México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

Comunicado de Videla 24/3/76 (youtube)

1976: NOTAS PSICOANALÍTICAS SOBRE EL EXILIO

 

Fanny Blanck-Cereijido. Es psicoanalista, ejerce la clínica y la enseñanza  en la Ciudad de México desde 1976. Es miembro de la Asociación Psicoanalítica Mexicana, de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires y de la Asociación  Psicoanalítica Internacional. Ha publicado libros y presentado trabajos, entre otros, sobre Sexualidad Femenina, Reproducción Asistida, sobre la relación de Freud con el Judaísmo, acerca del Autoritarismo y la Transmisión del Psicoanálisis, sobre el Tiempo y la Muerte, en colaboración con Marcelino Cereijido, sobre la Otredad y Extranjeria, acerca de las Condiciones de Sobrevivencia en Situaciones Extremas, y la Problemática del Mal.

 

 

No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los colores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.

Juan Gelman

  

  La consecuencia del sangriento golpe militar de 1976 en Argentina, además de producir un genocidio produjo un éxodo considerable hacia países de América, Europa e Israel; el número de argentinos que salimos fue de tal magnitud y representatividad como para que Marcelino Cereijido (1990) llamara a este conjunto fuera del país “La Provincia Argentina de Ultramar”.  Junto a la condición de exiliado apareció la de extranjero,  “Otro” en los países de destino. Aunque el exilio mexicano haya sido generoso y benévolo los dolores del desarraigo son inevitables y nos afectaron a todos los que nos vimos obligados a salir de nuestro país.

            El hecho de habernos convertido en exiliados y extranjeros, me llevó a pensar de qué manera esta compleja y dolorosa situación pesa en nosotros, y en nuestras posibilidades de hacer una nueva vida en nuestro nuevo país, de modo que voy a hacer algunas consideraciones psicoanalíticas acerca del exilio y la otredad. 

Exilio

            La experiencia del exilio aparece como un sentimiento de profunda pérdida y como una ruptura total con el diario vivir. El exiliado experimenta de manera dramática un sentimiento de despojo y usurpación; el mundo de lo familiar, las relaciones sociales y amistosas, los objetos personales, el medio ambiente, la geografía, factores climáticos, dietéticos, económicos, políticos y culturales, definen una identidad, permitiendo la construcción de un sentimiento de pertenencia, de patria, de modo que alguien que ha sido ubicado forzosamente en otro mundo, arrancado de manera violenta y súbita de todos sus referentes externos, se verá obligado a recorrer un sinuoso camino tratando de reconstruir una cotidianidad y en este proceso irá reelaborando su propia identidad (Yankelevich, 1999).

            El sentimiento de pertenencia tiene un aspecto intrapsíquico relacionado con la propia fantasía del sujeto, con sus representaciones de sí mismo, con la construcción de su historia y de sus vínculos, con un código compartido que conforma el entorno familiar y sociocultural. Cada uno de nosotros está definido por un tiempo, un lugar, un paisaje, un origen, un ideal del yo, una actividad cotidiana que el exilio suspendió por una larga espera.    

El exiliado. El sentimiento de ser exiliado parte de la situación de expulsión, de la distancia insalvable y la lejanía del país perdido. Lo propio sólo aparece como lo negado o imposible. El sentimiento de pérdida se transforma en rechazo frente a lo nuevo, que transformamos en hostil, junto a la idealización de lo perdido. El exiliado anda fuera de su historia, del lugar en el tiempo y el espacio donde esa historia se desarrolló y su vida tenía un sentido, un contenido, una expectativa. Desde que existe la polis los detentadores del poder utilizan la expulsión de la patria como un arma contundente, que coloca al expatriado en un tiempo ignoto, fuera del suelo conocido, con un futuro poblado de esperanzas perdidas y lleno de añoranza.

Para muchos exiliados la salida del país, peligrosa y precipitada, fue un  modo de no ser encarcelado, torturado o asesinado. Este hecho no evita el doloroso cuestionamiento: ¿fue sensato salir? ¿Hubiera sido imprudente quedarse? ¿Acaso no sé de perseguidos que lograron sobrevivir en su terruño? Se jugaban dilemas y convicciones, y aparecía la culpa por haber abandonado familiares, militancias, pertenencias cuya suerte habíamos agravado con nuestro exilio. Las condiciones de elaboración de la situación nueva eran distintas si se habían dejado atrás familiares o amigos muertos, si uno se sentía a salvo en el exilio pero recibía diariamente noticias terribles de lo que les estaba sucediendo a quienes habían quedado atrás.

            Cuando las situaciones externas, tales como conseguir casa, trabajo y amigos, y las circunstancias internas, que suponían cierta tolerancia a lo nuevo y a las pérdidas, permitían finalmente elaborar el duelo de manera razonable, se podían abrir nuevas posibilidades creativas, nuevos horizontes y establecer nuevos vínculos que posibilitaban otra pertenencia. En general, transcurrido un cierto tiempo, los compatriotas exiliados se insertaron provechosamente y lograron evolucionar positivamente, tanto personal como profesionalmente. Se trató de un proceso complejo, porque fue difícil armonizar, o al menos hacer coexistir el respeto por la propia pertenencia, con lo familiar y con las circunstancias del nuevo entorno. También se hizo necesario comprender las diferentes miradas sobre el mundo, así como resultaba complejo amar lo propio de siempre y aceptar lo nuevo. Para algunos, la única solución era denigrar la pertenencia  y la historia personal para no sufrir su pérdida, pero esta despectiva renuncia a los orígenes resultaba empobrecedora y creaba una persona ficticia.   

Por otra parte, uno iba constatando que el exilio no es algo que ocurre en un momento,  que luego se elabora, se resuelve, pasa y se olvida. El exilio continúa ocurriendo  a lo largo de toda la vida y se acentúa en las circunstancias más inesperadas. El exilio cobra una profundidad más siniestra cuando mueren en la patria padres y seres queridos, cuando se suicida una amiga también exiliada que no pudo resistir la lejanía, y finalmente cuando muere el primer exiliado.  

Duelo

            El duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal. En el caso de muchos exiliados lo perdido era también la esperanza de un proyecto de libertad y justicia para su país.

La posibilidad de hacer una vida nueva, de aceptar la pérdida, depende del trabajo de duelo. Este consiste en concebir y aceptar que el objeto que una vez investimos ha desaparecido, está verdaderamente perdido, lo que hace posible que el doliente se vincule con objetos y con situaciones nuevas. La elaboración del duelo permite dar lo perdido por perdido, hace posible la apropiación de la historia, y la toma de conciencia de los efectos de la pérdida en la vida presente y el porvenir. Se trata de un proceso que exige un gran trabajo psíquico, sufrimiento y dolor y su curso depende de la historia de cada uno, de la bondad de sus objetos internos, de las circunstancias vitales, de los vínculos.

En algunas personas encontramos melancolía en lugar de duelo, el melancólico se resiste a reconocer que el objeto amado está ausente y siente que nada ni nadie lo puede reemplazar. Su enfermedad tiene como característica el desinterés por el mundo externo, la pérdida de la capacidad de amor, la inhibición de la productividad, la reducción del sentimiento de sí, los autorreproches, la autodenigración y las expectativas de castigo. Hay situaciones en las que el duelo se torna imposible, por ejemplo en los casos de pérdidas masivas, de los desaparecidos en la guerra sucia de Sudamérica o los muertos en la Shoa o en otros genocidios, situaciones en las que se desconocen las circunstancias de muerte, o no se pueden localizar los restos de los desaparecidos, y ni siquiera hay certezas de lo sucedido. Esto puede llevar a la negación de la muerte, a la imposibilidad de su elaboración, a la melancolía o a la locura. Estas muertes no procesadas tienen un efecto de vampirismo sobre la mente, no solamente del que sufre esa pérdida sino sobre sus descendientes, a través de la transmisión transgeneracional del silencio y del secreto, por eso es tan importante la búsqueda de la verdad que se esconde tras el silencio oficial acerca de estos crímenes.

            Si la pérdida puede ser aceptada, su elaboración puede crear una secuencia pérdida-recreación, en virtud de una disposición inconsciente para sobrellevar los duelos que acarrea la vida. Hay sujetos que tienen una especial sensibilidad frente a la transitoriedad, sensibilidad que tiene un destino diferente en la melancolía o en la posibilidad de encontrar nuevos caminos vitales, nuevos planes. La obra de arte o el descubrimiento científico aparecen en esta búsqueda y corresponden al proceso de elaboración y creación que se da frente a las situaciones de pérdida a lo largo de la vida.

Entre los exiliados, la elaboración insatisfactoria de la situación de pérdida dio lugar a enfermedades psíquicas y somáticas, conflictos de pareja, separaciones. Aparecían situaciones de pánico, dificultades para pensar. La ruptura del proyecto existencial acarreaba deterioro y regresión, e inclusive suicidios.

Una demora excesiva en el recordar, una delectación en la memoria, en los recuerdos del pasado está asociada a la melancolía, a la convicción de que lo único bueno era precisamente lo perdido (Rabotnikof, 2003). Renunciar a lo perdido y encontrar algo bueno en lo nuevo es vivido como una traición a lo familiar, que existe mientras es constantemente retenido en los recuerdos. Esta exclusiva mirada hacia el pasado aparece cuando no se construyen expectativas del futuro. Una memoria que enfatiza solamente los recuerdos de lo ausente predica la autocomplacencia o la posición de víctima del sujeto, que implícitamente acusa a las circunstancias de la imposibilidad de cambio de su destino. Estas personas están muy apegadas a los beneficios secundarios de la enfermedad  -ser mirados con compasión, eximidos de ciertos escenarios- como para resignarla. La posición melancólica afirma que lo perdido es lo único valioso y el sujeto en lugar de asumir una pérdida, se pierde él mismo, en una identificación total con su objeto ideal y perdido.

El desgarramiento doloroso, la intolerancia y extrañeza frente al país nuevo, quedaron claramente ilustrados por la letra de un tango del escritor Humberto Costantini, argentino (1986) también exiliado en México. Al mirar el cielo nocturno de la ciudad de México, quedó consternado porque, vista desde aquí, la Luna  tiene sus cuernos orientados hacia arriba y no hacia un lado como cuando se la observa desde Buenos Aires:

Ay esta luna de sonrisa sonsa.

Ay esta luna copa de champán.

Ay esta chanta luna mexicana.

Ay esta absurda luna horizontal.

No sos mi luna, luna del exilio,

sos luna de mentira y nada más,

sos una falsa luna provisoria,

sos luna de destierro y soledad.

La luna verdadera está allá lejos

plateándole la noche a mi ciudad. 

El Otro, el Extranjero

Afirmé más arriba que el exilio nos convirtió en Otros, en extranjeros, a nuestra llegada a México. Esta condición ha ido cambiando con el tiempo, pero siempre algo se mantiene en el ser Otros que han venido de otro lado. La palabra extranjero contiene la raíz griega xenos y su enunciado expresa el desprecio y extrañeza que suscita lo que se considera extraño, ajeno, bárbaro, indeseable.

Todo sujeto tiene la convicción de que lo propio es lo bueno y que lo extraño es depositario de lo malo; tan es así que el niño se constituye afirmando que lo bueno le pertenece y lo malo corresponde al Otro. La diferencia despierta desconfianza y agresividad solo vencida por la civilización.  Pero también sabemos que la diferencia es la que permite el amor, la atracción sexual, y que las diferencias culturales permiten el enriquecimiento de los grupos humanos y la ampliación de sus horizontes.

Dar por sentado que la propia mirada es la correcta y que los valores de la colectividad propia son los valores reales, objetivos, se designa como postura etnocéntrica.  Fuimos mirados como los Otros, pero nosotros también ejercimos esa mirada desconfiada sobre nuestro nuevo entorno. (Blanck-Cereijido, 2003).

            En psicoanálisis existe un abordaje ya clásico de la xenofobia y la discriminación, que se realiza desde la teoría de lo imaginario. La segregación, el racismo y el odio al Otro parten de la problemática del narcisismo y de la especularidad. Ante el sujeto extranjero emerge a la luz aquello propio que estaba destinado a permanecer oculto para nosotros mismos, lo Unheimlich. De modo que el propio inconsciente resulta ubicado en el extraño. Freud observa que el yo narcisista y arcaico, proyecta fuera de sí lo que experimenta como peligroso, convirtiendo al Otro, objeto de su proyección en un doble, en un extraño inquietante y demoníaco. (Freud, 1919).

Cada uno es extranjero para sí mismo, ya que alojamos dentro de nosotros una vasta zona de alteridad incognoscible, el inconsciente, y hay un aspecto de extrañeza que subsiste en las relaciones entre los individuos, las clases y los pueblos. Ni siquiera en nuestro propio lugar de origen nos es posible adaptarnos a ese exilio de cada uno.

Si bien es raro que el ser extranjero provoque la angustia aterradora que suscita la muerte o la visión del sexo femenino, la xenofobia tiene relación con nuestros deseos y miedos al “Otro”, a lo propio, a lo rechazado de si mismo. De modo que si el extranjero contiene la otredad amenazadora, se elimina al portador de esta alteridad antes que cuestionar la propia. La posibilidad de asumir la propia alteridad, la extranjería propia, lo disonante de uno mismo, convierte al extranjero en menos amenazante. Esto hace decir, esperanzadamente, a Julia Kristeva (1988): "Si soy extranjera, no hay extranjeros".

El odio al extranjero es una condición tan extendida que ya el Viejo Testamento nos informa que todos los pueblos que habitaban el perímetro de la Tierra Prometida fueron muertos sin discriminar sexo ni edad, sus templos destruidos, los bosques arrasados, por orden de Jahvé. Estamos así ante el primer documento en el que hay noticia escrita del odio exterminante al Otro (cf. Éxodo 23, 33, Levítico 18, Josué 6). El racismo y el odio al extranjero son rasgos universales de las sociedades humanas, testimonios de la imposibilidad del constituirse sin excluir, desvalorizar y odiar al otro. El tema abarca el psiquismo individual y el imaginario social. Cada sociedad se constituye con sus valores, su concepto de justicia, de lógica y de estética de tal modo que la inferioridad del otro resulta el reverso de la afirmación de la propia verdad. De aquí a que los Otros estén dotados de una esencia malvada y perversa hay una corta distancia (Castoriadis, 1985).

Benjamín (1974) identifica la representación interior del extranjero con una figura deforme de los cuentos y rimas infantiles: el jorobadito. Esta figura es un unheimlich, el coco de los niños, el judío interno de cada uno, suplemento, sobrante peligroso de la sociedad.

            La creación de Otro o la depositación de ciertos caracteres en el Otro provienen de la necesidad de proteger la coherencia de la propia imagen. Por ejemplo, Roger Bartra (1992) afirma que la creación del mito del hombre salvaje es un ingrediente fundamental de la cultura europea, construcción de un alter ego, salvaje artificial que preserva la identidad del europeo como hombre occidental civilizado.

            Todorov (1982) considera el menos tres ejes para situar la problemática de la alteridad:

1.                  El primero es axiológico, un juicio de valor: el otro es bueno o malo, lo amo o lo odio, es mi igual o mi inferior. Otro tanto sostenía Freud en su texto sobre La Negación, en el que afirma que el juicio de valor es tan importante que precede al de existencia.

2.       Una segunda dimensión es praxeológica: yo adhiero a los valores del Otro y me asimilo a él, o le impongo mi propia imagen y lo asimilo a mí, en un proceso donde la tensión es quién somete a quién.

3.      Por último, sólo al final aparece la posibilidad de conocer y reconocer la alteridad, lo que sólo es posible en la superación de las antinomias de amor-odio y dominio-sumisión.

Las tres dimensiones, valorar-conquistar-conocer, constituyen el trípode semiótico donde se procesa la posibilidad del encuentro y el reconocimiento con la alteridad.

La otredad y la extrañeza son cualidades necesarias para construir un sujeto y una cultura. Esta cualidad debe provenir del exterior y ser asumida en la intimidad aunque no resulta completamente asimilable. De ahí el enriquecimiento y la complejización que aparecen a partir de la exposición a lo otro (Blanck-Cereijido, 2002). Los exiliados argentinos nos enriquecimos al vernos a nosotros mismos desde los ojos del Otro, a quien también pudimos devolver una mirada diferente sobre sí mismo. El exilio en México nos hizo cuestionarnos, nos obligó a ver otros colores, oír otras maneras de hablar, meditar y comparar situaciones, cuestionar nuestra normatividad. Este encuentro conmocionante, doloroso y también hospitalario nos dio una nueva pertenencia, amplió nuestro criterio humano, nos dio la posibilidad de proseguir la vida, y nos benefició a nosotros y a las personas que nos dieron acogida.

Bibliografía:

 Bartra, R. (1992) El Salvaje en el espejo. México. Ediciones Era.

Benjamín, W. (1974) Reflexiones sobre niños, juguetes, libros infantiles, jóvenes y educación. Buenos Aires, Nueva Visión.

Blanck-Cereijido, F. (2002) El exilio de los psicoanalistas argentinos. En: Dolor Social.  Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires.

Blanck-Cereijido, F. (2003) La mirada sobre el extranjero. En: El otro, el extranjero. Ediciones del Zorzal, Buenos Aires.

Castoriadis, C. (1985) Coloquio Inconsciente y cambio social. Association pour la Recherche et l’Intervention Psichosociologiques.

Cereijido,M. (1990) La nuca de Houssay. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Constantini, H. (1986) Cuestiones con la vida. Galerna, Buenos Aires.

Freud, S. (1919) Lo Ominoso. En Obras Completas. Buenos Aires, Amorortu. Vol. XVII, pp 215.251.

Kristeva, J. Etrangers a nous-memes. Gallimad. Paris, 1988.

Rabotnikof, N. (2003) Política, memoria y melancolía. Fractal (revista trimestral) [en línea], núm. 29, pp. 83-89 http://www.fractal.com.mx/F29rabotnikof.html. [Consulta: 25 de abril de 2007]

Todorov, T (1982) La conquista de América o la cuestión del otro, Paris, Ed. du Seuil.

Yankelevich, P. Pensar el exilio. En: El Exilio Argentino en la Ciudad de México. Edición Instituto de Cultura de la Ciudad de México. Pp. 25-40, 1999.

 

 

 

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