principalmente, en español?
E.F.R.: Porque yo siempre he estado muy metido ahí en medio de la
lengua española; porque pensaba en español; además pienso que la
lengua española es muy poética y era normal escribir versos en
castellano. Después de mi primer año de filosofía, me matriculé en
el Instituto de Cultura Hispánica en un curso especial para
profesores de español.
A.G.: Vivir fuera de Filipinas ¿se debe al deseo de dejar su país o
es una casualidad de la vida? ¿Ha seguido manteniendo vínculos con
Filipinas?
Fueron las circunstancias que me alejaron de Filipinas, aunque he
vuelto a mi país, siempre que he podido y, además, aquí he vivido
alternativamente. Vivía en Manila hasta terminar mi carrera, luego
tuve la posibilidad de salir para formarme fuera, en Europa y
Norteamérica. Mi padre era un militar, un aviador, pero ya jubilado
y le designaron como representante de OACI en Montreal. El mismo año
que terminé, el 67, fue cuando mi padre fue destinado a Canadá y yo
también me fui a Canadá pero por mi cuenta. Me dieron un
“teaching assistantship” para hacer mi MA (Licenciatura) en
la Universidad de Alberta y luego en la de Toronto; allí terminé mi
MA en Lengua y Literatura Hispánica. Cuando mis padres y hermanos se
marcharon a Filipinas, yo me quedé en Norteamérica para terminar mis
estudios de doctorado en la Universidad de Bowling Green en EEUU
(Ohio) con un “university fellowship”. Luego volví a Filipinas,
enseñé español y tagalo en el Ateneo por dos años, y después regresé
a Canadá; del 76 al 78 participé en varias actividades culturales, y
estuve ayudando a un amigo, el periodista Antonio Fernández,
director de un periódico filipino en Canadá. Enseñé inglés en una
escuela secundaria de Quebec. En 1978 volví a Filipinas, y enseñé
español en la Universidad de la Ciudad de Manila (PLM). Era jefe del
Departamento de español ahí, y me gustaba trabajar en este instituto
porque los estudiantes eran becarios, los mejores estudiantes
graduados de las escuelas secundarias de Manila. Durante este
periodo (1978-81), publiqué dos libros que utilicé en mis clases,
Gramática y Práctica, y Antología de la Literatura
Filhispana.
Después me dieron una beca para un post-doctorado en Bogotá. En el
prestigioso “Instituto Caro y Cuervo” para hacer investigaciones
lingüísticas y preparar un libro que luego se publicó bajo el título
de Español intermedio para universitarios filipinos. En
la capital colombiana publiqué también un libro de versos,
Tercera primavera, en 1981, y cuando volví a Manila, me
otorgaron el Premio Zóbel por esta publicación. Dos años después, en
1983, fui admitido en la Academia Filipina de la Lengua Española. En
esos años seguí viviendo en mi país; entre 1982 y 1984 enseñé
en la Universidad de Filipinas (UP). Decidí volver a Canadá
por la inestabilidad económica que se creó después del asesinato de
Aquino; a partir de 1984 vivía en Canadá. Enseñé español en centros
para adultos, pero era también consejero en centros para
desempleados del gobierno federal canadiense, hasta que me jubilé en
1999; ya a partir de 1997 había vuelto a la docencia, enseñé en el
“Colegio Corpus Christi” de Vancouver, y desde 1999 me dediqué a
enseñar en diferentes universidades extranjeras: en China, en la
Universidad Politécnica de Tianjin y la de Dalian; en la Universidad
de Silesia en la República Checa, en la Webster University de
Tailandia y en el Colegio de Micronesia en Pohnapé (Islas
Carolinas).
A.G.: ¿Cuál es la visión estética que anima su poesía?
E.F.R.: Escribo en ambas lenguas, pero el español, a mi parecer, es
más poético que el inglés. La influencia del verso libre en mi
poesía viene del inglés, aunque en español se haya escrito gran
poesía en esta forma métrica. Mi idea era alejarme de lo
tradicional, imitando en poesía la experiencia del teatro del
absurdo. En los años 60, cuando estaba en Madrid, en los ambientes
bohemios de estudiantes-literatos, ya se notaba que la poesía
arriesgaba en nuevos experimentos, reclamando más libertad, en vez
de la idea de meterse en los cubículos de una tradición agotada. Yo
pertenecía ya a ese “movimiento” y en Lluvias filipinas traté
de desarrollar esa idea. Sin embargo, más tarde, me cansé y con la
segunda colección en castellano, Tercera primavera, como
explico en la introduccion, traté de volver a las formas
tradicionales y, por ello, tengo sonetos y romances con el intento
de volver a la disciplina métrica, a lo tradicional, a los versos
clásicos. Para mí es bueno tener un balance, un término medio, hay
que poder oir la musicalidad de la lengua. El español es sangre mía,
o como decía Recto, “es sangre de nuestra sangre”, en fin, es algo
filipino. Cuando se recitan versos en tagalo sale lo hispánico, toda
la musicalidad de la lengua y del alma española, y para mí es más
natural escribir en español. Hay un chiste que dice: se habla inglés
con los caballos, pero español con Dios. La prosa, quizá, en inglés
sale como algo más natural, pero el verso en español. Cuando
enseñaba en Ateneo (1974-76) mis colegas me empujaron a publicar y
fue así que salió mi primera colección poética en inglés, The
Rhythm of Despair, en 1975. En Ateneo, enseñaba inglés, español
y tagalo. Cuando escribo versos en inglés, son poemas negros,
pesados, estancados, es decir, temas negativos y confusos; no tienen
música, no tienen esa luz y optimismo que expreso a través de mis
versos en español. Mi colección The Rhythm of Despair (1975)
son versos sin ritmo, sin música, sin esperanza. Mientras que, con
el español, consigo expresar mi alma; para mí son versos de
esperanza de luz, de música y de libertad. Por supuesto la lengua
del ambiente en que uno vive influye mucho, así que tantos años en
Canadá me han condicionado y compuse una colección bilingüe con el
título Oh Canada! (1994), recopliando poemas escritos en
Canadá entre el 67 y el 94. La parte en francés son poesías que
escribí durante mi estancia en Montreal entre 1984 y 1986.
A.G.: ¿Por qué cree que es importante para los filipinos, o para
usted, seguir escribiendo en español?
E.F.R.: Hubo personas, literatos filipinos, en particular, los
académicos Padre Ángel Hidalgo, D. Francisco Zaragoza Carrillo,
Guillermo Gómez Rivera, el poeta Federico Espino Licsi, y otros, que
me inspiraron a continuar con mi empeño en escribir. Como miembro de
la Academia Filipina, fue un deber mío el de escribir y difundir el
español en Filipinas. Por esta razón empecé la publicación en web de
“Revista Filipina”, como mi contribución para difundir la lengua y
la literatura de mi país. La literatura hispanofilipina, por
ejemplo, bien ejemplifica el mudar del tiempo: pasamos por muchas
etapas, períodos de decadencia se alternan a otros de florecimiento
y desarrollo; la literatura en esto no es una excepción, sino que es
un organismo vivo que evoluciona, alguna vez decae, luego resurge.
Algunos dicen que soy el último poeta filipino “cantando” en
español, sin embargo, van surgiendo otras voces como Lozada, Medina,
Constancia, etc... pero, también dentro de Filipinas, hay gente que
sigue escribiendo en español. Aunque en Filipinas el español seguirá
siendo minoritario, creo que siempre habrá alguién en mi país que se
interesará por la lengua castellana y la sentirá como un legado de
nuestros antepasados, como algo propio.
A.G.: ¿Quién fue para usted un ejemplo y modelo en esta labor de
defensa de la tradición?
E.F.R.: Habían muchos, pero hubo cuatro, en particular, que me han
empujado e inspirado. Fueron Padre Ángel Hidalgo, Francisco
Zaragoza, Antonio Fernández y Guillermo Gómez Rivera. A Antonio le
conocí en Madrid en el 67 y fue quien me introdujo en el mundo
literario de Filipinas, publicando en El Debate una foto mía,
un artículo sobre Lluvias filipinas y una entrevista.
Guillermo Rivera en su revista “El Maestro” también publicó otros
artículos. Él me presentó a Francisco Zaragoza que en el 78 era el
secretario de la Academia Filipina; recuerdo que los tres éramos
inseparables, solíamos ir a ver películas, frecuentar el casino
español; el director de la Academia en la época era el padre
Hidalgo, siempre hubo un gran respeto mutuo entre yo y este jesuita
español, igual que Rizal y los jesuitas. Fue un privilegio para mí
tratar con estas ilustres y cultas personas; ellos me animaron a
comprometerme en la causa del español y a la vez, siendo yo el más
joven, me veían como una esperanza. En 1981 me ofrecieron la beca
para ir a Colombia y, cuando volví, Hidalgo y Zaragoza me
recomendaron para el Premio Zóbel y dos años después también para la
Academia. Fueron ellos, Hidalgo, Zaragoza, Fernández y Rivera,
quienes me ayudaron a tomar conciencia de la importancia del español
y de continuar en este esfuerzo.
El haber creado y el seguir dirigiendo “Revista Filipina” es, por mi
parte, una manera de responder a esta herencia que siento que tengo
que mantener y transmitir. Hay muchas dificultades en animar a los
filipinos para que colaboren en la revista; sin embargo, a pesar de
la poca participación, igualmente recibo agradecimientos, muestras
de interés, ofertas de colaboración de algunos españoles e
hispanoamericanos y esto me alegra y me demuestra que nuestro empeño
no es inútil. Un proyecto que por ejemplo me gustaría desarrollar
sería la creación de una bibliografía digital, con grabaciones
sonoras de la variedad del español de Filipinas (la de los pocos
nativos parlantes que aún quedan) y del chabacano, el único criollo
español en Oriente.
A.G.: ¿Cuáles son sus futuros proyectos artísticos?
E.F.R.: Me gustaría recopilar todas mis obras en forma digital y
luego buscar a un editor que, si no todo, por lo menos publicara
parte. Este deseo no es nada comercial, lo importante para mí es
difundir nuestra tradición y que se sepa que alguien sigue
escribiendo. Otra cosa que desearía, sería que algunos filipinos se
animaran a participar en la “Revista Filipina” y siguieran con la
labor, porque lo he empezado yo, pero no es mío, es, en mis
intenciones, un patrimonio para los filipinos.

Andrea Gallo,
Mirano-Venezia (Italia), 02/01/1974. Licenciaturas en Lingue e
Letterature Moderne Euroamericane (2004) y Lingue e Letterature
Straniere (1999) en la Università Ca’ Foscari di Venezia. Alumno
de doctorado en “Studi Iberici” Università Ca’ Foscari” di
Venezia y de doctorado “Tradición e innovación en la literatura
española del siglo XX” Universidad de Valladolid. Publicación de
reseñas, artículos, ensayos sobre literaturas hispánicas e
italiana en: Rassegna Iberistica, Cuaderno Internacional de
Estudios Humanísticos y Literatura, Humanities, Tonos Digital,
Revista Filipina, Critica letteraria, Otto/Novecento, Archivi
del Nuovo, Forum Italicum, Studi Medievali e Moderni, Igitur,
Padova e il suo territorio, Notiziario Bibliografico, Il
Gazzettino, La Repubblica Letteraria Italiana,
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