Fanny Blanck-Cereijido.
Es psicoanalista, ejerce la clínica y la enseñanza en la Ciudad
de México desde 1976. Es miembro de la Asociación Psicoanalítica
Mexicana, de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires y de
la Asociación Psicoanalítica Internacional. Ha publicado libros
y presentado trabajos, entre otros, sobre Sexualidad Femenina,
Reproducción Asistida, sobre la relación de Freud con el
Judaísmo, acerca del Autoritarismo y la Transmisión del
Psicoanálisis, sobre el Tiempo y la Muerte, en colaboración con
Marcelino Cereijido, sobre la Otredad y Extranjeria, acerca de
las Condiciones de Sobrevivencia en Situaciones Extremas, y la
Problemática del Mal.

La consecuencia del sangriento golpe
militar de 1976 en Argentina, además de producir un genocidio
produjo un éxodo considerable hacia países de América, Europa e
Israel; el número de argentinos que salimos fue de tal magnitud y
representatividad como para que Marcelino Cereijido (1990) llamara a
este conjunto fuera del país “La Provincia Argentina de Ultramar”.
Junto a la condición de exiliado apareció la de extranjero, “Otro”
en los países de destino. Aunque el exilio mexicano haya sido
generoso y benévolo los dolores del desarraigo son inevitables y nos
afectaron a todos los que nos vimos obligados a salir de nuestro
país.
El hecho de habernos
convertido en exiliados y extranjeros, me llevó a pensar de qué
manera esta compleja y dolorosa situación pesa en nosotros, y en
nuestras posibilidades de hacer una nueva vida en nuestro nuevo país,
de modo que voy a hacer algunas consideraciones psicoanalíticas
acerca del exilio y la otredad.
Exilio
La experiencia del exilio
aparece como un sentimiento de profunda pérdida y como una ruptura
total con el diario vivir. El exiliado experimenta de manera
dramática un sentimiento de despojo y usurpación; el mundo de lo
familiar, las relaciones sociales y amistosas, los objetos
personales, el medio ambiente, la geografía, factores climáticos,
dietéticos, económicos, políticos y culturales, definen una
identidad, permitiendo la construcción de un sentimiento de
pertenencia, de patria, de modo que alguien que ha sido ubicado
forzosamente en otro mundo, arrancado de manera violenta y súbita de
todos sus referentes externos, se verá obligado a recorrer un
sinuoso camino tratando de reconstruir una cotidianidad y en este
proceso irá reelaborando su propia identidad (Yankelevich, 1999).
El sentimiento de
pertenencia tiene un aspecto intrapsíquico relacionado con la propia
fantasía del sujeto, con sus representaciones de sí mismo, con la
construcción de su historia y de sus vínculos, con un código
compartido que conforma el entorno familiar y sociocultural. Cada
uno de nosotros está definido por un tiempo, un lugar, un paisaje,
un origen, un ideal del yo, una actividad cotidiana que el exilio
suspendió por una larga espera.
El exiliado.
El sentimiento de ser exiliado parte de la situación
de expulsión, de la distancia insalvable y la lejanía del país
perdido. Lo propio sólo aparece como lo negado o imposible. El
sentimiento de pérdida se transforma en rechazo frente a lo nuevo,
que transformamos en hostil, junto a la idealización de lo perdido.
El exiliado anda fuera de su historia, del lugar en el tiempo y el
espacio donde esa historia se desarrolló y su vida tenía un sentido,
un contenido, una expectativa. Desde que existe la polis
los detentadores del poder utilizan la expulsión de la patria como
un arma contundente, que coloca al expatriado en un tiempo ignoto,
fuera del suelo conocido, con un futuro poblado de esperanzas
perdidas y lleno de añoranza.
Para muchos exiliados la salida del
país, peligrosa y precipitada, fue un modo de no ser encarcelado,
torturado o asesinado. Este hecho no evita el doloroso
cuestionamiento: ¿fue sensato salir? ¿Hubiera sido imprudente
quedarse? ¿Acaso no sé de perseguidos que lograron sobrevivir en su
terruño? Se jugaban dilemas y convicciones, y aparecía la culpa por
haber abandonado familiares, militancias, pertenencias cuya suerte
habíamos agravado con nuestro exilio. Las condiciones de elaboración
de la situación nueva eran distintas si se habían dejado atrás
familiares o amigos muertos, si uno se sentía a salvo en el exilio
pero recibía diariamente noticias terribles de lo que les estaba
sucediendo a quienes habían quedado atrás.
Cuando las situaciones
externas, tales como conseguir casa, trabajo y amigos, y las
circunstancias internas, que suponían cierta tolerancia a lo nuevo y
a las pérdidas, permitían finalmente elaborar el duelo de manera
razonable, se podían abrir nuevas posibilidades creativas, nuevos
horizontes y establecer nuevos vínculos que posibilitaban otra
pertenencia. En general, transcurrido un cierto tiempo, los
compatriotas exiliados se insertaron provechosamente y lograron
evolucionar positivamente, tanto personal como profesionalmente. Se
trató de un proceso complejo, porque fue difícil armonizar, o al
menos hacer coexistir el respeto por la propia pertenencia, con lo
familiar y con las circunstancias del nuevo entorno. También se hizo
necesario comprender las diferentes miradas sobre el mundo, así como
resultaba complejo amar lo propio de siempre y aceptar lo nuevo.
Para algunos, la única solución era denigrar la pertenencia y la
historia personal para no sufrir su pérdida, pero esta despectiva
renuncia a los orígenes resultaba empobrecedora y creaba una persona
ficticia.
Por
otra parte, uno iba constatando que el exilio no es algo que ocurre
en un momento, que luego se elabora, se resuelve, pasa y se olvida.
El exilio continúa ocurriendo a lo largo de toda la vida y se
acentúa en las circunstancias más inesperadas. El exilio cobra una
profundidad más siniestra cuando mueren en la patria padres y seres
queridos, cuando se suicida una amiga también exiliada que no pudo
resistir la lejanía, y finalmente cuando muere el primer exiliado.
Duelo
El duelo es la reacción
frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que
haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal. En el caso de
muchos exiliados lo perdido era también la esperanza de un proyecto
de libertad y justicia para su país.
La posibilidad de hacer una vida nueva,
de aceptar la pérdida, depende del trabajo de duelo. Este consiste
en concebir y aceptar que el objeto que una vez investimos ha
desaparecido, está verdaderamente perdido, lo que hace posible que
el doliente se vincule con objetos y con situaciones nuevas. La
elaboración del duelo permite dar lo perdido por perdido, hace
posible la apropiación de la historia, y la toma de conciencia de
los efectos de la pérdida en la vida presente y el porvenir. Se
trata de un proceso que exige un gran trabajo psíquico, sufrimiento
y dolor y su curso depende de la historia de cada uno, de la bondad
de sus objetos internos, de las circunstancias vitales, de los
vínculos.
En algunas personas encontramos
melancolía en lugar de duelo, el melancólico se resiste a reconocer
que el objeto amado está ausente y siente que nada ni nadie lo puede
reemplazar. Su enfermedad tiene como característica el desinterés
por el mundo externo, la pérdida de la capacidad de amor, la
inhibición de la productividad, la reducción del sentimiento de sí,
los autorreproches, la autodenigración y las expectativas de
castigo. Hay situaciones en las que el duelo se torna imposible, por
ejemplo en los casos de pérdidas masivas, de los desaparecidos en la
guerra sucia de Sudamérica o los muertos en la Shoa o en otros
genocidios, situaciones en las que se desconocen las circunstancias
de muerte, o no se pueden localizar los restos de los desaparecidos,
y ni siquiera hay certezas de lo sucedido. Esto puede llevar a la
negación de la muerte, a la imposibilidad de su elaboración, a la
melancolía o a la locura. Estas muertes no procesadas tienen un
efecto de vampirismo sobre la mente, no solamente del que sufre esa
pérdida sino sobre sus descendientes, a través de la transmisión
transgeneracional del silencio y del secreto, por eso es tan
importante la búsqueda de la verdad que se esconde tras el silencio
oficial acerca de estos crímenes.
Si la pérdida puede ser
aceptada, su elaboración puede crear una secuencia
pérdida-recreación, en virtud de una disposición inconsciente para
sobrellevar los duelos que acarrea la vida. Hay sujetos que tienen
una especial sensibilidad frente a la transitoriedad, sensibilidad
que tiene un destino diferente en la melancolía o en la posibilidad
de encontrar nuevos caminos vitales, nuevos planes. La obra de arte
o el descubrimiento científico aparecen en esta búsqueda y
corresponden al proceso de elaboración y creación que se da frente a
las situaciones de pérdida a lo largo de la vida.
Entre los exiliados, la elaboración
insatisfactoria de la situación de pérdida dio lugar a enfermedades
psíquicas y somáticas, conflictos de pareja, separaciones. Aparecían
situaciones de pánico, dificultades para pensar. La ruptura del
proyecto existencial acarreaba deterioro y regresión, e inclusive
suicidios.
Una demora excesiva en el recordar,
una delectación en la memoria, en los recuerdos del pasado está
asociada a la melancolía, a la convicción de que lo único bueno era
precisamente lo perdido (Rabotnikof, 2003). Renunciar a lo perdido y
encontrar algo bueno en lo nuevo es vivido como una traición a lo
familiar, que existe mientras es constantemente retenido en los
recuerdos. Esta exclusiva mirada hacia el pasado aparece cuando no
se construyen expectativas del futuro. Una memoria que enfatiza
solamente los recuerdos de lo ausente predica la autocomplacencia o
la posición de víctima del sujeto, que implícitamente acusa a las
circunstancias de la imposibilidad de cambio de su destino. Estas
personas están muy apegadas a los beneficios secundarios de la
enfermedad -ser mirados con compasión, eximidos de ciertos
escenarios- como para resignarla. La posición melancólica afirma que
lo perdido es lo único valioso y el sujeto en lugar de asumir una
pérdida, se pierde él mismo, en una identificación total con su
objeto ideal y perdido.
El desgarramiento doloroso, la
intolerancia y extrañeza frente al país nuevo, quedaron claramente
ilustrados por la letra de un tango del escritor Humberto Costantini,
argentino (1986) también exiliado en México. Al mirar el cielo
nocturno de la ciudad de México, quedó consternado porque, vista
desde aquí, la Luna tiene sus cuernos orientados hacia arriba y no
hacia un lado como cuando se la observa desde Buenos Aires:
Ay esta luna de sonrisa
sonsa.
Ay esta luna copa de
champán.
Ay esta chanta luna
mexicana.
Ay esta absurda luna
horizontal.
No sos mi luna, luna del
exilio,
sos luna de mentira y nada
más,
sos una falsa luna
provisoria,
sos luna de destierro y
soledad.
La luna verdadera está allá
lejos
plateándole la noche a mi
ciudad.
El Otro, el
Extranjero
Afirmé más arriba que el exilio nos convirtió en
Otros, en extranjeros, a nuestra llegada a México. Esta condición ha
ido cambiando con el tiempo, pero siempre algo se mantiene en el ser
Otros que han venido de otro lado.
La palabra
extranjero
contiene la raíz griega
xenos
y su enunciado expresa el desprecio y extrañeza que suscita lo que
se considera extraño, ajeno, bárbaro, indeseable.
Todo sujeto tiene la convicción de que lo propio es
lo bueno y que lo extraño es depositario de lo malo; tan es así que
el niño se constituye afirmando que lo bueno le pertenece y lo malo
corresponde al Otro. La diferencia despierta desconfianza y
agresividad solo vencida por la civilización. Pero también sabemos
que la diferencia es la que permite el amor, la atracción sexual, y
que las diferencias culturales permiten el enriquecimiento de los
grupos humanos y la ampliación de sus horizontes.
Dar por sentado que la propia mirada es la correcta y
que los valores de la colectividad propia son los valores reales,
objetivos, se designa como postura etnocéntrica. Fuimos mirados
como los Otros, pero nosotros también ejercimos esa mirada
desconfiada sobre nuestro nuevo entorno. (Blanck-Cereijido, 2003).
En
psicoanálisis existe un abordaje ya clásico de la xenofobia y la
discriminación, que se realiza desde la teoría de lo imaginario. La
segregación, el racismo y el odio al Otro parten de la problemática
del narcisismo y de la especularidad. Ante el sujeto extranjero
emerge a la luz aquello propio que estaba destinado a permanecer
oculto para nosotros mismos, lo Unheimlich. De modo que el
propio inconsciente resulta ubicado en el extraño. Freud observa que
el yo narcisista y arcaico, proyecta fuera de sí lo que experimenta
como peligroso, convirtiendo al Otro, objeto de su proyección en un
doble, en un extraño inquietante y demoníaco. (Freud, 1919).
Cada uno es extranjero para sí mismo,
ya que alojamos dentro de nosotros una vasta zona de alteridad
incognoscible, el inconsciente, y hay un aspecto de extrañeza que
subsiste en las relaciones entre los individuos, las clases y los
pueblos. Ni siquiera en nuestro propio lugar de origen nos es
posible adaptarnos a ese exilio de cada uno.
Si bien es raro que el ser extranjero
provoque la angustia aterradora que suscita la muerte o la visión
del sexo femenino, la xenofobia tiene relación con nuestros deseos y
miedos al “Otro”, a lo propio, a lo rechazado de si mismo. De modo
que si el extranjero contiene la otredad amenazadora, se elimina al
portador de esta alteridad antes que cuestionar la propia. La
posibilidad de asumir la propia alteridad, la extranjería propia, lo
disonante de uno mismo, convierte al extranjero en menos amenazante.
Esto hace decir, esperanzadamente, a Julia Kristeva (1988): "Si
soy extranjera, no hay extranjeros".
El odio al extranjero es una condición
tan extendida que ya el Viejo Testamento nos informa que todos los
pueblos que habitaban el perímetro de la Tierra Prometida fueron
muertos sin discriminar sexo ni edad, sus templos destruidos, los
bosques arrasados, por orden de Jahvé. Estamos así ante el primer
documento en el que hay noticia escrita del odio exterminante al
Otro (cf. Éxodo 23, 33, Levítico 18, Josué 6). El racismo y el odio
al extranjero son rasgos universales de las sociedades humanas,
testimonios de la imposibilidad del constituirse sin excluir,
desvalorizar y odiar al otro. El tema abarca el psiquismo individual
y el imaginario social. Cada sociedad se constituye con sus valores,
su concepto de justicia, de lógica y de estética de tal modo que la
inferioridad del otro resulta el reverso de la afirmación de la
propia verdad. De aquí a que los Otros estén dotados de una esencia
malvada y perversa hay una corta distancia (Castoriadis, 1985).
Benjamín (1974) identifica la
representación interior del extranjero con una figura deforme de los
cuentos y rimas infantiles: el jorobadito. Esta figura es un
unheimlich, el coco de los niños, el judío interno de cada uno,
suplemento, sobrante peligroso de la sociedad.
La creación de Otro o la
depositación de ciertos caracteres en el Otro provienen de la
necesidad de proteger la coherencia de la propia imagen. Por ejemplo,
Roger Bartra (1992) afirma que la creación del mito del hombre
salvaje es un ingrediente fundamental de la cultura europea,
construcción de un alter ego, salvaje artificial que preserva la
identidad del europeo como hombre occidental civilizado.
Todorov (1982) considera
el menos tres ejes para situar la problemática de la alteridad:
1.
El primero es axiológico,
un juicio de valor: el otro es bueno o malo, lo amo o lo odio, es mi
igual o mi inferior. Otro tanto sostenía Freud en su texto sobre La
Negación, en el que afirma que el juicio de valor es tan importante
que precede al de existencia.
2.
Una segunda dimensión
es praxeológica: yo adhiero a los valores del Otro y me asimilo a él,
o le impongo mi propia imagen y lo asimilo a mí, en un proceso donde
la tensión es quién somete a quién.
3.
Por último, sólo al
final aparece la posibilidad de conocer y reconocer la alteridad, lo
que sólo es posible en la superación de las antinomias de amor-odio
y dominio-sumisión.
Las tres dimensiones,
valorar-conquistar-conocer, constituyen el trípode semiótico donde
se procesa la posibilidad del encuentro y el reconocimiento con la
alteridad.
La otredad y la extrañeza son
cualidades necesarias para construir un sujeto y una cultura. Esta
cualidad debe provenir del exterior y ser asumida en la intimidad
aunque no resulta completamente asimilable. De ahí el
enriquecimiento y la complejización que aparecen a partir de la
exposición a lo otro (Blanck-Cereijido, 2002). Los exiliados
argentinos nos enriquecimos al vernos a nosotros mismos desde los
ojos del Otro, a quien también pudimos devolver una mirada diferente
sobre sí mismo. El exilio en México nos hizo cuestionarnos, nos
obligó a ver otros colores, oír otras maneras de hablar, meditar y
comparar situaciones, cuestionar nuestra normatividad. Este
encuentro conmocionante, doloroso y también hospitalario nos dio una
nueva pertenencia, amplió nuestro criterio humano, nos dio la
posibilidad de proseguir la vida, y nos benefició a nosotros y a las
personas que nos dieron acogida.
Bibliografía:
Bartra, R. (1992) El Salvaje en
el espejo. México. Ediciones Era.
Benjamín, W. (1974) Reflexiones
sobre niños, juguetes, libros infantiles, jóvenes y educación.
Buenos Aires, Nueva Visión.
Blanck-Cereijido, F. (2002) El
exilio de los psicoanalistas argentinos. En: Dolor Social.
Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires.
Blanck-Cereijido, F. (2003) La
mirada sobre el extranjero. En: El otro, el extranjero.
Ediciones del Zorzal, Buenos Aires.
Castoriadis, C. (1985) Coloquio “Inconsciente
y cambio social”. Association pour la Recherche et l’Intervention
Psichosociologiques.
Cereijido,M. (1990) La nuca de
Houssay. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
Constantini, H. (1986)
Cuestiones con la vida. Galerna, Buenos Aires.
Freud, S. (1919) Lo Ominoso.
En Obras Completas. Buenos Aires, Amorortu. Vol. XVII, pp 215.251.
Kristeva, J. Etrangers a nous-memes.
Gallimad. Paris, 1988.
Rabotnikof, N. (2003) Política,
memoria y melancolía. Fractal (revista trimestral) [en línea],
núm. 29, pp. 83-89
http://www.fractal.com.mx/F29rabotnikof.html. [Consulta: 25 de
abril de 2007]
Todorov, T (1982) La conquista
de América o la cuestión del otro, Paris, Ed. du Seuil.
Yankelevich, P. Pensar el exilio.
En: El Exilio Argentino en la Ciudad de México. Edición Instituto de
Cultura de la Ciudad de México. Pp. 25-40, 1999.